Abaratar el dólar, como lo está haciendo el gobierno de México, implica subsidiar a las importaciones. Es una forma de dumping financiero hecho contra las empresas mexicanas por su propio gobierno. Sobrevaluar el peso es subsidiar las importaciones para que compitan contra los productores nacionales. Es un hecho de “autodumping”.
La comparación del proceso económico argentino con el mexicano no es obra de un opositor. Fue acuñada por el ministro Domingo Cavallo (“en dos años, estaremos como México”). Por eso mismo tiene especial significación la reacción que han provocado recientes medidas en ese país, reflejadas en Hechos, una publicación mexicana.
Según este medio, “la desaceleración del crecimiento económico que se está produciendo, como parte de una estrategia del gobierno para reducir las importaciones sin necesidad de devaluar el peso frente al dólar para corregir la sobrevaluación de la moneda mexicana, ha causado perjuicios a la inmensa mayoría de las empresas nacionales”.
Hechos sostiene que la apertura es buena porque los consumidores tienen opciones y porque las empresas ineficientes se ven obligadas a pagar por las consecuencias de sus errores. Pero -añade- hay una distorsión que pone en desventaja a los empresarios mexicanos: la sobrevaluación del peso, que está completamente fuera de su control.
Después de recordar que la acelerada apertura comercial de los últimos seis años es positiva porque la globalización no permite ya la existencia de mercados protegidos, el medio recuerda que la apertura presupone, para ser justa, la absoluta neutralidad del tipo de cambio. Pero el gobierno argumenta que el tipo de cambio semifijo -con una devaluación programada de 2,5% anual- es necesario para asegurar el abatimiento de la inflación. El papel que se le asignó al tipo de cambio semifijo fue el de “ancla” del programa estabilizador y así se ha mantenido desde 1988.
“El abatimiento de la inflación -recuerda Hechos- en el presente sexenio es en buena medida resultante de la estrategia de inundar el mercado mexicano con importaciones que obligaron a los productores nacionales a controlar sus precios; algunos lo hicieron reduciendo sus costos, la mayoría sacrificando utilidades”.
“La inflación redujo la velocidad de su crecimiento, pero no tanto como para evitar que el diferencial con las menores inflaciones de los principales socios comerciales de México provocasen la sobrevaluación del peso estimada en el presente en 15%. Hay analistas que consideran que es del orden de 20% y pronostican que a fin de año será de 25%”.
Cada vez que se hablaba de sobrevaluación del peso, el gobierno -el de México- respondía que si se dejaba en libertad el tipo de cambio, el peso se revaluaría por la abundancia de dólares. En verdad la inversión extranjera en la Bolsa mexicana proporcionó los dólares para financiar en 1990 y 1991, “el déficit corriente de la Balanza de Pagos, que comprende el déficit comercial, y para incrementar las reservas del Banco de México”, llevándolas a un nivel histórico de US$ 20 mil millones.
El problema es que “la fuente de divisas generadas por la inversión extranjera en la Bolsa de Valores de México está agotada”. En 45 días, con la caída bursátil, el valor de capitalización de la inversión extranjera en la Bolsa pasó de US$ 27 mil millones, a US$ 20 mil millones.
Para compensar, el gobierno mexicano subió las tasas de interés para captar la inversión extranjera en títulos de la deuda pública. En apenas un mes la inversión extranjera en deuda pública pasó de 21 a 24 billones de pesos (US$ 7.750 millones).
El gobierno buscará atraer “capitales extranjeros al mercado de renta fija para reemplazar los que se pierdan en renta variable”. Al subir las tasas de interés, “el gobierno encareció el costo del crédito para las empresas y los particulares, enfriando la economía del país”.
LA CRISIS: DEBILIDAD DEL ESTADO.
Según la versión convencionalmente aceptada, lo esencial y característico de esta década en América latina es la aceptación de la economía de mercado, la reducción del papel del Estado en el quehacer económico, la apertura al comercio exterior, y el fin de las subvenciones y el proteccionismo. De este modo, la grave situación económica desatada por la crisis de la deuda externa a partir de 1982, comienza a tener solución. Y el proceso consolida a las jóvenes democracias.
