viernes, 3 de abril de 2026

    El Estado después de las reformas

    Reflexiones sobre el nuevo papel del Estado

    De gendarme a promotor del
    desarrollo

    Por Pablo Gerchunoff (*)

     

    La última década del siglo ha sido especialmente
    pródiga en transformaciones económicas,
    políticas y sociales. Pero no todas ellas están
    concluidas. Una de las que están en pleno proceso
    &endash;acaso la principal&endash; es el papel que debe tener el
    Estado. En este artículo, el autor releva en detalle los
    campos (el mercado, los servicios públicos, los consumidores,
    los ciudadanos en general, la administración pública,
    la educación, la salud, la justicia, la seguridad y los
    sectores marginados) en los que, a su juicio, debe producirse el
    debate.

    Sin lugar a dudas, la última década del siglo XX ha
    sido lo suficientemente rica en fenómenos y transformaciones
    económicas, políticas y sociales como para asegurarse
    un importante puesto en la historia de la humanidad. El orden
    internacional, el comercio, las ideologías, la
    tecnología y las comunicaciones son sólo algunas de las
    áreas radicalmente afectadas por esta turbulenta
    década. Y dentro de esa lista, uno de los sectores en los que
    se produjo un importante quiebre, tanto al nivel nacional como
    internacional, es el Estado moderno y el nuevo papel que debe ocupar.

    La Argentina vivió un frenético proceso de reforma
    del Estado, que en poco más de un lustro se vio desalojado de
    las que eran sus principales funciones y ocupaciones, como por
    ejemplo la provisión de servicios públicos, y vio
    transformar algunas de sus tradicionales formas de
    intervención en la economía y en la sociedad.
    Desmantelamiento del Estado empresario, privatización de los
    servicios públicos, límites a la intervención
    pública: el consenso es amplio sobre lo sucedido &endash;la
    existencia de un cambio cuantitativo y cualitativo del papel del
    Estado&endash;, pero dista de ser tan amplio a la hora de discutir
    las consecuencias de esas transformaciones y los nuevos espacios de
    acción estatal.

    Luego de ese abrupto proceso es comprensible que aún no se
    haya definido precisamente cuál puede ser el nuevo papel del
    Estado, que sigue funcionando tanto por su propia inercia como por la
    creación de nuevos entes y organizaciones en su seno, pero sin
    una visión de conjunto ni una definición de objetivos.
    Partiendo de la experiencia argentina se pueden intentar delinear
    algunos de los roles correspondientes a este nuevo Estado, que
    tímida e imprecisamente empiezan a aparecer y que se cumplen
    con diversos grados de eficiencia.

     

    Estado y mercado

    La búsqueda del nuevo papel del Estado se inscribe en un
    debate más amplio, que intenta definir las relaciones entre
    Estado y mercado. Como mostraremos más adelante, están
    dadas las condiciones para que se desarrollen nuevas formas de
    intervención estatal, fundamentalmente debido a una serie de
    fallas de mercado; sin embargo, no existe un único mercado
    sino un conjunto de instituciones heterogéneas, y es en
    función de estas distintas estructuras que deberá
    establecerse un patrón diferenciado de acción estatal.

    Con ese fin podemos distinguir, a grandes rasgos, tres tipos de
    mercados. En el primero existe una gran cantidad de oferentes y tanto
    las externalidades como los problemas de información son poco
    relevantes para su funcionamiento. En un segundo segmento podemos
    incluir aquellos sectores en los que no existen los monopolios
    naturales pero sí un conjunto de problemas, como trabas a la
    competencia e información incompleta o asimétrica. El
    tercer tipo de mercado incluye las áreas en las que existen
    monopolios naturales o importantes externalidades y problemas de
    información.

    El primer tipo abarca la producción de bienes y servicios
    en condiciones competitivas en general, mientras en el segundo
    podría incluirse al sistema financiero, las comunicaciones y
    los combustibles, y en el tercero a la provisión de agua
    potable, la educación, la infraestructura social y la salud.

    El nuevo papel del Estado radica en la interacción con esos
    mercados y abarcará, en función de las
    categorías que hemos definido, un amplio espectro, desde la
    defensa pasiva de la competencia hasta la regulación directa
    de algunas actividades. En ese sentido es preciso diferenciar las
    políticas de incentivos de las intervenciones públicas
    más directas; en la interacción con los mercados, el
    nuevo Estado puede transformarse simplemente en un Estado gendarme o
    en un actor activo, pequeño pero fuerte, dentro de la
    sociedad.

     

    Estado y ciudadanos

    Uno de los nuevos roles del Estado es el de asumir activamente la
    defensa del ciudadano, en tanto consumidor y productor, en el
    ámbito del mercado. En el sector competitivo de la
    economía es suficiente que el Estado asuma plenamente su
    función de garante de la competencia, estableciendo las
    instituciones adecuadas para investigar y perseguir las
    prácticas monopólicas y oligopólicas, con una
    legislación que fije incentivos claros para evitar ese tipo de
    comportamiento.

    Aunque las políticas antimonopolio tienen una larga
    historia en países como Estados Unidos, nunca se desarrollaron
    con éxito en la Argentina ni aparecieron tan claramente como
    un tema de la agenda estatal como en estos últimos
    años; a pesar de que la apertura de la economía dio un
    impulso importante a la competencia al forzar la integración
    al mercado mundial, es mucho lo que queda por hacer para establecer
    una legislación y una cultura de competencia.

    En los otros dos tipos de mercado que hemos descripto, sin
    embargo, las medidas de defensa de la competencia no son suficientes
    y se impone al Estado la tarea de regular, en diverso grado, la
    actividad del sector privado. Para lograr un funcionamiento
    óptimo del segundo tipo de mercado, es necesario que la
    defensa de la competencia se vea complementada por medidas estatales
    específicas para cada uno de los sectores, que logren
    establecer una autorregulación de los actores privados. Por
    ejemplo, se impone como uno de los nuevos roles del Estado establecer
    reglas de juego claras y transparentes que ayuden al sistema
    financiero a solucionar sus problemas de información
    incompleta y le permitan desarrollarse plenamente, logrando que el
    crédito llegue a todos los que lo necesiten.

    En el segmento de mercado de los monopolios naturales, la
    intervención estatal no debe limitarse a fijar incentivos, ya
    que, por su propia naturaleza, es en estos sectores en los que se
    justifica una intervención más directa. La masiva
    privatización de los servicios públicos puso sobre el
    tapete una serie de problemáticas de regulación y de
    defensa del consumidor frente a las nuevas prestatarias privadas, que
    no habían sido abordadas en el pasado por el Estado. Esto no
    significa que antes de la reforma del Estado los servicios
    públicos fueran eficientes y que por ello los ciudadanos no
    merecían ser defendidos; significa, simplemente, que el
    incremento de la calidad de los servicios públicos debe ser
    complementado con un aumento de la calidad de los derechos de los
    consumidores.

