viernes, 3 de abril de 2026

    De ceilan a palermo

    Antes, cuando era colonia británica, se llamaba Ceilán, la patria del té y las especias; después, al independizarse, pasó a ser Sri Lanka, que significa “resplandeciente” en sánscrito. De allí surgió un arte popular de gran belleza, que impresiona con sus colores primarios y su potencia expresiva. Y que también puede encandilar a porteños refinados sin que deban viajar más allá de las cercanías del Jardín Botánico donde, en un reducto casi monacal, pueden adquirirse piezas únicas de impecable factura.

    En claros de la selva y en los alrededores de Colombo, la capital del país, fueron elegidos, entre muchos, los batiks y las máscaras que ahora están al alcance de la mano y el bolsillo de los argentinos. Talladas con exquisito cuidado, las máscaras de madera representan a espíritus benéficos, protectores del hogar. Los batiks ilustran leyendas y ceremonias religiosas y se consiguen en las afueras de la cuidad, donde bajo una temperatura ambiente que supera los 40°, grupos de 8 a 10 mujeres trabajan simultáneamente alrededor del brasero en el cual hierve la cera.

    Por suerte aquí, en el barrio de Palermo, la temperatura, al igual que los precios, es más razonable. Las máscaras, de 45 cm de altura, cuestan alrededor de $ 120; los batiks oscilan entre 200 y 800. Para conseguir estos tesoros -y otros que forman parte de una colección de arte contemporáneo del Lejano Oriente- hay que pedir entrevista al 72-4737.

    Gente y dinero.

    NUEVO IMPERIO MOSCOVITA.

    Cuatro años atrás, después de una excursión por el Caribe y Estados Unidos, Gherman Sterligov volvió a Moscú convencido de que le convenía abandonar la recién iniciada carrera de derecho para vender fotografías de la destronada familia Romanov en las plazas.

    Con el mismo olfato para descubrir los tiempos que se avecinaban, saltó en 1989 a la industria de la construcción. Vislumbró la incapacidad del gobierno para resolver la espera de décadas que padecen los ciudadanos en su deseo de conseguir un simple departamento. Pero la idea exigía dinero. Buscó a Artiom Tarassov, el “jefe de los millonarios soviéticos”, y con su aval obtuvo un crédito de 3 millones de rublos en el banco Stolichni.

    Ahora, Alissa -es el nombre de su empresa- tiene 400 agencias desparramadas por todo el territorio de la ex URSS y acaba de comprar una imponente oficina en Wall Street para extender su imperio. En apenas un año y medio, Sterligov logró desplazar a su padrino de la constelación de los nuevos ricos en la vieja Rusia.