viernes, 1 de mayo de 2026

    Dios los cría

    Después de casi un año de intenso romance, se
    concretó una de las bodas más comentadas del ambiente.
    Agulla & Baccetti, los enfants terribles que revolucionaron la
    publicidad local, se asociaron con el Lowe Group, que consolida
    así su desembarco en América latina. La ceremonia
    -signada por el savoir faire de su celebrante, Frank Lowe- se
    llevó a cabo en Londres y fue compartida por la también
    flamante incorporación de la agencia venezolana Concept.

    Lowe Howard-Spink, la matriz fundadora del grupo, se creó
    en Inglaterra en 1981. En el ´86 fue consagrada como Agencia
    Internacional del Año por la revista norteamericana
    Advertising Age y Agencia del Año por la británica
    Campaign, que volvió a distinguirla como la más
    creativa de Europa en el ´92. Tres años después obtuvo
    el Premio a la Agencia del Año en el Festival de Cannes.

    En 1990 el Lowe Group se incorporó a Interpublic, el
    consorcio de empresas con base en Estados Unidos que cotiza en Bolsa.
    La red Lowe abarca hoy Europa (que incluye Sudáfrica),
    Norteamérica, Asia-Pacífico y Latinoamérica,
    tiene oficinas en 33 países, factura US$ 3.600 millones y
    ocupa el 13er puesto entre los grupos publicitarios de todo el mundo.
    Un elemento que marca su perfil más allá de los
    números es que en los dos últimos años la red ha
    ganado más premios en los principales festivales
    internacionales que cualquier otra net de similares dimensiones.

    Conociendo a los contrayentes, la unión parecía
    inevitable. Para Carlos Baccetti, el motivo fundamental fue
    “compartir con alguien de mayor experiencia la misma filosofía
    de trabajo”. Ese rapport se palpó vívidamente en
    Londres viéndolos interactuar; se les nota la misma
    pasión, el mismo humor, la exacta dosis de desparpajo y rigor
    que se trasunta en sus trabajos. Cuentan los argentinos que desde su
    nacimiento como agencia fueron visitados por casi todas las cadenas,
    especialmente las norteamericanas, “pero sus discursos eran
    incomprensibles para nosotros”, señala Baccetti. “Lo de Lowe
    fue diferente, vino a proponer comprar una minoría (se habla
    de 20% con opción a una porción mayor pero siempre
    minoritaria), y dijo: ´Ustedes manejen el negocio, porque si lo hacen
    bien se van a encargar de que yo gane plata. Lo único que
    espero de ustedes son buenos trabajos´.”

    ¿Y qué esperan ellos de la red? Agulla, Baccetti y
    Brusco coinciden: acceso a la información, posibilidad de
    hacer analogías, capacitar a la gente, apoyo en la
    producción, elevar el nivel de autoexigencia. No se plantean
    en el corto plazo recibir cuentas internacionales ni otra clase de
    beneficios de tipo económico; quieren seguir siendo lo que son
    y tienen muy claro que cuando el trabajo es bueno los nuevos clientes
    -y por lo tanto el dinero- vienen solos. Pero insisten en afirmar que
    la razón primera que los impulsó a concretar esta
    asociación fue la afinidad creativa.

    Ramiro Agulla señala que “es la red con más futuro,
    está gestándose, y nosotros vamos a contribuir a
    desarrollarla; no estamos para ser un nudo más de esa red, no
    es nuestra personalidad ni nuestro objetivo profesional. Tenemos
    todas las posibilidades de ser importantes para ellos, y eso es lo
    que queremos”. Hoy, con un director de la talla de Wim Wenders a
    cargo de la realización de un comercial para Renault, ya
    están marcando un hito.

    Quizás el secreto de esa química que se da con Lowe
    pase por divertirse con lo que hacen, y eso es algo que los clientes
    terminan agradeciendo. Como dijo su nuevo partner en Londres, “la
    vida tiene demasiadas cosas importantes como para tomarse tan en
    serio la publicidad”. A pesar de que, a su manera, ellos lo hacen.