    Por todo ello, los entes reguladores tienen asignada una
    función fundamental dentro del esquema del nuevo papel del
    Estado. Dada la creciente concentración de la economía
    y la aparición de concesionarios de servicios públicos
    y monopolios naturales, el ciudadano corre el riesgo de quedar
    desamparado frente a corporaciones con gran poder de presión.
    La regulación de los servicios públicos y las
    políticas de defensa de la competencia constituyen uno de los
    pilares de las nuevas funciones del Estado y no deben ser
    instrumentadas con desidia o improvisación, ya que se corre el
    riesgo de que las posibles ganancias en eficiencia sean apropiadas
    íntegramente por sólo una parte de los actores. No
    podemos confiar únicamente en el mercado para repartir los
    beneficios de las privatizaciones y la mayor competencia en general;
    complementar al mercado en estos aspectos es una tarea del Estado.

     

    Las otras privatizaciones

    Por otra parte, no sólo los servicios públicos
    fueron privatizados, sino también una serie de empresas
    estatales que se dedicaban a diversos sectores de la economía
    (por ejemplo, la explotación de hidrocarburos o la
    siderurgia). El proceso de reforma desmontó
    íntegramente la estructura del Estado empresario, pero que se
    haya abandonado la producción directa de bienes y servicios no
    implica que deba prevalecer únicamente un Estado gendarme
    regulador y defensor del consumidor, completamente divorciado del
    sector productivo.

    Como señalamos anteriormente, existe una serie de
    condiciones &endash;monopolios, mercados imperfectos&endash; que
    justifican la intervención del lado de la demanda para
    resguardar los derechos del consumidor y proteger la eficiencia y la
    competencia. Pero del mismo modo, del lado de la oferta las fallas de
    mercado y los problemas de coordinación y de acción
    colectiva son suficientemente importantes como para que el Estado se
    vea profundamente involucrado con el sector productivo, ya no como
    productor directo sino como factor de cohesión y desarrollo. Y
    puede cumplir esta función facilitando la integración,
    mejorando los eslabonamientos, brindando asistencia
    tecnológica y comercial a los sectores que lo requieran y
    solucionando los problemas de acción colectiva del sector
    privado.

    El Estado tiene una infinidad de instrumentos a su
    disposición para ese papel, desde los subsidios a la
    producción de los sectores que considere claves hasta la
    organización de consorcios de exportación, pasando por
    el financiamiento de la investigación, la promoción de
    normas de calidad y la capacitación del personal. Aun en el
    sector que definíamos como competitivo puede no bastar, para
    un desarrollo completo, mantener una posición pasiva de
    defensa de la competencia: es mucho lo que puede hacerse para
    incentivar el crecimiento.

    Todas estas nuevas funciones de infraestructura logística
    deben integrarse coherentemente con la infraestructura física,
    que constituía una misión clave del Estado y que en la
    Argentina fue dejada de lado durante las últimas
    décadas. Un Estado eficiente, dotado de una buena
    administración pública, debe ser capaz de planear una
    red de infraestructura al servicio del crecimiento. El Estado
    está cumpliendo sólo tímidamente y a tientas
    estas funciones; sin embargo, debe pensarse en desarrollarlas
    ampliamente, ya que el crecimiento no es únicamente una tarea
    del mercado.

     

    Las actividades propias del Estado

    En cuanto a las actividades que no constituyen monopolios
    naturales pero que por su naturaleza implican importantes
    externalidades o problemas de información, como la
    administración pública, la justicia, la salud y la
    educación, el Estado tiene el deber de hacer cumplir
    legislaciones que encaminen los resultados de estas actividades hacia
    la eficiencia y la transparencia. Todas las nuevas tareas del Estado
    que estamos definiendo necesitan, para ser llevadas a cabo con
    éxito y para beneficio de toda la sociedad, ser instrumentadas
    por una administración pública profesional, eficiente y
    transparente. Uno de los nuevos roles del Estado es lograr dotarse de
    una administración de este tipo.

    La justicia &endash;obviamente incluida la defensa de los derechos
    y garantías de los ciudadanos&endash; es uno de los pilares
    del Estado moderno. Más allá de la evidente necesidad
    de garantizar su independencia, se impone como uno de los nuevos
    roles del Estado lograr adaptar el sistema judicial a las nuevas
    condiciones imperantes, tanto en términos de eficiencia
    (lograr una justicia rápida, no burocratizada) como de
    idoneidad (una justicia dinámica, adaptada al nuevo cuadro
    jurídico definido por las innovaciones de la economía,
    como la política de la competencia, los servicios
    públicos privatizados, los entes reguladores).

    En esa misma línea de pensamiento, el Estado, como
    depositario del monopolio de la violencia legítima, debe
    garantizar la seguridad de la población mediante un sistema de
    fuerzas del orden moderno y funcional.

    Por otra parte, el diseño del sistema de salud &endash;y de
    seguridad social en general&endash; posterior al Estado benefactor, y
    su mantenimiento, figuran entre los desafíos primordiales que
    se imponen a la acción estatal. Por último, es
    imperativo que el Estado defina las metas y el modus operandi de un
    sistema educativo eficiente, integrado con el sector productivo y que
    promueva la inclusión social de aquellos sectores relegados a
    un mercado laboral residual de baja calificación.

     

    El Estado social

    Finalmente &endash;last but not least&endash;, uno de los nuevos
    roles del Estado debe ser intervenir a favor de los que, debido a la
    dinámica del fin del siglo y a las nuevas condiciones
    económicas, fueron excluidos del mercado. Además de las
    políticas de oferta y demanda que benefician a los sectores
    incluidos, el abandono de tareas que ocupaban gran parte de sus
    recursos económicos y políticos debe permitir
    establecer un verdadero Estado social que se encargue de lograr una
    mayor inclusión, para que los beneficios de la eficiencia y el
    crecimiento puedan ser compartidos por un número de personas
    cada vez más grande. De otro modo, y más allá de
    las consideraciones ideológicas que nos pueden llevar a apoyar
    medidas en este sentido, un Estado preocupado únicamente por
    los consumidores y los sectores ligados a la producción
    agravaría la fragmentación social.

