jueves, 2 de abril de 2026

    Business as usual?

    A menos de dos años del estallido del escándalo del
    Banco Nación, la filial argentina de la Big Blue quiere
    recuperar el terreno perdido. Bajó el perfil,
    reestructuró profundamente el management y el sistema
    comercial, y por primera vez tiene dos cabezas: una para el manejo de
    la crisis y otra exclusivamente dedicada al negocio. Pasó de
    vendedora de productos a integradora de soluciones, trepó a la
    cima en computadoras personales y cajeros automáticos, y
    apuesta más que nunca al sector privado. ¿Se juega la
    vida con la DGI?

    Contra la voluntad de todos sus directivos y empleados, el 13 de
    septiembre de 1995 ha pasado a formar parte de las efemérides
    de IBM Argentina. Ese día, por orden de la casa matriz, la
    compañía desvinculó a los tres principales
    ejecutivos locales, a quienes responsabilizó de hecho
    aún no está claro si por acción o por
    omisión por la parte que le tocó en el
    escándalo del Proyecto Centenario de informatización
    del Banco Nación. Aunque los detalles del affaire están
    suficientemente frescos, conviene recordar que el contrato era por
    US$ 250 millones (sin IVA), lo que representaba, según
    diversas fuentes, la operación más importante de la
    historia de IBM Argentina.

    En rigor, la fecha es apenas una formalidad. Si es cierto que,
    para expresarlo de alguna forma, ese día explotó la
    bomba, también lo es que la mecha había sido encendida
    mucho tiempo atrás. Acaso en julio de 1993, cuando ni siquiera
    habían salido a la venta los pliegos de la licitación y
    nueve altos funcionarios del Nación fueron desplazados de sus
    cargos por haber cuestionado aspectos del proyecto. O en mayo del
    ´94, cuando ya adjudicado a IBM el periodista Santiago Pinetta
    radicó una denuncia ante la Justicia cuestionando el contrato.

    Y es igualmente cierto que la onda expansiva aún no se
    ha detenido. Por un lado, la causa por presunta defraudación
    al Banco Nación sigue su lento curso en la Justicia y nada
    hace esperar una pronta resolución. La Big Blue no está
    procesada pero sí lo están dos de los top managers
    desplazados en aquella tormentosa jornada (el ex presidente, Ricardo
    Martorana, y el ex vicepresidente de Operaciones, Gustavo Soriani),
    lo que mantiene la presencia del tema en los medios y obliga a muchos
    de los actuales ejecutivos de la firma a visitar
    periódicamente los tribunales.

    Por otra parte, cayó sobre la compañía un
    manto de generalizada sospecha que va descorriéndose
    lentamente, pero deja a la vista las huellas de las heridas: una
    fulminante caída de la imagen corporativa, una sustantiva
    pérdida del prestigio externo y del sentimiento de orgullo de
    sus empleados, una fuerte ola de rumores muy disminuida
    últimamente, pero no apagada del todo acerca del posible
    retiro de IBM del país, y un vendaval de investigaciones
    judiciales y parlamentarias sobre varios contratos celebrados con la
    empresa por diversos organismos públicos.

    Todo ello, como es natural, con un considerable impacto sobre
    los negocios y sobre la organización, aunque en ambos casos
    resulta prácticamente imposible medirlo siquiera con trazos
    muy gruesos. En el caso de los negocios, en parte por las enormes
    transformaciones que tuvo en los últimos tiempos el sector de
    information technology, pero también por las restricciones que
    existen para acceder a los datos de los resultados locales de la
    compañía (ver recuadro). En el de la
    organización, porque el terremoto que provocó el caso
    del Banco Nación se superpuso con grandes procesos globales de
    reingeniería ordenados por el headquarter de Armonk, estado de
    Nueva York, con absoluta independencia de la particular coyuntura en
    que se encontraba la operación argentina.

    Pero, aunque la enumeración de los daños resulte
    extensa y fatigosa, el diagnóstico sería gravemente
    incompleto si no destacara la formidable espalda que ha demostrado
    tener la compañía para soportar los efectos de
    semejante situación. A escasos dos años del
    escándalo, parece haber frenado ya el derrumbe y comenzado la
    recuperación.

    De hecho, y aunque no pueda determinarse fehacientemente si
    disminuyó o se mantuvo con respecto al año anterior, la
    facturación de 1996 se ubicó cerca de los $ 650
    millones, lo que significa que IBM es una de las 30 o 35
    compañías líderes de la Argentina la
    posición exacta podrá determinarse en la próxima
    edición de MERCADO, que contendrá el tradicional
    ranking de las empresas que más venden y que sigue a la
    cabeza en su sector de actividad.

