martes, 26 de mayo de 2026

    La trama secreta del BCCI

    Cuando el verano boreal de 1991 comenzaba a hacer sentir su rigor, un sorpresivo anuncio del Banco de Inglaterra se descargó como un mazazo sobre banqueros y políticos de todo el mundo. El 5 de julio, tras una secreta reunión celebrada en el corazón de la City londinense entre autoridades financieras del país huésped y sus pares de Luxemburgo, Estados Unidos, las islas Caimán, Francia,

    España y Hong Kong, el cierre del Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI) era un hecho.

    Se había puesto fin a un proceso de delincuencia bancaria de una envergadura desconocida en el pasado, pero el escándalo y sus derivaciones no hacían más que empezar.

    Los asistentes a la reunión en el Banco de Inglaterra escucharon un informe de 45 páginas preparado por Price Waterhouse, los auditores internacionales del BCCI. Allí, entre el silencio y el abatimiento, la resolución de declarar el cierre de los negocios del banco en Inglaterra -y luego en todo el mundo- se impuso a los oyentes como algo que no necesitaba de mayor debate.

    El documento esgrimía pruebas contundentes de todo tipo de desfalcos y fraudes: la mayor parte del balance del banco estaba falsificada, gran cantidad de préstamos habían sido concedidos sin respetar las normas e incluso algunos eran ficticios. La historia del BCCI salía a la luz y con ella innumerables preguntas que todavía hoy siguen sin respuesta.

    ¿Cómo fue posible que un banco como el BCCI, con activos que llegaron a sumar US$ 20.000 millones y presencia en 69 países se manejara como una banda organizada para el delito?.

    El gran interrogante, sin embargo, sigue siendo el destino de los fondos del banco. La factura final del BCCI es enorme. Según el informe de Price Waterhouse, la entidad desarticulada estaba involucrada en cuatro grandes fraudes.

    Uno de ellos consistió en enmascarar pérdidas por US$ 633 millones mediante transacciones cambiarias en las que utilizó fondos de los clientes como propios. El segundo fue la compra ilegal de varios bancos en Estados Unidos, operaciones en las que se gastaron US$ 346 millones.

    Otro fue un complejo operativo de manipulación de fondos de las cuentas del banco para sostener a su deudor más importante, el grupo naviero paquistaní del Golfo, al que había prestado US$ 725 millones.

    El cuarto fue un fraude de ribetes escandalosos, en el que el BCCI tomó el control secreto de 56% de sus propias acciones a un costo de US$ 500 millones.

    A estas cifras, que superan los US$ 2.000 millones, debe sumarse otro monto similar, destinado a financiar las enormes pérdidas del banco, con lo cual el total supera los US$ 4.000 millones.

    UN FILOSOFO DE LAS FINANZAS.

    Con el declarado objetivo de crear una entidad financiera que atendiera los intereses del Tercer Mundo, Agha Hasan Abedi, fundador y cabeza del BCCI, no reparó en medios para lograr sus propósitos.

    Su completa falta de escrúpulos, combinada, paradójicamente, con una profunda religiosidad, llevó a un funcionario del BCCI a declarar públicamente que “este banco sobornaría a Dios”.

    Abedi, un musulmán nacido en la India en 1922, huyó con su familia a Karachi tras la partición del país en 1947. Su carrera se inició allí, donde se ligó desde muy joven con uno de los principales dirigentes empresarios de Pakistán.

    Tras conseguir un decisivo apoyo financiero, Abedi se convirtió en el director del United Bank hacia fines de la década de 1960, posición que sostuvo y reforzó hasta la nacionalización de la banca, decidida por el entonces presidente Alí Bhutto en 1972.

    El corte abrupto de su desempeño como financista nacional le abrió, sin embargo, el camino hacia el mundo de las finanzas internacionales. Fue así que Abedi concibió la creación de un banco que oficiara de puente entre el atraso y el desarrollo, lanzándose a la conquista de aquellos en quienes veía su principal fuente de sustentación: los jeques árabes enriquecidos por el floreciente negocio petrolero.

