domingo, 5 de abril de 2026

    “Negociar la corrupción sería una pésima señal”

    -¿Qué le espera a la Argentina a partir del cambio de gobierno?


    -Hay que marcar la diferencia entre los razonamientos de corto plazo y los de largo plazo. Los agentes económicos se mueven en el corto plazo y al Estado le toca custodiar ese largo plazo del cual el mercado se desentiende. La herencia del menemismo es que la Argentina vive enferma de corto plazo: no hay estrategias de desarrollo. La prueba del éxito o el fracaso del gobierno de De la Rúa va a estar mucho más en las políticas de largo plazo que en las de corto plazo. Es indiscutible que el nuevo gobierno llega con enormes restricciones en el corto plazo, lo que no quiere decir que no tenga campo de maniobra; el problema es cómo se hace.


    -¿Cómo debería hacerse?


    -Yo confío en que el camino no sea el recorte salarial en el sector público ni generalizar el IVA ni disminuir la base imponible de impuestos como Ganancias, castigando a los sectores populares y, especialmente, a la clase media. Pienso en un equilibrio que venga por el aumento de la imposición al capital y de los impuestos directos, y el restablecimiento de los impuestos internos a los bienes suntuarios que eliminó Cavallo.


    -¿Esto no podría ser considerado por los mercados como una vuelta atrás? Si así fuera, podría generarse una crisis de confianza. Y en un contexto de Parlamento, gobiernos provinciales y Corte Suprema con mayorías opositoras, ¿no peligraría la gobernabilidad?


    -Hay que establecer una distinción clara entre los capitales productivos y los capitales financieros o especulativos. Está demostrado que las inversiones extranjeras directas no son afectadas por el tamaño del gasto público ni por el aumento de las imposiciones al capital. Ni siquiera por el costo de la mano de obra. Las inversiones directas buscan ventajas de productividad, desarrollos tecnológicos, nuevos canales de distribución, diversificar mercados. Los capitales que están todo el tiempo amenazando con la fuga son los financieros especulativos, que tratan de obtener ventaja donde pueden y son extremadamente sensibles al modo en que se financia el déficit, porque consideran que si un país se endeuda excesivamente, más tarde o más temprano va a tener que ajustar su tipo de cambio, con lo que habrá una volatilidad que aumentará el riesgo-país. Pero ni siquiera al capital financiero le molesta cuando el déficit es financiado a través de los impuestos. El nuevo gobierno debe procurar atraer y conservar el capital productivo, y establecer controles, como hizo Chile, para no fomentar la llegada de capitales especulativos. No creo que vaya a haber tanta huida de capitales si se toman medidas firmes, no arbitrarias, y suficientemente razonables frente a la coyuntura que hereda el nuevo gobierno.


    -¿Cuáles son, entonces, los principales riesgos?


    -Creo que se ha hecho una interpretación equivocada, o por lo menos discutible, del resultado de las últimas elecciones. Se sumaron los votos y se habló de “el mensaje que mandó el electorado”. La desagregación de los votos individuales revela que el electorado está muy fragmentado y que, lejos de que los resultados hayan mostrado la existencia de un consenso, la tarea del nuevo gobierno es construir consenso. Esto es una tarea extremadamente ardua. Hay que hacer campañas de construcción de consensos al nivel de la opinión pública.


    -¿En qué materias, por ejemplo?


    -En ciertas materias no hace falta: corrupción, justicia, inseguridad. El riesgo sería que se dilapidara el capital de opinión pública que existe. No olvidemos que cuando asumió Alfonsín había un consenso bastante generalizado acerca de la necesidad de distinguir entre la deuda externa lícita y la ilícita, y se dilapidó porque no se hizo prácticamente nada. Negociar el tema de la corrupción sería una pésima señal.


    -¿El desempleo figura entre las materias con consenso dado?


    -Una cosa es describir síntomas, pero todavía no se está haciendo un diagnóstico de por qué ocurren. En la campaña electoral tampoco se hizo. Y combatir el síntoma no cura la enfermedad. Aquí es donde se imponen las campañas de esclarecimiento, porque la opinión pública ha sido trabajada poderosamente por una cantidad de lugares comunes que no se sostienen. Todo el mundo aparenta estar muy contento porque se votó la ley de responsabilidad fiscal, porque aplica una lógica de almacenero: no gastemos más que lo que tenemos. Si el producto crece, se podrá gastar más; si baja, se podrá gastar menos. Eso significa desandar medio siglo de avance en el campo del pensamiento económico, donde aprendimos que el Estado debe desarrollar políticas anticíclicas: si el producto cae, es necesario que gaste más para activar la demanda y relanzar la economía; si el producto crece, no es necesario gastar más. Es lo que está discutiéndose ahora en Estados Unidos: qué se hace con el excedente que tiene el gobierno.


    -Esa línea de pensamiento tuvo una ratificación importante, como fueron los resultados electorales del año pasado en la mayor parte de los países de Europa.


