jueves, 2 de abril de 2026

    Mucha tela para cortar

    No todas han sido piedras en el camino de la industria textil.
    Como gran parte del sector productivo argentino, muchas empresas
    crecieron al calor de los regímenes de promoción
    industrial y de las desgravaciones regionales que aún
    subsisten. La integración en el Mercosur —más
    Chile— constituyó una amenaza real para unos, pero
    también fue una oportunidad de 210 millones de consumidores
    para aquellos que pudieron reconvertirse a tiempo. El costo laboral
    se ha reducido sensiblemente y es un claro ejemplo de la
    disposión sindical a flexibilizar las condiciones de
    trabajo.

    Los incentivos a la importación de maquinaria
    —recientemente suprimidos— le permitieron evolucionar hacia
    una actividad de capital intensivo con tecnología de punta a
    la altura de los países desarrollados. En el período
    ’91-’95 se importaron equipos por US$ 1.037 millones, lo
    que constituye casi el triple del promedio de la década
    anterior. Mientras que con la apertura de 1980 se importó por
    un valor de US$ 127 millones en bienes de capital —monto que
    bajó a la mitad un lustro después—, tras la
    recuperación de los primeros años del plan Cavallo se
    llegó a importar —en 1992— por US$ 278 millones en
    maquinarias, descendiendo a US$ 240 millones en 1994, para estancarse
    en US$ 140 millones en el ’95. En el mejor de los casos,
    según los especialistas, para el año que acaba de
    concluir el volumen se mantendrá cercano a esa cifra. La
    apertura comercial lanzada con el plan de Convertibilidad
    hirió de muerte a grandes, medianos y pequeños. De
    10.000 toneladas de manufacturas textiles que ingresaron en 1990, las
    importaciones treparon a 51.000 toneladas al año siguiente,
    hasta alcanzar las 100.000 en 1994, representando 62% de la
    producción local. Consecuentemente, la utilización de
    la capacidad instalada pasó de 77% en 1991 a 52% en junio de
    1996.

    La participación de las importaciones en el consumo aparente
    total del sector (es decir producción local más
    importación menos exportaciones) ascendió de 6% en 1990
    a 62% en 1994, con un leve descenso en 1995, cuando llegó a
    56%.

    Los pedidos de quiebra de empresas del área alcanzaron la
    alarmante cifra de 1.900 en 1995 frente a los 260 registrados en
    1990. La ocupación formal decreció de 175.000
    trabajadores en 1990 a 95.000 después del efecto tequila.
    Según los conocedores del sector, el panorama sería
    más alarmante si se agregaran a la contabilidad los
    trabajadores no registrados por los organismos oficiales.

    En la industria textil propiamente dicha —hilados y
    tejidos— las empresas medianas —alrededor de 150
    trabajadores— conformaban en 1990 más de 50% del volumen
    de la producción; hoy, con suerte, arañan 15%. Por la
    misma época las Pymes representaban 75% del número de
    establecimientos en el segmento de la indumentaria, mientras que
    actualmente se calcula que no llegan a 60%.

     

    El azote de la apertura

    En este contexto —y más allá de los costos
    sociales—, algunos industriales se enorgullecen de que, a pesar
    de los contratiempos, la actividad textil renovó la
    infraestructura adaptándola a un mercado crecientemente
    competitivo con equipamiento tecnológico y humano de alto
    nivel, elevó la productividad en 35% y logró exportar
    60.000 toneladas de manufacturas en el ’95, 50% más que
    en 1990.

    “La apertura fue salvaje y no guarda similitud con ningún
    otro caso en el mundo”, reflexiona Jesus Fabeiro, consultor
    textil; “Estados Unidos tiene convenios de apertura a 15
    años, estrategias, restricciones, cupos. Lo mismo en la
    Comunidad Económica Europea, donde todos estos procesos de
    introducción de manufacturas importadas son muy lentos, pues
    el textil es un sector muy sensible al dumping social. Es
    absolutamente imposible competir con un país donde hay gente
    que gana US$ 10 por mes.”