    Utilizando su prestigio en el United Bank, el futuro jefe del BCCI trabó relaciones con el representante del Bank of America en Pakistán a través de quien conoció el interés de la entidad norteamericana de ampliar su operatoria en el Medio Oriente.

    Con esa carta en su manga, Abedi se procuró el favor del Bank of America, que aportó US$ 625.000 de los US$ 2,5 millones que constituyeron el capital inicial del banco. El BCCI se creó en 1972 en Beirut y su cúpula estaba integrada por Zafar Igbal, Swaleh Naqvi y Abedi.

    En apenas un año, la flamante entidad tenía seis oficinas, distribuidas entre Londres, Luxemburgo, Beirut y los emiratos del Golfo. Para 1975, el banco se había transformado en un grupo con depósitos por valor de US$ 2.200 millones y US$ 113 millones de capital, con 146 sucursales en 32 países, incluyendo 45 filiales en Gran Bretaña, país en el que ocupaba el primer lugar entre los bancos extranjeros.

    Resulta muy difícil determinar cuáles fueron los verdaderos móviles de la conducta de Abedi a lo largo de su carrera. Por un lado, exhibía la imagen de un filósofo que convocaba a sus socios y subordinados a reuniones en las que explicaba la importancia de la religión y pregonaba la ayuda a los más necesitados, la humildad y la sumisión a Dios. Muchos seminarios realizados por el BCCI para sus ejecutivos versaban sobre esa temática. En las oficinas del banco había espacios reservados para la oración. Un estricto reglamento interno prohibía el consumo de alcohol a funcionarios y empleados (lo cual, sin embargo, no impidió que el BCCI organizara verdaderas orgías para agasajar a

    clientes importantes, árabes incluidos).

    Para otros, Abedi no era más que un charlatán con dotes actorales, de las cuales se valía para abrirse camino en todo el mundo.

    Como sea, lo cierto es que muchos paquistaníes veían en él a un benefactor que les garantizaba empleos, educación y atención sanitaria y que financiaba viajes a La Meca a musulmanes de condición humilde. “Algunas personas son héroes en este país y Abedi es una de ellas. Nadie enlodará su nombre”, declaró Humayun Gaughar, ex editor de la revista South, una publicación destinada a analizar los problemas del Tercer Mundo, finalmente adquirida y controlada por el BCCI.

    Las obras de beneficencia de Abedi, canalizadas a través de la Fundación BCCI y difundidas por South, resultaron finalmente una fuente de acumulación de un capital muy superior al distribuido para ayudar al mundo subdesarrollado.

    No todos los programas de asistencia encarados por la Fundación eran tales. Muchos de ellos sirvieron para encubrir negocios del banco. El principal proyecto de ayuda por US$ 6,25 millones, acordado con el presidente Ghulam Ishaq Khan de Pakistán, estaba destinado al desarrollo de armas nucleares.

    A LA SOMBRA DE LOS GRANDES.

    Consciente de su condición de marginal entre los financistas internacionales, Abedi buscó ligarse a personajes de relieve en la política y la economía mundiales mediante colaboraciones supuestamente desinteresadas.

    En 1985 apoyó una campaña del ex presidente estadounidense Jimmy Carter para eliminar plagas agrícolas en Africa. Abedi puso a disposición de Carter el Boeing 727 de su corporación para una gira por el continente. Más allá de los resultados concretos de la misión, lo que sí surgió de ella fue que el BCCI mejoró considerablemente su imagen en los círculos de negocios africanos.

    Dos años después, Abedi volvió al Africa acompañando al ex premier británico James Callaghan en un proyecto para enviar a Cambridge a estudiantes locales.

    Pero el gran emprendimiento del banco fue, sin duda, su ingreso en los Estados Unidos, donde contó con el patrocinio de personalidades de tanta importancia como Clark Clifford, ex secretario de Defensa e influyente dirigente del Partido Demócrata, quien actuó como abogado del BCCI, y de Bert Lance, director de Presupuesto de Carter.

    Sabiendo que encontraría dificultades para adquirir un banco norteamericano, Abedi recurrió a los clásicos métodos de engaño del BCCI, utilizando a ciertas personas como tapadera. Así, logró comprar el Financial General, el banco más grande de Washington, en el que tenían cuentas

    poderosos hombres de la capital. Poco después, el banco comprado pasó a llamarse First American.

