jueves, 2 de abril de 2026

    Las joyas de la corona

    Cartier
    El desafío de ser único

    Cada semana, la casa Cartier vende una joya de más de un millón
    de dólares. Se trata, desde luego, de piezas únicas, realizadas
    por encargo. Para conseguirlas, hay que esperar seis meses y
    -desde luego- poder pagarlas. Este no es, sin embargo, el
    corazón del negocio de la empresa, cuyas ventas anuales,
    estimadas a precios minoristas, trepan a US$ 2.500 millones. Los
    relojes y las alhajas de precios que recorren la gama de los US$
    1.000 a 50.000 constituyen el principal motor de los ingresos de
    la empresa. Pero también aportan lo suyo los encendedores de
    plata de US$ 400 y los foulards de seda de US$ 200, que cumplen
    la doble misión de proteger legalmente a la marca de piratas y
    oportunistas y acercarla a un vasto público internacional.
    "Aun en países muy pobres hay un mercado del lujo. Porque,
    digan lo que digan, el lujo es una cuestión cultural, más que
    económica", afirma Alain Perrin, presidente de la firma
    Cartier, que, desde su cuartel general en París, no sólo dirige
    los negocios de la legendaria empresa, fundada en 1847. Es,
    además, el fundador y director de la Escuela Internacional de
    Marketing del Lujo que, como no podría ser de otro modo,
    también tiene su sede en la capital de Francia.
    — ¿Es verdad que la gente de altos recursos tiene, ahora,
    gustos menos ostentosos? ¿Hay una tendencia de rechazo hacia el
    lujo?
    — No, no es verdad. Eso de que los años ´90 son una época
    de austeridad es puro discurso, pura teoría. Cualquiera puede
    verlo en la calle. Hay, sí, una tendencia que favorece el
    retorno a lo clásico. La gente aprecia más las cosas de
    verdadero valor. Ahora se gasta más que en la década del ´80,
    la diferencia es que quien antes se compraba seis anillos con
    1.000 dólares hoy prefiere comprar uno solo. Ahora, más que
    nunca, la gente busca calidad y marcas reconocidas.
    — En un negocio como éste, ¿la marca es casi todo?
    — Actualmente, esto es así en casi todos los negocios,
    desde las zapatillas hasta la Coca-Cola. Para nosotros, claro,
    hay una cuestión adicional, que es el problema de la piratería,
    de las copias. Aunque también en esta materia hubo grandes
    progresos, tanto desde el punto de vista legal como del expertise
    para proteger una marca. Obviamente, Cartier no es un nombre tan
    popular como Reebok o Coca-Cola. No tenemos una política de
    difusión, de popularidad de la marca, sí de notoriedad. Nuestra
    estrategia de comunicación es muy selectiva. No ponemos avisos
    en la televisión, y muy pocos en los diarios. Nos concentramos
    en revistas como Vogue, Town & Country, Elle. Así y todo,
    gastamos más de US$ 100 millones en publicidad cada año, a
    través de nuestra propia agencia interna. Y en cuanto al
    mensaje, tratamos de que sea simple y fuerte. Nuestro eslogan,
    "el arte de ser único", lo dice todo. No hay otro
    argumento, no se puede "contar" cómo es un producto de
    gran lujo.
    — ¿Usted diría que en el segmento del lujo prevalece lo
    que se denomina "la compra por impulso"?
    — Los hombres tienden a ser más reflexivos a la hora de
    comprar un reloj o una joya. Las mujeres suelen actuar más
    movidas por el impulso, por el entusiasmo. Ahora se está
    registrando un fenómeno muy interesante -y muy beneficioso para
    nosotros-, que es el de las mujeres económicamente
    independientes, exitosas, capaces de entrar en una tienda y
    salir, diez minutos después, con una pieza de alto precio. Y
    digo que esto es ventajoso para el negocio porque, obviamente,
    gastan más en sí mismas que lo que un hombre invertiría en
    regalos para ellas.
    — El precio, entonces, ¿no es un factor decisivo en este
    mercado?
    — No pesa tanto como en otros. Y no estoy hablando solamente
    de los clientes muy ricos, para quienes la cuestión no tiene
    mucha importancia. Si alguien estuvo soñando, durante años, con
    comprarse un reloj o una joya de Cartier, lo hará en cuanto
    disponga de los recursos. Es una elección, un statement.