    Efectivamente, la estructura de costos laborales no es favorable para
    la Argentina si se la coteja con países asiáticos
    (Bangladesh, Paquistán), los exitosos tigres del sudeste, el
    norte de Africa o la misma América latina (ver cuadro). En
    Europa los costos laborales también son altísimos en
    relación con los de las regiones emergentes, pero sus
    posibilidades tecnológicas y de especialización
    —con la ayuda de las políticas industriales activas que
    impulsan sus Estados— pudieron sortear la competencia de
    aquellas naciones.

    Ante las protestas de la industria local por el descomunal ingreso de
    mercaderías importadas, las autoridades del Palacio de
    Hacienda repetían que los vernáculos debían
    aggiornarse a las “leyes del mercado”. “Está
    claro que todo el que se opone a las reglas del mercado pierde. Y que
    el mercado es oferta y demanda. Pero lo que no entendió
    —ni entiende— la ‘ortodoxia’ argentina es que el
    mercado es un momento temporal, un momento geográfico y
    —sobre todo— un conjunto de reglas”, enfatiza
    Alejandro Sampayo, presidente de la Federación de Industrias
    Textiles Argentinas, “y si uno no se adapta a las reglas que
    rigen el mercado, entonces ahí sí que lo está
    violando. Lo que el gobierno no quiso entender es que las normas
    internacionales del mercado en textiles y vestimenta estuvieron,
    están y estarán —por mucho tiempo más—
    fuertemente reguladas y administradas, es decir, no son
    libres”.

    El acuerdo de la Organización Mundial del Comercio
    —continuador del GATT— dedica a dos sectores
    legislación específica: uno es la agricultura y el otro
    es textiles y vestimenta. En dicho acuerdo todos los Estados hicieron
    reserva de sus mercados con distintos mecanismos de
    protección. Todos menos la Argentina.

    “Nosotros —a contramano de todo el mundo— renunciamos
    a administrar el comercio internacional”, enumera Sampayo,
    “renunciamos a las clásulas de valoración
    antidumping y antisubsidios, renunciamos a las facultades de
    clasificación aduanera para identificar los productos, y
    finalmente —dato que es hoy más visible que nunca—
    aceptamos el contrabando”.

    “La cuestión a analizar incluye recordar también
    de dónde se viene”, señala Fabeiro, “pues el
    anterior fue un período en el cual la industria textil
    vivía basada en los subsidios con el IVA, desgravaciones
    regionales y diferimientos fiscales. Todo ello dio pie a una
    evasión muy alta, esto es: elaborar productos declarados en
    provincias amparadas en donde no se fabricaban y la mayor parte de la
    economía se mantenía en negro, es decir que
    existía doble evasión. A muchas de las empresas la
    sociedad las subsidió y les regaló la fábrica.
    Esto tampoco podía continuar más”.

     

    Gritos y susurros

    “Hace más de diez años la CEE restringió
    el ingreso de manufacturas textiles argentinas porque eran los
    artículos donde alcanzamos competitividad. En 1987, cuando lo
    logramos en pantalones de lana femenina, Estados Unidos nos puso una
    cuota de 600.000 unidades. Aunque parezca mentira, consideraron que
    los pantalones de lana de mujer procedentes de la Argentina
    dañaban su economía. Esto no puede sorprender a nadie,
    el negocio textil es así”, subraya Sampayo.

    La incidencia de economías fuertemente subsididas fue notable
    en el período ’91-’94, donde el quinteto
    asiático formado por Corea del Sur, China, Taiwán,
    India y Paquistán incrementó su participación
    porcentual en el total del volumen importado de 22 a 34%. Pero en
    pleno diluvio importador y con la caída del consumo luego del
    efecto tequila, los empresarios del sector lograron que el gobierno
    tomara algunas medidas para neutralizar el hostigamiento de los
    productos importados que amenzaban con paralizar la producción
    nacional.

    En septiembre de 1995 entraron en vigencia los Derechos
    Específicos Mínimos (DEM), que elevaron los
    gravámenes de los productos textiles importados con
    excepción de los países del Mercosur. Esta nueva
    regulación —que evita la subfacturación al imponer
    un gravamen fijo por kilo de mercadería introducida—
    permitió un sinceramiento de los precios de
    importación.