    Siguiendo la clásica descripción del desarrollo de
    la ciudadanía de T. H. Marshall, si bien a fines del siglo XIX
    se consolidaban la ciudadanía civil y, algunas décadas
    más tarde, con la reforma electoral, la ciudadanía
    política, la extensión hacia las esferas social y
    económica asociadas con el Estado benefactor está hoy,
    con su desmantelamiento, en una profunda crisis: buena parte de la
    población carece hoy de lo que podríamos denominar
    ciudadanía social. Se trata de articular la acción
    estatal para lograr ampliar nuevamente este tipo de
    ciudadanía, con la dimensión social adaptada a las
    nuevas condiciones: debe encontrarse el equilibrio de la nueva
    ciudadanía social posterior al Estado benefactor.

    Las tareas en ese sentido también son amplias, y el tipo de
    sociedad resultante depende en gran parte de lo que haga o deje de
    hacer el Estado. Ya hemos mencionado el papel preponderante del
    sistema educativo; puede pensarse también en que se lleven a
    cabo políticas de capacitación de la mano de obra, la
    ayuda al desarrollo de microemprendimientos locales y toda una serie
    de políticas focalizadas para mejorar la calidad de vida y las
    oportunidades. La educación es el factor clave para el largo
    plazo, pero no debe por ello descartarse la asistencia directa para
    paliar las situaciones más preocupantes en el corto plazo.

    Otra tarea del Estado es monitorear la eficiencia del gasto social
    (y del gasto público en general): es de vital importancia que
    los recursos estatales sean utilizados de manera correcta. Dos
    factores fundamentales son el sistema impositivo y la
    administración tributaria, que constituyen la base sobre la
    que el Estado puede llevar adelante políticas en aras de una
    mayor equidad distributiva. No podemos confiar en que el mercado
    logrará estos resultados por sí solo; la
    inclusión, la equidad y el desarrollo social son tareas del
    Estado.

    Algunas de las características del nuevo papel del Estado
    que hemos delineado implican una interacción considerable pero
    sutil con el mercado y sus mecanismos, al plantear el mejoramiento de
    las condiciones de la oferta y de la demanda; pero ello debe
    completarse con un esfuerzo para ampliar el área de influencia
    del mercado para incorporar a sectores que han quedado
    prácticamente fuera de la sociedad. El Estado argentino
    está desarrollando actividades todavía insuficientes en
    estas tres dimensiones. No obstante, debe producirse un debate de
    ideas en la sociedad civil que plantee objetivos generales para el
    nuevo papel de este Estado que parece estar desorientado, ya que la
    manera en que el nuevo Estado cumpla su nuevo papel marcará la
    diferencia entre el simple gendarme y el promotor del desarrollo
    económico.

     

    Regulación de los servicios públicos

    La búsqueda del equilibrio

    Sin duda, es uno de los aspectos más controvertidos del
    debate sobre el papel del Estado. En teoría parece sencillo:
    defender a los consumidores y, simultáneamente, alentar las
    inversiones. Pero la práctica demuestra que es sumamente
    difícil. Tanto, que en la Argentina coexisten tres sistemas
    diferentes, según las distintas etapas de privatizaciones.
    ¿Debe haber un superente o sólo entes por sector? Las
    remuneraciones y la salida laboral de los reguladores, serios
    obstáculos a la calidad de la regulación.

    A partir de las privatizaciones de los servicios públicos,
    el Estado y las empresas concesionarias debieron comenzar a aprender
    el juego de la regulación. No sin sobresaltos, claro. La
    situación ideal, según los especialistas, es que el
    Estado defienda a los consumidores y, a la vez, garantice condiciones
    propicias para estimular las inversiones.

    Ello significa que los administradores del Estado no caigan en la
    tentación de disponer decisiones demagógicas o
    populistas que perjudiquen a las compañías ni, al
    contrario, que su debilidad como reguladores &endash;por la
    razón que fuere&endash; beneficie excesivamente a las empresas
    en detrimento de los consumidores. Y también que las
    compañías asuman que la prestación de los
    servicios públicos es un negocio de largo plazo, evitando
    impulsar renegociaciones injustificadas que huelan a prácticas
    que hasta no hace mucho tiempo se definían con dos expresiones
    no precisamente laudatorias: patria contratista o capitalismo
    prebendario. Punto de equilibrio difícil, si los hay.

    A las opiniones expresadas en las páginas precedentes por
    el economista Pablo Gerchunoff, su colega Fernando Navajas,
    investigador jefe de la Fundación de Investigaciones
    Económicas Latinoamericanas (Fiel), agrega que la
    regulación debe ser entendida como la gobernación de
    una relación contractual para evitar tanto que el regulador
    retenga para sí una inversión ajena &endash;un temor
    que la no demasiado lejana cultura expropiadora del Estado argentino
    justifica plenamente, dice&endash; como que no se caiga en la
    tentación simétrica de renegociar a favor de la
    empresa.

    “La teoría establece que en los servicios públicos
    el papel del Estado es asegurar el máximo de beneficio para
    los consumidores presentes y futuros; es decir que también
    debe cuidar la rentabilidad de las inversiones para que otras
    generaciones tengan buenos servicios”, aclara.

    Navajas advierte que se están observando renegociaciones
    contractuales sesgadas más hacia las empresas que hacia el
    oportunismo del regulador. Como ejemplo cita los casos de aguas,
    rutas y transporte ferroviario. A juicio del economista, la base de
    esos desvíos está en los pliegos de adjudicación
    y el tipo de relación original porque, sostiene, “la
    regulación es una película que, una vez que empieza, es
    muy sendero dependiente”.

    Si el proceso privatizador debiera realizarse hoy, entiende
    Navajas, debería buscarse un diseño de
    regulación mucho más procompetitivo. Porque ahora,
    dice, hay una mayor propensión a regular con menos control
    burocrático centralizado y más asistencia desde el
    mercado. “Y desde el principio &endash;agrega&endash; deberían
    plantearse modelos de privatización que contemplen mercados
    más libres. La palabra exclusividad debería abolirse en
    los procesos de liberalización.”

    Para Navajas, cuanto menos participe el Estado, mejor.
    “Debería proponer &endash;postula&endash; un diseño
    institucional que permita que las inversiones y los precios sean
    adecuados, fijar un horizonte de previsibilidad y dictar
    políticas indicativas. Pero la regulación de ninguna
    manera puede ser directa. Y el debate tampoco debe ir al Congreso,
    porque es lo mismo que llevarlo a una cancha de fútbol.”

     

    Según pasan las ondas

    De acuerdo con el análisis de Martín
    Rodríguez Pardina, director del Centro de Estudios
    Económicos de la Regulación, en el proceso privatizador
    argentino existieron tres ondas regulatorias distintas.

    La primera comprendió el traspaso de Aerolíneas
    Argentinas y Entel. Sin más intención que poner en
    marcha el proceso de desestatización y crear confianza entre
    los inversores, dice el especialista, jamás se incluyó
    algún marco de regulación. En su lugar, sonó
    entonces repetidamente una frase de Domingo Sarmiento: “Hay cosas que
    hay que hacerlas; derechas o torcidas, hay que hacerlas”.