    La magnitud del negocio, sumada a la agresividad comercial que
    le permitió últimamente a la empresa trepar al primer
    lugar en segmentos que no le eran tan propicios como las
    computadoras personales hogareñas y los cajeros
    automáticos y a su perfil cada vez más definido como
    integradora de soluciones informáticas, refuerza el discurso
    del nuevo gerente general local, Antonio Romero, cuando asegura que
    la posibilidad de que la Big Blue se retire de la Argentina es igual
    a cero (ver entrevista).

     

     

    El camino de la reconstrucción

     

    No hace falta ser arquitecto para saber que lleva
    muchísimo menos tiempo demoler un edificio que reconstruirlo.
    La más elemental de las simplificaciones sugeriría que
    IBM Argentina no está hoy tan bien como se habría
    podido prever tres años atrás, pero, al mismo tiempo,
    es preciso reconocer que tampoco está tan mal como se pudo
    haber pronosticado hace un año y medio.

    Desde el punto de vista operativo, el mayor problema
    quizás haya sido el estado de conmoción que -aunque no
    llegó a paralizarlos- afectó significativamente a todos
    los empleados de la compañía. “Los IBMers”, explica un
    antiguo funcionario de la empresa que ya estaba retirado al momento
    de estallar la crisis, pero que conserva excelentes vínculos
    entre sus ex camaradas, “tenían muy desarrollado un gran
    orgullo, un sentimiento de pertenencia, y se consideraban
    invencibles. Es cierto que muchos estaban muy pillados, pero
    también es cierto que tenían con qué”.

    El veterano ejecutivo completa su diagnóstico: “De
    repente detonó la bomba y la gente quedó estupefacta.
    Hasta en sus propios círculos familiares y sociales pasaron a
    sentirse explícitamente cuestionados. Más de uno me
    confesó que sus hijos le preguntaban: ´Papá,
    ¿tenés algo que ver?´ Se quebró la
    motivación. Ahora se cuestionan muchas más cosas.
    Sienten vergüenza, hasta resentimiento. Eso modifica la
    relación con los clientes y afecta los negocios”.

    La salida de Martorana, Soriani y el vicepresidente de
    Finanzas, Javier Orcoyen, provocó algunos cambios inesperados.
    Por lo pronto, la compañía designó como
    presidente local, por primera vez en 52 años, a un ejecutivo
    no argentino. El elegido, como se sabe, fue el uruguayo Wilmer
    Gueçaimburu, que pocos meses atrás se había
    jubilado como presidente y gerente general de IBM para el Grupo
    Andino (Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela).

    Por las circunstancias institucionales y por su propia
    situación laboral, que auguraba una gestión no
    más prolongada que lo estrictamente necesario,
    Gueçaimburu se concentró en la administración de
    la crisis. Para ello se apoyó fundamentalmente en el
    vicepresidente de Recursos Humanos y Relaciones Externas, Roberto
    Nul. Según coinciden diversas fuentes, Nul era visto dentro de
    la empresa sobre todo por técnicos y vendedores como la
    figura de menor relieve entre quienes integraban el Comité
    Ejecutivo. Sin embargo, el conflicto jamás lo rozó y se
    constituyó desde el comienzo en una pieza fundamental del
    Comité de Crisis, aun antes de la llegada de
    Gueçaimburu al país.

    Una de las novedades de la gestión del uruguayo fue una
    mayor concentración de las decisiones. Si bien durante la
    administración anterior estaba claro que los hombres fuertes
    eran Martorana y Soriani, funcionaban dos instancias de
    análisis y ejecución que fueron inmediatamente
    disueltas. Una era el Comité Ejecutivo, que integran el
    presidente y los cuatro vices (además de Soriani, Orcoyen y
    Nul, el vicepresidente de Servicios, Jorge Ober, un típico
    ingeniero de planta, más preocupado por el marketing, la
    calidad y los procesos que por la política interna, muy
    respetado y querido por su gente). La otra era la línea de
    altos gerentes, muchos de ellos potencialmente presidenciables a
    mediano plazo, entre quienes se destacaban Luis Larrosa, Guillermo
    Cascio, Luis Romo y Eduardo D´Alessandro.

    Otro rasgo característico de esa etapa fue la
    modificación del perfil de la visibilidad pública de la
    Big Blue. Por un lado, mantuvo la intensidad de su presencia
    comercial, expresada básicamente a través de la
    publicidad de sus productos. Por otro, en cuanto de la
    compañía dependiera, redujo al mínimo posible la
    exposición institucional. Gueçaimburu se
    constituyó en el único vocero y sus apariciones fueron
    tan contadas como mesuradas, coherentes con el propósito de no
    aparecer asumiendo otra posición que no fuera de absoluto
    acatamiento a la Justicia y a la legalidad, sin el menor atisbo de
    confrontación con los poderes de la República.

