No todas han sido piedras en el camino de la industria textil.
Como gran parte del sector productivo argentino, muchas empresas
crecieron al calor de los regímenes de promoción
industrial y de las desgravaciones regionales que aún
subsisten. La integración en el Mercosur —más
Chile— constituyó una amenaza real para unos, pero
también fue una oportunidad de 210 millones de consumidores
para aquellos que pudieron reconvertirse a tiempo. El costo laboral
se ha reducido sensiblemente y es un claro ejemplo de la
disposión sindical a flexibilizar las condiciones de
trabajo.
Los incentivos a la importación de maquinaria
—recientemente suprimidos— le permitieron evolucionar hacia
una actividad de capital intensivo con tecnología de punta a
la altura de los países desarrollados. En el período
’91-’95 se importaron equipos por US$ 1.037 millones, lo
que constituye casi el triple del promedio de la década
anterior. Mientras que con la apertura de 1980 se importó por
un valor de US$ 127 millones en bienes de capital —monto que
bajó a la mitad un lustro después—, tras la
recuperación de los primeros años del plan Cavallo se
llegó a importar —en 1992— por US$ 278 millones en
maquinarias, descendiendo a US$ 240 millones en 1994, para estancarse
en US$ 140 millones en el ’95. En el mejor de los casos,
según los especialistas, para el año que acaba de
concluir el volumen se mantendrá cercano a esa cifra. La
apertura comercial lanzada con el plan de Convertibilidad
hirió de muerte a grandes, medianos y pequeños. De
10.000 toneladas de manufacturas textiles que ingresaron en 1990, las
importaciones treparon a 51.000 toneladas al año siguiente,
hasta alcanzar las 100.000 en 1994, representando 62% de la
producción local. Consecuentemente, la utilización de
la capacidad instalada pasó de 77% en 1991 a 52% en junio de
1996.
La participación de las importaciones en el consumo aparente
total del sector (es decir producción local más
importación menos exportaciones) ascendió de 6% en 1990
a 62% en 1994, con un leve descenso en 1995, cuando llegó a
56%.
Los pedidos de quiebra de empresas del área alcanzaron la
alarmante cifra de 1.900 en 1995 frente a los 260 registrados en
1990. La ocupación formal decreció de 175.000
trabajadores en 1990 a 95.000 después del efecto tequila.
Según los conocedores del sector, el panorama sería
más alarmante si se agregaran a la contabilidad los
trabajadores no registrados por los organismos oficiales.
En la industria textil propiamente dicha —hilados y
tejidos— las empresas medianas —alrededor de 150
trabajadores— conformaban en 1990 más de 50% del volumen
de la producción; hoy, con suerte, arañan 15%. Por la
misma época las Pymes representaban 75% del número de
establecimientos en el segmento de la indumentaria, mientras que
actualmente se calcula que no llegan a 60%.
El azote de la apertura
En este contexto —y más allá de los costos
sociales—, algunos industriales se enorgullecen de que, a pesar
de los contratiempos, la actividad textil renovó la
infraestructura adaptándola a un mercado crecientemente
competitivo con equipamiento tecnológico y humano de alto
nivel, elevó la productividad en 35% y logró exportar
60.000 toneladas de manufacturas en el ’95, 50% más que
en 1990.
“La apertura fue salvaje y no guarda similitud con ningún
otro caso en el mundo”, reflexiona Jesus Fabeiro, consultor
textil; “Estados Unidos tiene convenios de apertura a 15
años, estrategias, restricciones, cupos. Lo mismo en la
Comunidad Económica Europea, donde todos estos procesos de
introducción de manufacturas importadas son muy lentos, pues
el textil es un sector muy sensible al dumping social. Es
absolutamente imposible competir con un país donde hay gente
que gana US$ 10 por mes.”