    Entre las piezas estratégicas del negocio estadounidense del BCCI se encontraban Gaith Pharaon, el extravagante hombre de negocios saudita que fue también la punta de lanza del banco en América latina, y Kemal Adham, ex jefe del servicio de inteligencia de Arabia Saudita quien poco tiempo antes había caído en desgracia con la familia real.

    Tanto Pharaon como Adham fueron fichas claves en el tablero de Abedi. En el caso del primero, por sus conexiones empresarias a nivel internacional, mientras que Adham tenía un conocimiento de primera mano del poder en Medio Oriente tras muchos años en la cúpula del gobierno saudita.

    Por otra parte, el ingreso del banco de Abedi a los Estados Unidos era una jugada obligada para el financista paquistaní, en vista de que el Bank of America -socio fundador del BCCI- vendió su parte en 1980 a la propia entidad, tras advertir los primeros indicios de que algo oscuro ocurría en sus operaciones.

    Una mirada retrospectiva provoca desconcierto en muchos analistas que se preguntan cómo pudo seguir operando el banco cuando ya en 1980 el Bank of America e incluso la CIA tenían sospechas fundamentadas.

    Richard Kerr, director de la CIA, admitió a fines del año pasado en un testimonio ante el Senado norteamericano que la CIA preparó en 1985 un informe en el que se probaba que el BCCI controlaba de manera secreta e ilegal al First American. Kerr excusó a la CIA ante los senadores, alegando que el hecho de que la Agencia no hubiera comunicado sus hallazgos a la Reserva Federal había sido producto de “un error honesto”.

    El final de las andanzas de Abedi y su criatura, el BCCI, coincidió con el de su vida activa.

    Sometido a proceso en los Estados Unidos por fraude, falsificación de datos bancarios, lavado de dinero y otros cargos, el banquero pasa sus horas en una mansión de los suburbios de Karachi.

    Aunque resulta casi imposible que el gobierno de Paquistán extradite a quien es considerado por la mayoría de sus compatriotas como un hijo pródigo de esa nación, su vida activa está virtualmente terminada. Tras dos ataques cardíacos, Abedi sufrió un ataque que le provocó apoplejía y un daño cerebral. Como suele ocurrir, la gloria no evitó el colapso.

    CONEXION LATINOAMERICANA.

    Al abrir la primera filial del banco en Panamá, Abedi dijo: “Hoy inauguramos una sucursal que será la puerta de entrada en toda América latina”.

    Desde su oficina panameña, el gerente del BCCI Amjad Awan -quien actuaba, además, como banquero personal del general Manuel Noriega- atrajo fondos desde variados y acaudalados círculos de la región latinoamericana. Barones de la cocaína, dirigentes empresarios y emisarios gubernamentales se reunían con Awan y sus socios.

    Cuando se hizo claro que el general Noriega se encaminaba hacia un fatal enfrentamiento con Washington, los funcionarios del BCCI comenzaron a buscar un sitio más seguro en América latina.

    Un memorandum interno del banco de julio de 1987, elaborado por el entonces ejecutivo del BCCI Alberto Calvo, describe los temores de los clientes del banco. Concretamente, del gobierno peruano:

    “En el curso de la conversación, el señor Carbonetto, asesor económico del presidente Alan García, expresó la preocupación del presidente de la Républica por la situación política de Panamá debido a los depósitos que tiene el gobierno peruano en el país”.

    En esa época, el BCCI se embarcaba en un plan más importante que el de un mero traslado de su centro de operaciones panameño. Según investigaciones realizadas por el Senado norteamericano, el banco intentó crear una entidad bancaria fantasma en Sudamérica.

    El saudita Pharaon habría pergeñado el plan de establecer un área internacional operativa del banco entre Paraguay y la Argentina.

    Como es conocido, Pharaon comenzó a cultivar relaciones y contactos a comienzos de la década pasada a nivel de presidentes, ministros de Economía, funcionarios de bancos centrales y empresarios de Chile, Uruguay, Paraguay y la Argentina.

