martes, 7 de abril de 2026

    Quién invierte en América Latina

    Las economías regionales, incluida la argentina, exhiben una fuerte vulnerabilidad ya que dependen del continuo ingreso de recursos externos. Todos los pronósticos confirman que en 1993 los aportes llegados del exterior serán menores a los de 1992.

    Inversión Extranjera Directa de Europa, EE.UU. y Japón en US$.

    País 1979-82 1983-86 1987-90

    Brasil 5.452 3.279 9.589

    México 3.442 630 5.112

    Chile 712 390 1.578

    Argentina 2.693 777 784

    Venezuela 764 -719 649

    Uruguay 40 58 126

    Ecuador 141 178 -6

    Guatemala 214 213 -15

    Perú 1.056 -369 -538

    Colombia 932 -168 -1.307

    Otros 233 -623 118

    Total 15.679 3.646 16.090

    Fuente: Datos de BID -Irela.

    Hoy por hoy, en los foros financieros internacionales, la estrella es la región latinoamericana. Con la excepción de Brasil -una pesada excepción sin duda-, las reformadas economías han logrado avances significativos en materia de reducción de inflación, de normalizar el pág. o de la deuda externa, de reducir o eliminar el déficit fiscal, y de reformular el tamaño del Estado, vía las privatizaciones de ineficientes y deficitarias empresas públicas.

    Un entusiasmo desconocido desde principios de la década de los ´70, mueve a los principales actores en los organismos multilaterales de crédito y en los mismos bancos que fueron prestamistas hace 20 años. Es cierto que todavía hay pocos indicios de que se haya encontrado el camino para lograr un crecimiento sostenido en la región. Por lo mismo, subsiste la duda de si se está frente a una tendencia de largo plazo, o apenas frente a un ciclo atractivo que se puede agotar rápidamente. Y lo que es más grave, las nuevas economías exhiben una exagerada dependencia del continuo ingreso de fondos externos.

    En el caso particular de la Argentina, el prestigio exterior cimentado en logros económicos está en uno de sus puntos más altos (similar al beneplácito de los centros financieros internacionales con la gestión de Alfredo Martínez de Hoz a finales de los años ´70). Preocupa sin embargo la consecuencia que puede tener la actual paridad cambiaria.

    Un visitante internacional resumía así sus impresiones: “Las privatizaciones pendientes (YPF, Hidronor, etc.) pueden significar este año un ingreso de US$ 2 mil a 3 mil millones en los cofres fiscales. Pero el año que viene no habrá más privatizaciones. La deflación de precios es una ilusión que ya nadie mantiene, y lo que se produce se hace a mayor precio que en el mercado internacional.

    Los usuales productos de exportación argentinos tienen precios deprimidos en el mercado mundial y nada indica que esta tendencia pueda revertirse. En síntesis, la actual bonanza depende exclusivamente de que continúe el ingreso de capitales desde el exterior”.

    Hay tres maneras en que los países latinoamericanos pueden conseguir financiación: a) inversión extranjera directa; b) inversión en títulos o bonos, privados y públicos; y c) inversión bursátil, que suele ser de corto plazo, e ingreso de capitales golondrina, especulativos.

    LA CLAVE: INGRESO DE RECURSOS EXTERNOS.

    La llegada de recursos financieros externos es clave para el proceso iniciado en todos estos países.

    Sin embargo los expertos arriesgan que el total que ingresará en 1993 será inferior al de 1992. El año pasado llegaron US$ 57 mil millones. Una vez que se pág. ó la cuota de deuda externa, dividendos y royalties, quedaron netos US$ 27.400 millones (en 1991 la cifra final fue la tercera parte de ésta).

    Los economistas de J. P. Morgan pronostican que el ingreso total en 1993 será de US$ 23 mil millones. La gran incógnita es qué ocurrirá con los mercados bursátiles regionales. Argentina, que en 1991 obtuvo el primer lugar entre las bolsas de mejor comportamiento en el mundo (entre 54 mercados desarrollados y emergentes), con una ganancia de 400% en las cotizaciones, apenas ocupó el puesto 46 en 1992. Ese año, durante los primeros 5 meses, el índice bursátil tuvo un ascenso de 32%, mientras que en los 7 meses finales tuvo una caída de 45%. La presunción de que los ´90 sería el decenio de “la inversión en acciones” de empresas de la región es, por lo menos, prematura. Sin embargo, si se repara en que el mundo en desarrollo representa 13% del producto bruto mundial, y apenas 6% del mercado bursátil global, se advierten la posibilidades emergentes.