Para el sociólogo francés Alain Touraine -estudioso y conocedor de la historia de la región- el diagnóstico es incorrecto. La crisis no era económica, dice, sino política. El problema, contra lo que se piensa, no era el exceso de Estado sino la falta de éste. La debilidad del Estado en América latina es el centro de su atención.
¿Qué significa esta mutación, cómo definirla? Muchos lo hacen diciendo que se trata de un tránsito hacia una economía de mercado. La expresión es justa si con ella se quiere indicar el abandono de criterios políticos y administrativos de gestión de la economía, el fin del proteccionismo y de la economía de subvenciones.
“Pero esta mutación económica, esta renuncia a la economía subvencionada y al proteccionismo, no explican por sí solas las transformaciones en curso. Sin el fortalecimiento del Estado todas ellas serían imposibles.”
“América latina, tanto tiempo dominada por un particular modo de modernización, está entrando en la lógica de las sociedades económicas modernas: ya no es el Estado modernizador o represivo el personaje central de cada país, sino que es el mundo de la empresa, es decir, de los agentes sociales, que responden a una lógica económica.”
“Pero, para que pueda hablarse de una sociedad industrial, aún hace falta que se constituya, al mismo tiempo, un conjunto de agentes sociales y políticos capaces de asegurar entre la población la distribución de los frutos del crecimiento.”
He aquí los puntos salientes del ensayo de Alain Touraine, publicado en versión completa en la revista española Claves del Pensamiento y la Razón Práctica: “Crear una burguesía industrial y crear una política favorable a los intereses de la mayoría, son objetivos logrados en los países centrales. En América latina, si este objetivo está ya parcialmente logrado, la desigualdad no sólo sigue siendo grande, sino que aumenta de año en año en la mayor parte de los países; y el retorno de la democracia no ha servido para reducir la distancia existente entre los ricos y pobres.”
“Hoy, la apertura internacional coloca al continente ante una elección que condiciona su futuro. Si la actividad se dirige hacia un mercado interior de rentas cada vez más concentradas, la distancia entre ricos y pobres aumentará.”
“No habrá democracia en América latina mientras la lucha contra la extrema desigualdad no se convierta en la prioridad de los gobiernos y de la opinión pública. Pero el retorno a un Estado de derecho y la celebración de elecciones generales libres no bastan para crear una política democrática.”
“Hay que decir, por último, que América latina, como todas las regiones que han conocido el fracaso de regímenes voluntaristas, desconfía de las ideologías.”
“Las opciones económicas se hacen ante un silencio político casi completo. La juventud, en particular, vuelve la espalda a la acción colectiva y trata de encontrar soluciones individuales que le permitan participar en el consumo de masas.”
LA DEUDA TODAVIA EXISTE.
A diez años de su aparición, se ha convertido en un lugar común la noción de que está solucionada la crisis de la deuda externa. En verdad, lo que ha ocurrido es que los grandes deudores han retornado a cierto nivel de solvencia y han asumido programas de pago a largo plazo y con quitas importantes.
Pero la exigencia de pago anual durante no menos de dos décadas pondrá presión sobre las finanzas de los países latinoamericanos. La deuda total de la región, que en 1982 era de US$ 300 mil millones, es ahora de US$ 420 mil millones, a pesar de miles de millones de dólares pagados durante estos años.
¿Cuáles son las enseñanzas, las conclusiones que se pueden extraer después de una década? En primer lugar están los bancos comerciales que prestaron alegremente sobre la premisa de que los “países nunca quiebran”, aunque en la práctica dejen de pagar por años.
Los bancos lograron durante esta década:
Reestructurar la deuda externa de esos países de modo que los créditos de 1982 que representaban 50% del total adeudado, apenas llegan ahora a 30% del total.
Recuperaron parte del capital y de intereses, y capitalizaron intereses en momentos en que estaban especialmente altos.
Tuvieron pérdidas por quitas, pero muchos de ellos zafaron gracias a la venta de títulos en el mercado secundario de la deuda.
