Para el 2015 la Argentina deberá estar produciendo 3.550.000 toneladas de pasta celulósica y 2.850.000 toneladas de papel, lo que significa duplicar los niveles actuales en papeles y triplicar los de pastas celulósicas. Como parte de una primera etapa de un plan global, la industria ha diseñado un programa de mejoramiento de la productividad, disminución de los costos, aumento de la calidad e incremento de la producción.
Fundamentalmente se prevé la repotenciación de las actuales instalaciones a través de la modernización de equipos, junto con el lanzamiento de un nuevo programa forestal. Se trata del “Plan Verde”, bautizado así por el énfasis que se pondrá en el tema ecológico. Siete empresas han decidido movilizarse en este sentido: Celulosa Argentina, Alto Paraná, Massuh, Ledesma, Papel Misionero, Zucamor y Celulosa Jujuy.
Uno de los más entusiastas promotores del proyecto es Livio Kuhl, de Celulosa Jujuy. “Esta reconversión industrial nos permitirá maximizar la inversión, ya que cada dólar destinado a modernizar las actuales instalaciones rinde igual que US$ 20 por tonelada adicional si optáramos por la alternativa de construir una fábrica nueva”.
Otra importante novedad para este año será la reiniciación de las obras de Puerto Piray, en Misiones, por parte de Celulosa Argentina, cuya meta es comenzar la producción de pastas celulósicas a fines de 1993. La capacidad de la planta será de 280.000 toneladas anuales, en su mayoría destinadas a la exportación.
En el transcurso de este año también quedaría solucionada la situación de Papel del Tucumán, que se presentó en concurso de acreedores a fines de 1991. Las autoridades judiciales deberán resolver un complicado esquema de demandas del Estado contra la empresa, y de contrademandas de la firma contra diversos organismos oficiales.
Se estima que hasta el año 2015 la inversión industrial alcanzará US$ 5.765 millones, a lo que habrá que sumar el costo de un programa forestal de US$ 1.415 millones, con lo que se llega a un total de US$ 7.180 millones. La exportación industrial alcanzaría US$ 1.500 millones anuales, lo que representaría 1,6% del comercio exterior argentino.
El sector está trabajando para obtener la financiación del Banco Mundial para un plan de reconversión industrial y del Banco Interamericano de Desarrollo para un programa de forestación.
CIFRAS SORPRENDENTES.
Las exportaciones de tres productos alimenticios tradicionales, como los granos, la carne vacuna y la leche fresca y en polvo suman US$ 60.000 millones anuales, con tendencia al estancamiento. Resulta sorprendente comprobar que esa cifra es superada en casi un tercio (US$ 80.000 millones) por los productos derivados del árbol, como la madera en rollizos, chips o paneles, pasta celulósica, papeles y cartones.
El consumo mundial de pasta celulósica, que fue de 170 millones de toneladas en 1990, crecería a 220 millones en el 2001 y alcanzaría 300 millones de toneladas en el 2015. En 1990 el consumo de papel y cartón fue de 250 millones de toneladas, alcanzaría 300 millones en el 2001 y treparía a 450 millones en el 2015. Según César Batlle, de Massuh, la demanda mundial de pastas y papeles se duplica cada 25 años y, por limitaciones de disponibilidad de tierra y problemas ecológicos en el hemisferio norte, los únicos países que podrán aprovechar esa ventaja serán los del hemisferio sur.
En este campo, las ventajas comparativas de la Argentina tal vez sean mayores que las que ofrece la agroganadería. “Muchas zonas del país presentan características de luminosidad solar, temperatura y riqueza de la tierra muy superiores a las de Canadá, Suecia o Finlandia”, afirma Esteban Takacs, un ingeniero agrónomo que fue secretario de Agricultura, y preside actualmente la Asociación de Fabricantes de Celulosa y Papel.
Los datos comparativos son elocuentes: el crecimiento de los pinos en el norte de Corrientes produce entre 20 y 25 metros cúbicos de madera por hectárea cada año, mientras que en el sudeste de los Estados Unidos el rendimiento es de 9 a 18 metros cúbicos y en Canadá y los países escandinavos es de 2 a 5 metros cúbicos. En la Argentina son suficientes siete años para que el árbol sea aprovechado por la industria celulósica, mientras que ese lapso se extiende a cincuenta años en los países nórdicos.