     

    Frank Lowe, el indiscreto encanto del talento

    Amelo o déjelo

     

    Pero, claro, es imposible dejarlo. Cómo hacerlo con un
    hombre que construyó una agencia superlativa, una red mundial
    joven y montada en la pura garra de la creatividad. Para los no
    iniciados, apenas ese sujeto que boicoteó el reparto de Leones
    en Cannes en el ´95; para los conocedores, alguien que conjuga el don
    de la creatividad y el instinto feroz del negocio, amigo de artistas
    e intelectuales, un chico pobre de Manchester que se
    constituyó en un paradigma del refinamiento británico.

     

    Lo primero que puede decirse de Frank Lowe es que es decididamente
    un personaje, con todo lo que esto implica. Alguien que se
    construyó a sí mismo desdeñando todos los
    clisés, aunque muchos de sus detractores se empeñen en
    encasillarlo en algunos no demasiado simpáticos: divo,
    soberbio, tiránico, hasta bastardo.

    Sin embargo, sentado en sus espaciosas oficinas frente al Hyde
    Park, en el corazón elegante de Londres, con su ropa casual de
    Armani, conversa afable y francamente acerca de todos los temas que
    se le plantean; no tiene pelos en la lengua. Es talentoso y se le
    nota, aunque -o quizá por eso- su gran amigo, el cineasta Alan
    Parker, haya dicho alguna vez que “a veces parece ser más
    lunático que brillante”. Tildado de excéntrico por
    ciertas actitudes -nadie olvida la ocasión en que se
    disfrazó de león para la fiesta de cumpleaños de
    una amiga y estuvo a punto de morir quemado al incendiársele
    el traje-, lo más palpable es que se trata de alguien que ama
    la vida, se la devora. O, para ser más justos, la paladea
    intensamente. Y le apasiona la diversión, la alegría,
    que busca en todas partes pero especialmente en su trabajo. Cierta
    vez le dijo a Phil Geier, CEO del megagrupo americano Interpublic -un
    hombre conocido por su escasa capacidad de disfrute-: “Lo que hacemos
    debería ser más divertido, más lleno de risa”.

    Lo cierto es que el bueno de Geier -a esta altura seguramente
    encandilado por la luz creativa de Frank-, de cara al inminente
    congreso del Lowe Group que se celebra este mes en Venecia, le dijo:
    “¿Puedo ir a la conferencia?”, y Lowe, condescendiente, le
    contestó: “Sabes que no puedes”. Phil, algo amoscado,
    argumentó: “Pero McCann siempre me invita a hablar en sus
    encuentros”. “Precisamente, ésa es la razón”, fue la
    respuesta de Lowe. Cuando se le señala que seguramente Geier
    se aburriría, Lowe salta: “El no, nosotros”, y entre risas se
    corrige: “Sí, él se aburriría”. Siguiendo con la
    anécdota, Lowe señala que Geier apuntó: “He
    oído que has invitado a un amigo tuyo -un brillante arquitecto
    que está haciendo el aeropuerto de Hong Kong- y creo que es un
    error; tendrías que concentrarte en los nuevos negocios”. Y
    Lowe le respondió: “Por eso no te invitamos”. Sin duda, toda
    una definición.

     

    Redes que no atrapan

     

    Lowe está construyendo su network. Enfrentado a la
    concepción originaria de las redes norteamericanas con su
    concepto de think global, act local que algunas -como Burnett-
    están tratando de virar hacia el think local, manage global,
    comenta: “Nosotros creemos que las redes existen a partir de una
    visión filosófica, no para los clientes; McCann fue
    construida por Coca-Cola, Burnett por Marlboro, y así la
    mayoría. Nosotros nunca tuvimos esa cantidad de clientes
    globales, porque una buena parte de los más grandes no han
    hecho muy buena publicidad; algunos están tratando ahora de
    hacerla mejor. Así que tenemos que crecer a través de
    encontrar a esa gente que tenga una visión filosófica
    similar y esperar que algunos clientes multinacionales nos traigan el
    negocio. Y tenemos una ventaja: no dependemos de ninguno de ellos; si
    Procter despide a Saatchi, sería su fin. En nuestro caso eso
    es imposible, ninguno tiene ese poder”.