    Los problemas ocasionados aún subsisten, señala
    Rodríguez Pardina, porque una vez que se crean derechos de
    propiedad no se puede tocarlos con regulaciones ex post. Lo que
    aconsejan los manuales, señala, es proceder primero a la
    reestructuración de la empresa y sólo luego transferir
    sus derechos de propiedad.

    La segunda etapa, la del sector energético, se hizo by the
    book. Una ley creó los entes y les dio facultades, y se
    reestructuraron las empresas para asegurar algún grado de
    competencia. En el caso de electricidad, por ejemplo, de tres
    generadores principales (Segba, Agua y Energía e Hidronor) se
    pasó a 35, lo que permitió que la tarifa del mercado
    mayorista cayera 50%.

    La tercera fase, según el especialista, representó
    una vuelta atrás en el compromiso estatal de asistir la
    competencia. “El traspaso de los aeropuertos &endash;dice
    Rodríguez Pardina&endash; no previó ninguna
    reestructuración capaz de alentar la eficiencia. Es un caso
    extrañísimo: un país que adjudicó todas
    las terminales a un mismo grupo. Tampoco se cuidaron las formas y se
    designó por decreto al ex ministro Rodolfo Barra a cargo del
    ente regulador.”

     

    Aprender el juego

    En un seminario organizado a comienzos del mes pasado por el
    Instituto para el Desarrollo Empresarial en la Argentina (IDEA),
    muchos empresarios cargaron duro contra las regulaciones. En buena
    medida fue una reacción contra el intento de la Cámara
    de Diputados de poner un tope a los intereses que cobran las tarjetas
    de crédito y las comisiones de las AFJP.

    Pero el rechazo también alcanzó a las debilidades
    institucionales que erosionan la legitimidad de la acción
    estatal. “Regulación se asocia con corrupción, porque
    no se cumple transparentemente con las normas existentes”,
    expresó Jorge Brea, presidente de Shell. Esas limitaciones
    institucionales, advierte Navajas, conducen a un capitalismo
    prebendario del que, por supuesto, también participa el sector
    privado. E impide al Estado poder establecer &endash;como hizo el
    gobierno del primer ministro Tony Blair, en Gran
    Bretaña&endash; un impuesto a las ganancias extraordinarias de
    las empresas privatizadas para financiar proyectos sociales.

    En la reunión de IDEA quedó igualmente clara la
    impugnación de los empresarios a la creación de un
    superente que agrupe a las agencias reguladoras, tal como propuso la
    Cámara de Senadores. Navajas comparte esta visión: “Hay
    que mantener los entes separados, que cada uno se preocupe por su
    negocio, que se profesionalicen y que puedan ser evaluados
    individualmente”, dice.

    Sin embargo, la separación entre tantas agencias
    podría crear problemas de coordinación y alguna
    industria podría resultar afectada por disposiciones distintas
    en otra rama, advierte Rodríguez Pardina. “La electricidad y
    el gas, por ejemplo, en el fondo son energía y regulaciones
    divergentes pueden motivar sesgos intersectoriales en la
    inversión; la división de agencias trae problemas
    prácticos en la implementación”, explica.

    En el contexto de un superente o alguna figura equivalente al
    Public Utility Service británico, los encargados de la
    regulación son más difíciles de capturar desde
    el punto de vista institucional, dice Rodríguez Pardina.
    “Ahora &endash;agrega&endash; resulta más fácil ser
    capturado desde las empresas: el caso extremo es el Ente del agua,
    que regula a una sola empresa. A la larga, terminan siendo abogados
    de la empresa, como en el viejo esquema estatal en el que el
    secretario de era el representante de la empresa pública ante
    el presupuesto.”

    La regulación en la Argentina apenas empieza. Deben
    aprender a convivir con ella tanto el Estado como las empresas. La
    función pública lo hará creando instituciones
    &endash;y aquí hay que recordar que sólo gas y
    electricidad tienen una ley detrás&endash;, asegurando
    previsibilidad, no cediendo a las presiones coyunturales y dotando a
    los entes de solvencia técnica. Los privados también
    tendrán que aprender. Por el momento, dice Rodríguez
    Pardina, no son conscientes de lo que implica la regulación en
    el largo plazo; en la forma en que amortizan o deciden qué es
    gasto o inversión, parecen tomar decisiones que maximizan el
    corto plazo y crean problemas para el largo.

    Diego Ardiaca

     

    ¿Entes de control o facultades de
    posgrado?

    Por Alejandro Fargosi (*)

     

    Desde que comenzaron las privatizaciones de servicios
    públicos se viene escuchando un reclamo bastante generalizado
    respecto de los entes creados para fiscalizar la gestión
    privada de los servicios públicos. Dejando de lado las
    inevitables exageraciones y los planteos basados exclusivamente en la
    esgrima política, hay voces autorizadas que sostienen que en
    varios casos y en muchos aspectos, la gestión de esos entes de
    control puede ser bastante mejor que la realizada hasta ahora.

    Muchos imputan esos males a las personas que desempeñan los
    cargos. No estoy de acuerdo. Lo importante es encontrar las causas
    funcionales que afectan el trabajo de los controladores que, en
    definitiva, son personas de carne y hueso que, aunque revestidas del
    poder público, no son por definición ni mejores ni
    peores que nosotros, los administrados.

    Hay varias clases de entes, pero parece haber dos causas
    básicas de menoscabo de la función de control: la
    inestabilidad política de sus máximas autoridades y la
    magra disponibilidad de fondos para sueldos y medios materiales de
    investigación.

    La inestabilidad política, un mal endémico de la
    estructura estatal argentina, se conecta con otro aspecto que en los
    entes fiscalizadores es medular: la selección de sus
    directivos por concurso público, y su estabilidad durante
    lapsos prolongados y frente al Poder Ejecutivo. Estos aspectos, sobre
    los que nadie discute en el plano teórico, no se respetan en
    el terreno de los hechos.

    A ello debe agregarse otro tema que, en su momento, en forma
    indirecta, reconoció el ex ministro Domingo Cavallo, desatando
    una tormenta, y hace poco tiempo planteó en nivel
    teórico el conocido Vito Tanzi: la tradición
    republicana de sueldos magros y poca inversión en recursos
    humanos y operativos es un error de gestión, no imputable a
    los organismos de control sino a la filosofía presupuestaria
    global.

    Este tema no es nuevo. Desde siempre, los cargos públicos
    han estado bastante mal pagos, sobre todo en los niveles más
    altos de la Administración. La Argentina no es distinta en
    esto a países desarrollados, aunque haya variaciones
    cuantitativas de alguna significación.

