Las peleas alrededor de la unión monetaria y un índice de desempleo clavado en los dos dígitos estimulan la moda del europesimismo. Pero esta postura está completamente fuera de lugar si se analiza el futuro del continente. En la carrera económica que determinará cuál será la región líder del próximo siglo, hay muchos argumentos a favor de Europa.
Si bien los medios (y los políticos de la oposición) tienden a señalar sus debilidades, a menudo olvidan mencionar que Europa exhibe grandes fortalezas esenciales. En ningún otro lugar del planeta existe una población de esa magnitud que siquiera se acerque al nivel de educación europeo o que ya disponga de una infraestructura tan sofisticada.
Cualquier potencia económica de la cuenca del Pacífico con una población del mismo tamaño sería más pobre, tendría peor educación y una infraestructura mucho menos moderna.
La era que se avecina en la que predominarán las industrias creadas por el cerebro del hombre, como la biotecnología, la microelectrónica o las telecomunicaciones es especialmente prometedora para las compañías europeas. Aunque hay áreas en las que Europa está rezagada, sus recursos y su know how del mercado pueden colocarla en una posición ventajosa con mucha rapidez. Y la apertura de la ex Unión Soviética agrega más de 700.000 científicos e ingenieros de primera categoría al pool de talentos europeos.
Europa comenzó hace mucho a desarrollar la infraestructura de comunicaciones y transporte que resulta vital para competir en el siglo XXI. Su sistema ferroviario de alta velocidad es la forma más eficiente y ambientalmente segura para unir las principales ciudades del continente. Ninguna otra región del mundo tiene que invertir tan poco para construir los modernos sistemas de telecomunicaciones.
Con una población estable, Europa está en mejores condiciones que nadie para elevar el estándar de vida de sus habitantes. El rápido crecimiento poblacional va a estancar a muchos países en la pobreza, aunque sus economías crezcan a índices razonables.
La Unión Europea tiene detrás de sí una historia de 50 años de progreso y organización. Con el tiempo, la Comunidad se ampliará a nuevos países y sus lazos se profundizarán. Mientras tanto, en el resto del mundo apenas se inicia el proceso de regionalización.
Más que un continente
Europa occidental también tiene la posibilidad de crear una relación económica mutuamente beneficiosa con los países del Este de la región, cuya fuerza laboral de bajo costo ya no representa una amenaza sino una oportunidad. Cuando pueda trasladar allí actividades menos calificadas (como la fabricación de indumentaria), Europa occidental podrá brindarles a estos países puestos de trabajo, tecnología y know how financiero. Podrá concentrarse, así, en la producción de los equipos y productos sofisticados que necesitará para competir en el siglo XXI. A medida que aumente el consumismo, los ex países comunistas de la región alimentarán el crecimiento de Europa occidental de la misma manera que China se convirtió en el motor de crecimiento de Asia.
Así como México aportó ventajas a Estados Unidos a través del Nafta, Africa del Norte puede hacer lo mismo con Europa. Tiene una gran oferta de mano de obra barata que puede desarrollarse fácilmente para permitir que las compañías europeas compitan con las asiáticas en una gran cantidad de industrias.
Europa tiene debilidades: por ejemplo, la rigidez de su mercado laboral. Pero sus competidores industrializados también padecen fuertes desventajas. Estados Unidos tiene una gran población de trabajadores no capacitados. Y su tasa de inversión equivale a apenas dos tercios de la europea.
Las debilidades de Japón son de otro tipo, pero no por ello menos graves. Para avanzar, construyó una economía basada en la copia. Y ahora le resulta muy difícil pasar a un sistema de liderazgo económico. Cada computadora japonesa lleva el sello Intel inside. Su régimen educativo desalienta la creatividad, que resulta esencial para desarrollar avances tecnológicos.
Nadie va a dominar la economía internacional como lo hizo el imperio británico en el siglo XIX o Estados Unidos en el XX. Pero Europa está en condiciones de convertirse en el área económica más importante del mundo durante el próximo siglo. En el juego de ajedrez global, puede ocupar la mejor posición del tablero.