    Mont Blanc
    Una promesa, una emoción

    Su modelo Meisterstrück 149, de oro macizo, aparece en el libro
    de los records Guinness como la lapicera estilográfica más cara
    del mundo. Sin embargo, hay actualmente más de cinco millones de
    personas que escriben con una Mont Blanc. Entre ellos se cuentan
    reyes, presidentes y estrellas del espectáculo, la política y
    el arte. Hace ocho años, la empresa decidió concentrarse en los
    productos de más alto precio, lo que significó eliminar líneas
    que aportaban 60% de las ventas. Fue una decisión dura, que
    cambió el perfil de la compañía y cimentó su éxito. Dejar de
    ser una tradicional firma familiar alemana para convertirse en
    miembro de un holding multinacional fue, según recuerda ahora su
    presidente, Norbert Platt, una transición difícil "que se
    devoró a varios gerentes". Pero el delicado equilibrio
    parece haberse logrado. Los artesanos de la fábrica de Hamburgo
    continúan puliendo a mano cada pluma de oro y nadie les fija un
    límite de tiempo para su tarea. La estrella blanca (símbolo de
    la cima nevada del Mont Blanc) que corona cada capuchón ha
    adquirido, sin embargo, una proyección global.
    — Las posibilidades de explotación que ofrece una marca
    como Mont Blanc parecerían justificar una diversificación más
    amplia hacia otras líneas de productos. ¿La estrategia futura
    de la empresa contempla esa alternativa?
    — Los instrumentos de escritura han sido y seguirán siendo
    el corazón de nuestro negocio. Es peligroso pensar en términos
    de "explotación" de una marca. Las marcas son
    criaturas vivas; es muy fácil herirlas y muy trabajoso curarlas.
    Hay que tratarlas con cuidado y respeto.
    — ¿Cómo se explica, en medio de la revolución de la
    informática, el revival de algo tan tradicional como las
    estilográficas?
    — – Las razones de este fenómeno son las mismas que
    explican el auge de la industria relojera suiza en un momento en
    que la electrónica alcanza la máxima precisión para medir el
    tiempo. En una época de cambios tan acelerados, la gente
    necesita tener cosas que duren, que no dependan de la moda o de
    la tecnología. Una computadora ya empieza a ser obsoleta cuando
    llega al mercado. Cuando alguien compra una Mont Blanc, en
    cambio, sabe que adquiere un bello instrumento hecho a mano, con
    un valor perdurable. Este es un producto que casi no ha cambiado
    en los últimos 70 años. Los padres o los abuelos siguen
    regalándole una Mont Blanc a un joven que termina sus estudios,
    como un símbolo de que ha ingresado a la vida adulta. Esto viene
    ocurriendo desde hace generaciones y es lo que nos convierte en
    algo más que fabricantes de un producto; ofrecemos una promesa,
    una emoción. Aquí hay, por cierto, una cuestión cultural, casi
    filosófica. Uno no le confiaría una carta de amor a una
    computadora. Enviar un mensaje escrito a mano tiene un valor
    especial. Quiere decir que uno se ha tomado tiempo para hacerlo,
    y eso, en sí mismo, ya es un pequeño lujo en esta época.
    Incluso en el mundo de los negocios, no hay nada que impresione
    más que recibir una carta manuscrita. Se puede estar seguro de
    que no se perderá en la catarata de impresos, faxes y mensajes
    por e-mail.
    — Por su diseño, e incluso por su tamaño, los productos
    más conocidos de Mont Blanc tienen una imagen netamente
    masculina. ¿Esto no representa un hándicap para la marca?
    — Todo lo contrario; es una ventaja. Las mujeres
    independientes de hoy quieren -y pueden- acceder a los símbolos
    de poder tradicionalmente masculinos. No vendemos joyas.
    Fabricamos instrumentos de escritura que han llegado a
    identificarse con valores muy apreciados por hombres y mujeres.