Finalmente, gracias al apoyo de organismos multilaterales de crédito y de los gobiernos de países industrializados -que en buena medida los han subrogado como acreedores-, han logrado sanear sus balances.
Entre tanto, se metieron en nuevas dificultades. Los préstamos al sector inmobiliario en todo el mundo industrializado ha dejado un tendal de deudas impagadas que eclipsa la experiencia de la deuda externa, y que en el caso de EE.UU., solamente, amenaza con dejar pérdidas por US$ 500 mil millones.
Los países industrializados que tuvieron una pobre percepción del fenómeno en su origen, alentaron el crecimiento de la crisis con sus políticas internas antiinflacionarias que exigían altas tasas de interés, que multiplicaban lo adeudado. La técnica de poner parches y la de exigir tratamiento caso por caso prolongaron la agonía de los países deudores. Recién con el Plan Brady se admitió la dimensión política de la crisis.
Los grandes deudores de la región se volcaron, tras varios años de vacilaciones y titubeos, a políticas de claro corte antiinflacionario, austeridad presupuestaria y apertura económica a las corrientes del comercio mundial. El proceso es positivo aunque en el debe hay que contabilizar el inmenso
deterioro social, el agrandamiento de la brecha entre ricos y pobres, y la nula inversión en salud, educación y seguridad social.
Para concertar un mecanismo de normalización de la deuda, los grandes deudores debieron pasar por difíciles procesos de ajuste interno con su secuela de deterioro del salario real y de descenso en el nivel de vida de la población. Es el caso de México, de Argentina, de Venezuela y de Chile. Sin embargo, Brasil, el principal deudor de la región, acaba de ingresar al Plan Brady sin pasar por el ajuste que fue inexorable para los demás países. Este antecedente puede traer sus consecuencias en el futuro desarrollo del proceso.
Políticas más sanas y realistas prometen llevar a la región por el camino del crecimiento sostenido. Si así fuera, el peso de la deuda será soportable. Pero el rampante proteccionismo de los países industrializados pone trabas al crecimiento del comercio exterior de los países recién convertidos a la economía de mercado y a la apertura económica. Aquí reside el mayor riesgo a confrontar en los próximos años.
¿SON BUENOS LOS ACUERDOS REGIONALES?.
El mismo Peter Drucker sostiene que América latina es quien más puede contribuir a reducir el déficit de la balanza comercial de Estados Unidos. Sin embargo, el análisis de las cifras demuestra que 60% de ese volumen de intercambio está dominado por la relación bilateral con México. Cuando el NAFTA (North American Free Trade Agreement) entre en funcionamiento, ese porcentaje puede aumentar.
La discusión, al margen de la celeridad con que ese tratado sea ratificado por los respectivos Parlamentos, es si los acuerdos regionales pueden estimular o perjudicar el comercio mundial, y si el ideal del multilateralismo comercial global es abandonado. 45% del comercio mundial -porcentaje que puede ir en aumento- cae bajo la órbita de pactos comerciales regionales.
El debate es también sobre si los bloques comerciales son beneficiosos o infligen daños a quienes los suscriben. Si proveedores externos de bajo costo son reemplazados por socios regionales de mayor costo, el resultado sería perjudicial. En cambio si el productor local de alto costo es reemplazado por productores de bajo costo de los socios regionales, sería ventajoso. Hasta ahora, excepto el caso de la Comunidad Europea, el comercio intrarregional es de menor crecimiento que el interregional. Lo concreto es que la esencia del regionalismo comercial impulsa nuevas y originales formas de proteccionismo.
Comercio EE.UU. – América Latina.
Intercambio de los “Seis Grandes” Como
Porcentaje del Total del Comercio de EE.UU.
1991
Importación Exportación
Argentina 0,2 0,5
Brasil 1,3 1,4
Chile 0,2 0,4
Colombia 0,6 0,4
México 6,0 7,7
Venezuela 1,6 1,0
TOTAL 10,9 11,4
(Fuente: Departamento de Comercio de EE.UU.)