    De todas formas —para tranquilidad de los importadores— los
    ingresos de mercaderías no cesaron, sino que en 1995 en el
    promedio general del sector las importaciones sólo
    descendieron 20% comparado con el ’94. En el rubro de las
    prendas la importación descendió de 24.000 toneladas en
    1993 a 10.000 en 1995, estimándose 7.600 para el ’96.
    Pero en hilados la importación trepó en 1996 a 25.000
    toneladas, es decir, 40% más que lo ingresado en el
    ’94.

    El reacomodamiento de los precios gestado a partir de la vigencia de
    los DEM significó que el quinteto asiático redujera su
    participación 18% en el ’96 y les permitió a los
    países del Mercosur —no afectados por los DEM—
    crecer a 47% del total.

    La balanza comercial con Brasil es altamente deficitaria. En 1995 la
    Argentina exportó productos por US$ 1.440 millones mientras
    que importó del gigante del cono sur US$ 2.286 millones, lo
    que arrojó un déficit de US$ 846 millones. Por ello los
    industriales locales opinan que una cuidadosa política
    sectorial deberá tener en cuenta también la
    situación del Brasil. Mientras en la Argentina los
    regímenes de desgravaciones y promociones amenazan con
    extinguirse —o por lo menos con reducirse ostensiblemente—,
    en el Brasil están en pleno apogeo. Los aranceles promedio de
    la Argentina —35%— son menos de la mitad del mínimo
    del que gozan los industriales brasileños, que se hallan
    protegidos por gravámenes que oscilan entre 75% y 110%.

     

    Vestidos para la batalla

    La prioridad de los derechos específicos fue la
    protección a la última etapa del proceso industrial. Es
    decir, con la idea de que la suerte de todo el sector está
    atada a la performance de la indumentaria. Lo que muchos se preguntan
    es si este segmento estará en condiciones de motorizar a todos
    los demás.

    Según el Censo Nacional Económico de 1994 estas
    actividades reportan un valor Bruto de Producción de US$ 2.000
    millones, a lo que habría que agregarle 15% más si se
    tiene en cuenta la actividad informal. El Censo también
    registró 5.500 unidades productivas de las cuales 70%
    corresponde a pequeños y medianos emprendimientos.

    En 1993 fue cuando se sintió más la crisis del sector,
    ya que se llegaron a importar US$ 291 millones en prendas. Cifra
    considerable si se tiene en cuenta que en el año 1981, en
    plena apertura del entonces ministro de Economía José
    Martínez de Hoz, se importaron prendas por US$ 159 millones.
    Si bien de las estadísticas del Indec surge una
    disminución de las compras externas del sector, (US$ 288
    millones en el ’94 y US$ 204 millones en el ’95) y el
    consumo se ha recuperado en 1996 —aunque sin alcanzar los
    niveles del ’94—, la difusión del funcionamiento de
    las aduanas “paralelas” confirmaría un panorama
    sombrío para el segmento, según sus propios
    protagonistas.

    Sin embargo, los industriales de vestido apostaron con inversiones:
    el gasto en máquinas y equipos ascendió a US$ 33
    millones en 1993. La transformación de la cadena comercial le
    demandó además una erogación de US$ 120 millones
    anuales. “Antes de la convertibilidad nosotros teníamos
    el índice más alto del mundo en bocas de expendio por
    habitante. Con la apertura se produjo una inevitable
    concentración, lo que implicó nuevas instalaciones y
    grandes inversiones”, relata José de Mendiguren,
    presidente de la Cámara Industrial Argentina de la
    Indumentaria, y agrega: “Solamente la renovación de
    llaves —US$ 100.000 por local— de dos shoppings importantes
    le costó al sector de la indumentria US$ 22 millones, y eso
    sin contabilizar alquileres, comisiones, expensas, decoraciones y
    otros rubros”.

