Cuando el viejo y entrañable Berlo describió su Proceso de la comunicación lineal -novedoso y pedagógico para aquellos años- debió haber sentido que daba forma a un verdadero clásico, capaz de pasar vivito y coleando por la máquina trituradora de la historia, tal vez con algunos magullones pero entero y airoso al final de los tiempos. Algo parecido habrá sentido el gran Willy cuando
corrigió la prueba de galera de los originales de Romeo y Julieta o el multifacético Leonardo al apoyar por última vez el pincel y dar por concluida la sonrisa más famosa del mundo, sin costosas campañas publicitarias de dentífricos mediante.
Pero el clásico de Berlo, con sus cuatro jinetes apocalípticos: emisor, receptor, mensaje y medio, supo, sabe y sabrá de mutaciones, vivió, vive y vivirá cambios de roles y protagonismos alternados, como aquellos elencos teatrales en los que todos conocen el papel de los otros, por las dudas… Fue así que conocimos épocas de gloria del receptor -rey indiscutido- cuna y tumba de todos los esfuerzos de la comunicación. Después, un genio suelto que apareció sin lámpara ni aladinos llamado Mac Luhan, dejó un legado más pesado que las pautas culturales del medioevo. “El medio es el mensaje”, dijo, y durante más de veinte años media generación aceptó este principio con fe franciscana y devoción jesuítica. Pero todo cambia, nada es constante, y hoy, en los últimos diez metros de esta maratón llamada sigo XX, el emisor figura con luces de neón y su papel es protagónico y casi excluyente, está parado en medio del ring y domina la escena. Las noticias viven o mueren según de quien vienen, los hechos son creíbles o desechables dependiendo más del comunicador que de sí mismos.
No discutimos ideas ni debatimos proyectos por su valor propio, le damos al mensaje la misma jerarquía que tiene el emisor. Los referentes de la sociedad, los promocionados formadores de opinión, son el coro griego de esta época al cual se lo consulta sobre todo y ante nada, y tienen la ventaja de no equivocarse nunca; el pasado les asegura el futuro. Los marginados, en cambio, los que no forman opinión favorable, carecen de ideas rescatables; el pasado les aborta el futuro. Ser liberal, católico, homosexual, parricida o de izquierda, judío o de derecha, de River, de Boca, drogadicto o provinciano, condiciona la opinión; más que condicionarla le da certificado de verdad eterna o
pasaporte de invalidez perpetua. Depende de quien pone la firma, la voz, la cara o simplemente el sello. Nada es lo que es, todo es quien lo dice.
Kozinsky nos regala, en esa parábola impresionante que es Desde el jardín, una visión despiadada sobre los pro y los contra del duro oficio de ser un emisor VIP. Forrest Gump -en las pantallas porteñas- nos muestra que, por caminos distintos, se puede llegar también a ser referente obligado de una sociedad sin quererlo. Lo deciden otros por uno, y si esos otros son medios masivos de comunicación seguiremos haciendo cursos intensivos de Cómo vivir con dignidad dictados por los Gardiner de turno -producción nacional y seriada-, que, de paso, nos exorcizan de las diabólicas fuerzas del mal de los que abandonaron vaya a saber qué rebaño. No podemos resignarnos a padecer
verdades descartables y mentiras de consumo obligatorio sin poder elegir. El equilibrio existe, debe estar esperando en la esquina de Reflexión y Etica; llegar no es fácil, cuesta mucho; por eso vale la pena.
