-Según las encuestas,
usted parece destinado a convertirse, en 1999, en una suerte de king
maker, el árbitro capaz de coronar a un candidato en el caso de que
haya ballottage.
-Yo no me veo así. Al ritmo que está creciendo mi intención
de voto, no voy a ser un king maker sino uno de los dos candidatos para
el ballottage. De todas maneras, no me cabe ninguna duda de que la gente
que me vote a mí será la que decida, en una segunda vuelta, quién
va a ser el futuro presidente de la Argentina. No seré yo, sino los que
me voten a mí los que tendrán esa decisión en sus manos.
-¿Esto quiere decir que
va a dejar en libertad de acción a sus votantes?
-Por supuesto. Soy muy respetuoso de la gente que me eligió como candidato,
y no voy a reemplazarlos en su juicio. Lo que voy a tener en ese supuesto que
no es el más probable, porque pienso entrar en la segunda vuelta
es un bloque de diputados que acompañará al gobierno cuando compartamos
las medidas que proponga y se opondrá a las que consideremos inadecuadas.
-¿A quién se imagina
enfrentando en ese supuesto ballottage?
-Probablemente a la Alianza. Si en 1995 hubiera habido segunda vuelta, se
habría definido entre el PJ y el Frepaso, no entre los dos partidos tradicionales.
Entonces, a los que dicen que es imposible que Cavallo llegue al ballottage
en 1999, yo les pregunto por qué no puede pasar con Acción por
la República lo que pasó con el Frepaso en el ´95.
-En una entrevista con MERCADO,
Fernández Meijide dijo que usted no podría ser ministro de un
gobierno presidido por ella porque “Cavallo está muy acostumbrado a mandar”.
-Por supuesto. Yo no podría ser ministro de Economía de nadie.
-¿Nunca más?
-No, porque las cosas que yo pienso que hay que cambiar ya no son de la órbita
del Ministerio de Economía. Entonces, si fuera ministro, haría
presión para cambiar el sistema educativo, de salud, el régimen
laboral o la Justicia. Y para eso tengo que ser presidente o jefe de gabinete.
-¿Jefe de gabinete de
qué gobierno?
-No; yo tengo aspiraciones presidenciales. Me siento, entre todos los candidatos,
el mejor preparado. Quiero ser presidente y voy a luchar para serlo.
-Pero a usted se lo menciona
como posible jefe de gabinete si Eduardo Duhalde llegara a la presidencia.
-A Duhalde le pasaría lo mismo que le pasa a Graciela cuando le preguntan
si yo podría ser su ministro de Economía. Duhalde no va a querer
ser un presidente figurativo. Cavallo no sería un jefe de gabinete como
Jorge Rodríguez, que pasa inadvertido. Si algún presidente me
ofrece ese puesto tiene que estar muy convencido de que lo que yo pregono es
lo que hay que hacer en la Argentina, como pasó con Menem: prácticamente
aceptó, durante cuatro años y medio, que las decisiones las tomara
yo. Por mi personalidad y por mis convicciones, mi lugar es la Presidencia de
la Nación.
-¿Y quién sería
su ministro de Economía?
-Adolfo Sturzenegger.
-Como posibles ministros de
un gobierno de la Alianza suenan Ricardo López Murphy y José Luis
Machinea. ¿A quién prefiere usted?
-Los respeto a ambos, pero pienso que López Murphy sería mejor
líder de un equipo económico. De todos modos, no creo que llegue
a ser ministro. Me parece que la Alianza va a tener un equipo económico
como el que pueda liderar Machinea, un equipo mucho más ecléctico,
con muchas menos convicciones, que va a intentar mezclar el agua con el aceite,
aunque sepa de antemano que no pueden mezclarse. López Murphy es como
yo, o como Sturzenegger: sabe que lo blanco es blanco y lo negro, negro.
-¿Y Jorge Remes Lenicov?
-Remes es un hombre que podría funcionar como ministro de Economía
de Duhalde. Sería un buen ministro para él.
-¿Usted cree que Acción
por la República podría ser el embrión de una fuerza conservadora,
al estilo de los tories
británicos?
-No conservadora. Yo hablaría de una fuerza liberal moderna, con una
vocación de devolución de poder al ciudadano y al pueblo, que
creo que es hacia donde avanza el mundo. Hay fuerzas retrógradas y fuerzas
que se preparan para hacer avanzar a las naciones hacia el futuro. Yo, como
ministro de Economía, he producido una enorme transformación,
no fui en absoluto conservador. Fui, diría, casi revolucionario. Y con
tanto éxito que ahora todos los partidos políticos adoptan como
propios los cambios que, en materia económica, introduje yo desde 1991.