    Para algunos consultores del negocio de las telas, la indumentaria
    tiene varias asignaturas pendientes. A diferencia de los hilados y
    los tejidos, las inversiones efectuadas no han reconvertido al
    segmento en una actividad de capital intensivo, el costo laboral
    sigue siendo muy caro y poco creativo, y además los
    industriales del vestido se hallarían incapacitados para
    operar en grandes escalas de comercialización. El desembarco
    de “megatiendas” como C&A y el desarrollo de marcas
    propias de los hipermercados Wal-Mart y Carrefour parecen marcar un
    nuevo sendero por donde se derramarán los grandes flujos del
    comercio textil futuro. Las grandes marcas —con sus altos
    precios— estarían perdiendo posiciones. Entonces muchos
    especialistas se hacen dos preguntas clave: ¿está
    preparada la indumentaria para absorber grandes volúmenes de
    demanda interna?, ¿podrán abastecer gigantescas
    solicitudes de Brasil como lo hacen los industriales del tejido?

    “No es lo mismo producir un commodity que elaborar un producto
    terminado”, se defiende De Mendiguren; “lo que
    sucedió aquí es que cada vez que Brasil se recuperaba
    reclamaba cifras monumentales de hilado de algodón, en el que
    es deficitario, y otro punto vital: con gran financiación, las
    tasas del mercado interno brasileño estaban en 15% mensual y
    se le vendía a 1% mensual, entonces ahí sí
    está claro cuál es el negocio”. La actividad
    industrial y comercial del vestido es de una complejidad mucho mayor:
    “Cuando se exporta indumentaria se venden colecciones, se hacen
    pedidos, se fijan los talles. Entonces necesito que los textiles me
    den la tela, tengo que empezar a confeccionarlo. Entre que fui,
    negocié, cerré precio, volví, lo
    confecioné y se lo mandé, ¿cuánto tiempo
    pasó? Con el hilo es mucho más fácil. Sale un
    pedido y yo lo mando mañana. No obstante esto, crecimos 600%
    en las exportaciones a Brasil durante los últimos dos
    años”, argumenta el dirigente local.

    La indumentaria ha exportado sweaters de lana y sintéticos,
    remeras de algodón, pantalones, trajes de baño y otras
    prendas por US$ 40 millones en 1995, lo que resulta el doble del
    año anterior. En relación con los precios, las
    estadísticas oficiales demuestran que tanto los tejidos como
    la ropa han bajado durante todo el plan de Convertibilidad.

    Con este cuadro de situación nadie se anima a pronosticar con
    certeza la evolución del sector a corto y mediano plazo; mucho
    menos a avizorar un horizonte más lejano. Los involucrados,
    claro, esperan que haya mucha tela para cortar.

     

    Alpargatas

    Alianza y reconversión

    Después de una profunda transformación comenzada a
    principios de los ’90, la tradicional Alpargatas se volcó
    a reforzar su presencia de calzados y textiles en el Mercosur. El
    pasivo acumulado en años anteriores no fue obstáculo
    para que la facturación total —inferior a la deuda del
    grupo— creciera a ritmo sostenido. Aunque —consecuencia de
    lo primero— las ganancias no constituyen aún todo lo
    esperado. La actividad textil participa de 30% de las ventas del
    grupo frente a 66% de rubro del calzado y que completa la empresa de
    ingeniería Altécnica con 4%.

    El conflictivo año ’95 no impidió que el holding
    redujera en forma significativa su deuda —canceló $ 93
    millones en octubre pasado— y reconvirtiera sus dos principales
    alas productivas en unidades independientes: Alpargatas Calzados SA y
    Alpargatas Textil SA. Si bien el primero es el sector más
    dinámico del grupo —en el rubro de los calzados
    deportivos con su exitosa Nike y la clásica Topper—,
    realizó una fuerte apuesta en el negocio textil al incorporar
    a fines del ’94 a la estadounidense Greenwood Mills, que
    compró 20% del paquete accionario de Alpargatas Textil. Esto
    significó poner en marcha un ambicioso proyecto que le
    permitió aumentar los índices de eficiencia,
    productividad y presencia internacional.

    El negocio de la telas se vio favorecido en el ’96 por la fuerte
    caída de los precios del algodón y por el nuevo
    management que le aportó Greenwood. Así pudo retener
    sus ventas de jeanwear a las principales marcas locales —posee
    50% del mercado local en denim— y desarrollar telas de color
    como forma de especializarse en nichos en los que todavía no
    tiene competencia.

