viernes, 3 de abril de 2026

    Diferentes versiones del capitalismo

    La vieja confrontación entre comunismo y capitalismo ha dejado paso a un nuevo enfrentamiento entre diversos modos de entender el capitalismo. Hay toda una gama y variedad de conflicto donde el caso más notorio es la controversia entre los países que empezaron tarde el proceso de desarrollo

    y los industrializados de larga data.

    Dicho de otro modo: la polémica es entre los distintos estadios del desarrollo capitalista; países subdesarrollados, en desarrollo, recién industrializados y las demás versiones capitalistas avanzadas.

    Y la cuestión de fondo -como se comienza a percibir- es qué es lo que cada actor entiende como capitalismo.

    Así se explican las fricciones crecientes entre Estados Unidos y Japón; entre la Comunidad Europea y el resto de los actores económicos; entre los grandes mercados consumidores y las economías emergentes del sudeste asiático. Este último caso -incluyendo a Japón en gran medida- se caracteriza por un activo papel del Estado en la fijación de metas, asignación de recursos y distribución de incentivos. En todas estas economías hay una particular manera de entender la libertad de mercado que pregonan las teorías en boga.

    La cuestión que se avecina, a medida que el conflicto se agudiza, es hasta qué punto Estados Unidos, que todavía retiene un enorme poder militar y es el primer mercado consumidor mundial, permitirá ese modelo económico “heterodoxo” u obligará a modificarlo. El tema es central para la polémica

    que se avecina en América latina: libertad absoluta del mercado o apertura progresiva y condicionada.

    Como lo sugirió diplomáticamente Yasuhiro Nakasone, ex primer ministro japonés, Tokio está dispuesto a defender y a propagar las virtudes de su modelo de crecimiento, como el único que permite a los que empezaron tarde alcanzar en algún momento al pelotón de vanguardia.

    El mismo Nakasone advierte que, en el comienzo, estos países que comienzan a recorrer el camino necesitan una dosis de proteccionismo para escudar industrias débiles. La función del Estado -en este modelo- es proveer orientación estratégica y macroeconómica, pero simultáneamente estimular

    libertad de competencia en el mercado interno. Incluso -agrega- puede llegarse a alentar oligopolios con tal de impedir monopolios.

    La receta es exactamente lo que hizo Japón: el gobierno fijó con toda precisión el rumbo estratégico general, pero dejó librado a las empresas o a conjuntos de empresas -como el keiretsu- decidir cómo obtenían utilidades a la par que cumplían la meta asignada.

    Cuando el conjunto de industrias clave de un país está en condiciones de soportar la competencia externa, entonces se levantan las medidas proteccionistas y se abren los mercados. Las regulaciones del Estado ceden paso, recién entonces, a las preferencias del mercado. En síntesis: cuando se

    alcanza el nivel de las naciones industrializadas, se aplica el modelo de mercado liberal en cualquiera de las variantes practicadas en Europa y EE.UU. Todos esos países pasaron, en su momento, por estas tempranas etapas del desarrollo. Nadie nació desarrollado, y nadie se desarrolló sin intervención del

    Estado, protección industrial y orientación estratégica.

    Como dice Nakasone, cada nación llega a la meta -el modelo liberal de mercado- por un camino de desarrollo único, originado en sus propias circunstancias.

    PROSPERIDAD EN EL ESTE DE ASIA.

    La economía global, el comercio internacional, los grandes bloques comerciales son motivo de análisis constante por parte de las mejores cabezas de Europa y Estados Unidos. Con esa visión estamos familiarizados. Pero, ¿cómo ven los nuevos desarrollos los protagonistas de los mayores éxitos recientes, los que comandan las economías emergentes del este asiático?

    Es tiempo de conocer ese enfoque. El primer ministro de Malasia, Mahathir Bin Mohammed, condensó esta diferente manera de aproximarse a las mismas cuestiones en un reciente ensayo publicado en New Perspectives Quarterly. Estas son sus principales conclusiones:

    * Una región pacífica y progresista en el este de Asia (el antiguo Lejano Oriente de los europeos) no parece tan bien recibida como la prosperidad de Alemania e Italia, que fueron los socios del Eje durante la Segunda Guerra Mundial.

    * Aparte de tratar de imponer en el área el modelo de democracia común en Europa y EE.UU., estos países han intentado restar competencia a los países asiáticos del este.

