En el uso más común
que se le da al término dinero, pareciera ocioso ponerse a reflexionar
acerca de quiénes demandan dinero, en qué cantidad y por qué.
La respuesta obvia es: todos, y cuanto más, mejor. Pero, si nos ponemos
un poco más estrictos con el uso de la terminología, veremos que
esta respuesta esconde en realidad una confusión entre dinero y riqueza.
Para comenzar, entonces, vale la pena hacer una aclaración semántica
acerca de qué es el dinero para los economistas.
El dinero es sólo una de las formas en las que puede mantenerse la riqueza
de los individuos. Más aún, probablemente sea la menos importante
de todas.
Cuando decimos que una persona tiene mucho dinero, en realidad queremos dar
a entender que esa persona tiene un gran stock de riqueza, y esa riqueza
se mantiene en las formas más variadas: inmuebles, automóviles,
fábricas, barcos, joyas, otros bienes y activos financieros. Entre estos
últimos puede haber acciones, títulos públicos y dinero.
No parece descabellado suponer, a partir de esta enumeración, que el
dinero debe ser una de las formas menos utilizadas para mantener la riqueza,
de modo que podemos concluir que, paradójicamente, los muy ricos pueden
ser los que (proporcionalmente) menos dinero tienen.
Los atributos del dinero
¿A qué llamamos dinero? Para responder a esta pregunta conviene
repasar previamente, del capítulo anterior, las cualidades que exigimos
de un activo para que merezca tal denominación. La más importante
es que debe ser un medio de pago universalmente aceptado.
Lo que diferencia a una economía de trueque de una economía monetaria
es que, en esta última, sólo el dinero se usa para cobrar por
lo que uno vende y para pagar por lo que uno compra. El hecho de que exista
algo como el dinero, para comprar y vender, nos facilita extraordinariamente
la vida. (De otra forma, un economista sólo podría hacer un asado
cuando encontrara un carnicero necesitado de un análisis de consultoría.)
De esta cualidad del dinero se derivan las otras dos. Su condición de
medio de pago universal lleva a que los precios de los bienes tiendan a ser
fijados en unidades de dinero y éste pase a tener el papel de unidad
de cuenta de la economía. Por otra parte, puesto que es un medio de pago,
resulta posible, en condiciones normales, guardarlo para transferir su poder
de compra hacia el futuro, con lo cual llegamos a la tercera propiedad, es decir,
la de actuar como reserva de valor.
Podemos ahora responder la pregunta que nos hicimos unos párrafos más
arriba: llamamos dinero al activo o los activos que cumplen con alguna o todas
estas propiedades.
Para entrar al tema de manera más directa, digamos que actualmente en
nuestro medio se manejan dos definiciones de dinero. Una, más estricta,
incluye al efectivo en circulación más los depósitos en
cuenta corriente, y es denominada M1. La otra, más amplia, engloba, además
de los señalados, a los depósitos en caja de ahorro y a plazo
fijo en moneda local y en moneda extranjera, y se denomina M3.
Está claro que la primera definición apunta a activos que, como
pueden utilizarse sin trámites intermedios ni costos, como instrumentos
de pago, los economistas llamamos activos líquidos. La segunda
definición incluye, además, otros activos que cumplen mejor que
los primeros la función de actuar como reserva de valor pero tienen una
menor liquidez.
Los depósitos a interés se demandan como una forma más
de mantener la riqueza y son, en este sentido, asimilables a cualquier otro
activo financiero que devengue un rendimiento. Su demanda, entonces, será
mayor o menor si el rendimiento esperado, es decir, la tasa de interés,
es mayor o menor que el de otros activos alternativos.
Si nos ponemos más estrictos podemos decir que, como son más
líquidos que, por ejemplo, una acción, pues sabemos que a la fecha
de vencimiento vamos a cobrar un monto ya determinado y no tenemos que salir
a buscar un comprador y negociar su precio, tal vez prefiramos un depósito
a plazo fijo antes que una acción a un mismo rendimiento esperado. Otra
diferencia a favor de los depósitos es que tienen montos mínimos
bajos y no involucran costos de entrada y salida como las acciones o los títulos
públicos negociados en el mercado de valores.
Resulta más interesante indagar acerca de los motivos que nos llevan
a demandar las formas más líquidas de dinero, es decir, efectivo
y depósitos en cuenta corriente, teniendo en cuenta que no rinden ningún
tipo de interés, a diferencia de otras posibles formas de mantener nuestra
riqueza.
