jueves, 2 de abril de 2026

    El retorno del europesimismo

    Recelos, sospechas y malentendidos enturbian la relación
    de los doce socios comunitarios y hacen tambalear -o al menos
    demorar- el gran proyecto. Todos temen a los alemanes y éstos
    empiezan a cansarse de demostrar que no son peligrosos.


    Hasta hace poco más de un año, el proyecto federal
    europeo se veía con certeza. Los Estados Unidos de Europa
    y los Estados Unidos de América serían los dos grandes
    protagonistas del escenario mundial. Pero después vino
    la derrota del sí en Dinamarca, el triunfo agónico
    en Francia y el severo cuestionamiento británico. Hacer
    un Estado federal de viejas naciones-estado es más difícil
    que agrupar regiones con evidentes intereses en común.


    Lo curioso es que quienes estaban a favor de aprobar las cláusulas
    del Tratado de Maastricht coincidían en un argumento central
    con los que propiciaban rechazarlo: el caso alemán. Los
    defensores de la federación argumentaban que era la única
    manera de mantener a la nueva Alemania fuertemente anclada dentro
    de Europa. Los opositores rechazaban una unión que -decían-
    estaba


    condenada a ser dominada por la hegemonía de la Alemania
    unificada.


    También los propios alemanes sienten que está cambiando
    el humor nacional, en parte por el resurgimiento que promete la
    unidad territorial, en parte por el nuevo papel que le toca cumplir
    con los países del centro europeo, como Austria, Eslovenia,
    Croacia, la República Checa, Eslovaquia, e incluso Polonia
    y Ucrania; y finalmente como reacción ante la desconfianza
    que perciben en las


    demás naciones europeas occidentales.


    Estos recelos, sospechas, malentendidos y creciente hostilidad
    pueden aumentar notoriamente en los próximos tres años.
    Se avecina la conmemoración del cincuentenario de las grandes
    derrotas alemanas a partir de 1943, la capitulación y la
    partición del país, el juzgamiento de los crímenes
    de guerra y el reconocimiento del Holocausto.


    ¿Cómo reaccionará esta nación hasta
    ahora volcada a favorecer un eje europeo junto con Francia, y
    con vocación atlantista, aliada de Estados Unidos? El país
    unificado es la primera potencia económica europea y la
    tercera del mundo. El vacío dejado por la desintegración
    soviética en el este clama por alguien que ocupe el espacio.


    Las nuevas generaciones alemanas, que han aceptado la culpa nacional
    por los crímenes y desastres perpetrados por sus antecesores,
    creen que, cuando termine el ciclo conmemorativo que se avecina,
    la deuda estará saldada. Si después de 1995 no se
    deja en paz a la historia, hasta los alemanes más


    racionales y responsables sentirán que son víctimas
    de actos injustos e inmerecidos y, por ende, reaccionarán
    con hostilidad.


    En pocos años, la naturaleza de la relación entre
    alemanes y franceses, o británicos, o estadounidenses,
    habrá cambiado significativamente. Alemania -al igual que
    Japón- bregará para que cese toda diferencia entre
    vencedores y vencidos durante la segunda gran contienda. Su política
    exterior será -como ya se empieza a vislumbrar- más
    independiente, más asertiva y más desafiante.


    Alemania reclamará un puesto en el Consejo de Seguridad
    de las Naciones Unidas; reafirmará su papel en la Comunidad
    Económica Europea, pero perderá todo interés
    en el proyecto federal. En cuanto a su compromiso con lo que se
    llama "Occidente", convivirá con la idea de que
    es una gran potencia del centro europeo con vastos y estratégicos
    intereses en el este.


    Francia, a quien se consideraba la gran responsable de la contención
    alemana y de proveer liderazgo político al proyecto federalista
    de la Comunidad, es la gran perdedora. Como reacción es
    probable que se oriente hacia una mayor vinculación y cierto
    tipo de alianza militar con Estados Unidos.