Efectivamente, la estructura de costos laborales no es favorable para
la Argentina si se la coteja con países asiáticos
(Bangladesh, Paquistán), los exitosos tigres del sudeste, el
norte de Africa o la misma América latina (ver cuadro). En
Europa los costos laborales también son altísimos en
relación con los de las regiones emergentes, pero sus
posibilidades tecnológicas y de especialización
—con la ayuda de las políticas industriales activas que
impulsan sus Estados— pudieron sortear la competencia de
aquellas naciones.
Ante las protestas de la industria local por el descomunal ingreso de
mercaderías importadas, las autoridades del Palacio de
Hacienda repetían que los vernáculos debían
aggiornarse a las “leyes del mercado”. “Está
claro que todo el que se opone a las reglas del mercado pierde. Y que
el mercado es oferta y demanda. Pero lo que no entendió
—ni entiende— la ‘ortodoxia’ argentina es que el
mercado es un momento temporal, un momento geográfico y
—sobre todo— un conjunto de reglas”, enfatiza
Alejandro Sampayo, presidente de la Federación de Industrias
Textiles Argentinas, “y si uno no se adapta a las reglas que
rigen el mercado, entonces ahí sí que lo está
violando. Lo que el gobierno no quiso entender es que las normas
internacionales del mercado en textiles y vestimenta estuvieron,
están y estarán —por mucho tiempo más—
fuertemente reguladas y administradas, es decir, no son
libres”.
El acuerdo de la Organización Mundial del Comercio
—continuador del GATT— dedica a dos sectores
legislación específica: uno es la agricultura y el otro
es textiles y vestimenta. En dicho acuerdo todos los Estados hicieron
reserva de sus mercados con distintos mecanismos de
protección. Todos menos la Argentina.
“Nosotros —a contramano de todo el mundo— renunciamos
a administrar el comercio internacional”, enumera Sampayo,
“renunciamos a las clásulas de valoración
antidumping y antisubsidios, renunciamos a las facultades de
clasificación aduanera para identificar los productos, y
finalmente —dato que es hoy más visible que nunca—
aceptamos el contrabando”.
“La cuestión a analizar incluye recordar también
de dónde se viene”, señala Fabeiro, “pues el
anterior fue un período en el cual la industria textil
vivía basada en los subsidios con el IVA, desgravaciones
regionales y diferimientos fiscales. Todo ello dio pie a una
evasión muy alta, esto es: elaborar productos declarados en
provincias amparadas en donde no se fabricaban y la mayor parte de la
economía se mantenía en negro, es decir que
existía doble evasión. A muchas de las empresas la
sociedad las subsidió y les regaló la fábrica.
Esto tampoco podía continuar más”.
Gritos y susurros
“Hace más de diez años la CEE restringió
el ingreso de manufacturas textiles argentinas porque eran los
artículos donde alcanzamos competitividad. En 1987, cuando lo
logramos en pantalones de lana femenina, Estados Unidos nos puso una
cuota de 600.000 unidades. Aunque parezca mentira, consideraron que
los pantalones de lana de mujer procedentes de la Argentina
dañaban su economía. Esto no puede sorprender a nadie,
el negocio textil es así”, subraya Sampayo.
La incidencia de economías fuertemente subsididas fue notable
en el período ’91-’94, donde el quinteto
asiático formado por Corea del Sur, China, Taiwán,
India y Paquistán incrementó su participación
porcentual en el total del volumen importado de 22 a 34%. Pero en
pleno diluvio importador y con la caída del consumo luego del
efecto tequila, los empresarios del sector lograron que el gobierno
tomara algunas medidas para neutralizar el hostigamiento de los
productos importados que amenzaban con paralizar la producción
nacional.
En septiembre de 1995 entraron en vigencia los Derechos
Específicos Mínimos (DEM), que elevaron los
gravámenes de los productos textiles importados con
excepción de los países del Mercosur. Esta nueva
regulación —que evita la subfacturación al imponer
un gravamen fijo por kilo de mercadería introducida—
permitió un sinceramiento de los precios de
importación.
