jueves, 14 de mayo de 2026

    La naturaleza de un empresario

    Hombre de consulta de organismos internacionales de crédito, como el BID y el Banco Mundial, Federico Zorraquín (57 años, casado, cuatro hijos) es uno de los empresarios más prominentes de la Argentina. Su carrera comenzó en 1961 al frente de Garovaglio y Zorraquín, que para entonces se dedicaba a la comercialización de productos agropecuarios.

    El ingreso a las grandes corporaciones industriales se registró en 1975, cuando el grupo detectó que la firma norteamericana Koppers deseaba vender su participación en la plata de Ipako, en Ensenada.

    Actualmente, el grupo tiene participación mayoritaria en las petroquímicas Ipako y Polisur, la minera Cerro Castillo, la metalmecánica Saiar, la compañía de seguros Interamericana, y Textil Yute (grandes envases), entre otras empresas. En un joint venture con Shell acaba de finalizar la construcción de la planta Petroken. Participa, además, en Petroquímica Bahía Blanca.

    Pero los negocios fueron sólo el telón de fondo en esta extensa conversación con Pinky.

    Zorraquín, quien en 1975 fue designado por MERCADO como “el Empresario del Año”, habla aquí acerca de su pasión por la naturaleza, su militancia en favor de la protección del ambiente, sus emociones, esperanzas y recuerdos.

    Piso 23. El despacho es grande, confortable. Los enormes ventanales descubren cúpulas, infinitas terrazas, la Plaza de Mayo, y en el fondo el Río de la Plata. Amable, Federico Zorraquín comienza la charla recordando su infancia.

    “Nací en Buenos Aires. Mi madre era tucumana y mi padre porteño, pero hijo de entrerrianos. Toda su familia era de Concordia. Mis raíces son muy de interior. Los entrerrianos se parecían (y todavía se parecen porque esas cosas no cambian tan rápido) más al oriental, al uruguayo. Entre Ríos tiene una larga historia como parte de lo que eran la Confederación y después la República. Muy buen nivel de educación. Recordemos (ya estoy hablando como entrerriano) que el primer colegio importante, donde se educaron muchos de nuestros próceres, Urquiza, Roca, Alberdi, fue el de Concepción del Uruguay.”

    – ¿Cuántas generaciones de argentinos son hasta llegar a usted?.

    – El primero vino en tiempos de San Martín. Venía de Chile, entró por Mendoza y se encontró con los preparativos del ejército de Los Andes. Lo vieron como un godo, un partidario de los españoles, la pasó lo suficientemente mal como para emigrar de Mendoza al Paraguay. Allí se casó con una paraguaya y se trasladaron a Entre Ríos. Deben ser… seis generaciones.

    – ¿Cómo estaba compuesta la familia?.

    – Mi abuelo paterno tenía seis hijos y veinte nietos; la familia materna, siete hijos y cuarenta primos hermanos, en Tucumán.

    – ¿A qué jugaba cuando era chico?.

    – Me gustaba más leer. Por supuesto, jugaba al fútbol como todos los chicos de esa época.

    Iba al Colegio Champagnat, donde el fútbol era el principal deporte. Junto con la pelota paleta han sido los deportes de mi juventud. Leía… siempre recuerdo “El tesoro de la juventud”, una especie de enciclopedia de unos veinte tomos; cuando llegaba al último empezaba otra vez por el primero. Y, por supuesto, novelas, revistas, un poco lo que viniera, Billiken, Tit-Bits, El Tony, las novelas de aviación me divertían mucho.

    – ¿Y qué soñaba?

    – Es difícil identificar la aspiraciones a través de los años, ¿no? Pero me parece que tenía una gran impaciencia por ser grande. Quería terminar el colegio rápido. Me gustaba estudiar, pero no la excesiva disciplina de esa época. Estaba allí todo el día, incluso los sábados… deseaba terminar. Esos

    son mis recuerdos.

    – ¿Era travieso?

    – No. Nada del otro mundo. Eramos dos, mi hermana y yo, con un año de diferencia. Eramos muy compañeros y seguimos siéndolo.

    – ¿En esa época advertía ya cuál sería su futuro o tenía fantasías?

    – Siempre hay fantasías. Como iba a un colegio religioso, en un momento pasó por mi cabeza la idea de la vocación religiosa, esas inquietudes pasajeras, ¿no? Pero nunca pensé en ser médico, ni arquitecto, ni esas cosas.

    – ¿Qué hacía su abuelo?