    “Nos propusimos simplificar el proceso de fabricación y
    de esta forma pasamos a trabajar más en las variantes de
    terminación del producto, como el lavado, los distintos tipos
    de coloración, etc., y no tanto en los diferentes clases de
    telas. Simplificar las plantas fue bajar los costos de
    producción”, explica Marcelo Orfila, gerente general de
    Alpargatas Textil; “es que en este negocio, para ser rentable
    hay que estar en los nichos y desarrollar productos diferenciados,
    exclusivos y de alto valor agregado”.

    Alpargatas Textil facturó US$ 132 millones en 1995, lo que
    representa 10% menos que en el ’94. A pesar de eficientizar los
    procesos administrativos y fabriles la empresa tuvo un resultado
    operativo negativo de US$ 8 millones debido a la pesada carga
    financiera, que significó una pérdida de US$ 12,5
    millones. El grupo espera facturar US$ 500 millones en el ’96,
    35% de los cuales corresponde a las ventas de manufacturas textiles.
    En el sector de la ropa de trabajo sigue adelante con su ya
    clásica marca Pampero, logrando un crecimiento de 40% respecto
    del ’94, y espera consolidarse en el nicho del workwear en
    Brasil. En ese sentido, exportó 60% de su producción
    textil al mercado regional en 1996.

     

    Guilford

    Concentrarse en la calidad

    Guilford elabora tejidos planos sintéticos para la
    confección del mercado deportivo en general, trajes de
    baño y conjuntos para ejercicios aeróbicos, ropa
    interior, tejidos industriales, lencería, pijamería e
    hilados. Frente a los anuncios de la apertura, sus directivos se
    propusieron dar batalla a la importación de manufacturas.
    “El problema era cómo hacer que nuestros clientes no se
    transformaran en importadores. Para esto debimos invertir,
    racionalizar, elevar la calidad y resignar parte de nuestra
    rentabilidad bajando 40%”, manifiesta Eduardo Bohm, presidente
    de Guilford. Con un plantel de 700 a 1.200 personas y su planta en
    Comodoro Rovadavia, exporta 20% de su producción.

    En los últimos tres ejercicios fiscales invirtió US$ 8
    millones en maquinarias e instalaciones. Guilford se concentró
    no sólo en productos de alta calidad sino en servicios a sus
    clientes y asistencia técnica en el diseño de las telas
    y el compromiso con la fechas de entrega. En sociedad con DuPont
    lanzará el próximo año lycra soft para ropa
    interior femenina bajo el lema “contención de formas sin
    opresión” y tejidos para calzas femeninas denominados
    “tres dimensiones” que dará uniformidad total de
    ajuste con independencia del contorno del cuerpo. Abastece a Paul
    Klee, Caro Cuore, Dulce Carola, Umro, Nike, Puma y otros.

     

    Grafa

    El desembarco brasileño

    En mayo de 1995 los brasileños decidieron meter la tijera
    en la Argentina: Alpargatas Santista Textil de Brasil —tercer
    productor mundial de denim— le compró Grafa al holding
    Bunge & Born, que abandonó gustoso la empresa que en ese
    entonces acumulaba deudas por US$ 90 millones. Santista —que
    factura US$ 450 millones por año en su país—
    integró las dos plantas de la firma local con las cinco que
    poseen del otro lado de la frontera. Con las nuevas reglas de juego
    impuestas en los ’90, la metamorfosis de Grafa transitó
    un doble proceso. Por un lado decidió abandonar el negocio de
    las sábanas y toallas, en el que no se le presentaban ventajas
    atractivas. Este dulce bocado del mercado argentino quedó para
    su accionista brasileña, que prefirió concentrar las
    huestes de Grafa en la elaboración de ropa de trabajo
    —con su marca Ombú— y en el desarrollo del mercado
    del jeanswear. Por otro lado continuó la drástica
    reestructuración y racionalización de la
    producción, con lo que logró achicar su personal a
    1.400 trabajadores, esto es: una reducción de 40%.

