Cuando la humanidad pasó del primero al segundo milenio, muchos creyeron que se acababa el mundo; el pensamiento apocalíptico, el fin de los tiempos, el “milenarismo” estuvieron a la orden del día. Pero no sucedió nada o, al menos, la raza humana sobrevivió y sigue aquí, aguardando el ingreso al tercer milenio. Y ahora también hay quienes creen que pasarán cosas tremendas, sólo que:
1) esta vez es cierto;
2) esas cosas ya ocurrieron, pero con un poco de adelanto, a principios de la década de los ´90, que estamos transitando. Porque difícilmente alguien cuestione la trascendencia del fin de la Unión Soviética, el fin del comunismo, el fin de la guerra fría o la caída del Muro de Berlín como símbolo clásico de todo ese sacudón de la historia.
Desde la óptica de las empresas también hay un antes y un después. En términos generales se podría decir que todo el management de los años ´80 ha sido un desarrollo y afinación de ideas que comenzaron a gestarse en los ´60, pero que hoy están quedando obsoletas. Deberá surgir un “nuevo management” de los ´90 (o del Tercer Milenio, o del siglo XXI), pero no se puede decir, en rigor, que tal cosa exista; hay que hacerlo, hay que crearlo. Sin embargo, hay señales de que algo está comenzando a pasar; más que una corriente definida, lo que hay son cosas dispersas, pero que comienzan a marcar un camino.
En la Argentina, donde muchas veces las novedades llegan con retraso, hay también algo que comienza a ser visible: durante décadas, muchos especialistas se ganaron la vida (y no precisamente mal) organizando cursos, seminarios, simposios y toda clase de reuniones, sobre todos los temas imaginables, dirigidos a las empresas. Había un solo problema: los directivos y gerentes asistían a esas exposiciones por inquietud intelectual (5%), o por vanidad, o sea para colgar un nuevo diploma en su despacho (el 95% restante).
Pero a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido proponer seriamente que su empresa aplicara lo que había escuchado en esas reuniones. Es obvio que durante muchos años, con inflaciones que frecuentemente alcanzaban los dos dígitos por mes, con protección arancelaria infinita, con impuestos que los pagaba quien quería y cuando quería, con créditos a tasas de interés absurdamente negativas, con una próspera patria contratista y una exuberante patria financiera, etc., etc., el management argentino era, para decirlo de alguna manera, un tanto peculiar y para nada compatible con los modelos que se ofrecían en los cursos.
Pero los tiempos parecen cambiar y las reglas de juego evidentemente comienzan a ser otras. Con todas las dificultades que se quiera, la apertura de la economía, la competencia, la desregulación y una razonable estabilidad hacen que ahora comience a ser importante no ya asistir a los seminarios, sino aplicar en las empresas lo que allí se diga. Claro que no faltará quien pregunte: ¿todo lo que se diga? Responder a esto podría requerir varios volúmenes de análisis, pero en términos generales sí se puede decir que pasó la hora de los predicadores, que anunciaban el advenimiento de la economía de mercado en la Argentina. De hecho esto está siendo así, de manera tal que, ahora, lo que hacen falta son personas capaces de señalar el camino de la acción concreta, de los negocios, de las estrategias que se asientan sobre la tierra.
En segundo lugar, es también claro que estos cambios en la Argentina no convierten automáticamente a todo cuanto viene del exterior en verdad revelada. Hay mucho que aprender de los grandes centros de pensamiento del mundo desarrollado, pero también hay mucha hojarasca, mucho material de descarte, muchas modas pasajeras y, sobre todo, muchas recetas que siguen teniendo poco que ver con la realidad argentina. Frente a este panorama el consejo más saludable es recurrir, con la mayor frecuencia posible, al viejo y habitualmente infalible sentido común.