    “Nuestras agencias locales no son branch offices. Cuando era un
    veinteañero trabajé en Benton & Bowles en Nueva
    York; ellos consideraban a todas sus oficinas branches,
    decían: ´Vamos a abrir Bélgica´, y no tenían ni
    idea de quién la iba a manejar. Mandaban a algún
    norteamericano, y eso no funciona. Por ejemplo en
    Latinoamérica, uno tiene que tener allí alguien que no
    sólo hable español sino que haya nacido y crecido
    ahí, que entienda a la gente, que se haya formado en ese
    ambiente. Pero ellos hacen eso, mueven a su gente hoy en
    Escandinavia, mañana en Asia, y así. Un buen ejemplo es
    Michael Conrad (Chief Creative Officer de Burnett asentado en
    Chicago): él tenía una gran reputación en
    Alemania; ¿qué diablos hace en Chicago? Si el punto es
    think local, ¿por qué no tienen a alguien de Chicago en
    Chicago?”

    “Yo siento un gran afecto por la gente que se asocia con nosotros,
    y es un afecto nacido por el amor a la publicidad. La primera vez que
    me encontré aquí con Agulla y Baccetti nos fuimos a
    almorzar y hablamos durante horas; jamás mencionamos nada
    acerca de dinero, clientes, porcentajes societarios. Hablamos sobre
    publicidad, qué nos gusta y qué no, cuáles
    directores son interesantes; no les pregunté:
    ´¿Cuánto ganan?´. Hablar de dinero es muy aburrido”.

     

    El karma de Cannes

     

    Pocos pueden olvidar aquella semana de Cannes en 1995, cuando el
    jurado presidido por Lowe no asignó oros en Gráfica ni
    Grand Prix en fílmica. Frank se escuda en que la
    organización del Festival sabía a quién estaba
    convocando como chairman del Jury. “Yo siempre sostuve un criterio de
    excelencia.” Claro, era como invitar a Madonna a presidir un congreso
    de catequesis; debían saber a qué se exponían.

    “Hubo gente que se portó muy mal”, se queja. ¿Hatchuel
    -el presidente del Festival- quizá? “Oh, sí, es
    terrible, pero no me refería a él; hablo del creativo
    de BBDO en Estados Unidos. El dio una conferencia después y
    dijo que creía que todo había sido incorrecto, que
    él no lo hubiera hecho de esa manera, y él esto y
    él lo otro. Lo cierto es que en su momento vino a verme y me
    preguntó si no podíamos reunir nuevamente al jurado ya
    que él estaba muy mal porque no habíamos dado el Grand
    Prix. Yo accedí y convoqué a todo el jurado de nuevo a
    las ocho de la mañana del día siguiente;
    ¡jamás se había hecho! Y les dije: ´Ted -era este
    sujeto-, plantea tu posición, y todos escúchenlo y
    volveremos a votar´. Había gente que estaba furiosa porque
    decía: ´Ya hemos votado´. Bien, la votación original
    había sido 18 contra 2, él habló y la nueva
    votación dio 17 contra 3. Y en vez de decir: ´No estoy de
    acuerdo pero fue democráticamente resuelto´ decidió
    echarme la culpa. Por cierto, todo el tema de la ceremonia fue
    realmente muy desagradable. Pero yo sólo hice lo que
    creí que debía hacer.”

    Más allá de ese desgraciado incidente, Lowe reconoce
    que los premios son algo bueno, “animan a luchar por la excelencia,
    pero cuando se transforman en instrumento de políticas, como
    ocurre en Cannes, no son útiles. Ese año dijimos que lo
    íbamos a impedir, eso de armar bloques y pujar por los
    premios, y lo logramos”.