CONTUNDENTES VENTAJAS.
Sobre la base de que la materia prima fundamental de la industria es la madera, quienes menos la necesiten serán, por definición, los más competitivos. En esta condición se hallan los países de la llamada zona ABC (por la Argentina, Brasil y Chile) donde, para fabricar 500.000 toneladas por año de pasta celulósica se necesitan 50.000 hectáreas de bosques. Para igual cantidad de producción en los países escandinavos se requieren 800.000 hectáreas y 1.600.000 en Canadá.
Por si esto fuera poco, la Argentina también cuenta con otros recursos fibrosos como el bagazo de la caña de azúcar, paja de trigo y linters de algodón. Papel del Tucumán y Ledesma tienen amplia experiencia en la utilización del bagazo de caña de azúcar. A su vez el reciclado de papel alcanza a 35% de la producción.
La estrategia de las empresas del sector es incorporar máquinas que permitan producir 200.000 toneladas anuales con nueva tecnología. La capacidad instalada actual es de 870.000 toneladas de pastas celulósicas y 1.365.000 toneladas de papel. El año pasado se utilizó sólo 69% de la capacidad de producción de papel, lo que significa que teóricamente queda un residual de 416.860 toneladas.
Detrás de esos números se esconde una debilidad estructural. El parque industrial del sector está integrado por 140 máquinas para la fabricación de papel, de las cuales sólo dos (en Papel Prensa y Papel del Tucumán) superan las 100.000 toneladas anuales, una dimensión que apenas alcanza la economía de escala que se necesita en el mundo moderno.
Con respecto de la pasta celulósica, la actual capacidad se logra a través de 25 máquinas y una sola empresa (Alto Paraná) supera las 200.000 toneladas por año. La capacidad utilizada de las fábricas de pastas celulósicas es de 83%, lo que se considera un buen índice.
La industria también se propone alcanzar otros dos objetivos: el uso más eficiente de la energía y el mejor tratamiento de los efluentes para ahorrar productos químicos y evitar la contaminación ambiental.
También se está planeando lanzar un programa de forestación. En el primer caso, la asistencia financiera sería aportada por el Banco Mundial y en el segundo por el Banco Interamericano de Desarrollo. En principio se ha diseñado un esquema financiero por el cual el Banco Mundial podría llegar a aportar préstamos por US$ 248 millones y el BID otros US$ 200 millones.
Los estudios técnicos muestran que la industria papelera argentina consume más materiales, energía y mano de obra que plantas comparables en otras partes del mundo.
El precio de la energía en la Argentina está entre los más altos del mercado internacional, pero ello explica sólo parcialmente el mayor costo de la energía consumida por tonelada de producto. El problema reside fundamentalmente en inadecuadas prácticas de utilización y en la falta de adecuación del equipo existente al precio de la energía. Las estimaciones de los expertos indican que con sólo invertir en mantenimiento adicional del equipamiento existente se podría reducir hasta 65% el consumo de energía.
El costo de la mano de obra local, incluyendo los beneficios sociales, es comparable al de Chile y Brasil, pero significativamente inferior al de los países tradicionalmente productores del sector. Sin embargo, el nivel de salarios está negativamente compensado por los niveles de empleo en la industria, que resultan hasta siete veces superiores por tonelada de producto a los de los países más avanzados. Ello explica que el costo de la mano de obra sea superior en la Argentina al de plantas comparables en otros países.
IMPACTO AMBIENTAL.
La falta de inversiones en infraestructura y equipos de control contribuyó a generar dos factores contaminantes. Uno, la excesiva descarga de productos químicos y el otro, el gran volumen de fibras y otros desechos de pasta y papel.
La inadecuada recuperación de los productos químicos se refleja en costos varias veces mayores por tonelada de pasta o papel. Se estima que la sola adecuación del tratamiento de efluentes químicos líquidos de la industria a las normas internacionales podría lograr reducciones de hasta 80% en el costo de los insumos químicos.