    “Nosotros apuntamos a mejorar la calidad de nuestros hilados de
    algodón —donde la Argentina tiene ventajas
    comparativas— y de esta forma obtener un tejido de
    proyección internacional que pueda competir con buenos
    precios”, subraya Guillermo Irlicht, gerente administrativo
    financiero de Grafa. La relación con su nueva accionista le ha
    posibilitado a la empresa planificar importantes planes de
    inversión en el área industrial, diversificando sus
    manufacturas con la inclusión de nuevos tejidos, entre ellos
    el tencel, que es una nueva fibra elaborada de celulosa natural
    producida especialmente para telas de moda, y el indifio, un hilado
    teñido con el mismo colorante utilizado para la
    elaboración de la tela del jean. En el mercado denim
    participan con 35% del mercado local. En 1996 invirtieron US$ 16
    millones, lo que les permitió inaugurar un moderno Centro de
    Distribución de 6.500 metros cuadrados para mejorar la
    atención de sus clientes. Los primeros frutos cosechados
    implicaron una facturación de US$ 90 millones en el ’95 y
    exportaciones por US$ 35 millones. “Especializarse y
    complementarse con una compañía brasileña del
    prestigio de Alpargatas Santista constituye una gran ventaja para
    nosotros frente a la competencia”, concluye Irlicht.

     

    Karatex

    Redoblar la apuesta

    Al grupo Karatex —que enlaza a 7 empresas de hilados tejidos
    y confeccciones— la hiperinflación lo sorprendió
    en plena reestructuración. Sin embargo, decidió
    redoblar la apuesta y continuar con las inversiones, que suman US$ 50
    millones en los últimos 6 años. “Con la apertura,
    en vez de lamentarnos por la potencialidad de la industria
    brasileña decidimos tomarlo como un desafío. Para
    nosotros la mitad de la botella estaba llena, les dejamos la parte
    vacía a quienes no se animaban a competir”, explica
    Arturo Karagozlu, vicepresidente de la empresa. Hoy no existe
    confeccionista de primer nivel que no utilice sus tejidos de lycra
    para la confección de pantalones. Está desarrollando
    con gran éxito artículos de toalla y batas con la
    explotación de la licencia Cartoon Network, que exporta a toda
    Europa y también produce tela para la línea hogar.
    Factura US$ 120 millones anuales y sus exportaciones representan 10%
    de las ventas totales del grupo.

     

    Vandenfil

    Proa al Mercosur

    Vandenfil produce tejidos de algodón, poliéster
    algodón, gabardina de alta densidad para el mercado del
    jeanwear, poliéster viscoso, entre otros tejidos para la
    indumentaria informal, en camisería y pantalonería.

    Entre 1993 y principios del ’96 llevó adelante una
    profunda reconversión de su fábrica instalada en
    Luján —redujo su personal de 1.100 a 800 obreros—,
    lo que le permitió incrementar la productividad y las
    exportaciones, acceder a nuevos mercados externos e insertarse
    exitosamente en el Mercosur, afianzando su presencia en nichos de
    mayor rentabilidad en el mercado local.

    Ante la retracción de la demanda interna Vandenfil
    decidió desplegar una agresiva política de ventas en el
    exterior que le permitió pegar un enorme salto en sus
    exportaciones con ventas al exterior de US$ 5.900.000 en el ’95
    —sobre una facturación total de US$ 33 millones— y
    un estimado de US$ 8 millones para el ’96. “Eramos
    conscientes de que no podíamos competir con Oriente en
    aquellos nichos donde ellos trabajaban bien”, explica Marcelo
    Toccalino, director coejecutivo de la empresa; “entonces nos
    diversificamos hacia productos diferenciados de mayor demanda de moda
    en partidas más pequeñas, con mayor valor agregado,
    nichos donde podíamos hacer valer nuestra calidad y la
    tecnología de punta”. El monitoreo permanente de la moda
    europea les ha permitido estar al día con las nuevas
    tendencias. “Lo que está de moda en septiembre en Europa
    nosotros lo estamos produciendo sesenta días
    después”, cuentan con orgullo en Vandenfil.

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