jueves, 2 de abril de 2026

    Los límites de la ilusión

    Si hubiera que establecer un rasgo que caracterice el accionar
    del gobierno y de algunos de sus aliados durante las últimas
    semanas, muy probablemente existiría un virtual consenso en el
    esfuerzo invertido para tratar de mejorar las alicaídas
    expectativas de la mayoría de la población sobre el futuro
    económico. El mecanismo utilizado, que se apoya en los indicios
    que señalan la finalización de la fase recesiva, consiste en
    crear la ilusión de que están dadas todas las condiciones para
    repetir un ciclo de expansión de la producción como el que se
    registró entre 1991 y 1994.
    Y más aún, que ese boom podría prolongarse hasta las
    elecciones presidenciales de 1999. Dos razones complementarias
    explicarían esta necesidad de alentar ilusiones. Por un lado, la
    proximidad de las campañas electorales con vistas a la
    renovación parlamentaria del año próximo exige ofrecer en el
    mercado político posibilidades que seduzcan a un electorado que,
    según la mayoría de las encuestas realizadas hasta ahora, se
    muestra crecientemente esquivo a la propuesta oficialista. Por el
    otro, el clima político enrarecido por la prolongación del
    conflicto que mantiene el ex ministro Cavallo con algunos
    antiguos colegas del gabinete, con el Presidente, con su sucesor
    en la cartera de Economía y con miembros del Poder Judicial, la
    dureza de las acusaciones que se intercambian y los alcances y
    derivaciones que podrían presentarse en términos de personas e
    instituciones constituyen factores que afectan negativamente las
    expectativas del común de la gente y siembran dudas entre
    empresarios y operadores financieros locales y extranjeros.

    Sueños pasajeros

    Claro que este empeño en construir la ilusión podría terminar
    siendo un intento de alcance efímero. Porque, en cuanto al
    conflicto político, todo hace suponer que en lo inmediato
    tenderá a exacerbarse y, además, algunas cuestiones que se
    están dilucidando en la Justicia podrían rozar de cerca a
    personajes situados en lo alto de la pirámide del poder. Pero la
    fugacidad estaría especialmente determinada porque la mayoría
    de la gente no percibe -ni nada permite augurar que percibirá en
    lo inmediato- mejoras de significación en su situación
    económica u ocupacional. Datos provenientes de fuentes oficiales
    muestran que la reactivación de la producción fue acompañada
    por un muy tenue aumento en el número de puestos laborales. Los
    informes del Ministerio de Trabajo revelan que a septiembre
    pasado, en relación con diciembre de 1995, actividades como la
    industria, la provisión de electricidad, gas y agua, la
    construcción y el transporte vieron mermar los puestos de
    trabajo ofrecidos. En cambio, sectores como el financiero, el
    comercio, los restaurantes y hoteles y los servicios comunales,
    sociales y personales crearon empleo. El saldo neto arroja, para
    los nueve primeros meses del año, un módico 0,2% de incremento
    en los niveles de ocupación. Según la información difundida
    por el Indec sobre una encuesta a casi 1.300 establecimientos
    manufactureros, el resultado para la industria es aún más
    dramático. Así, mientras la producción fabril del primer
    semestre de este año habría crecido 1,4% con respecto a los
    niveles de la primera mitad de 1995, el número de obreros
    ocupados disminuyó durante ese lapso 6,1%, y las horas
    trabajadas se redujeron en 6%. Se reitera, pues, la modalidad
    prevaleciente desde la puesta en marcha de la Convertibilidad: la
    productividad del trabajo crece mucho más rápido que la
    producción, lo que implica que el empleo industrial disminuye.

    Los límites de la realidad

    Al amparo de un incipiente cambio de actitud de la banca en el
    sentido de reactivar los préstamos para consumo -todavía sigue
    siendo mejor negocio prestarle al gobierno- y de la existencia de
    algunos fondos ociosos, hay quienes han aventurado pronósticos
    de importantes bajas en las tasas de interés que pagan las
    Pymes. Más aún, el presidente Menem volvió a insistir con que
    "nada justifica las tasas que se cobran en la
    Argentina". Declaración por lo menos llamativa, si se tiene
    en cuenta que pocos días antes el titular del Banco Central
    había puesto de relieve cuáles eran los principales factores
    que determinan el nivel de tasas que se abonan aquí con respecto
    a las vigentes en Estados Unidos: riesgo-país, previsionamiento
    por incobrabilidad y altos costos operativos. Pero donde más
    énfasis se ha puesto para destacar el cambio de tendencia en el
    ciclo económico es en los indicadores de producción, ventas y
    consumo. Así, en los últimos días del mes pasado hubo una
    avalancha informativa orientada a mostrar que la actividad fabril
    exhibe síntomas cada vez más robustos de reactivación. En el
    índice de Fiel, por ejemplo, octubre presenta un aumento de
    11,3% con respecto al mismo mes de 1995, y de 4,2% en relación
    con septiembre. Un punto interesante es que, ahora que las
    autoridades han difundido las cifras oficiales sobre la
    evolución del PBI y sus componentes -con datos trimestrales-
    para el período 1980-1995, es posible considerar el grado de
    representatividad que, como predictores, tienen diversos
    indicadores de la actividad industrial. Así puede observarse que
    el elaborado por Fiel acusa una caída de 8,6% durante 1995; el
    EMI -construido por el Indec- estima una contracción de 5,5%; la
    encuesta a 1.300 establecimientos industriales que también
    encara el Indec, una disminución de 6,9% y, por fin, las Cuentas
    Nacionales una reducción de 7%. De donde surge que la regla de
    que, a mayor cobertura, mejor estimación, se cumple con la
    encuesta a establecimientos del Indec. Otro de los aspectos donde
    se ha hecho especial hincapié es el que plantea que el boom que
    se avecina diferirá del anterior en el sentido de que será
    "más genuino". Esto se originaría en que el
    crecimiento del producto se apoyaría en la expansión de las
    exportaciones y de la inversión, a diferencia de lo ocurrido
    entre 1991/1994 cuando el motor principal lo proveía el aumento
    del consumo. Resulta difícil el análisis riguroso de este
    planteo; no en cuanto a su validez teórica, que es indiscutible,
    sino por su posibilidad práctica en el actual contexto de la
    economía argentina. A modo de ejemplo, debe tenerse en cuenta el
    diferente peso relativo que tiene el consumo frente a la
    inversión y las exportaciones. Así, para que el aumento de
    aquél aporte 1% de incremento del PBI es necesario que crezca
    1,2%; en cambio, para alcanzar una contribución equivalente al
    crecimiento del PBI, la inversión debe aumentar 4,8% y las
    exportaciones 7,5%.