    ¿Qué consecuencias se derivan, en el terreno de los
    entes de control, de esos salarios bajos? En su trabajo, los
    funcionarios enfrentan cotidianamente a sus pares del sector privado,
    que los duplican o triplican en sueldos, que tienen a su
    disposición recursos operativos de primer nivel y que,
    incluso, tienen una expectativa de estabilidad mucho mayor.

    Como héroes civiles siempre ha habido pocos &endash;por eso
    los llamamos héroes&endash;, lo que sucede es simple: del
    entusiasmo se pasa al desaliento, de la vocación de eficiencia
    al agotamiento y del control efectivo al control relativo, para
    terminar en el abandono del cargo y el ingreso a empresas del sector.

    Entonces, los organismos que se suponía debían
    controlar a quienes nos dan agua, electricidad, comunicaciones y
    transporte, pasan a ser virtuales facultades de posgrado, donde se
    entrenan jóvenes y no tan jóvenes que, llegados a un
    determinado punto, en lugar de enriquecer al Estado con su
    experiencia, la entregan a las empresas a las que antes controlaban.
    Pedirles a estos controladores que se conviertan en próceres y
    antepongan los intereses generales a su humana aspiración de
    bienestar individual y familiar, es un absurdo.

    Parafraseando a Saint Exupery, si ordenamos a alguien que vuele y
    no vuela, no podemos decir que esté desobedeciendo.
    Sencillamente estamos pidiendo un imposible.

    Porque es imposible que los entes de control funcionen con
    inestabilidad, con recursos materiales escasos y con sueldos
    incomparables a los de la actividad privada a la que deben
    fiscalizar. Sobre todo, cuando en realidad existen recursos propios
    que si no fueran acaparados por la temida Rentas Generales,
    sobrarían para esas mejoras.

    El problema no es la corrupción. Aunque, como dice la
    sabiduría popular, los santos están en el cielo, en los
    entes de control hay una enorme cantidad de gente honesta. El
    problema es la concepción irreal que, heredada de
    épocas aristocráticas terminadas hace décadas,
    supone que los funcionarios públicos deben ser o ricos
    señores para los que la estabilidad y el salario poco
    importan, o Belgranos que posterguen sus legítimas
    aspiraciones en beneficio del país.

    Mientras se mantengan esas tácitas y falsas premisas y nos
    indignemos porque un ministro pretenda ganar un sueldo de gerente
    medio de empresa media, vamos a tener que soportar la misma
    ineficiencia que existiría en cualquier empresa privada que se
    manejase de manera semejante.

    Como decían las abuelas, lo barato sale caro.

     

    Regulación y corrupción

    según Vito Tanzi

     

    En varios pasajes del extenso paper titulado Corrupción en
    el mundo: causas, consecuencias, alcances y remedios, conocido muy
    parcialmente en la Argentina por la descripción de un hecho al
    que muchos interpretaron como la construcción de una pista
    para la operación de aviones en la aldea natal del presidente
    Carlos Menem, el director de Asuntos Fiscales del Fondo Monetario
    Internacional (FMI), Vito Tanzi, se refirió a la
    relación entre corrupción y regulaciones. Lo que sigue
    es una síntesis de sus expresiones.

     

    La corrupción generalmente se conecta con las actividades
    del Estado y especialmente con el monopolio y el poder discrecional
    del Estado. Pero una sociedad civilizada no puede funcionar sin un
    Estado, y en las sociedades modernas y avanzadas el Estado debe tener
    muchas funciones. La realidad indica que algunas de las sociedades
    menos corruptas del mundo, como Canadá, Dinamaca, Finlandia,
    Holanda y Suecia, tienen grandes sectores públicos. De modo
    que la solución al problema de la corrupción no es tan
    simple como reducir el tamaño del Estado. La forma en que
    opera el Estado y lleva adelante sus funciones es mucho más
    importante que el tamaño del sector público.

    En muchos países, y especialmente en los países en
    desarrollo, el papel del Estado se lleva a cabo mediante la
    aplicación de muchas normas y regulaciones. En esos
    países se requieren varios tipos de licencias, permisos y
    autorizaciones para realizar diferentes actividades. A menudo, varias
    oficinas gubernamentales deben autorizar la actividad y varios
    empleados públicos deben ser contactados.

    La existencia de esas regulaciones otorga una especie de poder
    monopólico a los funcionarios que deben autorizar o
    inspeccionar las actividades. Esos funcionarios pueden negar las
    autorizaciones o simplemente demorar una decisión durante
    meses. En algunos casos las regulaciones no son transparentes o no
    están disponibles públicamente, lo que da a los
    burócratas una gran cantidad de poder y una buena oportunidad
    para conseguir coimas.

    La existencia de estas regulaciones requiere frecuentes contactos
    entre ciudadanos y burócratas. Especialmente en los
    países en desarrollo, grandes proporciones de tiempo de los
    gerentes de empresas, especialmente de las pequeñas, se gasta
    en tratar con la burocracia. Este tiempo que se quita a la
    gestión puede reducirse a través del pago de coimas.

    Varios países, entre ellos Singapur, Hong Kong, Uganda y la
    Argentina, han creado comisiones u oficinas con la responsabilidad
    expresa de investigar denuncias de corrupción. Para ser
    eficientes, esas oficinas deben ser independientes del establishment
    político, contar con amplios recursos y personal de la
    más alta integridad. También deben tener la facultad de
    imponer sanciones o, al menos, que existan otras instancias para
    aplicarlas. Desafortunadamente, en algunos países se exige a
    esas oficinas que informen confidencialmente al presidente o al
    primer ministro, lo que reduce la efectividad y politiza el proceso.

    En un país africano, el presidente se negó a
    despedir a ministros ampliamente reputados como corruptos. En un
    país asiático, un ministro que fue acusado de
    corrupción sólo fue transferido a otro ministerio. En
    un país latinoamericano, un presidente que planeaba crear una
    comisión anticorrupción propuso designar como jefe de
    esa comisión a un individuo ampliamente denunciado como
    corrupto. Ejemplos como éstos no ayudan a crear el clima que
    conduciría a una sociedad libre de corrupción.

     

    N. de la R.: El único país latinoamericano que
    creó una oficina anticorrupción en los últimos
    años fue la Argentina. Antes de que se designara al frente de
    ella al poeta José María Castiñeira de Dios,
    trascendió que uno de los candidatos para ese puesto era el ex
    embajador ante el Vaticano vinculado a la quiebra presuntamente
    fraudulenta del Banco de Crédito Provincial.