El impacto de los desperdicios de madera, fibra y descartes de industrialización no es menos importante. Esta es también una cuestión más compleja, porque involucra tanto las pérdidas en cosecha por falta de maquinaria actualizada como por utilización de prácticas ineficientes y pérdidas en plantas. Estas últimas resultan, de hecho, en un mayor consumo de madera por tonelada de producto. Se estima que hasta 80% de la fibra que actualmente se descarga en los ríos o sistemas cloacales podría ser recuperada si se aplicaran las normas internacionales de protección de medio ambiente. Tanto en el caso de recuperación de productos químicos como de fibra, el beneficio económico de la inversión sería superior al costo inicial de los proyectos.
EL ESFUERZO EXPORTADOR.
El mayor volumen exportador se logró en 1990, cuando se vendieron 117.000 toneladas de pastas celulósicas (16% de la producción) y 135.000 toneladas de papeles (19% de la producción).
Ambos rubros sumaron US$ 170 millones; este monto se eleva a US$ 200 millones si se agregan las ventas de productos convertidos de papel.
La corriente exportadora de pastas celulósicas se debió a la fuerte caída de la demanda interna a partir de 1975, antes que a una decisión deliberada de vender en el exterior. Kuhl afirma que resultó fundamental la construcción de Alto Paraná, diseñada para elaborar 170.000 toneladas de pastas de fibra larga y que fue pensada para sustituir importaciones en función de la abundancia de los recursos fibrosos de Misiones. Esta empresa comenzó a operar en 1982 y luego de destrabar algunos cuellos de botella productivos actualmente exhibe una capacidad de 240.000 toneladas anuales. Pero el hecho concreto es que, con la entrada en operaciones de Alto Paraná, el país dejó de importar pasta celulósica y se convirtió en exportador.
El esfuerzo exportador puede respaldarse con la seguridad de contar con más recursos. César Batlle advirtió que si la Argentina pudiera forestar 1.000.000 de hectáreas adicionales, esto permitiría generar una oferta de unas 4.000.000 de toneladas por año, un volumen suficiente como para alimentar a 15 fábricas como Alto Paraná, que es la mayor productora de pasta celulósica de la Argentina.
Edgardo Alberto Silveti.
AÑO DECISIVO PARA PAPEL DEL TUCUMAN.
Desde la primera semana de febrero, el contador Carlos J. Facetti actúa como síndico en la convocatoria de acreedores de Papel de Tucumán, designado por el juez del Valle Puppo. Mientras tanto, ha quedado a resolución de la Corte Suprema de Justicia la querella del Banco Central contra el Banco del Interior y Buenos Aires (BIBA), que es el dueño del paquete mayoritario de la empresa, y una contrademanda del BIBA contra esa institución.
A fines de diciembre, Papel del Tucumán recibió la visita de directivos de uno de los principales grupos empresarios de la India, quienes pidieron los servicios de asistencia técnica de la firma argentina como respaldo para una solicitud de financiación ante el Banco Mundial para la construcción de una fábrica con capacidad productiva de 120.000 toneladas anuales de papel para diarios y papeles blancos con bagazo de caña de azúcar. La visita culminó con la firma de una carta de intención.
Todo empezó en 1983, cuando Papel del Tucumán produjo por primera vez a nivel industrial (100.000 toneladas por año) papel de calidad para diarios con altos contenidos de bagazo.
“Comenzamos 1992 con mucho optimismo”, dijo Mario F. Calafell Loza, vicepresidente de Papel del Tucumán. “La carga financiera fue congelada porque a fines del año pasado nos presentamos en concurso de acreedores, lo que permitirá a lo largo de los próximos meses presentar planes de regularización. Pero es muy positivo que hayamos podido acopiar un stock de bagazo de caña de azúcar de la última zafra como para una producción de papel para trece meses.”
Superadas las dificultades de aprovisionamiento por escasez de materia prima y de complicaciones judiciales por demandas contra el Estado y varios organismos oficiales, la empresa entró en un nuevo ritmo de producción. Mientras que en 1990 se elaboraron unas 250 toneladas diarias, ya a fines del año pasado pasó a un ritmo de 280 a 300. Esto implica llegar a una producción cercana a las 100.000 toneladas en el año.