-Aunque Duhalde diga que el
modelo está agotado.
-Yo creo que cuando Duhalde dice eso, se refiere al modelo menemista donde
está, por un lado la convertibilidad y la transformación económica,
pero también la falta de respeto al Poder Judicial, la despreocupación
por el problema de la seguridad, la inacción en materia de salud y el
reemplazo de un ministro de Trabajo progresista, como era Armando Caro Figueroa,
por otro realmente retrógrado y conservador, como Erman González.
-Duhalde apunta a temas eminentemente
relacionados con la política económica. Habla de “los excluidos
del modelo” y la concentración del ingreso.
-No sé bien qué es lo que querrá decir Duhalde, pero
los problemas de falta de empleo y marginación no se derivan de la convertibilidad
ni de la apertura de la economía, ni del proceso de privatización
y desregulación, ni de la reforma tributaria que se llevaron a cabo en
estos años. Son cuestiones que provienen, precisamente, de la influencia
corporativa que todavía existe en la Argentina a través de los
sindicatos y de la despreocupación de los organismos estatales por utilizar
bien los recursos destinados a servicios sociales. Esto tiene que ver también
con el mal funcionamiento de la Justicia y la infiltración de las fuerzas
de seguridad, que no permiten investigar y castigar los casos de corrupción.
-Sin embargo, en los últimos
tramos de su gestión como ministro, usted ya admitía que había
una agenda social pendiente y que era el momento de encararla.
-Pero la convertibilidad nada tiene que ver con las cuestiones sociales. Hay
un concepto economicista, marxista, de la realidad social que es totalmente
equivocado. Los problemas de pobreza tienen que ver con la falta de educación,
de salud, no con la política económica, no es algo que pueda resolver
un ministro de Economía. Es algo que tiene que resolver el Gobierno,
que debe tener, además de una política económica, una política
social; y eso es lo que le ha faltado al gobierno de Menem.
-Los próximos años
asoman difíciles. ¿La convertibilidad mejora la posición
de la Argentina para enfrentar el mediano plazo?
-Sin ninguna duda; la convertibilidad es el sistema monetario del futuro.
No por casualidad muchos países están analizando la posibilidad
de introducir un régimen de convertibilidad. Para las economías
emergentes, es la versión local de lo que es el euro en Europa,
que ha significado un fenomenal beneficio para España, Portugal, Italia
o Grecia, que afrontan situaciones como la actual sin verse obligados a subir
las tasas de interés y sin soportar devaluaciones. El euro, como
la convertibilidad, es un sistema monetario de avanzada y una transformación
institucional que se va a repetir en otras regiones del mundo en el futuro.
-¿Está pensando
en una moneda común para el Mercosur?
-Previo paso por un régimen de convertibilidad en Brasil y en el resto
de los países miembros. Si se generaliza el régimen de convertibilidad
argentino, vamos a tener dos posibilidades hacia el futuro. Una es obligar a
Estados Unidos a transformar a la Reserva Federal en un banco hemisférico,
como es el Banco Central Europeo. La otra sería tener en Sudamérica
una moneda regional con un banco central regional.
-Los otros candidatos, cercanos
a las propuestas de la tercera vía, hablan de un Estado más activo,
con política industrial, promoción de las Pymes y programas sociales.
¿Comparte esta propuesta de reactivación del papel del Estado?
-Depende de qué se entienda por más activo. Si significa
un Estado que quite las trabas que hoy se les pone a las Pymes, por supuesto
que hace falta. Se necesita un Estado más activo para luchar contra el
corporativismo y promover la descentralización de la negociación
colectiva. A las Pymes, que siempre nacen como empresas trabajo-intensivas,
la mala legislación laboral, complicada y onerosa, les crea una fenomenal
desventaja comparativa.
-Hace algunos años,
se publicaron declaraciones suyas en las que afirmaba que la mejor política
industrial que se podía tener era, justamente, no tener política
industrial. ¿Sigue creyéndolo?
-Yo nunca dije semejante cosa. Eso lo pueden haber dicho Carlos Rodríguez
o Guido Di Tella. Pero no yo. Lo que yo pienso es que la mejor política
industrial es quitar las trabas que la vieja política industrial impuso
a la pequeña y mediana empresa. Debemos dejar que los empresarios tomen
las decisiones, porque para eso son empresarios, y remover a los que se creen
iluminados, que suponen que desde el gobierno pueden decidir en qué sectores
invertir o qué tecnología hay que aplicar.
-¿Cuánto le falta
a su partido para convertirse en una alternativa real de poder?
-Diez meses (risas).