    – Era comerciante. Fundó esta compañía de la que ahora yo soy presidente. Mi padre trabajaba con él. Empezó como dependiente de la firma, después el dueño lo asoció y terminó teniendo su nombre. Mi abuelo era muy trabajador, muy serio… severo, mandón con los nietos. Entonces los abuelos eran mucho más venerables e inspiraban temor.

    – ¿Tiene nietos?

    – Tengo diez.

    – ¿Cómo se porta con ellos?

    – Me considero un abuelo demasiado joven como para sentirme abuelo. Soy, para no decir un mal abuelo -que sonaría antipático- un abuelo regular. Todavía son demasiado chicos para que se diviertan conmigo, y yo con ellos.

    – Y su mamá, ¿cómo era?

    – Mi madre era muy de su casa. Tejía y bordaba muy bien. Se pasaba horas haciendo no sólo carpetas, manteles, sino también tapicería. Pintaba porcelana. Muy sensible, religiosa, dedicada a las obras de caridad. Muy de su familia, visitábamos a mi abuela en Tucumán dos o tres veces al año.

    – ¿Cuándo empezó a mirar a las chicas?

    – Relativamente grande, a los 17… 18. El machismo no nos permitía prestarles mucha atención antes de esa edad. Las cosas “de chicos” eran el fútbol, los amigos, jugar a las cartas, tomar café… y las chicas recién después. Eramos una sociedad muy dividida. Acuérdese de que había muy pocos colegios mixtos. Había una línea divisoria y algunas familias la remarcaban. Por ejemplo, en Tucumán, donde pasábamos las fiestas y enero en una villa de la montaña, las piletas no eran mixtas. Un día la pileta de fulano era para las mujeres, y otro para los chicos.

    – ¿Y las artistas de cine? ¿Alguna le hacía perder el sueño?

    – ¿Se acuerda de Ana María Pierangeli? Cuando debutó tenía más o menos mi edad. Una era ella, la otra Elizabeth Taylor… Ambas eran dulces.

    – ¿Cuándo se enamoró de su mujer?

    – A los 21 años.

    – ¿Qué hacía entonces?

    – Había entrado a la firma en la parte contable, después fui vendedor. Nosotros entonces éramos activos comerciantes en azúcar y otros productos comestibles. Ser vendedor significaba estar muchas horas en la calle, visitando clientes, tratando de hacer negocios, ocupándonos de las cobranzas. Al principio en Buenos Aires, después en algunas sucursales del interior. Viajaba mucho a Tucumán, Salta, Jujuy, Córdoba y Mendoza. En Buenos Aires me manejaba en colectivo, a veces con el subterráneo. Pero el colectivo era mejor para un vendedor, allí se conversa y estaba más al tanto de lo que ocurría.

    – ¿Cómo conoció a su esposa?

    – En Mar del Plata, en Chapadmalal. Meme (se llama Mabel pero le dicen Meme) iba a la casa de una amiga nuestra, la conocí y me puse de novio.

    – ¿Con declaración y pedido de mano?

    – Con declaración, seis meses antes de casarme (a los 23). Y pedido de mano también. Pero mi suegro me la hizo muy fácil, como sabía que yo trabajaba, hacía un tiempo que visitaba su casa, invitaba a salir a su hija… El era un gran deportista, Aníbal Vigil había sido olímpico de water polo, jugaba muy bien al golf, muy deportista, entonces, la conversación fue más bien para enrolarme un poco más en la cuestión deportiva.

    – ¿Cómo fueron los primeros años de matrimonio?

    – Hacía varios años que yo trabajaba, ahora veo fotografías de esa época y me doy cuenta de que era tan jovencito… pero me sentía un hombre hecho y derecho, maduro. La vida fue muy normal, aunque tenía mucho trabajo, viajes por el país y el exterior. Tuvimos cuatros hijos: Luisa, Federico, Victoria y Ramón, más o menos seguidos. Entre el primero y el último hay 7 años de diferencia.

    – ¿Se levanta de buen o mal humor?

    – Muy bueno. Siempre. Meme también. Ambos somos bienhumorados. Por suerte.

    – ¿Manías en el desayuno?

    – Tomarlo levantado. Nunca jamás en el dormitorio, ni sentado en la cama. Mis manías no son de desayuno, se inclinan mucho más por tener una intensísima actividad (a veces más de lo necesario), incluso deportiva. Soy aerobista. Corro a la mañana… a veces a la noche.

    – ¿Cuándo surge su pasión por la ecología?

