El joven que aparece en esta tapa de MERCADO es un desconocido.
En la Argentina abundan los estudios destinados a definir el perfil
de los adolescentes, las amas de casa o los consumidores del segmento
ABC1. Poco o nada se sabe, en cambio, acerca de los adultos
jóvenes que, a punto de salir de la universidad, están
iniciando el camino que los llevará, en una década o
menos, a los puestos de conducción de organizaciones y
empresas.
La idea de que vale la pena el esfuerzo de empezar a conocerlos
justifica esta iniciativa de MERCADO, que encomendó a la firma
MORI una extensa investigación entre más de 600
estudiantes que cursan el último año de sus carreras.
Llama la atención, para empezar, el ranking de las
empresas donde estos jóvenes creen que encontrarán los
ámbitos de trabajo más prometedores y estimulantes. Las
preferencias se concentran en bancos, consultoras y
compañías de tecnología informática. Pero
las ausencias son, quizá, más significativas que las
presencias en la lista de empresas favoritas. Los sectores más
dinámicos de la economía argentina reciben un
índice de menciones sugestivamente bajo. Esto se observa con
claridad en el rubro de las compañías
energéticas y en la industria de los alimentos y bebidas.
Entre los grandes prestadores de servicios públicos
privatizados sólo aparecen, y con modestas cifras, Telecom y
Edesur.
Tampoco cosechan buenas notas entre los estudiantes grandes
nombres de prestigio internacional, como Philip Morris, Esso o 3M.
Coincidencias
Los lectores de MERCADO advertirán aquí una
notable simetría con las conclusiones del estudio realizado
por la firma Hewitt publicado en la edición de septiembre
(“Quién paga los mejores sueldos”). Los bancos y las
industrias de alta tecnología aparecieron, en esa
investigación, como los sectores más proclives a
remunerar con generosidad a sus cuadros gerenciales.
El sueldo, sin embargo, es el ítem mencionado en segundo
lugar entre las aspiraciones de los estudiantes avanzados. Les
importa más conseguir capacitación y oportunidades de
desarrollar sus aptitudes. Y otro requerimiento de peso es la
flexibilidad de horarios, para poder cursar un posgrado (algo que,
por otra parte, consideran imprescindible para encontrar un buen
empleo).
Calidad de las cabezas
El autorretrato de estos jóvenes es también
sorprendente. Los trazos más fuertes están puestos en
cualidades tales como la responsabilidad y la voluntad de trabajar
con empeño. La imaginación, la inteligencia, la
capacidad de análisis y la madurez son, en cambio, virtudes
que no abundan en la evaluación que hacen de sí mismos.
Sin embargo, los directores de carreras universitarias reunidos
por MERCADO en una mesa redonda (ver nota en la página 36)
coincidieron en afirmar que lo que cuenta hoy, en la formación
de profesionales, no es el cúmulo de conocimientos
específicos adquiridos, sino la calidad de las cabezas y los
espíritus bien armados. Es decir, capacidad de
análisis, de decisión y de adaptación al cambio,
cualidades todas ellas que remiten a la inteligencia, la
imaginación y la madurez.
Liberar para aprender
“Esta es una industria del conocimiento en la que el principal
capital son las personas. Nuestra tarea básica es allanar los
caminos, liberar a las personas, para que utilicen su inteligencia y
su intuición en el negocio”, afirma Hugo Strachan, el CEO
local de Hewlett-Packard -una de las diez empresas favoritas de los
estudiantes encuestados-, en otro artículo de esta
edición (“La elite electrónica”, pág. 157).
Los directivos de empresas de tecnología
informática consultados por MERCADO para indagar en lo que
asoma como una cultura de vanguardia en el management coinciden en
admitir que los talentos requeridos por el sector escasean, lo que
hace trepar los índices de rotación y los salarios.
“Sacamos gente de donde podemos, pero la verdad es que no
alcanza”, reconoce Claudia Segovia, gerenta general de Unisys
Sudamericana. “No selecciono a nadie para hoy, porque sé que
en poco tiempo va a tener otra función”, explica su colega de
Microsoft Argentina, Eduardo Rossini. La obsolescencia acelerada de
los conocimientos técnicos conduce, inexorablemente, a
privilegiar la capacidad de aprendizaje.
Los nuevos millonarios
Las empresas high tech no sólo están dispuestas
(o resignadas) a pagar los sueldos más altos por las mejores
inteligencias disponibles en el mercado. También son las
más inclinadas a convertir a sus empleados en socios mediante
los beneficios en acciones. Este es, precisamente, el origen de las
fortunas de la mayoría de los 100 magnates de la era digital
que la revista Forbes incluye en el ranking que se despliega a partir
de la página 141 de esta edición.
La nómina está encabezada, como no podía
ser de otro modo, por el mítico Bill Gates (el hombre
más rico de Estados Unidos). También están las
grandes cabezas de corporaciones como Intel, Hewlett-Packard y
Oracle, que se disputan no sólo lugares en el ranking, sino el
dominio del rumbo que tomará la informática (redes
versus PC) en el próximo siglo. Y abundan, de la mitad para
abajo de la nómina, nombres menos estelares, de ejecutivos de
empresas que encontraron fenomenales oportunidades de crecimiento en
nichos que dejaron pasar los más grandes.
Todo en discusión
Otro dato a tener en cuenta es que doce de los cien magnates de
la lista de Forbes pertenecen a Microsoft, la compañía
que en estas últimas semanas se ha colocado en el centro de
una profunda controversia por su enfrentamiento con el Departamento
de Justicia norteamericano, que la acusa de prácticas
monopólicas, por obligar a los fabricantes de computadoras a
adquirir su programa Explorer (de navegación en Internet) para
poder instalar el sistema operativo Windows en sus máquinas.
El debate va mucho más allá de la
cuestión legal. “Esto se llama capitalismo, no monopolio”,
argumentó Bill Gates. “¿Quién, que no sean los
consumidores decide qué le ponemos a Windows?”
Esta parece ser la primera gran batalla de un prolongado
conflicto en el que la tecnología, las leyes y la ética
tendrán que encontrar algún punto de coincidencia.
Algo que preocupa al futurólogo Alvin Toffler, que en su
columna “Los clobots, los genes humanos y el espacio” reflexiona
sobre los dilemas morales y filosóficos que depara el avance
de la tecnología, y hasta qué punto está
amenazado, en este nuevo escenario, el imperio de la inteligencia
humana.