    La emisión de títulos de deuda privada en varios países del área encontró adecuada colocación en los grandes centros financieros. El mercado de eurobonos fue el favorito para los latinoamericanos. Las emisiones de títulos privados y públicos, durante 1992, captaron US$ 10 mil millones. Se estima que en el primer cuatrimestre de 1993, se han redondeado ya los US$ 4 mil millones.

    CIFRAS DE INVERSION DIRECTA.

    En cuanto a la IED (inversión extranjera directa), un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo echa luz sobre este proceso. El análisis comprende el período 1979-1990. La inversión directa ha tenido un veloz crecimiento en todo el mundo. Entre 1985 y 1990 creció a una tasa promedio de 34% anual (el crecimiento del comercio fue de 13% y el del producto bruto nominal de 12%). En 1990, la inversión extranjera directa en todo el mundo fue de US$ 225 mil millones, aunque más de dos tercios de esa impresionante cifra son inversiones cruzadas entre los países industrializados.

    El mismo año, la IED en América latina ascendió a US$ 5.500 millones. No hay cifras finales para los años siguientes, pero para 1991 es posible que haya llegado a US$ 12 mil millones (el cálculo es difícil porque muchas de las empresas inversoras operan a partir de paraísos fiscales).

    En todo caso, los europeos han invertido más que EE.UU. en América latina, y los japoneses les pisan los talones a los estadounidenses. Según las cifras del BID-Irela, entre 1985 y 1990 la IED de Europa en América Latina fue de US$ 26.590 millones; la de EE.UU de US$ 19.189 millones; y la de Japón de US$ 18.348 millones. Dentro de los europeos, el primer inversor fue Gran Bretaña con US$ 9.976 millones, seguido por Suiza con US$ 7.834 millones, y por Alemania con US$ 1.933 millones.

    Si se analizan las cifras de la década pasada, Brasil recibió 75% del total de IED, mientras que Argentina y Chile concentraron 20% entre ambos. Cuando se enfocan las cifras correspondientes a 1987-1990, Brasil recibió US$ 9.589 millones (más de 50% del total); México, US$ 5.112 millones; Chile, US$ 1.578 millones; y Argentina US$ 784 millones (su participación creció en años posteriores).

    En cambio, los que tuvieron resultado negativo -o desinversión- fueron: Colombia, US$ 1.307 millones; y Perú, US$ 538 millones.

    La inversión extranjera directa representa entre 2 a 4% de la inversión bruta total que se hace en el mundo en desarrollo. Si ese promedio se pudiera elevar a 10%, significaría hablar de recursos del orden de US$ 50 mil millones que llegarían para arraigarse.

    EL SUCESOR DEL GATT.

    Hace casi tres años, Lester Thurow sorprendió a muchos observadores cuando aseguró: “El GATT está muerto”. Hoy son mayoría los que comparten su opinión. Aun los que todavía creen que es posible terminar la Ronda Uruguay y alcanzar acuerdos significativos, coinciden en que el mecanismo de “rondas” para avanzar en la liberalización del comercio mundial está definitivamente perimido. Hay que buscar nuevos mecanismos para negociar acuerdos y seguramente hay que rediseñar el GATT y convertirlo en una organización mundial con capacidad obligante para todos los países que adhieran.

    Tanto para la Argentina como para los países latinoamericanos, una pronta conclusión de la Ronda Uruguay tendría efectos positivos porque:

    1) se reduciría el proteccionismo agrícola de los países industrializados y en unos años podrían mejorar los precios internacionales de esos productos;

    2) se llegaría a fondo en la discusión del Acuerdo Multifibras que limita las exportaciones textiles de este grupo de países en desarrollo; y

    3) se avanzaría en la reducción de barreras arancelarias y paraarancelarias que hoy traban la exportación de bienes industriales a las economías más prósperas.