    Recién el 21 de mayo del año pasado, cuando
    más arreciaban los rumores que auguraban su retiro del
    país, la firma publicó una solicitada a página
    entera en los principales diarios. Sin desmentir
    explícitamente las versiones, el texto se proponía
    emitir claras señales al afirmar que “los recientes errores de
    unos pocos, respecto de los procesos de negocios y controles
    gerenciales, han ensombrecido el trabajo de muchos en IBM Argentina”
    y al enumerar una serie de datos: 73 años de presencia en el
    país, una cartera de 5.393 clientes sin contar los usuarios
    de computadoras personales domésticas que abarca a 80% de las
    grandes compañías privadas y $ 239 millones invertidos
    durante 1995 en financiamiento de sistemas a empresas.

    También hubo otras consecuencias de tipo
    doméstico, como la intensificación de los mecanismos
    internos de control: “Estamos intervenidos”, se queja un antiguo
    ejecutivo; “ahora, cualquier gasto de $ 10 requiere un trámite
    infernal”.

     

    Reingeniería y globalización

     

    Para la época en que estalló el escándalo
    ya estaban en marcha dos grandes procesos de reingeniería que
    IBM llevó a cabo en todo el mundo y que ayudaron a absorber
    más rápidamente el impacto de la crisis, que, en todo
    caso, dejó de ser la única causa de cambios bruscos en
    la oficina local.

    El programa de reingeniería del negocio, denominado
    Customer Relationship Management, comenzó a aplicarse en la
    Argentina a fines de 1995. Nul explica que su objetivo principal es
    “aumentar la capacidad de entendimiento de las necesidades y
    responder más eficazmente a los requerimientos de los
    clientes”. Implica el replanteo de las formas de relación con
    los clientes, a las que enmarca bajo la metodología de
    gerenciamiento por procesos definidos que se ejecutan mediante la
    asignación dinámica de personas según sus
    aptitudes para cada oportunidad de negocio.

    El programa de reingeniería de la gestión,
    Management System, se puso en marcha a comienzos del ´96.
    Según Nul, persigue la meta de “reconocer y adaptarse a la
    evolución del mercado de soluciones informáticas,
    buscando que la organización interna esté alineada con
    las necesidades de los clientes y con nuestra capacidad de oferta, en
    un contexto de globalización”. Merced a esta
    reestructuración, la gestión global de la
    compañía está ahora orientada por
    especialización de actividades más que por
    división geográfica, de modo de asegurar la
    disponibilidad del soporte tecnológico y del know how
    independientemente de dónde se encuentre el cliente.

    Nul define esos procesos como “elementos progresivos de cambio
    permanente” y afirma que ambos “ya se encuentran implementados y, con
    el refinamiento de las metodologías y aplicaciones
    informáticas, alcanzarán su plena ejecución
    durante este año”. Como ejemplos de los resultados de
    semejantes cambios, el vicepresidente cita la creación del
    departamento de marketing directo (IBM Directo), la
    organización de servicios globales y las redes de
    distribución por producto y por sector del mercado.

    Por otra parte, aclara que ni la crisis ni las transformaciones
    estructurales generaron una disminución de la planta de
    personal, que se mantiene en el orden de los 1.400 empleados con una
    tasa anual de rotación de alrededor de 100. “Sí ha
    habido, como producto de la reingeniería, una
    reasignación más adecuada de nuestros recursos”,
    explica.

     

    De vuelta al negocio

     

    Con la reestructuración en marcha, el gerente general de
    IBM Latinoamérica, Elio Catania, decidió que no
    había más tiempo que perder: la actividad
    informática está registrando un crecimiento vertiginoso
    gracias a los avances tecnológicos y las oportunidades son aun
    mayores en los países emergentes. Sin embargo, debido a la
    crisis, en el mejor de los casos el negocio se había
    estancado, aunque es muy probable que, como indican otras fuentes
    (ver recuadro) y como sospechan muchos empleados de la
    compañía incluso algunos ejecutivos que por su
    jerarquía están permanentemente bien informados, la
    realidad haya sido desfavorable, sobre todo por el comportamiento del
    sector público, que desde el affaire del Banco Nación
    no proporcionó nuevas operaciones y registró una
    morosidad creciente en la amortización de algunos contratos
    anteriores.

