-¿Cómo definiría usted la agenda estratégica de este gobierno? Hay quienes sostienen que alcanzaría con profundizar, o al menos mantener, las transformaciones de la última década.
-El objetivo estratégico es cambiar la estructura productiva del país y aumentar significativamente su participación en el comercio mundial.
Muchos dicen que la Argentina se ha transformado en los últimos años. Cuando plantean esto piensan en las privatizaciones, con las cuales yo estuve de acuerdo, o en la estabilidad monetaria, que celebro. Sin embargo, no creo que la Argentina haya pasado por una gran transformación. Cuando uno se detiene a analizar qué produce y cuál es su participación en el comercio mundial, se da cuenta de que no es muy distinta de la Argentina de los años ´80. En tanto siga siendo un país que produce para su mercado interno y exporta marginalmente materias primas o manufacturas de bajo valor agregado, en tanto siga representando apenas 0,4% del comercio mundial, no puede hablarse de grandes transformaciones.
Un cambio en la propiedad de los servicios públicos o una estabilidad que tarde o temprano tenía que llegar como le ha llegado a otros países que vivieron largas épocas de inflación no son en sí mismos una transformación.
-La cuestión es qué instrumentos de política económica le quedan al Estado para promover transformaciones dentro de las reglas que imponen la convertibilidad y el escenario global.
-Me parece que la pérdida de instrumentos del Estado para influir en la economía se debe, sobre todo, al déficit fiscal, a nuestra dependencia de los mercados financieros. Yo comparo la situación actual con la que enfrentó el gobierno de Frondizi frente a los planteos militares. Empezaron por imponerle ministros, después le impusieron políticas y, finalmente, lo echaron. Los mercados hacen cada día sus planteos: demandan una ley, esperan una señal, aprueban un ministro, se oponen a otro. Por eso creo que eliminar el déficit, o reducirlo a niveles razonables, es la única manera de que el Estado recupere autonomía.
-Una de las grandes contradicciones que enfrenta la Argentina es que su principal socio comercial, Brasil, no duda en aplicar políticas activas muy fuertes. ¿Es posible la convivencia en un mercado común de dos planteos tan divergentes?
-No sé si eso es un problema o una ventaja. Creo que Brasil nos sirve para desmentir algunos criterios dogmáticos. En la Argentina hay una tendencia al fanatismo económico. Pasamos de un estatismo a ultranza a un privatismo infantil. Tenemos que refinar un poco más nuestro análisis. Esta concepción de que el Estado no debe hacer nada, que cualquier política industrial es indebida y que la apertura debe ser unilateral e incondicional, choca con otra realidad: Brasil devalúa, demuestra un pragmatismo que nosotros no tenemos y, sin embargo, las inversiones directas van más allí que a la Argentina. Brasil tiene graves problemas y hay cosas que puede aprender de la Argentina, pero hay muchas terrenos en los cuales nosotros tenemos que aprender de Brasil.
-Hace algunos meses, MERCADO publicó una extensa nota que planteó un debate necesario: ¿se puede competir sin devaluar? Y parecería que la discusión acerca del mantenimiento de la convertibilidad está cada vez más instalada. ¿Cuál es su posición en este punto?
-Al comienzo de la convertibilidad, yo tuve dos debates por televisión con Cavallo. En aquel momento dije que la convertibilidad era un respirador artificial. Hubo quienes interpretaron eso como una crítica; lo cual es absurdo, porque jamás se me ocurriría criticar a los respiradores artificiales. Lo que creo es que no se puede confundir la salud con la terapia intensiva.
Cuando decimos que no se puede salir de la convertibilidad y yo mismo sostengo esto estamos diciendo que no se puede desenchufar el respirador artificial, porque el enfermo no está curado. Mi mayor crítica a Cavallo y a sus sucesores es que no se aprovechó el tiempo, la oportunidad que dio la convertibilidad. En todos estos años no se creó una autoridad monetaria realmente independiente, ni se eliminó el déficit fiscal; se llevó la deuda a casi 50% del PBI. Entonces, ¿cómo nos vamos a plantear desenchufar el respirador artificial? No sería lógico ni sensato. Por supuesto, yo preferiría que el peso estuviera jugando al tenis y no en terapia intensiva. Tener convertibilidad y tipo de cambio fijo es una anomalía y es, además, muy costoso en términos de competitividad.
-Frente a esto aparece, recurrentemente, la idea de la dolarización como solución definitiva.
-Creo que eso es como admitir que el paciente ha estado demasiado tiempo en terapia intensiva y, como no se ha recuperado, corresponde aplicar la eutanasia. Si el propósito de la convertibilidad es darle vida a una moneda, conectándola al dólar para que en un tiempo prudencial pueda volver a la normalidad, la dolarización es matar esa moneda. Me parece inaceptable.