    – Mi inclinación por la naturaleza viene desde muy chico, siempre me interesaron las cosas relativas a la botánica, me gustaron mucho las plantas. Mi padre también era muy aficionado a los árboles y a las plantas. Hizo varios parques (se levanta y trae una fotografía de la bilblioteca, es un parque bellísimo con todos los matices del otoño). Mire qué colorido. Es Chapadmalal. Todo lo plantó el; en realidad nosotros, porque nos llevaba a sus dos hijos cuando teníamos doce años más o menos, y lo hicimos juntos. En esta propiedad es donde conocí a mi novia.

    Bueno, una cosa lleva a la otra, cuando fundamos “Vida Silvestre” la contaminación no era tanto un problema en la Argentina, ni en el resto del mundo. Más bien los problemas acá estaban centrados en la defensa de las especies, en alertar a las autoridades sobre la erosión, las consecuencias del sobrepastoreo, sobre todo en la Patagonia. Quizá hay que precisar que una cosa es conservación, y otra, distinta, medio ambiente. La visión de la conservación es mucho más restringida. Todos tenemos una tendencia a conservar… no sé, la mantilla de la abuela; esos grupos que se movilizan porque no hay que sacar un árbol. El tema del medio ambiente es mucho más dinámico. Reconoce que estamos insertos en un mundo que tiene 5.000 millones de habitantes, que aspira a tener un progreso económico constante, que a ese progreso va a acceder a través de una sociedad industrial. Yo formo parte de un consejo empresario para el desarrollo sostenible -en el mundo se ha ido acuñando esta frase- que significa que hay que procurar que el desarrollo se produzca a través del uso inteligente y racional de los recursos, que no comprometa el desarrollo del mañana. Digamos que la naturaleza constituye un capital: vivamos de los intereses y no del capital.

    No dañemos la atmósfera, no dañemos el subsuelo con efluentes industriales o aguas contaminadas, no dañemos los bosques, no dañemos esos recursos, puesto que en el futuro, con un mundo habitado por 7.000 o 9.000 millones de personas, las necesidades van a ser mayores. Hagamos un uso inteligente de ellos, incluso con procedimientos industriales, y al mismo tiempo crezcamos, porque si no, la otra teoría es: “Paren el tren que me quiero bajar”.

    – ¿Cómo se sintió ante ese escándalo de la importación de materias desechables?

    – Me sentí mal, pero no por el tema en sí. Me sentí mal por la espectacularidad que se le quiso dar, no hubo una información científica, técnica. No puedo opinar si era justificado o no que se rechace el cargamento. Reconozcamos que el tema del medio ambiente no es sólo nacional, es universal. Nos atañe a todos. Entendemos que los que más daño producen asuman más responsabilidad. Pero nosotros tenemos un enorme territorio, en parte desocupado, tenemos que encontrar un lugar para poner nuestros propios residuos atómicos. Si el lugar es bueno porque se ha hecho un repositorio de gran profundidad que garantiza que no habrá ninguna falla geológica, que

    no contamine nada durante los próximos cientos de años, ¿por qué no ofrecerlo a otras naciones?

    Puede ser conveniente, sin afectar para nada, insisto, nuestro medio ambiente.

    – ¿Asistirá al congreso mundial de Brasil?

    – Sí, en junio, es la conferencia mundial de Medio Ambiente y Desarrollo Ambiental. Ya han anunciado su presencia 55 jefes de Estado, entre ellos el presidente de Estados Unidos, Felipe González, creo que Mitterrand… Es difícil que alguien pierda esa tribuna para atacar o defenderse, para hacer su presentación política. Creo que no haríamos una contribución positiva, ni yo ni nadie, si sólo nos lamentáramos de que va a tener un fuerte contenido político. El hecho es poner el tema en el tapete, con la trascendencia que le van a dar 70 jefes de Estado, y la enorme importancia que le dará la prensa internacional.

    – ¿Cómo se lleva con sus hijas?

    – Muy bien. Una es educadora y la otra economista -pero también se dedica a enseñar-, además tienen familia.

    – ¿Qué impresión le causó cuando la primera dijo: “Papá, me quiero casar”?

    – ¡Terrible! (Ha sido tan expresivo que ambos reímos a carcajadas). Terrible, el machismo, el autoritarismo y todo lo demás. Ya habíamos pasado por el “quién es ése” varias veces. En fin, uno sabe que va a ocurrir pero nunca está preparado. Cuesta mucho superarlo.

    – ¿Le tiene miedo a la muerte, Zorraquín?