La preferencia por la liquidez
Las razones por las que demandamos este tipo de activos tienen más que
ver con la primera de las funciones del dinero, es decir, la de ser un medio
de pago. Demandamos dinero en la forma de M1 para llevar adelante las transacciones
que realizamos. Alguien podría preguntarse, a esta altura, por qué
no mantenemos nuestro dinero en la forma de un activo que rinda algún
interés y lo vamos transformando en efectivo cada vez que lo necesitamos.
La pregunta es válida, la respuesta es que sería muy engorroso
tener que ir al banco a hacer un retiro o llamar a nuestro agente de bolsa cada
vez que vamos a pagar un boleto de colectivo, un taxi, el diario, una comida,
etc. Primera respuesta: cuantas más transacciones realizamos, más
dinero demandamos.
Sin embargo, hacerse del efectivo necesario para concretar una transacción
tiene un costo (en caminatas al banco, en tiempo de espera en la cola, en llamadas
telefónicas, en incertidumbre acerca de si efectivamente vamos a poder
contar con el dinero que necesitamos, etc.). Cuanto mayor sea la tasa de interés,
más dispuestos estaremos a incurrir en ese tipo de costos y, por lo tanto,
menos dinero demandaremos. Segunda respuesta: cuanto más alta es la
tasa de interés, menos dinero demandamos.
Concluimos, entonces, que la demanda de M1 será mayor cuando mayor sea
nuestro ingreso (y, por lo tanto, realicemos un mayor número de transacciones)
y cuando menor sea la tasa de interés. Y lo que vale para cada uno de
los individuos que demandan dinero, vale para el conjunto de la sociedad. Así,
se puede decir que la demanda agregada de dinero, en su versión más
estricta (M1), será proporcional al PBI y que el factor de proporcionalidad
estará dado por la preferencia por liquidez de la sociedad (L), tal como
puede verse en la siguiente expresión:
M1 = PBI * L
Como ya vimos, L depende de la tasa de interés (cuanto mayor sea ésta,
menor será la preferencia por liquidez), de los costos de pasar de activos
menos líquidos a dinero y viceversa (cuanto mayores sean éstos,
mayor será la preferencia por liquidez) y de otros factores a los
que vamos a referirnos en un momento.
Haciendo un sencillo pasaje de términos en la expresión anterior,
podemos definir L como:
L = M1/PBI
El término de la derecha de la expresión anterior es lo que en
la jerga económica se denomina coeficiente de monetización (en
este caso de M1, pero puede definirse para otros agregados monetarios como,
por ejemplo, M3), y es un indicador muy interesante de la cantidad de billetes
y monedas y depósitos en cuenta corriente que una sociedad demanda. Al
estar expresado en términos de PBI corriente permite realizar comparaciones
intertemporales, incluso en economías inflacionarias, y comparaciones
entre diferentes países, aun cuando tengan un grado de desarrollo muy
dispar.
En el cuadro que sigue podemos ver el grado de monetización de la economía
argentina para dos de los agregados monetarios posibles: la primera relación
(M1/PBI) muestra la demanda de dinero nacional, en su definición más
estricta, como proporción del flujo de bienes y servicios que la sociedad
crea en un año. La última columna muestra la misma relación
pero para el agregado más amplio para el que se dispone de información
(M3*) que incluye los depósitos a plazo y los saldos de las cuentas corrientes,
en dólares. Se aprecia que en los últimos años esta proporción
ha oscilado alrededor de 20%. ¿Es esto mucho o poco?
| Indicadores de monetización en la Argentina (en miles de millones) |
|||||
| M1 | M3* | PBI | M1/PBI (%) | M3*/PBI (%) | |
| 1994 | 17.175 | 53.418 | 281.645 | 6,1 | 19,0 |
| 1995 | 16.512 | 50.437 | 279.543 | 5,9 | 18,0 |
| 1996 | 19.366 | 60.333 | 297.359 | 6,5 | 20,3 |
| 1997 | 22.900 | 74.406 | 323.950 | 7,1 | 23,0 |
Para poder comparar hemos volcado en el siguiente cuadro información
relativa a tres países de desigual nivel de desarrollo y ubicación
geográfica. Aunque el agregado utilizado (M2) difiere en su denominación,
es comparable a nuestro “M3*”. Se aprecia que los ratios de la Argentina
se ubican bien por debajo de los de otras naciones. Esto, por supuesto, no es
casual y se relaciona con nuestra pasada historia de inflación crónica
y episodios hiperinflacionarios.