    Cuando se le señala que fue fácil porque casi no
    hubo premios, se ríe francamente y acota: “Cuando ganar
    premios se transforma en un objetivo en sí mismo, cuando la
    motivación es incorrecta, todo deviene muy pobre. Por eso creo
    que después de esa experiencia alguna gente se puso a
    reflexionar sobre lo que Cannes estaba haciendo y cuál era su
    propósito, y el propósito de Cannes se ha transformado
    en hacer que mucha gente inscriba piezas, que mucha gente vaya, como
    para hacer tanto dinero como sea posible. Pero un puñado de
    grandes agencias se está preguntando cuánto cuesta
    eso”.

     

    Las fronteras del arte

     

    ¿Cuál es la frontera entre la creatividad en el arte y
    en la publicidad? Un debate ciertamente interminable. “Desde luego”,
    reconoce Lowe, “los avisos se hacen para vender. Pero, si uno recorre
    la historia, mucho del arte estuvo teñido por lo comercial. Si
    uno considera al artista como un ser libre para expresarse, sin
    condicionamientos, no era siempre así. Estoy seguro de que
    cuando se pintó La última cena, el mecenas de turno
    debe haber dicho: ´Quiero una pintura de doce pies en ese muro´, algo
    así como un brief; muchas de esas obras eran pagadas. Hablando
    de Warhol -a quien conocí mucho en los últimos
    años de su vida-, hay una anécdota muy interesante.
    Había un sujeto que diseñó el envase de Brillo,
    utilizó mucho tiempo probando, creando, en fin, el trabajo de
    todo gran diseñador -que lo era-, y los fines de semana
    él iba a su casa y pintaba, como hobby, e hizo pinturas que no
    eran para nada buenas. Y se puso furioso cuando Warhol pintó
    su envase e hizo millones… Entonces, ¿cuál es la
    frontera?”.

    Bastardo, genio, bon vivant, play boy, arrogante,
    ¿quién es Frank Lowe? “Seguro que no soy un play boy, he
    tenido mucha suerte de estar en un negocio que disfruto y creo
    entender; vengo de una familia pobre en Manchester y empecé en
    publicidad casi por accidente, porque no sabía qué
    quería hacer en la vida, trabajando por cuatro libras a la
    semana en la oficina de correo interno de J. Walter Thompson. Tengo
    un pequeño grupo de amigos de toda la vida; alguna vez
    comenté que no me gusta vivir mucho tiempo en Nueva York
    porque casi no conozco gente allí, y me dijeron: ´Puedes
    encontrar mucha gente aquí´. Y yo contesté: ´Pero no
    soy norteamericano, no me puedo ir de vacaciones y volver con diez
    nuevos mejores amigos´. En cuanto a la arrogancia, es algo
    difícil; si me mandan un guión, tengo que decidir si es
    bueno o malo. Entonces me dicen: ´Eso es arrogante, puedes estar
    equivocado´, y sí, pero yo tengo que decir lo que pienso.”

    Venerado por los creativos, básicamente un hombre de
    negocios, Lowe reconoce que “no soy un escritor, ni un director de
    arte; soy una suerte de productor, y eso también requiere
    creatividad. En la industria del cine hay premios para los
    productores, esos que juntan todas las piezas para que la
    máquina funcione; no hay algo así en la publicidad y
    creo que es una lástima, no por mí, sino por toda esa
    gente de cuentas que muchas veces es olvidada y aun tratada
    despectivamente, algo así como: ´Tenemos que tener a esos
    estúpidos para que lleven a los clientes a almorzar y tomar
    copas´. Yo no me avergüenzo de venir de esa área; es
    más, creo que el éxito de muchas grandes agencias
    creativas se debió al papel que desempeñaron esos
    hombres, y un buen ejemplo es Collet Dickenson Pearce, donde yo
    trabajé muchos años. El papel de Pearce en ese sentido
    fue fundamental”.

    Verónica Rímuli

     

     

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