jueves, 2 de abril de 2026

    La agenda de 1997

    Hay varios elementos destacables en la economía de 1996 y que
    hoy vale la pena recordar. En primer lugar, después de agosto,
    los argentinos descubrieron que el programa de convertibilidad no
    dependía -como muchos creían- de la continuidad en su cargo del
    ministro Domingo Cavallo. En consecuencia, el futuro del programa
    se debatirá ahora en términos de sus debilidades y fortalezas
    propiamente económicas. Con el tiempo, se podrá develar si la
    convertibilidad ha sido un instrumento monetario-cambiario
    circunstancial, adaptado a una coyuntura en la que la prioridad
    fue el combate creíble contra la hiperinflación, o si se trata
    de una institución que acompañará a los argentinos por una
    larga época y cuya rígida regla presidirá la dinámica
    económica nacional hasta, por lo menos, el fin del milenio. Este
    será un debate saludable en el que, afortunadamente, los nombres
    propios de los protagonistas serán una mera anécdota. No
    obstante, el relevo del ministro Cavallo sirvió, por el momento,
    como un test de la fortaleza financiera del programa económico:
    no hubo en agosto-septiembre una especulación masiva contra el
    peso ni una fuga de depósitos del sistema bancario. Hubo, sí,
    un cambio en la estructura de depósitos que reflejó la cautela
    de los ahorristas, quienes dolarizaron aún más sus carteras.
    Este proceso se revirtió parcialmente en los últimos dos meses
    del año, pero la actitud inicial del público mostró la
    dificultad que tendría cualquier iniciativa de abandonar la
    convertibilidad y el uno a uno.
    En segundo lugar, durante 1996 los argentinos comenzaron a
    abandonar lentamente la recesión en que la economía había
    ingresado durante el segundo semestre de 1994 y que se había
    intensificado en 1995, después de la devaluación mexicana. La
    reactivación es a todas luces muy lenta, pero existe. Cuando se
    tengan los números definitivos de las cuentas nacionales de
    1996, éstos dirán aproximadamente lo siguiente: el PBI habrá
    crecido algo así como 3,5%, con una expansión simultánea de la
    demanda local de inversión y de consumo y de la demanda externa
    por las exportaciones nacionales. En cuanto a la demanda interna,
    ésta tuvo a su favor dos factores: por un lado, los despidos se
    desaceleraron y aquellos que conservaron el empleo comenzaron a
    perder lentamente el miedo. Por otro lado, el déficit fiscal
    -financiado predominantemente con fondos externos- fue el más
    alto desde el inicio de la convertibilidad y jugó, por lo tanto,
    un papel expansivo. Pese a toda la retórica, no hubo ajuste
    ortodoxo significativo durante el año y lo más probable es que
    tampoco lo haya durante 1997.

    La deuda social

    En tercer lugar, los indicadores sociales han empeorado durante
    1996. La tasa de desempleo no baja y no se crean empleos. Con la
    economía creciendo a 4% anual, no habrá una mejora en este
    aspecto, lo que es grave, ya que, bajo las actuales
    circunstancias, es difícil aspirar a un crecimiento mayor.
    Además, se registra un crecimiento generalizado en el número de
    familias que viven por debajo de la línea de pobreza. Esto no
    tendría que sorprender, ya que todos los estudios serios están
    mostrando una relación muy alta entre desempleo y pobreza. Pero
    lo delicado de la situación reside en que las cuentas fiscales
    son demasiado frágiles como para que el Estado pueda desarrollar
    políticas de asistencia social. Con $ 6.000 millones de déficit
    durante 1996 y unos $ 5.000 millones durante 1997, es casi
    imposible que el sector público pueda expandir el gasto con
    fines asistenciales. En cuarto lugar, la oferta de capitales
    internacionales a las economías emergentes siguió siendo alta
    durante 1996, y por lo tanto las tasas de interés bajas, sobre
    todo durante el último trimestre del año. La Argentina pudo
    entonces financiar sus desequilibrios macroeconómicos, tal como
    lo ha venido haciendo desde 1991. La consolidación de estas
    condiciones del mercado internacional ha tenido causas
    estructurales y coyunturales. Entre las estructurales se destaca
    el fin de la inflación con recesión en las economías
    desarrolladas, que en el pasado obligaba a los gobiernos a
    aplicar políticas monetarias duras. También influyó, en este
    sentido, el cambio en los actores institucionales en los mercados
    financieros, con la aparición de fondos que se han lanzado a la
    búsqueda de mayores rendimientos que los que ofrecen los bancos
    de los países centrales. Las causas coyunturales tienen que ver
    con factores políticos y económicos en Estados Unidos. La
    victoria de Bill Clinton, controlado por una mayoría republicana
    en ambas cámaras, supone que continuará la reducción de los
    desequilibrios fiscales. La mayor debilidad en el crecimiento de
    Estados Unidos implica, por su parte, menores presiones
    inflacionarias y, por lo tanto, expectativas de menores tasas de
    interés.