    -Absolutamente. Pero hace falta que la gente tome conciencia de que en la Argentina, en este momento, 40% de la producción industrial está en manos de firmas extranjeras, pero 60% no; que casi 50% del comercio minorista está en manos de firmas extranjeras, pero 50% no. En cambio, 90% de la banca está en manos extranjeras. La gran inyección de capital y de gran control sobre la economía argentina ha venido por el lado financiero, no productivo. Y ­demasiado tardíamente, pero bienvenido sea­ los empresarios han empezado a darse cuenta: este año, golpeados por la devaluación brasileña y por la recesión, crearon el llamado Grupo Productivo, que forman la UIA, la Cámara de la Construcción y CRA. Apuntan a defender la producción nacional y reivindican, después de tantos años, el compre argentino. Ojalá lo hubieran hecho antes. Ojalá los sindicatos hubieran tenido una posición clara en este sentido; ojalá la tengan ahora.


    -¿Sobre qué otro tema habría que hacer campaña?


    -Hay que redefinir la posición argentina en el Mercosur, que fue degradándose desde comienzos de los ´90, cuando se postergaron los acuerdos sectoriales y se volvió a un acuerdo básicamente comercial que sólo pudo favorecer a los sectores que tenían preferencias. Entre 1990 y 1998 las importaciones crecieron casi siete veces y las exportaciones, una vez. Un país que no está en condiciones de exportar, o que sólo puede exportar bienes industriales al Mercosur, está en una situación de vulnerabilidad extrema. Hay que recomponer el tejido productivo de la Argentina y para eso hay que crear conciencia. Y hay que difundir ejemplos. Hace muchos años se hablaba de Suecia como paraíso del bienestar. Suecia afrontó un duro proceso de cambio que le hizo perder posiciones relativas. Pero lo afrontó sin ceder el estado de bienestar ni achicar el Estado. En Suecia, el gasto público es del orden de 60% del PBI; en Estados Unidos, de 30%. No bajando impuestos ni salarios, que son altítimos en ambos casos, liquidó el problema del déficit. Si uno sigue la lógica de lo que nos cuentan, diría que los capitales no van a ir allí. Sin embargo, Ford y Microsoft, por ejemplo, se pelean por estar en Suecia, que en este momento es la economía más vibrante de Europa, con una tasa de crecimiento de 3,8%. Discutamos cuáles son los ejemplos válidos para nosotros y desarrollemos capacidades que tenemos. Hay que construir consensos en esta línea de pensamiento, que tiene que ir creando las condiciones para que se pueda revisar este tipo de cambio fijo, que nos tiene atados de pies y manos. Porque es obvio que con este tipo de cambio y con los costos internos que tiene, la Argentina no está en condiciones de competir en el mundo. Lo saben todos los economistas, pero de eso no se habla.


    -¿Por qué no se habla?


    -Porque nadie sabe qué puede pasar si se sale de la convertibilidad. Y se hace una hipótesis, a mi juicio excesivamente fuerte, de que se va a desatar una inflación descontrolada. Históricamente está demostrado que mantener una paridad no viable favorece la especulación y termina sucediendo lo que sucedió en Brasil: una salida desordenada de un tipo de cambio que se había vuelto irreal.


    -¿Le ve al nuevo gobierno voluntad y capacidad para construir esos consensos?


    -No se puede hacer política sin construir consenso, sin construir opinión pública y, por supuesto, sin negociar. El gobierno debería tener muy claro que hay un discurso vacante, que es el de la justicia social, el de la igualdad y el de la lucha contra la pobreza, y que si no lo ocupa la Alianza, seguramente lo ocupará la oposición. Y eso sin excluir que si la situación siguiera deteriorándose pueda ser caldo de cultivo para discursos mucho más populistas y poco republicanos.


    -Más allá de lo aconsejable, ¿qué es probable que suceda?


    -Hasta donde sé, en el interior del nuevo gobierno hay importantes sectores que tienen una visión productivista del futuro de la Argentina. Pero también hay sectores muy neoliberales, muy contemporizadores. Es una partida que se va a jugar en los próximos meses. Si se encierran en el corto plazo, se va a perder un tiempo muy precioso que otros van a aprovechar.


    -¿Entonces el gobierno debería actuar, como la oposición, pensando en el 2003?


    -Absolutamente. Kissinger, repitiendo enseñanzas de Maquiavelo, dijo alguna vez que en un partido político debería haber dos equipos: uno para ganar las elecciones y otro para gobernar. Porque los atributos que se requieren para una cosa y la otra no son los mismos. Yo diría, dada la experiencia argentina, que se necesitan tres equipos: uno para ganar las elecciones, otro para gobernar el corto plazo y otro para gobernar el largo plazo.


    -¿Se viene la re-regulación?


    -Hay dos grandes estilos de hacer políticas regulatorias. Uno es operar detrás de la escena, generar pactos de convivencia entre los funcionarios y los empresarios. Se conversa, hay un toma y daca, y se logran ciertas mejoras. Es el estilo de Gran Bretaña. El otro estilo es el estadounidense, de confrontación: aparecen los grupos de defensa de los consumidores haciendo escándalos, la secretaría correspondiente inicia acciones judiciales y la prensa interviene fuertemente, como en el caso de Microsoft. La Argentina ha tenido, por largo tiempo, un estilo britanoide, porque, en general, los funcionarios no ponían demasiadas condiciones. Pero con un estilo británico para el que no están dadas las condiciones que están dadas en Gran Bretaña, las regulaciones fracasan. Hay que estar preparados para confrontar. Creo que en todo lo que sean políticas regulatorias hay que darle gran intervención al público y a la prensa.