De todas formas —para tranquilidad de los importadores— los
ingresos de mercaderías no cesaron, sino que en 1995 en el
promedio general del sector las importaciones sólo
descendieron 20% comparado con el ’94. En el rubro de las
prendas la importación descendió de 24.000 toneladas en
1993 a 10.000 en 1995, estimándose 7.600 para el ’96.
Pero en hilados la importación trepó en 1996 a 25.000
toneladas, es decir, 40% más que lo ingresado en el
’94.
El reacomodamiento de los precios gestado a partir de la vigencia de
los DEM significó que el quinteto asiático redujera su
participación 18% en el ’96 y les permitió a los
países del Mercosur —no afectados por los DEM—
crecer a 47% del total.
La balanza comercial con Brasil es altamente deficitaria. En 1995 la
Argentina exportó productos por US$ 1.440 millones mientras
que importó del gigante del cono sur US$ 2.286 millones, lo
que arrojó un déficit de US$ 846 millones. Por ello los
industriales locales opinan que una cuidadosa política
sectorial deberá tener en cuenta también la
situación del Brasil. Mientras en la Argentina los
regímenes de desgravaciones y promociones amenazan con
extinguirse —o por lo menos con reducirse ostensiblemente—,
en el Brasil están en pleno apogeo. Los aranceles promedio de
la Argentina —35%— son menos de la mitad del mínimo
del que gozan los industriales brasileños, que se hallan
protegidos por gravámenes que oscilan entre 75% y 110%.
Vestidos para la batalla
La prioridad de los derechos específicos fue la
protección a la última etapa del proceso industrial. Es
decir, con la idea de que la suerte de todo el sector está
atada a la performance de la indumentaria. Lo que muchos se preguntan
es si este segmento estará en condiciones de motorizar a todos
los demás.
Según el Censo Nacional Económico de 1994 estas
actividades reportan un valor Bruto de Producción de US$ 2.000
millones, a lo que habría que agregarle 15% más si se
tiene en cuenta la actividad informal. El Censo también
registró 5.500 unidades productivas de las cuales 70%
corresponde a pequeños y medianos emprendimientos.
En 1993 fue cuando se sintió más la crisis del sector,
ya que se llegaron a importar US$ 291 millones en prendas. Cifra
considerable si se tiene en cuenta que en el año 1981, en
plena apertura del entonces ministro de Economía José
Martínez de Hoz, se importaron prendas por US$ 159 millones.
Si bien de las estadísticas del Indec surge una
disminución de las compras externas del sector, (US$ 288
millones en el ’94 y US$ 204 millones en el ’95) y el
consumo se ha recuperado en 1996 —aunque sin alcanzar los
niveles del ’94—, la difusión del funcionamiento de
las aduanas “paralelas” confirmaría un panorama
sombrío para el segmento, según sus propios
protagonistas.
Sin embargo, los industriales de vestido apostaron con inversiones:
el gasto en máquinas y equipos ascendió a US$ 33
millones en 1993. La transformación de la cadena comercial le
demandó además una erogación de US$ 120 millones
anuales. “Antes de la convertibilidad nosotros teníamos
el índice más alto del mundo en bocas de expendio por
habitante. Con la apertura se produjo una inevitable
concentración, lo que implicó nuevas instalaciones y
grandes inversiones”, relata José de Mendiguren,
presidente de la Cámara Industrial Argentina de la
Indumentaria, y agrega: “Solamente la renovación de
llaves —US$ 100.000 por local— de dos shoppings importantes
le costó al sector de la indumentria US$ 22 millones, y eso
sin contabilizar alquileres, comisiones, expensas, decoraciones y
otros rubros”.