    Entre las variadas muestras de interés comercial de Pharaon quedan como prueba la construcción de los hoteles Hyatt en Buenos Aires y Santiago de Chile, sus inversiones en plantaciones de jojoba y la compra de firmas consultoras.

    Existen algunas dudas sobre si estos movimientos de Pharaon fueron realizados por cuenta propia o si fueron también iniciativas del BCCI. De cualquier modo, es evidente que el banco estaba muy interesado por las operaciones en la Argentina.

    Pero el caso más sonado fue el protagonizado por funcionarios del gobierno peruano del ex presidente Alan García. En realidad, Perú no tuvo un lugar de importancia en los planes del BCCI para la región, pero el escándalo estalló por cuestiones políticas internas del país.

    Al mismo tiempo que el Banco de Inglaterra decidía el cierre del BCCI, el fiscal del distrito de Manhattan, Robert Morganthau, reveló que dos ex funcionarios del banco central de Perú habrían recibido sobornos del BCCI por US$ 3 millones a cambio de depositar US$ 270 millones de reservas en la filial panameña del banco.

    Las investigaciones del Senado peruano llegaron a la conclusión de que Alan García habría estado en conocimiento de la maniobra denunciada por el fiscal de Nueva York. El ex presidente fue acusado también de cooperar con el BCCI en un affaire comercial relacionado con la venta de cazas Mirage.

    Sin embargo, García fue absuelto por la Corte Suprema de Justicia peruana que descartó todas las acusaciones del Parlamento contra él, fallo que intenta ahora apelar una procuradora del Estado.

    BUENOS MUCHACHOS.

    La extensa red de negocios del BCCI y su política de no hacer preguntas indiscretas lo convirtieron en una institución apreciada por quienes tuvieran algo que ocultar. Su nómina de clientes llegó a registrar nombres tan notorios como los de Oliver North (el coronel norteamericano que ocupó el centro de la escena en el escándalo Irán-contras), el hombre fuerte panameño Manuel

    Noriega, el jefe terrorista palestino Abu Nidal y Gerardo “Don Chepe” Moncada, prominente miembro del cartel de Medellín.

    Paradójicamente, debe incluirse en esta lista a la propia CIA norteamericana, que admitió haber utilizado los servicios del banco en la transferencia de fondos para sus operaciones secretas (particularmente en el caso de los rebeldes afganos) al mismo tiempo que investigaba -ya desde

    1983- las conexiones del BCCI con el narcotráfico.

    Se desconoce aún cuál era el verdadero carácter de las relaciones entre Abedi y la CIA, pero varios testigos aseguran que el extinto premier paquistaní Zufilqar Ali Bhutto acusó públicamente a su compatriota de trabajar para los servicios de inteligencia estadounidenses.

    Según investigadores norteamericanos, el banco no se limitaba a proporcionar sus canales financieros para el lavado de narcodólares, sino que prestaba otros servicios a los barones de la droga. En una ocasión, habría actuado como aval para un grupo de traficantes de armas israelíes que

    operaban desde la isla caribeña de Antigua y se proponían vender un cargamento de ametralladoras al cartel de Medellín.

    Otro cliente -y finalmente víctima- del BCCI fue el gobierno comunista chino, que habría perdido US$ 450 millones en el colapso del banco.

    Pero el gran perdedor en toda esta historia es el emirato de Abu Dhabi que, según estimaciones del diario londinense Financial Times, quedó atrapado en el colapso del BCCI con US$ 9.300 millones, entre inversiones directas, depósitos oficiales y préstamos otorgados en el período previo al derrumbe. De esa suma, US$ 2.000 millones provienen de la fortuna personal del jefe de

    gobierno, el jeque Zayed bin Sultan al Nhayan.

    ¿Es razonable concluir que el BCCI estuvo destinado, desde el comienzo, a convertirse en una organización dedicada al fraude? No necesariamente. El banco contó, en algún momento, con clientes de la talla y prestigio de Dow Chemical y excelentes contactos en los circuitos financieros de Wall Street y Londres.

    Las oscuras ambiciones de su líder y fundador, su fascinación por el poder y la falta de escrúpulos del equipo de conducción gestaron finalmente un monstruo que muchos prefirieron no ver hasta que fue demasiado tarde.