La industria de las telecomunicaciones está inmersa en un juego frenético de búsqueda de parejas.
Las principales compañías buscan alianzas estratégicas para reestructurarse y competir en el mercado mundial. Si tienen éxito, las redes nacionales darán paso a redes globales sin costuras. En la década del ´90 tres factores cambiarán el rumbo del sector: la privatización, la desregulación y la globalización. En Europa se calcula que durante el próximo año se privatizarán empresas que suman unos 95 millones de líneas.
Desaparecidos los derechos monopólicos, liberados los organismos de la tutela estatal y con nuevas oportunidades en países vecinos, las empresas europeas de telecomunicaciones han comenzado a expandirse globalmente. Según un estudio publicado en Londres por los consultores Booz Allen & Hamilton, en 1990 hubo 67 adquisiciones transnacionales, frente a 50 en 1989 y 11 en 1988.
Esta revolución en la estructura de la industria se lleva a cabo en el marco de un mercado que se expande a un ritmo de 10 a 15% anual, empujado por los avances tecnológicos y la creciente demanda.
El mercado mundial de telecomunicaciones tenía, en 1986, un valor aproximado de US$ 175.000 millones; en 1990, la cifra subió a US$ 279.000 millones y para 1995 se calcula que alcanzará los US$ 567.000 millones.
La nueva tecnología permite bajar precios, mejorar calidad y crear nuevos servicios. El crecimiento más explosivo se observa en las comunicaciones móviles y la transmisión de datos, principalmente por fax o por el sistema de modem conectado a la computadora personal.
La revolución desreguladora y privatista comenzó en los años ´80, con el desmembramiento en Estados Unidos de la American Telephone & Telegraph (AT&T) y las privatizaciones de British Telecom (BT) y de Nippon Telegraph and Telephone. Pero el proceso recién ha comenzado. Los frutos, en términos de menor costo, mejor servicio y mayor posibilidad de elección se verán -si acaso- en la segunda mitad de esta década.
Los motivos de la privatización fueron diversos. En Gran Bretaña, por ejemplo, existía la convicción de que en manos privadas BT sería más eficiente y estaría en mejores condiciones de controlar a sus sindicatos. A medida que la ola privatizadora fue pasando del mundo industrializado a los países en desarrollo, otras consideraciones adquirieron importancia. En América latina, la principal preocupación es acumular divisas para aligerar la pesada carga de la deuda externa, mientras que en Europa Oriental la meta es modernizar y ampliar las redes existentes, una tarea para la cual los gobiernos no cuentan con capitales suficientes.
NO A LOS MONOPOLIOS.
La privatización fue la fuerza que disparó la desregulación. Si en el pasado los gobiernos toleraron los monopolios estatales, actualmente se resisten a dar el mismo privilegio a los privados. Incluso los países que retuvieron la propiedad estatal de sus compañías telefónicas ahora se ven en la necesidad de liberalizar el mercado. En Alemania, por ejemplo, predomina la opinión de que los avances tecnológicos, que llevan a la proliferación de nuevos servicios, hacen indeseable e imposible el mantenimiento estricto del monopolio.
Pero, a pesar del impulso de la ola liberalizadora mundial, la promoción de la competencia ha demostrado ser más difícil de lo que se suponía. Incluso en los países donde se han abolido los derechos monopólicos, las compañías de teléfonos han retenido el suficiente poder como para frustrar a sus nacientes rivales.
Aun cuando un gobierno permita la competencia en el servicio de llamadas internacionales, como ocurre en Estados Unidos, esa competencia tiene poco efecto porque, por lo general, las empresas telefónicas en otros países siguen en manos de monopolios con altas tarifas.
Sin embargo, los carteles están empezando a resquebrajarse, en parte como respuesta a presiones externas y en parte porque las compañías telefónicas rompen filas. Las principales empresas de telecomunicaciones han desarrollado estrategias propias para la expansión global. A medida que las vayan aplicando, dejarán de ser un monopolio insular para convertirse en organizaciones globales.
Durante los primeros dos años de esta década se ha visto a los gigantes peleándose entre sí por invadir los cotos de caza de cada uno. En lo que queda de los ´90 se verá a qué conduce este ímpetu globalizador.
LA REVOLUCION INVISIBLE.
Los impresionantes avances tecnológicos de la última década sacudieron los cimientos de los medios tradicionales e hicieron surgir infinidad de servicios hasta entonces desconocidos. Para las compañías telefónicas fue especialmente difícil sobrellevar esta transformación. En primer lugar, perdieron sentido las antiguas divisiones entre, por ejemplo, voz humana, palabra escrita e imagen; entre llamadas nacionales e internacionales; entre teléfono (sonidos que viajan por cable) y radio (sonidos que viajan por ondas). Ahora, con la telefonía móvil, aparece por primera vez la posibilidad de prescindir de la red de cableado nacional y, en consecuencia, de competir con ella.