Para algunos consultores del negocio de las telas, la indumentaria
tiene varias asignaturas pendientes. A diferencia de los hilados y
los tejidos, las inversiones efectuadas no han reconvertido al
segmento en una actividad de capital intensivo, el costo laboral
sigue siendo muy caro y poco creativo, y además los
industriales del vestido se hallarían incapacitados para
operar en grandes escalas de comercialización. El desembarco
de “megatiendas” como C&A y el desarrollo de marcas
propias de los hipermercados Wal-Mart y Carrefour parecen marcar un
nuevo sendero por donde se derramarán los grandes flujos del
comercio textil futuro. Las grandes marcas —con sus altos
precios— estarían perdiendo posiciones. Entonces muchos
especialistas se hacen dos preguntas clave: ¿está
preparada la indumentaria para absorber grandes volúmenes de
demanda interna?, ¿podrán abastecer gigantescas
solicitudes de Brasil como lo hacen los industriales del tejido?
“No es lo mismo producir un commodity que elaborar un producto
terminado”, se defiende De Mendiguren; “lo que
sucedió aquí es que cada vez que Brasil se recuperaba
reclamaba cifras monumentales de hilado de algodón, en el que
es deficitario, y otro punto vital: con gran financiación, las
tasas del mercado interno brasileño estaban en 15% mensual y
se le vendía a 1% mensual, entonces ahí sí
está claro cuál es el negocio”. La actividad
industrial y comercial del vestido es de una complejidad mucho mayor:
“Cuando se exporta indumentaria se venden colecciones, se hacen
pedidos, se fijan los talles. Entonces necesito que los textiles me
den la tela, tengo que empezar a confeccionarlo. Entre que fui,
negocié, cerré precio, volví, lo
confecioné y se lo mandé, ¿cuánto tiempo
pasó? Con el hilo es mucho más fácil. Sale un
pedido y yo lo mando mañana. No obstante esto, crecimos 600%
en las exportaciones a Brasil durante los últimos dos
años”, argumenta el dirigente local.
La indumentaria ha exportado sweaters de lana y sintéticos,
remeras de algodón, pantalones, trajes de baño y otras
prendas por US$ 40 millones en 1995, lo que resulta el doble del
año anterior. En relación con los precios, las
estadísticas oficiales demuestran que tanto los tejidos como
la ropa han bajado durante todo el plan de Convertibilidad.
Con este cuadro de situación nadie se anima a pronosticar con
certeza la evolución del sector a corto y mediano plazo; mucho
menos a avizorar un horizonte más lejano. Los involucrados,
claro, esperan que haya mucha tela para cortar.
Alpargatas
Alianza y reconversión
Después de una profunda transformación comenzada a
principios de los ’90, la tradicional Alpargatas se volcó
a reforzar su presencia de calzados y textiles en el Mercosur. El
pasivo acumulado en años anteriores no fue obstáculo
para que la facturación total —inferior a la deuda del
grupo— creciera a ritmo sostenido. Aunque —consecuencia de
lo primero— las ganancias no constituyen aún todo lo
esperado. La actividad textil participa de 30% de las ventas del
grupo frente a 66% de rubro del calzado y que completa la empresa de
ingeniería Altécnica con 4%.
El conflictivo año ’95 no impidió que el holding
redujera en forma significativa su deuda —canceló $ 93
millones en octubre pasado— y reconvirtiera sus dos principales
alas productivas en unidades independientes: Alpargatas Calzados SA y
Alpargatas Textil SA. Si bien el primero es el sector más
dinámico del grupo —en el rubro de los calzados
deportivos con su exitosa Nike y la clásica Topper—,
realizó una fuerte apuesta en el negocio textil al incorporar
a fines del ’94 a la estadounidense Greenwood Mills, que
compró 20% del paquete accionario de Alpargatas Textil. Esto
significó poner en marcha un ambicioso proyecto que le
permitió aumentar los índices de eficiencia,
productividad y presencia internacional.
El negocio de la telas se vio favorecido en el ’96 por la fuerte
caída de los precios del algodón y por el nuevo
management que le aportó Greenwood. Así pudo retener
sus ventas de jeanwear a las principales marcas locales —posee
50% del mercado local en denim— y desarrollar telas de color
como forma de especializarse en nichos en los que todavía no
tiene competencia.