Las innovaciones financieras
Si observáramos la evolución de una serie lo suficientemente
larga del coeficiente de monetización de M1 en un país con precios
estables y con un mercado financiero desarrollado, veríamos que esta
serie presenta una clara tendencia decreciente en el largo plazo.
| Indicadores de monetización (M2/PBI) |
|||
| Chile | Italia | EE.UU. | |
| 1982 | 34,1 | 64,4 | 63,2 |
| 1983 | 34,4 | 63,9 | 64,9 |
| 1984 | 34,6 | 62,7 | 64,8 |
| 1985 | 33,6 | 62,4 | 66,8 |
| 1986 | 35,0 | 61,5 | 69,7 |
| 1987 | 34,4 | 60,8 | 70,0 |
| 1988 | 34,4 | 59,0 | 67,9 |
| 1989 | 35,0 | 59,1 | 67,1 |
| 1990 | 36,1 | 59,1 | 67,0 |
| 1991 | 35,1 | 59,2 | 67,7 |
| 1992 | 34,1 | 60,5 | 66,1 |
| 1993 | 35,3 | 62,5 | 63,6 |
La razón de esta tendencia es que, a medida que los mercados financieros
crecen, aparecen nuevos productos que, en muchos casos, reducen la necesidad
de contar con dinero en efectivo.
La más usual de las, así llamadas, innovaciones financieras es
la tarjeta de crédito, un instrumento que permite realizar una gran cantidad
de transacciones sin utilizar ninguna de las formas de dinero comprendidas en
M1 y concentrar la demanda de éste en un solo día, el de vencimiento
de la liquidación. La posibilidad de debitar automáticamente esta
liquidación del saldo de una caja de ahorro es otra innovación
que reduce esta demanda a cero.
Otra conocida innovación que reduce la demanda de M1 es el cajero automático
que, cuando funciona bien, reduce los costos vinculados a la necesidad de hacernos
con el efectivo.
La inflación
(cuando nadie quiere dinero)
Hablábamos de los efectos de las innovaciones financieras en un país
con precios estables, no porque en una economía inflacionaria estos efectos
no se verifiquen, sino porque son ocultados por el hecho que, bajo inflación,
el dinero comienza a perder poco a poco sus cualidades y su demanda se reduce,
ya no por las innovaciones financieras, sino porque deja de cumplir con sus
funciones y es reemplazado por otros activos que las cumplen mejor.
Como señaláramos en la nota anterior, la primera de las funciones
que el dinero pierde en una economía inflacionaria es la de actuar como
reserva de valor, sobre todo si nos restringimos a la definición más
estricta (M1).
Esta forma de mantener dinero, que no es retribuida por el pago de intereses,
deja de ser un medio apto para transferir poder de compra hacia el futuro, pues
en el futuro los precios de las cosas van a ser más altos y el consumo
que podamos realizar entonces será inferior al que pospongamos en el
presente y hayamos congelado en la forma de dinero.
En la medida que la tasa de inflación aumenta, y especialmente si llega
al estadio de la hiperinflación, el dinero también deja de ser
unidad de cuenta (los precios pasan a expresarse, por ejemplo, en dólares)
y también comienza a ser dejado de lado como medio de pago. Recuerde
el lector que durante los procesos hiperinflacionarios que vivió la Argentina
entre 1989 y 1990, los precios comenzaron a cotizarse en dólares y algunas
transacciones, como la compra-venta de propiedades o de automóviles,
sólo se podían realizar en esa moneda.
La estabilidad
(cuando todos quieren dinero)
Contrariamente a lo que ocurre con la inflación, cuando se retoma la
estabilidad de precios la demanda de dinero aumenta al ritmo que éste
va recuperando sus funciones. La Argentina, a partir de 1991, es buen ejemplo
en este sentido. Estos movimientos, por su magnitud y por ocurrir en lapsos
relativamente breves, en comparación con los efectos de las innovaciones
financieras, tienden a disimular la importancia de estas últimas, ya
sea porque los ocultan cuando la inflación crece o porque los compensan
en exceso cuando se alcanza la estabilidad de precios y se consolida la confianza
en que el gobierno será capaz de mantener esa estabilidad.
Debe reconocerse, en este sentido, que aunque la convertibilidad limita severamente
la posibilidad de utilizar la política monetaria como instrumento de
política económica, ha tenido entre sus virtudes, en la medida
en que permitió un rápido aumento de la demanda de dinero, haber
revitalizado el uso del instrumento más eficiente que se conozca para
la realización de las transacciones económicas.