     

    Presupuesto y gasto social

    Entre la rigidez y la ineficiencia

    Convertido en el terreno en el que se dirimen pujas
    políticas, el presupuesto ha perdido casi toda su capacidad
    como instrumento estatal: hoy, sólo 10% de sus asignaciones
    tiene cierto grado de flexibilidad. Tan rígido es, que muchas
    cuentas no podrían bajar sus gastos ni aunque disminuyeran los
    recursos. En parte por ello &endash;pero no sólo por
    ello&endash;, el gasto social no conforma a nadie. Suma $ 50.000
    millones al año. Para unos es mucho y para otros es poco; para
    todos se lo gasta mal.

    En teoría, el presupuesto constituye una de las
    herramientas clave de la actuación del Estado. A través
    de él se decide año a año qué sectores
    recibirán los recursos públicos disponibles. En el caso
    de la administración nacional, actualmente esa masa es de $
    48.676 millones. Sin embargo, la imagen del secretario de Hacienda
    repartiendo cada año el equivalente a 14% del PBI tiene muy
    poco de realidad, puesto que la capacidad de maniobra que la
    función pública tiene sobre el gasto nacional es
    mínima. “Casi todas las asignaciones tienen una ley
    detrás que impide tocarlas y que hace que el presupuesto
    argentino exhiba una gran rigidez institucional”, asegura Oscar
    Cetrángolo, investigador del Centro de Estudios para el Cambio
    Estructural (Cece).

    De las erogaciones totales, $ 6.776 millones están
    comprometidos a los intereses de la deuda pública; $ 2.100
    millones, a las cajas provinciales transferidas; $ 15.455 millones,
    al sistema de seguridad social, y otros $ 5.190 millones corresponden
    a transferencias a las provincias. De esto resulta que las
    asignaciones sin rigidez institucional suman $ 19.155 millones; es
    decir, menos de la mitad de los fondos totales. Pero a ello hay que
    restar el gasto de capital y el destinado a los poderes Legislativo y
    Judicial, y a las áreas de defensa y seguridad. “En definitiva
    &endash;dice Cetrángolo&endash;, sólo $ 4.800 millones,
    o sea 10% del presupuesto, no está atado a alguna ley. Pero
    este dinero es el que mantiene el funcionamiento del Estado, de modo
    que anularlo es imposible.”

    Esa no es, sin embargo, la visión que predomina entre los
    empresarios. De acuerdo con una encuesta realizada por TeleSurvey
    para MERCADO, 35% considera “muy posible” la disminución del
    gasto público, 47% cree que es “algo posible” y sólo
    17% lo considera inviable. En una entrevista publicada en diciembre
    pasado por esta revista, el diputado radical Rodolfo Terragno
    aseguró que el gasto público “puede bajar si se lo
    controla” y se combaten “duplicaciones, yuxtaposiciones, gastos en
    negro, agujeros creados para que se vaya la plata, corrupción
    e ineficiencia”. El problema, agregó, es que “la contabilidad
    pública es muy, muy deficiente en la Argentina”.

    Así como en los ´70 el grueso de las partidas se lo llevaba
    la inversión pública y en los ´80 era la deuda externa
    la que trastocaba las cuentas, el de los ´90, según
    Cetrángolo, es “un presupuesto de jubilados”. El especialista
    sostiene que ello se originó en la reforma previsional de
    1994: “Antes &endash;explica&endash; la previsión social no
    era parte del presupuesto, porque los impuestos a la nómina
    salarial y el autofinanciamiento provocaban una brecha mínima
    que se cubría con recursos de Rentas Generales”.

     

    Nación vs. provincias

    El mayor peso de la previsión provocó otra
    consecuencia: el avance del Estado sobre recursos anteriormente en
    manos de las provincias. El presupuesto se convirtió en el
    terreno de lucha entre el sector previsional y las restantes cuentas,
    y entre la Nación y las provincias. Según
    Cetrángolo, el gobierno lo transformó en una especie de
    ley ómnibus que en lugar de reflejar los gastos y los recursos
    de las distintas políticas públicas, refleja decisiones
    políticas previas y los resultados de pujas que
    deberían tratarse en otros ámbitos y con otros plazos.

    La pugna entre los distintos niveles del gobierno por obtener
    recursos alcanzó tal magnitud que hoy ya casi no quedan
    tributos que no tengan, al menos parcialmente, una asignación
    específica. Y marcó el rumbo, antes que cualquier
    política de optimización del gasto, de los procesos de
    descentralización de la salud y la educación
    públicas.

    Según los estudios del Cece, la brecha entre los ingresos
    que deberían haber recibido las provincias de acuerdo con la
    Ley de Coparticipación de 1988 y los que efectivamente
    computaron sumó $ 22.800 millones en los últimos seis
    ejercicios. Y la tendencia es al alza: así como en 1992 el
    desfase fue de $ 2.100 millones, en 1997 trepó a $ 4.500
    millones.

    Entre otras medidas, la Nación tocó los dos
    impuestos que para 1996 representaban 90% de la masa coparticipable:
    destinó 9% del IVA y 20% de Ganancias para previsión
    social. Como broche, con el Pacto Fiscal de 1993 agregó a esa
    cuenta 15% de toda la coparticipación.

    “Esos remiendos permanentes crean marcos sumamente complejos e
    irracionales, porque nadie pensó el diseño sino que se
    fue dando sobre la base de la capacidad de presionar de cada uno de
    los actores”, dice Cetrángolo. Y con igual dureza sostiene que
    la descentralización de los servicios de salud y
    educación tuvieron la misma lógica. “Como la
    Nación no podía afrontarlos, los pateó a las
    provincias”, resume.

    Con más servicios que afrontar y menos recursos, las
    provincias se aseguraron en el Pacto Fiscal una transferencia
    mínima de $ 745 millones mensuales en concepto de
    Régimen de Coparticipación Federal, sea cual fuere el
    nivel de recaudación. “Así &endash;puntualiza
    Cetrángolo&endash;, las restricciones al manejo presupuestario
    son aun mayores. Si hubiese, por ejemplo, una caída de los
    recursos, la Nación estará obligada de cualquier modo a
    cumplir con un conjunto de garantías y montos fijos de
    transferencias.”

     

    El gasto social

    No sólo como consecuencia de la rigidez presupuestaria, el
    gasto social del Estado genera a menudo muchas más
    críticas que elogios. Sobre todo en una época marcada
    &endash;no sólo en la Argentina sino en casi toda la
    región&endash; por el drástico contraste entre
    índices de crecimiento formidables y aumentos proporcionales
    del desempleo y la desigualdad social. “El Estado todavía
    tiene mucho por hacer, por más que no produzca bienes y
    servicios: la equidad, por ejemplo, la garantiza el Estado o no la
    garantiza nadie”, dispara Laura Golbert, investigadora del Cece.