    Después de la Ronda Tokio, se tardó cuatro años en impulsar una nueva rueda de negociaciones. La Ronda Uruguay comenzó en 1986, hace ya siete años, y no ha finalizado. Los escasos optimistas que quedan creen que en 1994 se verá la luz al final del túnel. Si tienen razón -y casi nadie lo cree posible-, el proceso completo habrá llevado 12 años. A la luz de esta experiencia, es lícito suponer que una nueva negociación global que comience en 1998 podría terminar en el 2006. Demasiado tiempo para problemas que exigen más rápida resolución.

    Docenas de países aguardan turno para ingresar al GATT. Los protagonistas serán más numerosos. Si hoy todo se reduce a un constante enfrentamiento entre EE.UU. y la Comunidad Europea, fácil es prever las dificultades que surgirán si hay que conciliar las posiciones de Rusia y China entre los recién llegados.

    MEXICO, ESPEJO PARA LA ARGENTINA.

    Lo que ocurra en México tiene capital importancia para toda la región, y muy especialmente para Argentina. La naturaleza de las relaciones hemisféricas que adoptará el gobierno de Clinton se comprobará con la aceptación o el rechazo del NAFTA (la sigla inglesa para el tratado de libre comercio de América del Norte). Lo que más se teme hoy de Washington, al sur del río Grande, son las actitudes que se pueden tomar en materia comercial, con imaginativas represalias y excesivo proteccionismo.

    Pero además México fue el país precursor en las reformas económicas a las que adhirió el resto del continente. Como lo han dicho alguna vez las mismas autoridades económicas argentinas, “México es hoy como será Argentina en dos años”.

    En 1992, México tuvo un déficit comercial de US$ 19 mil millones, equivalente a 6% de su producto bruto interno. Como el ingreso de capitales fue de US$ 23 mil millones, la balanza de pagos se pudo conciliar sin demasiadas complicaciones. Pero ahora que la tendencia visible es que el flujo de recursos externos disminuya, crece la ansiedad.

    El modelo implícito en toda la región supone el crecimiento de las exportaciones. Además de saber qué se puede exportar y a quién (en un mundo donde el precio de los productos básicos está por el suelo y el proteccionismo campea en las principales economías), algunas economías tienen un problema adicional: para luchar contra la inflación, se permitió que la tasa de cambio se apreciara en términos reales. Así las importaciones resultan cada vez más ventajosas, las exportaciones pierden terreno, se agranda el déficit comercial y se lesiona a la industria nacional.

    Desde este punto, la receta para México, y obviamente para el resto de la región, es que hay que profundizar la desregulación, la apertura y las reformas. Para ello hace falta tiempo y eso es precisamente lo que puede escasear, habida cuenta de los procesos electorales previstos desde este año y para los próximos dos en casi todos los países del área.

    Como lo advierte Christopher Whalen, editor de The Mexico Report: “En los últimos tres años, el peso se pegó al dólar y como la tasa inflacionaria y el índice de precios es muy superior localmente a los mismos indicadores de EE.UU., el peso está groseramente sobrevaluado”. (Advertencia para el ministro Cavallo: no enojarse; la cita está referida a México.)

    La reciente decisión del gobierno de Salinas de Gortari de aumentar la tasa de devaluación del peso frente al dólar, para llevarla a 5% anual, es según todos los analistas un cambio sustancial en el programa de estabilidad; aunque no suficiente ya que seguirá la presión para que descienda el valor del peso.

    Hay consenso en que, inevitablemente, México debe hacer el ajuste que refleje su posición competitiva, pero también en que no hay mecanismo monetario previsto dentro del NAFTA para facilitar ese paso.

    Es evidente que las empresas mexicanas están recurriendo a los mercados de bonos externos para encontrar el capital que no proveen ni la inversión extranjera en acciones mexicanas ni el mercado de capitales local.

    Los objetores al programa del gobierno sostienen que, al usar los recursos de todo tipo de inversión extranjera y de empréstitos privados contraídos por mexicanos para financiar las necesidades de dólares del Banco Central, se está hipotecando el futuro de México en términos de inflación futura y de pérdida de confianza del inversionista.