“Nos propusimos simplificar el proceso de fabricación y
de esta forma pasamos a trabajar más en las variantes de
terminación del producto, como el lavado, los distintos tipos
de coloración, etc., y no tanto en los diferentes clases de
telas. Simplificar las plantas fue bajar los costos de
producción”, explica Marcelo Orfila, gerente general de
Alpargatas Textil; “es que en este negocio, para ser rentable
hay que estar en los nichos y desarrollar productos diferenciados,
exclusivos y de alto valor agregado”.
Alpargatas Textil facturó US$ 132 millones en 1995, lo que
representa 10% menos que en el ’94. A pesar de eficientizar los
procesos administrativos y fabriles la empresa tuvo un resultado
operativo negativo de US$ 8 millones debido a la pesada carga
financiera, que significó una pérdida de US$ 12,5
millones. El grupo espera facturar US$ 500 millones en el ’96,
35% de los cuales corresponde a las ventas de manufacturas textiles.
En el sector de la ropa de trabajo sigue adelante con su ya
clásica marca Pampero, logrando un crecimiento de 40% respecto
del ’94, y espera consolidarse en el nicho del workwear en
Brasil. En ese sentido, exportó 60% de su producción
textil al mercado regional en 1996.
Guilford
Concentrarse en la calidad
Guilford elabora tejidos planos sintéticos para la
confección del mercado deportivo en general, trajes de
baño y conjuntos para ejercicios aeróbicos, ropa
interior, tejidos industriales, lencería, pijamería e
hilados. Frente a los anuncios de la apertura, sus directivos se
propusieron dar batalla a la importación de manufacturas.
“El problema era cómo hacer que nuestros clientes no se
transformaran en importadores. Para esto debimos invertir,
racionalizar, elevar la calidad y resignar parte de nuestra
rentabilidad bajando 40%”, manifiesta Eduardo Bohm, presidente
de Guilford. Con un plantel de 700 a 1.200 personas y su planta en
Comodoro Rovadavia, exporta 20% de su producción.
En los últimos tres ejercicios fiscales invirtió US$ 8
millones en maquinarias e instalaciones. Guilford se concentró
no sólo en productos de alta calidad sino en servicios a sus
clientes y asistencia técnica en el diseño de las telas
y el compromiso con la fechas de entrega. En sociedad con DuPont
lanzará el próximo año lycra soft para ropa
interior femenina bajo el lema “contención de formas sin
opresión” y tejidos para calzas femeninas denominados
“tres dimensiones” que dará uniformidad total de
ajuste con independencia del contorno del cuerpo. Abastece a Paul
Klee, Caro Cuore, Dulce Carola, Umro, Nike, Puma y otros.
Grafa
El desembarco brasileño
En mayo de 1995 los brasileños decidieron meter la tijera
en la Argentina: Alpargatas Santista Textil de Brasil —tercer
productor mundial de denim— le compró Grafa al holding
Bunge & Born, que abandonó gustoso la empresa que en ese
entonces acumulaba deudas por US$ 90 millones. Santista —que
factura US$ 450 millones por año en su país—
integró las dos plantas de la firma local con las cinco que
poseen del otro lado de la frontera. Con las nuevas reglas de juego
impuestas en los ’90, la metamorfosis de Grafa transitó
un doble proceso. Por un lado decidió abandonar el negocio de
las sábanas y toallas, en el que no se le presentaban ventajas
atractivas. Este dulce bocado del mercado argentino quedó para
su accionista brasileña, que prefirió concentrar las
huestes de Grafa en la elaboración de ropa de trabajo
—con su marca Ombú— y en el desarrollo del mercado
del jeanswear. Por otro lado continuó la drástica
reestructuración y racionalización de la
producción, con lo que logró achicar su personal a
1.400 trabajadores, esto es: una reducción de 40%.