El problema se ha vuelto tan complejo para los que deben trazar la política futura, que ya no se trata de optar entre mantener el monopolio estatal o permitir la libre competencia, sino de decidir qué operadores tendrán acceso al mercado, en qué medida y bajo qué reglas.
Las posibilidades del teléfono móvil tientan a los gobiernos a utilizarlo como vehículo para introducir competencia en sus mercados de telecomunicaciones. En Europa, por ejemplo, casi todos los gobiernos convocaron a grupos privados a operar redes de telefonía celular, en particular las redes digitales de segunda generación que entraron en servicio el año pasado. Mientras tanto, con la única excepción de Gran Bretaña, la tradicional red de cableado fijo sigue en manos de monopolios estatales.
Pero, para fines de este año, el proyecto común de Estados Unidos, Europa y Japón es introducir masivamente la tercera generación de sistemas digitales celulares. Con ellos, aseguran los especialistas, se logrará finalmente entrar en la era del sistema universal de telecomunicación móvil, que será de bajo costo, podrá usarse desde el hogar, trabajo o lugares públicos, y combinará funciones de telefonía celular, inalámbrica y servicios radiales.
En julio del año pasado se reunieron en Tokio representantes de Japón, Europa y Estados Unidos para discutir las posibilidades de un acuerdo sobre una norma común y distribución de frecuencias para los sistemas de tercera generación que esperan introducir hacia el 2005. Un acuerdo de este tipo permitiría reducir costos y evitar lo que ocurrió con los sistemas de primera y segunda generación: cada país introdujo una norma diferente, incompatible con todas las demás. El mercado mundial quedó entonces partido en infinidad de bloques con distintos requerimientos.
Estados Unidos es el menos interesado en establecer una norma común. Motorola, su mayor fabricante del sector, aspira a dominar el negocio mundial con un sistema global de telecomunicaciones móviles satelitales denominado Iridium, que estará listo para entrar en servicio en 1996.
De todas maneras, y a pesar de los proyectos en marcha, la industria avanza con cautela. Nada indica que las impresionantes tasas de crecimiento del pasado se vayan a mantener en el futuro. Ya hay indicios de una disminución en la tasa de expansión del teléfono celular. Entre setiembre de 1989 y noviembre de 1990 el número de suscriptores en todo el mundo creció de 5.300.000 a 10.400.000, un aumento de 96% en 14 meses. Pero el ritmo de incorporación de nuevos usuarios en los siete meses siguientes se contrajo a 22%.
El sector sufrió los embates de la recesión en Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá y Escandinavia.
Estos mercados todavía representan el grueso del mercado de la telefonía celular, pero el crecimiento más rápido se está registrando ahora en el sudeste asiático y en América latina, donde los usuarios utilizan teléfonos celulares como una alternativa frente a las redes fijas, en muchos casos viejas, deterioradas y con notable incapacidad para crecer y modernizarse.
VOLVER A REGULAR.
Muchos países han promovido transformaciones similares, como la desregulación de la provisión de equipos, la apertura de la política nacional de compra, la liberalización de los servicios de valor agregado, la privatización de servicios de telefonía móvil y satelitales. Sin embargo, no debería sobreestimarse el ritmo del cambio. Los servicios de valor agregado y los mercados de comunicaciones móviles abiertos a la competencia están todavía fuertemente regulados.
En la mayoría de los casos, los gobiernos descubrieron que deben volver a regular para impedir que el operador dominante abuse de su monopolio.
La interconexión es clave para determinar el éxito de las redes competitivas en Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos. Pero si los países más conservadores se resisten a plegarse, la presión reformadora les llegará desde afuera. La Comisión Europea acaba de aprobar estrictos lineamientos para contener las prácticas restrictivas de los principales proveedores. Los cambios más notables podrían comenzar a advertirse ya en la segunda mitad del año próximo, cuando la Comisión elimine los monopolios de la telefonía en los estados miembros.
En suma, gobiernos, productores, operadores, todos viven días de euforia por la eliminación de regulaciones que encorsetaban la comunicación entre la gente, las ciudades y los países. Los avances tecnológicos indican que nada es ahora impensable. Sin embargo, varios especialistas advierten que es crucial que, después de la privatización, liberalización y promoción de la competencia, se creen organismos reguladores para que el “piedra libre para todos” no se convierta muy pronto en una implacable ley de la jungla en beneficio de unos pocos.