    En conjunto, el gobierno nacional y las administraciones
    provinciales y municipales destinan entre $ 51.000 y 53.000 millones
    al gasto público social. Según Jorge Capitanich,
    subsecretario de Proyectos Sociales de la Secretaría de
    Desarrollo Social, de ese monto corresponden a la Nación
    alrededor de

    $ 27.000 millones, en su mayoría destinados a la seguridad
    social. Sin hospitales ni escuelas a su cargo, la
    administración central vuelca $ 1.600 millones al
    mantenimiento de las universidades y $ 3.000 millones a acciones
    focalizadas, como programas alimentarios, de vivienda y materno
    infantiles.

    Golbert y Capitanich coinciden en que, en la medida en que el
    mercado expulsa trabajadores, corresponde al Estado generar
    mecanismos que, además de asegurar la supervivencia, permitan
    la reinserción como ciudadanos plenos en el tejido social.
    Allí se acaba el consenso: mientras Capitanich subraya los $
    15 millones que se asignan a la capacitación de animadores
    comunitarios o líderes productivos, Golbert afirma que “los
    programas de gasto social en marcha están muy sesgados a
    mantener vivos a los golpeados por la economía y no van
    más allá de eso”.

    La investigadora admite que el seguro para los desempleados
    constituyó una medida importante, pero advierte que la calidad
    de los planes de empleo es deficiente. “Les son más
    útiles a las empresas &endash;dice&endash; que a los que
    están en la calle, porque son puestos de bajos salarios, sin
    cobertura social y por períodos muy limitados. Parece que se
    apunta más al asistencialismo y la contención social
    que a la inserción.”

     

    Mal pero, ¿poco o mucho?

    Golbert cuestiona el “mito” de que en materia social se gasta
    mucho y mal. “La verdad es otra: se gasta poco y mal”, dice. Como
    evidencia, sostiene que la inversión en políticas de
    empleo &endash;capacitación, puestos efectivos y seguros para
    desocupados&endash; representa 0,2% del PBI, mientras en Alemania,
    donde los contrastes sociales están menos acentuados, el rubro
    absorbe entre tres y cuatro puntos del producto.

    Según la especialista, en la Argentina se gasta alrededor
    de $ 600 millones, lo que equivale a $ 1 por día por
    desocupado. Para ella, el poco dinero que maneja el Fondo Nacional de
    Empleo desvirtúa incluso el espíritu del seguro por
    desempleo: su objetivo, dice, debería ser solventar durante un
    tiempo a quien se queda sin trabajo, para que pueda conseguir uno
    nuevo y evitar la presión que su urgencia ejercería
    sobre el mercado. “Pero con $ 300 o $ 400, según la zona, es
    imposible que eso se cumpla”, agrega.

    Capitanich asegura que la Secretaría de Desarrollo Social
    procura instrumentar sistemas transparentes de asignación y
    medición del gasto. “Sólo una vez que logremos esto
    sabremos qué frontera existe entre ineficiencia y
    corrupción”, explica. Para él, la debilidad
    institucional de las provincias y los municipios condiciona la
    eficiencia del gasto.

    En los ´90 resurgieron con fuerza los criterios de
    focalización como alternativa al gasto universal e
    indiscriminado. Según Capitanich, ese mecanismo posibilita una
    gestión más pulcra, en tanto permite demarcar un
    presupuesto y la cantidad de beneficiarios finales de una
    acción. “Actualmente &endash;añade&endash;, los
    primeros dos quintiles de la población son los que reciben la
    mayor transferencia del gasto social, que se diluye en los restantes
    bajo la forma de los servicios públicos que presta el Estado.
    Una política focalizada lograría un mejor impacto de la
    inversión.”

    Esa política de subsidiar la demanda no se condice con la
    educación universitaria gratuita, único gasto que le
    queda a la Nación en el área. ¿Por qué no
    deben pagar algo aquellos que pueden?, se preguntan Golbert y
    Capitanich. Los dos señalan que a determinadas carreras
    sólo acceden los hijos de la clase media acomodada, por lo que
    no resulta lógico que se financie a todos con fondos
    públicos, sino asistir mejor a aquellos que tienen menos
    recursos.

    Con todo, la eficacia de las políticas focalizadas requiere
    una fortaleza institucional que tal vez no sea fácil hallar en
    la Argentina. Según Golbert, “la literatura sobre el tema
    demuestra que los programas para pobres terminan siendo pobres, sin
    calidad ni continuidad”.

    Capitanich cree que hay una sola salida: plantear al gasto social
    como política de Estado y, en lugar de politizar las
    asignaciones, lograr calidad institucional mediante el
    establecimiento de metas y sistemas de auditoría.

    D. A.




























































    Diferencia entre la coparticipación efectiva y
    la que


    habría correspondido según la ley (en
    millones de pesos)


    Año


    Coparticipación según la
    ley


    Coparticipación efectiva


    Diferencia


    1992


    11.635,5


    9.506,4


    2.129,1


    1993


    13.574,4


    10.262,7


    3.311,7


    1994


    14.765,6


    10.765,9


    3.999,7


    1995


    14.922,1


    10.563,3


    4.358,9


    1996


    15.671,3


    11.249,6


    4.421,7


    1997


    17.356,0


    12.773,8


    4.582,2


    Total


    87.924,9


    65.121,7


    22.803,3


    Fuente: Cece.

     

    Políticas activas

    El arsenal de los estados

     

    Existen numerosas herramientas para que un Estado influya en el
    camino de desarrollo económico si no quiere que éste
    sea decidido por los agentes privados. Los mercados ofrecen
    más de una imperfección, como la dificultad para
    competir en economías de escala y las externalidades. Pero
    también pueden tenerlas las intervenciones estatales.

     

    Aranceles a la importación, subsidios a las exportaciones,
    planeamiento indicativo, exenciones impositivas, leyes
    antimonopólicas, barreras paraarancelarias, crédito
    público, entes reguladores, orientación del gasto
    público, control de precios, regulación sobre la
    remisión de utilidades al extranjero y manejo del tipo de
    cambio. Todo ello representa apenas una pequeña muestra de las
    herramientas de que dispone el Estado, aun sin ser productor de
    bienes y servicios, para intervenir en la economía y, en
    particular, en el diseño de la estructura industrial de un
    país.

    La utilización de esos instrumentos implica necesariamente
    la determinación gubernamental de influir en el sendero de
    desarrollo económico que &endash;de otra manera&endash;
    sería decidido por los agentes económicos privados en
    forma descentralizada. En otros términos, la misma existencia
    de una política industrial supone cuestionamientos a los
    resultados que tendrían lugar si se dejara al mercado operar
    libremente.