    Más preguntas que respuestas

    ¿Cuáles serán los temas económicos dominantes en 1997? Antes
    que nada, hay que subrayar que el futuro de corto plazo
    dependerá crucialmente de que se consolide la reactivación. En
    ese aspecto, los últimos meses de 1996 no han sido muy
    halagüeños: entre agosto y octubre la economía ha ingresado en
    una meseta, después del fuerte repunte de los meses previos. Sin
    embargo, la reanimación de la construcción y el excepcional
    volumen de las cosechas esperado para 1997 determinan que las
    previsiones gubernamentales (5% de crecimiento) no resulten
    descabelladas. Aun así, el ingreso por persona de 1997 recién
    igualará al de 1994, lo que explica en buena medida el
    descontento social. Un interrogante importante que habrá que
    contestar en 1997 es acerca del comportamiento del sector externo
    en la fase ascendente del ciclo. Las importaciones están
    creciendo aceleradamente, lo cual era previsible. Pero la
    incógnita es qué sucederá con las exportaciones. Entre 1990 y
    1996 las ventas al exterior se han expandido a un promedio de 10%
    anual, un comportamiento impensado al instalarse la
    convertibilidad. Como consecuencia de ello, la participación de
    las exportaciones en el PBI está alcanzando, en términos
    reales, un récord de 15%. Sin embargo, no es en absoluto seguro
    que esa tendencia se mantendrá durante 1997. Si bien la
    productividad de las empresas privadas sigue aumentando y nuevos
    sectores comenzarán a exportar, algunos rubros -como el de los
    productos industriales estandarizados- están mostrando signos de
    declinación. La pregunta del millón para 1997, entonces, es a
    qué valores ascenderá el déficit comercial. Si sólo sobrepasa
    moderadamente los US$ 2.000 millones, ello no afectará la
    credibilidad del programa económico. Pero si crece a más de US$
    3.000 millones, ello tendrá repercusiones negativas y le pondrá
    un límite al crecimiento. Habrá que estar atentos.

    Mirar a Brasil

    En lo que se refiere al sector externo, hay dos temas que
    estarán en el centro de la mira. Uno de ellos es el futuro del
    Plan Real en Brasil. El endeudamiento público de corto plazo
    creciente y el déficit comercial han puesto en cuestión la
    política cambiaría y muchos analistas están reclamando una
    maxidevaluación para aliviar las cuentas públicas y para
    incrementar la competitividad .Si la maxidevaluación se produce
    y si -como consecuencia de ella- Brasil ingresa en una etapa de
    descontrol macroeconómico, los resultados para la Argentina son
    imprevisibles y eventualmente se puede activar una fuga de
    capitales. Si, en cambio, Brasil acelera la tasa de devaluación
    manteniendo las variables económicas en orden, los costos para
    la Argentina serán notablemente menores. Es probable que durante
    1997 quede claro el camino que Brasil va a seguir. El segundo
    tema vinculado al sector externo es el de los humores del mercado
    internacional de capitales. El Estado argentino tiene que pagar
    intereses por US$ 5.720 millones y renovar capital por US$ 12.000
    millones. Para que esta operación se haga en calma es necesario
    que la oferta de fondos para el país sea tan generosa como lo es
    hoy, de modo que no se presenten restricciones de liquidez. Lo
    más probable es que, en efecto, la tasa de interés siga siendo
    baja, aunque no tanto como los últimos meses de 1996. Sin
    embargo, el futuro de Brasil no es independiente de esta
    cuestión. Si el principal socio del Mercosur entra en crisis, la
    liquidez internacional quizá siga siendo alta, pero no para la
    Argentina. En ese sentido, se presentará una situación parecida
    a la del efecto tequila: nadie sufrirá como los argentinos. Por
    último, cabe una mención a las relaciones entre economía y
    política durante 1997. A fines del año habrá elecciones y su
    resultado será una señal que los mercados tomarán en cuenta
    para revisar la credibilidad del programa económico. Si el
    gobierno gana, habrá un shock de confianza en los mercados
    financieros. Si pierde, aumentará la tasa de interés y se
    ingresará en una nueva etapa de ajuste de larga duración, cuya
    tolerabilidad social es difícil de evaluar. Pero puede ocurrir
    que los resultados electorales no sean sencillos de interpretar,
    sobre todo tratándose de elecciones legislativas. En tal caso,
    entre 1997 y 1999 habrá inestabilidad y fragilidad financiera.
    Los inversores de largo plazo se sentarán a esperar y los
    inversores de corto plazo continuarán con sus negocios
    especulativos, a veces al alza de los bonos argentinos, a veces a
    la baja. Es imposible predecir en qué puede terminar ese
    escenario, pero lo que es seguro es que no serán épocas
    fáciles.