Hay que dejar al mercado que actúe sin interferencias. Los gobiernos deben hacerse a un lado y dejar la producción a los mercados competitivos y la libre empresa. “Así dice hoy la sabiduría convencional y las tesis dominantes en el campo económico.
Pero no hay unanimidad. Si alguien se toma el trabajo de leer la reciente conferencia pronunciada en Estocolmo por el flamante Premio Nobel de Economía, el estadounidense Douglas North, se encontrará con estas afirmaciones:
“La teoría neoclásica es una herramienta inapropiada para analizar y prescribir políticas que induzcan el desarrollo. Trata de la forma en que operan los mercados y no de cómo se desarrollan los mercados. ¿Cómo se pueden formular políticas cuando no se comprende cómo funcionan las economías?”.
Provocativas declaraciones. Pero los argumentos son jugosos. North (que además es profesor de la Universidad de Washington, St. Louis), se refería especialmente a lo que está pasando en Rusia y en la antigua Europa oriental. Casi todos los consejos y el asesoramiento que reciben estos países
provienen de instituciones occidentales como el Fondo Monetario Internacional, cuya base conceptual es precisamente la teoría neoclásica (la economía de mercado ortodoxa).
La objeción de North es que la teoría neoclásica no resuelve las cuestiones importantes. El principal supuesto neoclásico es que los individuos buscan maximizar su ingreso o su satisfacción en un mundo donde los recursos son escasos. En esa búsqueda hacen constantes selecciones.
Esta visión supone un mundo estático, sin conflictos, y con conductas absolutamente racionales desde la perspectiva del comportamiento económico. Un mundo así no ha existido ni existirá nunca. En realidad, el intercambio impersonal entre los millones de participantes que se requieren en una economía de mercado dinámica impone costos formidables de transacción. Por
ejemplo, la gente necesita estar segura de que los contratos se han de cumplir en los años futuros.
Como resultado, el desempeño económico depende fundamentalmente del entorno en el cual se produce el intercambio mercantil. Con su perspectiva de historiador de la economía, North pone énfasis en las reglas de juego. Las formales (como los derechos de propiedad) y, también, las normas informales de conducta.
Los argumentos de North son tan impresionantes como irritantes. La crítica que hace de sus pares -sea que provengan de Harvard, Chicago o la London School of Economics- está justificada.
Muchas de las principales academias tienen un enfoque intelectual limitado. Se han concentrado demasiado en las propiedades matemáticas de los modelos económicos ideales.
North es excelente cuando critica las ideas neoclásicas. Pero las economías que buscan el crecimiento, más que teoría necesitan sugerencias prácticas. El aporte del flamante Premio Nobel se concentra en la antigua pasión del profesor, la historia.
Contra toda adversidad, algunos países han implantado asombrosas transformaciones en sus ideologías y sus instituciones. Los mejores ejemplos son los logros de la restauración Meiji en Japón y el surgimiento reciente de los tigres de Asia. Estos países lograron trasplantar una versión del capitalismo occidental en un suelo poco prometedor. Aquí es donde los nuevos economistas deben bucear si aspiran a producir prescripciones relevantes.