    Gueçaimburu no parecía el conductor comercial
    más adecuado para un momento como éste, pero tampoco se
    podía resignar su singular capacidad diplomática y de
    negociación mientras la crisis no estuviera definitivamente
    encarrilada. La solución llegó con otra novedad
    estructural: por primera vez en muchos años, el jefe de IBM
    Latinoamérica Sur y el jefe de IBM Argentina no serían
    la misma persona. Gueçaimburu mantendría el comando
    regional y continuaría encargándose personalmente del
    manejo de la crisis, pero tendría a cargo un gerente general
    local que fuera fundamentalmente el jefe comercial.

    El elegido fue Romero, un venezolano de 47 años que
    dejó Caracas a los 15 para radicarse en Estados Unidos. En
    1993 interrumpió una carrera de 17 años en IBM, donde
    había llegado a ser gerente general del área de
    Florida. Desde ese cargo desarrolló Blockbuster Entertainment
    Co., un joint-venture entre IBM y Blockbuster para la manufactura de
    compact discs de música on demand. Fue el CEO de la nueva
    empresa, pero el emprendimiento no prosperó. Luego fue,
    durante un año y medio, el gerente general del Business System
    de Bell South, hasta que en agosto del año pasado IBM lo
    convocó para venir a la Argentina. La negociación
    duró cinco meses, y el 6 de enero se presentó ante
    1.200 empleados reunidos en el hotel Sheraton.

    Extremadamente gentil y aparentemente incapaz del menor gesto
    de soberbia, cuando se le pregunta por su papel Romero saca a relucir
    la firmeza típica de los mejores vendedores, expertos en
    destacar fortalezas y disimular debilidades. De todos modos, cuando
    admite que “el negocio, desde el punto de vista de las finanzas, ha
    sufrido muy poco”, invita seguramente sin proponérselo a una
    lectura diferente de la que ofrece el resto de su discurso.
    Está claro que sólo le interesa dedicarse a los asuntos
    comerciales y no quiere involucrarse en una crisis que no forma parte
    de su historia: tiene mucho para ganar en el primer aspecto, y el
    segundo sólo podría generarle pérdidas.

    El staff en que se apoya Romero está integrado por Nul y
    Ober, que conservan sus vicepresidencias; Larrosa, quien fue
    ascendido a la vicepresidencia de Operaciones, y Marcelo Lema,
    importado de Nueva York para hacerse cargo de la vicepresidencia de
    Finanzas. Sin embargo, en la compañía hay mucha gente
    que cree que se aproximan cambios importantes. Algunos, incluso,
    arriesgan que sólo Lema conservaría su lugar en pocos
    meses más. Romero no confirma ni desmiente la versión:
    “Eso siempre es posible responde; el negocio está creciendo
    muy rápido y, en esas condiciones, uno siempre tiene que estar
    estudiando el mercado, la organización y los skills; si me
    pregunta si estoy estudiando todo eso, la respuesta es sí”.

    Romero no acepta ninguna posibilidad de retirada: que la firma
    abandone el país “no ha cruzado ni cruza” por su mente,
    asegura, y niega que esté analizando vender el edificio de
    Catalinas para mudar la compañía a Martínez. A
    lo sumo, podrían recibir nuevos inquilinos en dos pisos,
    además de los tres que ya están arrendados.

    Otra vez en el papel del vendedor, invita a MERCADO a visitar
    el centro de cómputos en el que, desde el 1° de agosto de
    1994, el consorcio IBM-Banelco presta a la DGI el servicio de
    procesamiento del Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones y del
    Sistema Tributario. Allí, bajo su atenta mirada, los
    responsables del outsourcing no ahorran argumentos: por mes, la
    recaudación aproximada es de $ 3.000 millones, se procesa 1,1
    millón de declaraciones juradas y pasan por el scanner
    1.300.000 hojas.

    El lugar recibe un promedio de dos visitas semanales y ya ha sido
    observado por autoridades de México, Australia y China, entre
    otras naciones, así como por ejecutivos y técnicos de
    IBM de otros países. Más allá de los
    cuestionamientos y de las investigaciones acerca del precio de la
    operación $ 400 millones por cuatro años; fue
    contratado directamente, sin licitación, es evidente que los
    hombres de la Big Blue están muy orgullosos de su criatura, a
    la que consideran un leading case sobre el grado de complejidad de
    las soluciones que la empresa está en condiciones de ofrecer.

    Y por ahí pasa la principal apuesta de IBM Argentina: el
    contrato con la DGI puede resultar la medida de su futuro. Si la
    Justicia o el Congreso determinaran que hubo alguna irregularidad en
    la contratación, probablemente el peso de la crisis
    doblaría la espalda de la compañía. Pero si eso
    no sucede, seguramente recuperará el terreno perdido en menos
    que lo que cualquiera podría imaginar.

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