Cuentan que un joven gerente,
dominado por el pánico, se negó en pleno aeropuerto a subir al
avión que lo llevaría al otro lado del mundo a concretar un negocio
millonario. El ejecutivo de mayor jerarquía que lo acompañaba
lo miró fijamente y le dijo con soltura: “viajás o te despedimos”.
Finalmente el hombre subió a bordo y cuando le preguntaron por qué
había cambiado de opinión, respondió: “nadie jamás
me había explicado con tanta claridad y exactitud cuáles eran
los dispositivos de seguridad del viaje”.
A pesar de que las estadísticas consagran al avión como el medio
de transporte más seguro después del tren, el miedo a volar sigue
siendo un fenómeno extendido. Tres de cada 10 pasajeros preferirían
no estar suspendidos en el cielo y sólo en Estados Unidos habría,
según un estudio encomendado por la compañía Boeing, 25
millones de personas con aviofobia.
Hay razones para suponer, por cierto, que la desconfianza y el temor pueden
haber recrudecido cuando el 3 de septiembre pasado un avión de Swissair
la línea aérea asociada a los máximos niveles de
seguridad se estrelló en Canadá, con el saldo de 229 pasajeros
muertos. Claro que, cada vez que se registra una catástrofe de esta magnitud,
pocos recuerdan que sólo en la Argentina mueren 21 personas por día
en accidentes de tránsito callejero.
Perder el control
La necesidad y obligación laboral de trasladarse a otros puntos geográficos
estratégicos para la compañía no disminuyen el terror a
los aviones. Por el contrario, según los expertos, los ejecutivos y en
particular los hombres, serían especialmente propensos a este tipo de
fobia.
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Consejos prácticos Al Forgione, director del Institute for Psychology of Air Travel, de
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“El miedo a volar aparece generalmente en personas que sienten la necesidad
de controlar todas las situaciones. El hombre de empresa se caracteriza particularmente
por tener que manejar el qué, el cómo y el cuándo de lo
que ocurre. En el vuelo debe entregarse inevitablemente a que otro el
piloto, el azar conduzca lo que él no puede ni sabe controlar y,
entonces, en ese momento, aparece la angustia”, explica Alba Brengio, miembro
de la Asociación Argentina de Psicología. “En este tipo de situaciones
debemos admitir que hay leyes fuera del sujeto y que muchas veces no podemos
contener nuestras emociones.”
Al tratar de explicar los orígenes de la aviofobia los especialistas
coinciden en que este tipo de miedo es sólo la punta del iceberg
de otros temores temor a las situaciones imprevistas, al encierro, a la
muerte potenciados por la incertidumbre que provoca un ambiente desconocido.
Por otra parte, está comprobado que la ansiedad aumenta en momentos
de crisis vital. “Los seres humanos tenemos que cursar la vida tratando de elaborar
duelos. Volar es otra forma de separación. Es despegarse de la tierra,
de lo seguro, de la familia”, explica Brengio.
Vías de escape
Roberto Rubio, ex comandante, instructor de vuelo, e integrante de Alas y Raíces
el primer curso que se dicta en la Argentina para vencer el miedo a volar
cuenta, entre otros casos, el de un pasajero que debía tomar el vuelo
a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y optó a último momento por
hacer el recorrido en auto. Por supuesto, nadie en la empresa se enteró
de esta decisión.
Una persona con miedo a volar empieza, por lo menos dos días antes del
viaje, a pensar en cómo esquivar la cuestión. Cuando finalmente
sube al avión lo primero que hace es pedir el más popular de los
ansiolíticos: la bebida alcohólica. Habitualmente la combina con
alguna pastilla para dormir que algún conocido le recomendó y
entonces cree que está preparado para soportar las peripecias del viaje.
El problema es que muchas veces esta mezcla trae efectos paradojales y la persona
se siente aún más nerviosa y excitada.
“Es probable que cuando llegue a destino resuelva mal las cuestiones que se
había propuesto tratar durante su viaje de negocios y que, además,
a la vuelta arrastre una fatiga relacionada con todas las complicaciones que
le causó el vuelo”, señala la psicóloga Liliana Aróstegui,
integrante del equipo que dirige Alas y Raíces.
Una vez arriba del avión, los síntomas físicos del miedo
se relacionan generalmente con los efectos del estrés: sudoración
de las manos, taquicardia, sensación de ahogo y afonía. Son comunes
también los trastornos digestivos como náuseas, cólicos
y, en casos de ataques de pánico agudo, hasta desmayos. Una de las manifestaciones
más típicas es el llamado “aleteo de mariposa” en el estómago,
una sensación única de los viajes en avión, que se traduce
en un sacudón de las vísceras.
El temor al ridículo lleva, a la vez, a tratar de ocultar este tipo
de trastornos y disimular el ataque de pánico. Aróstegui cree
que en el caso de los hombres de empresa el miedo se esconde porque hay una
tendencia a pensar que su revelación afecta el reconocimiento de las
aptitudes profesionales. Las exigencias provocan una disminución de la
autoestima porque la persona siente que no puede hacer algo que para los demás
es tan simple.
Ayuda virtual
Superar por completo el miedo a volar es una tarea difícil y generalmente
requiere un tratamiento terapéutico. Sin embargo, hay ciertas técnicas
de aprendizaje que brindan herramientas de autoasistencia para poder manejarlo.
Los ejercicios de relajación y respiración o la terapia de desensibilización
sistemática que consiste en un lento acercamiento al objeto temido, pueden
brindar soluciones a corto plazo. En Estados Unidos ya se está utilizando
la realidad virtual para simular el viaje y tratar de disminuir el pánico.
El primer consejo de los especialistas es tratar de entender que el peligro
está en la mente y no en el avión. Quien viaja con miedo cree
seriamente que la turbulencia es sinónimo de tragedia y que si se demora
el aterrizaje nunca volverá a ver a su familia. “Es importante que el
pasajero conozca en detalle toda la información relacionada con el funcionamiento
del avión y con los dispositivos de seguridad. En realidad, se carga
al viaje con fantasías catastróficas y negativas que no se corresponden
con la realidad del vuelo”, afirma Rubio.
Florencia Barreiro
