En los últimos tiempos, particularmente a partir de que se conocieron los altos índices de desocupación, un sector del partido
de gobierno viene reclamando que se peronice la economía, aceptando, a veces explícitamente, el argumento de la
oposición de que éste es un modelo que sólo funciona con exclusión social. Lo que está en juego, evidentemente, es el miedo a
perder el capital político histórico del peronismo. ¿Usted cree que se justifica este temor?
En alguna medida, éste es un modelo que exluye a cierta cantidad de gente, quizás a alrededor de 15% de la población.
Yo creo la perspectiva no es de catástofre social, pero es cierto que estamos en una situación de sociedad mucho más
desigualitaria que antes.
La experiencia, hasta ahora, indica que estos grupos, que en gran parte pertencen a las zonas más pobres del interior, no
tienen mucha voz, y cuando se expresan lo hacen a favor de opciones políticas no tradicionales: pueden votar por Aldo Rico
o por Bussi.
Ahora bien, con respecto a los sectores populares, que no están marginados pero que enfrentan problemas crecientes, uno
podría pensar que deberían estar disconformes con el modelo, con el gobierno, y no votarlo. Sin embargo, lo votan, y no es
por estupidez. Hay por un lado una tradición política, pero además creo que existe una percepción generalizada de que
en la situación actual ningún gobierno puede hacer mucho más. Mucha gente dice: Bueno, el gobierno hace algunas cosas
mal, pero otro sería peor. No tienen confianza en otros.
El proceso de industrialización ha sido, en la Argentina, un gran vehículo de movilidad social. ¿Por qué el tránsito
a una economía de servicios parece tener, aquí, un efecto negativo en ese sentido?
Esa conversión, todos lo sabemos, es inevitable. Lo que pasa en la Argentina es que aquí hay lo que podría
llamarse una sobreterciarización, una especie de minifundio terciario: donde debería trabajar uno, trabajan cinco.
Me parece que se están pagando las consecuencias de un desarrollo con intervención del Estado, proteccionismo y
estatismo, muy mal hecha, muy caótica, porque esas mismas cosas, bien hechas, como en algunos de los países del
sudeste asiático, dieron resultado.
Claro que una de las diferencias es que muchos de esos países tienen el mismo gobierno desde hace 50 años. No son,
política y socialmente, buenos modelos: hay autoritarismo, jerarquías muy rígidas. América latina tiene demasiada
experiencia de liberalismo básico, de democracia básica, de fragmentación del poder, como para poder adaptar eso, pero no
tenemos todavía suficiente de este liberalismo básico y experiencia cívica, como para adoptar el modelo europeo, en el que
los grupos con poder sindicatos, empresarios se entienden; pelean, pero se entienden. Creo que estamos avanzando
hacia eso, pero todavía no hay suficiente entendimiento.
Con respecto al papel del empresariado, muchas veces se ha dicho que aquí no ha cumplido el papel que tuvo, por
ejemplo, en Brasil, donde sostuvo un proyecto pensado para décadas y no limitado al futuro inmediato. ¿Usted está de
acuerdo con esa visión?
Sé que eso es lo que se dice generalmente. Creo que en Brasil hay, efectivamente, más proyecto nacional, pero no porque
la burguesía brasileña esté más identificada con su futuro colectivo que la argentina. Lo que sucede es que las condiciones
políticas en Brasil no han sido tan caóticas como en la Argentina. Y, en cierto sentido, aquí hay más distribución del poder.
De modo que el día en que nos arreglemos nos vamos a arreglar mejor que Brasil, porque va a ser un arreglo entre varios
partícipes, cada uno de ellos con fuerza propia.
¿Qué perspectivas de permanencia le asigna usted a la alianza entre el aparato político del peronismo y el poder
económico?
Uno de los problemas de la Argentina es que lo que se conoce como derecha, el sector empresarial, no tiene un partido
propio capaz de ganar elecciones. Por lo tanto, la gente que normalmente votaría por un partido conservador vota por
Menem. Hay que tener en cuenta que, en el 50% de votos que consiguió Menem en la última elección, por lo menos 10 o
15% son votos no peronistas. Los votos que tuvo en el 89 (y que también representaron cerca de 50%) sí eran casi
totalmente peronistas. Así que, de ese caudal, le queda, quizá, 35 o 40%. El resto probablmente emigró a alternativas como
Aldo Rico o Bussi, y otros, obviamente, se fueron al Frepaso o a la izquierda.
Como decía antes, aquí, por el momento, no hay una alternativa de derecha, de modo que un escenario posible es que, en el
futuro, haya un peronismo más peronizado y otro que represente claramente a los sectores con poder económico. No creo
que ésta sea una perspectiva inmediata, pero parecería que, conscientemente o no, los actores de este proceso ya empiezan a
tomar posiciones para ese futuro.
Mi impresión es que en la Argentina se está avanzando hacia un modelo europeo occidental, con un partido de derecha
civilizada, con apoyo empresarial, y otro de izquierda moderada.
Claro que hay gente que dice que es imposible traspolar un modelo europeo, que esto es América latina, donde el ejemplo
típico es un partido hegemónico como el PRI mexicano.
Con el que suele compararse frecuentemente al menemismo…
Sí, pero las semejanzas son sólo aparentes. Lo que hay aquí es una alianza táctica. El modelo del PRI es típico de un país
con un gran componente de población campesina, con bajo nivel educacional. La Argentina es un país mucho más
complejo.
¿En qué plazos piensa usted cuando habla de ese tránsito a un modelo bipartidario a la europea?
Obviamente, las elecciones de 1999 van a incrementar la lucha interna en el partido de gobierno. Quizás ésa sea la hora
de la verdad para el peronismo. El sector más vinculado al modelo actual tendría el apoyo de la Ucedé y los partidos
regionales. En ese caso, esa derecha nueva, con un cierto color peronista menemiano, podría, incluso, ganar las elecciones,
pero tendría enfrente a lo que en la práctica sería una convergencia del peronismo puro y duro, algún segmento del
radicalismo y el Frepaso.
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