    Bernardo Kosakoff, economista de la Comisión
    Económica para América latina y el Caribe de las
    Naciones Unidas (Cepal) y profesor de la Universidad de Buenos Aires,
    plantea razones económicas que justifican la ejecución
    de una política industrial. Por un lado, afirma, al menos 90%
    de los bienes industriales proviene de mercados que operan en
    condiciones de competencia imperfecta.

    Rasgos característicos de esos mercados son, por ejemplo,
    la explotación de economías de escala, que impone
    barreras a la entrada de otras firmas y, en consecuencia, favorece
    comportamientos anticompetitivos. En ese caso el Estado está
    en condiciones de asistir a través de subsidios al ingreso,
    leyes antitrust y regulaciones que en general sancionen
    comportamientos monopólicos.

    Otra falla de mercado, común en la industria, son las
    externalidades, sobre todo las derivadas del conocimiento
    tecnológico. Los gastos en investigación y desarrollo,
    particularmente en los sectores industriales más
    dinámicos, son muy significativos y difícilmente
    apropiables. Así, la dificultad de las firmas privadas para
    internalizar los beneficios del desarrollo tecnológico provoca
    un incentivo negativo a la inversión en áreas como los
    laboratorios de investigación y desarrollo. La acción
    pública en este campo asume la forma de subsidios,
    diseño y ejecución de normas sobre derechos de
    propiedad intelectual y la intervención directa del Estado a
    través de centros de investigación públicos.

     

    Políticas y mercado

    Para la tercera falla de mercado &endash;la de
    coordinación&endash;, el diagnóstico y las respuestas
    están menos consensuados. El punto de debate más fuerte
    son las políticas estrictamente selectivas, reconoce Kosakoff,
    quien opina que “el mecanismo de coordinación de la actividad
    económica basado pura y exclusivamente en el sistema de
    precios de mercado no llega a ser el asignador adecuado de recursos,
    sobre todo cuando se producen problemas de enlace intertemporal que
    no permiten captar un conjunto de ventajas dinámicas”.

    En este punto, el papel de la política industrial es
    básicamente buscar mecanismos alternativos al de precios de
    mercado. Por ejemplo, el desarrollo de un sistema de subcontratistas
    y proveedores en el que los vínculos de asignación de
    recursos se produzcan al interior de complejos de empresas. Otra
    posibilidad son los contratos públicos en los que el Estado
    disminuya la incertidumbre para permitir la inversión en
    activos específicos cuando los precios no dan las mejores
    señales para que se haga, explica Kosakoff.

    El ejemplo típico en ese sentido es aquel en el que una
    firma invierte en maquinaria de última tecnología pero
    sus proveedores se encuentran con que sus productos, de no mediar
    inversiones complementarias, no son aptos para los nuevos equipos.
    Dejado a la voluntad de la mano invisible, el sistema de precios de
    mercado seguramente inhibirá la inversión inicial, ya
    que no será posible el aprovisionamiento de insumos. Es decir:
    a pesar de que sería beneficioso para ambos realizar las
    inversiones, las imperfecciones en el mercado de capitales y la
    inexistencia de mecanismos de coordinación diferentes al de
    precios de mercado, frustrarán la inversión.

    Kosakoff advierte que ésos y otros argumentos, que se
    ensayan desde la economía para la intervención,
    sólo son significativos si se verifica que los resultados,
    comparados con la no intervención, son óptimos. “Si el
    Estado interviene &endash;dice&endash;, es necesario que exista la
    capacidad de medir quién recibe las transferencias y
    cuáles son sus premios y sus obligaciones. Es necesario que
    las políticas públicas sean transparentes, evaluadas y
    cuantificadas, para que los beneficios sociales sean positivos.”

     

    Políticas industriales

    Osvaldo Kacef, economista de la Unión Industrial Argentina
    (UIA), agrega a la perspectiva de la eficiencia económica otra
    razón que justifica la intervención pública: en
    el caso de la Argentina, argumenta, pensar en un sendero de
    crecimiento de 5% o 6% anual &endash;condición indispensable
    para resolver, entre otros, el problema del desempleo&endash;
    determina que para solventar las importaciones necesarias para
    alcanzar esa tasa, es necesario exportar. Y dados los límites
    que hay ante la ventas externas de productos primarios, las
    exportaciones que más pueden crecer son las industriales.

    “Ante este panorama &endash;sostiene&endash;, es perfectamente
    válido algún tipo de política industrial que
    fomente un sector particular de la economía; en este caso, el
    exportador de manufacturas. Y las experiencias de altas tasas de
    crecimiento en los últimos 20 años en el mundo han sido
    a través de políticas industriales que han favorecido
    la conquista de mercados.”

    La teoría económica pocas veces se lleva de la mano
    con la política económica. Y la Argentina parece ser
    fuente de inspiración de esta disociación.
    “Inorgánica, desordenada y en algunos casos practicada sin
    convicción”, dice Kacef para describir la política
    industrial del gobierno. Y agrega: “En el Ministerio de
    Economía existe la posición dogmática de que el
    mercado es el que resuelve todos los problemas. Su
    preocupación básica gira en torno de la cuestión
    fiscal; supone que mientras las cuentas públicas estén
    en orden la inflación se mantendrá baja y el mercado
    emitirá señales correctas”.

    Frente a la disyuntiva que plantean las políticas
    verticales contra las horizontales, Kacef opta decididamente por las
    últimas: “Son más democráticas y menos
    distorsivas”, explica. Las verticales, agrega, “resultan
    difíciles de implementar y se prestan a la corrupción”.

    Los países del sudeste asiático fueron partidarios
    furiosos de las acciones verticales. Japón, por caso,
    basó en ellas su política industrial. En 1970, los
    responsables del Ministerio de Industria y Comercio Internacional
    &endash;el legendario Miti&endash; explicaban ante la
    Organización para la Cooperación y el Desarrollo
    Económico (Ocde) la política adoptada: “El Miti
    decidió promover las industrias pesadas que requieren
    intensivo empleo de capital y tecnología, como el acero, la
    refinación de petróleo, la petroquímica y la
    producción de automóviles, aviones, maquinaria
    industrial y electrónica, incluidas las computadoras. En
    términos de los costos comparativos de producción,
    estas industrias deberían ser las más inapropiadas para
    Japón. Pero desde una perspectiva de largo plazo, es en ellas
    precisamente que la elasticidad de ingreso de la demanda es elevada,
    el progreso tecnológico es rápido y la productividad
    del trabajo aumenta velozmente”.

    Más allá del tipo de acciones que se elijan, el caso
    japonés deja claro el grado de compromiso estatal, no ya con
    la producción directa, pero sí con la estrategia y la
    mirada a futuro, que alienta el crecimiento industrial.

    Camilo Silberkasten