Los defensores de la dolarización dicen que es una tendencia mundial, y ponen como ejemplo al euro. Pero hay una enorme diferencia entre tener una moneda común y adoptar una moneda ajena. No es que España abandona la peseta para adoptar el marco alemán. Otros dicen que el mundo avanza hacia tres monedas: el euro, el yen y el dólar, que de este modo se transformaría en moneda hemisférica. Pero eso requeriría una transformación a la que Estados Unidos no está dispuesto. Esto nos lo confirmó Larry Summers cuando estuvo aquí. Estados Unidos no se opone a la dolarización, pero no está dispuesto a compensar por el señoreaje ni a ser prestamista de última instancia.
La última línea de defensa de esta idea plantea que, como la convertibilidad puede alterarse, pero de la dolarización no se vuelve, así se eliminaría toda incertidumbre sobre el futuro y se promovería una rebaja de las tasas de interés. Esta lógica nos lleva a sentir una profunda envidia por Puerto Rico, porque, en definitiva, la manera de terminar de despejar toda duda es estar en condiciones de ser un estado norteamericano. No me parece serio. Es una mala idea.
-Formalmente al menos, éste es el primer gobierno de coalición en la Argentina. ¿No se corre el riesgo de que la administración funcione en un estado de deliberación permanente entre los socios?
-Yo no veo a la Alianza como una coalición. La veo como una entidad nueva, todavía en formación.
-Cuando usted habla de entidad, ¿está pensando en un partido?
-Sí. En definitiva, la Unión Cívica Radical es eso: una unión cívica. Surgió así, como una alianza que se convirtió en una entidad.
Al principio, la alianza fue una idea unánimemente resistida. No había un solo dirigente de la UCR ni del Frepaso que la aceptara. Pero ya entonces yo la planteé, no como una alianza circunstancial o electoral, sino como la reconstitución de la mayoría de 1983, bajo una entidad nueva, reconociendo que se había producido una transformación importante en el papel que el radicalismo tenía en la sociedad.
Hoy, creo, se impone otro análisis. Cuando viví en Venezuela en otra Venezuela conocí a José Vicente Rangel como líder y candidato presidencial de un partido de izquierda, el MAS. Cuando nos reencontramos en la Argentina, él ya era canciller del gobierno del presidente Chávez. Hacía 20 años que no lo veía y él se sintió obligado a explicarme qué lo había llevado a semejante cambio de posición. Me dijo: “Tú sabes que en Venezuela los partidos políticos fueron corrompiéndose cada vez más y la pobreza fue agudizándose. Pero estos dos fenómenos eran líneas paralelas que, por más que se prolongaban, no se juntaban nunca. Hasta que en un momento algo hizo que se juntaran. Y cuando la gente vinculó la mayor pobreza con la mayor corrupción política, allí se derrumbó todo el sistema, y entonces surgió Chávez”.
Rangel me preguntó qué había sucedido en la Argentina, y le contesté que ocurrió lo mismo, con una diferencia: al momento de juntarse las líneas, apareció la Alianza, y le dio una nueva chance al sistema. La Alianza es justamente eso: una nueva oportunidad. Creo que la última. Si la Alianza defrauda, el riesgo de que surja una democracia inorgánica es grande. En América latina los fenómenos se repiten por contagio. No me parece que sea un dato a despreciar la evolución que tuvieron Perú y Venezuela.
Creo que la Alianza es una oportunidad de regenerar la confianza en el sistema político, pero en tanto sea vista como una unidad. La Alianza es más importante que la suma de los partidos que la componen.
-El cargo de Jefe del Gabinete ha sido motivo de grandes controversias. La Constitución dice una cosa, pero Menem y Jorge Rodríguez hicieron otra. Hubo muchas especulaciones acerca de que usted iba a convertirse en un superministro con amplios poderes. ¿Cómo concibe usted su función?
-Menem pudo darle el carácter que quiso porque tenía mayoría y quórum propio en el Senado y en Diputados. Nosotros no podemos olvidarnos de lo que dice la Constitución, entre otras cosas porque quienes seguramente no se van a olvidar son los senadores y diputados justicialistas y de partidos provinciales, e incluso de la Alianza, cuando estén en desacuerdo con el Jefe del Gabinete o con el gobierno en su conjunto.
La Constitución dice que el Jefe del Gabinete hace recaudar las rentas de la Nación, es el responsable de ejecutar la ley de presupuesto, ejerce la administración pública nacional, y es responsable político ante el parlamento, que puede removerlo. Con un Congreso adverso, el Jefe del Gabinete tiene que ejercer a pleno las funciones que le asigna la Constitución, porque, de lo contrario, sobre él van a lanzarse los opositores. Y ésa sería una ocasión para provocar una crisis política en el gobierno.
El cargo adquiere ahora características distintas. Me parece, y no por masoquismo político, sino desde el punto de vista del perfeccionamiento democrático, que es bueno que ocurra esto. Es bueno que las circunstancias nos obliguen a actuar de una manera mucho más elaborada, mucho más refinada. Que nos obliguen a consensos que impidan cierto tipo de confrontación tan común en el pasado. Aunque, desde luego, soy consciente de los peligros que asumo.
-¿Este esquema no lo convierte en una especie de fusible?
-Sí, pero no pienso saltar. Aspiro a que el cargo me sirva en mi carrera política y no que termine con ella.