    * El sentimiento de desconfianza y temor por lo que acontece en esta región del planeta tiene que ver con que el este asiático no está poblado por europeos.

    * Supongamos que no exista Japón. ¿Qué pasaría? Sin competencia, las economías europeas y estadounidenses aumentarían el precio de sus productos. Las ideas dominantes en esos países tornan imperativo que su fuerza laboral gane lo que los sindicatos creen que es justo. Los costos subirían

    quizás hasta tres veces el actual valor.

    * Los países del Sur tendrían un nivel de vida inferior al de hoy. Sin el éxito obtenido por Japón, el desarrollo económico del Sur y la industrialización de algunos países asiáticos no hubieran sido posibles. Las empresas multinacionales debieron invertir en países en desarrollo, de mano de obra

    barata, para poder competir con los japoneses.

    * Más importante todavía, sin el éxito japonés, no hubiera habido modelo para las emergentes economías del sudeste asiático. Nadie hubiera concebido que se podía desafiar a los europeos y a EE.UU. en los campos industriales en los que fueron maestros.

    * Fue Japón quien demostró que se podía hacer con ventaja. Y así terminó en gran medida con el complejo de inferioridad de muchos países de la región.

    * Un mundo sin Japón sería muy diferente: un Norte cada vez más rico, un Sur cada vez más pobre. La dominación de Europa y de EE.UU. sobre el resto del mundo sería permanente. Los países asiáticos seguirían confinados a la producción de productos básicos, que deberían venderse al precio dictado

    por los países industrializados.

    * Si Europa abraza el proteccionismo, sus habitantes tendrán que pagar más caro cualquier producto.

    Es seguro que, sin los mercados consumidores industrializados, los países del sudeste asiático no alcanzarían la escala económica requerida, pero estas economías han demostrado que aun en pequeña escala pueden ser competitivas.

    * Si se cierran los mercados industrializados, los países del este asiático invertirán en el mundo en desarrollo y harán crecer a la postre estos mercados, compensando la pérdida de los primeros.

    * El principal ingrediente de éxito en el este de Asia es la voluntad de aceptar menores estándares de vida cuando no es posible afrontar niveles más altos. Ahí reside su enorme potencial competitivo. La región tiene derecho a desarrollarse en sus propios términos.

    ECOLOGIA Y CRECIMIENTO.

    En todo el planeta, la economía liberal de mercado es aceptada como la plataforma más eficiente y responsable para la actividad económica. La población mundial crece a un ritmo de 80 millones de habitantes por año. Los expertos vaticinan que se cuadruplicará la economía mundial en 30 años, y

    que se duplicará la demanda de energía y recursos naturales. El impacto que tendrá la actividad del hombre expandiéndose a este ritmo sobre el medio ambiente es un desafío de colosales proporciones.

    El tema central es cómo lograr una armoniosa relación entre desarrollo económico y mejoramiento del ambiente. Si esa relación se basa en un adecuado análisis costo/beneficio, puede estimular la innovación y lograr competitividad de los mercados y mejoramiento del ambiente. En el mundo

    industrializado, las presiones de la opinión pública y la militancia de los movimientos ecologistas está llevando a promover legislación que puede tener efectos perversos. Desde el sector empresarial se advierte que la consecuencia puede ser menor inversión y transferencia de múltiples actividades industriales a regiones del globo con menores demandas ambientales. Lo que pondría en peligro el propio crecimiento económico.

    Para reducir las emisiones de sulfuro de los combustibles -por ejemplo- es preciso usar más energía, con lo que el dióxido de carbono de las refinerías será 10 veces mayor que el sulfuro eliminado por los caños de escape de los automóviles.

    No puede haber excusas para detener la mejora del ambiente, pero ésta debe estar relacionada con estudios de costos rigurosos, con posibilidades tecnológicas disponibles y con un claro orden de prioridades. Las refinerías europeas, por ejemplo, deberían invertir US$ 60.000 millones para cumplir

    con normas sobre combustibles menos contaminantes. Se sabe el costo, pero no se sabe qué incentivos tendrán los dueños de esas refinerías, cómo será el retorno de la inversión, si es que es recuperable a los actuales precios. Por ahora el sentimiento dominante entre los empresarios es:

    “Mejor estar en negro (y con utilidades) que limpios y verdes”.