“Nosotros apuntamos a mejorar la calidad de nuestros hilados de
algodón —donde la Argentina tiene ventajas
comparativas— y de esta forma obtener un tejido de
proyección internacional que pueda competir con buenos
precios”, subraya Guillermo Irlicht, gerente administrativo
financiero de Grafa. La relación con su nueva accionista le ha
posibilitado a la empresa planificar importantes planes de
inversión en el área industrial, diversificando sus
manufacturas con la inclusión de nuevos tejidos, entre ellos
el tencel, que es una nueva fibra elaborada de celulosa natural
producida especialmente para telas de moda, y el indifio, un hilado
teñido con el mismo colorante utilizado para la
elaboración de la tela del jean. En el mercado denim
participan con 35% del mercado local. En 1996 invirtieron US$ 16
millones, lo que les permitió inaugurar un moderno Centro de
Distribución de 6.500 metros cuadrados para mejorar la
atención de sus clientes. Los primeros frutos cosechados
implicaron una facturación de US$ 90 millones en el ’95 y
exportaciones por US$ 35 millones. “Especializarse y
complementarse con una compañía brasileña del
prestigio de Alpargatas Santista constituye una gran ventaja para
nosotros frente a la competencia”, concluye Irlicht.
Karatex
Redoblar la apuesta
Al grupo Karatex —que enlaza a 7 empresas de hilados tejidos
y confeccciones— la hiperinflación lo sorprendió
en plena reestructuración. Sin embargo, decidió
redoblar la apuesta y continuar con las inversiones, que suman US$ 50
millones en los últimos 6 años. “Con la apertura,
en vez de lamentarnos por la potencialidad de la industria
brasileña decidimos tomarlo como un desafío. Para
nosotros la mitad de la botella estaba llena, les dejamos la parte
vacía a quienes no se animaban a competir”, explica
Arturo Karagozlu, vicepresidente de la empresa. Hoy no existe
confeccionista de primer nivel que no utilice sus tejidos de lycra
para la confección de pantalones. Está desarrollando
con gran éxito artículos de toalla y batas con la
explotación de la licencia Cartoon Network, que exporta a toda
Europa y también produce tela para la línea hogar.
Factura US$ 120 millones anuales y sus exportaciones representan 10%
de las ventas totales del grupo.
Vandenfil
Proa al Mercosur
Vandenfil produce tejidos de algodón, poliéster
algodón, gabardina de alta densidad para el mercado del
jeanwear, poliéster viscoso, entre otros tejidos para la
indumentaria informal, en camisería y pantalonería.
Entre 1993 y principios del ’96 llevó adelante una
profunda reconversión de su fábrica instalada en
Luján —redujo su personal de 1.100 a 800 obreros—,
lo que le permitió incrementar la productividad y las
exportaciones, acceder a nuevos mercados externos e insertarse
exitosamente en el Mercosur, afianzando su presencia en nichos de
mayor rentabilidad en el mercado local.
Ante la retracción de la demanda interna Vandenfil
decidió desplegar una agresiva política de ventas en el
exterior que le permitió pegar un enorme salto en sus
exportaciones con ventas al exterior de US$ 5.900.000 en el ’95
—sobre una facturación total de US$ 33 millones— y
un estimado de US$ 8 millones para el ’96. “Eramos
conscientes de que no podíamos competir con Oriente en
aquellos nichos donde ellos trabajaban bien”, explica Marcelo
Toccalino, director coejecutivo de la empresa; “entonces nos
diversificamos hacia productos diferenciados de mayor demanda de moda
en partidas más pequeñas, con mayor valor agregado,
nichos donde podíamos hacer valer nuestra calidad y la
tecnología de punta”. El monitoreo permanente de la moda
europea les ha permitido estar al día con las nuevas
tendencias. “Lo que está de moda en septiembre en Europa
nosotros lo estamos produciendo sesenta días
después”, cuentan con orgullo en Vandenfil.