    – A medida que pasan los años uno piensa… bueno, ¿miedo?, no.

    – ¿Alguna vez enfermó gravemente?

    – De chico estuve muy enfermo. Esas enfermedades que había antes, que nadie las curaba.

    Debo haber perdido meses de colegio a los 9, 10 años. Me daban tónicos, y el tónico no andaba y venía otro médico con otro tónico que tampoco resultaba… inyecciones que para lo único que servían era para que saliera un grano en el lugar en que se la habían aplicado. Yo tenía asma infantil, tuve una meningitis muy fuerte y como consecuencia un debilitamiento general. No salía, pesaba

    pocos kilos, no engordaba.

    – ¿Era muy agarrado a su mamá?

    – Sí. Sí, normal. Dos hijos, de manera que había una relación muy estrecha. Pero teníamos niñera, los hijos de familias de ese tipo pasábamos mucho tiempo con la niñera, así no era un apego exagerado.

    – ¿El asma se le fue?

    – Sí. Se produce mucha asma infantil que después desaparece y deja alguna secuela de disminución pulmonar, algo mínimo. Yo debo decir que me resfrío con mucha facilidad.

    – Pero igual anda corriendo por las calles.

    – Sí, sí. Acá en la Costanera sur y por la calle. La Costanera sur es un paraíso.

    – ¿Corre solo? ¿O a veces engancha a un pariente… un amigo?

    – Casi siempre solo. Corro tres veces por semana. A la noche es muy buena hora, y a las ocho no hay mucho candidato. La gente quiere ir a correr el sábado a la mañana o el domingo a mediodía (ríe). Es como si usted invitara al cine a las 10 de la mañana.

    – ¿En qué entretiene su ocio?

    – En la naturaleza. Me gusta pescar, soy pescador patagónico, de trucha. Juego al golf, esquío. ¿Ha ido alguna vez a pescar a la montaña? El río de montaña tiene un entorno muy lindo, es más sedante que el mar. A veces mi mujer viene conmigo. Cuando usted se pone a caminar por esos lugares del sur donde no hay nadie, ve las cosas más extraordinarias.

    – ¿Cuál es el peor momento que pasó en su vida?

    (Levanta la cabeza, la mirada se le pierde en el río, tarda en contestar)

    – Muchos. Siempre relacionados con el trabajo.

    – ¿Alguna vez pensó: “Que se vaya todo al demonio, qué estoy haciendo aquí, por qué no me voy a pescar truchas”?

    – Probablemente alguna vez lo haya pensado. No duró mucho ese pensamiento. Me tocaron algunos bailes feos cuando estaba haciendo mis primeras armas. Tenía 28, 29 años. Momentos de grave responsabilidad, difíciles. Del ´63 al ´66. Empezamos a tener graves problemas en una de las

    compañías donde éramos accionistas, graves problemas económicos; todos sus directores y su presidente un buen día se fueron… dejaron las llaves y se fueron. Entonces yo tuve que hacerme cargo.

    – ¿Se sintió traicionado por alguien?

    – No. No porque así es la vida económica. Si pasa, es porque uno cometió un error de apreciación, no se ejercieron los controles, no se planificó adecuadamente. No es como en una relación de amor, en la que, de golpe, alguien lo engañó; estas cosas nunca andan mal de golpe.

    – ¿Cómo se rehizo de ese mal trago, tan jovencito? De esa falta de seguridad bajo los pies que a uno le debe dar?

    – Tuve suerte. Y muchas ganas de demostrar que yo podía, que nunca me volvería a pasar nada igual.

    – ¿Lloró?

    – No. No.

    – ¿Ni de bronca llora Zorraquín?

    – No. De bronca no. De emoción, de emoción se llora.

    – ¿Qué le gusta comer?

    – Poco.

    – ¿Tomar?

    – Nada. Fumar tampoco. Porque he comido mucho, he bebido bien y he fumado muy bien. He probado todo. Droga no, y homosexualismo tampoco. De lo demás todo. Dejé el cigarrillo, las bebidas… muy aburrido, ¿no?

    – ¿Cómo ve la Argentina de sus nietos?

    – Muy bien. Me parece que estamos encaminados a pensar en un sentido realista de la vida, en el que nos tenemos que valer de nuestras propias fuerzas. Vivir demanda esfuerzo y riesgo. Estamos bien equipados como país: estar alejados del mundo tiene desventajas económicas… pero también tiene

    virtudes. En un mundo superpoblado significa estar menos contaminados, tener menos problemas ambientales, ser un país que ejerza atractivos, como hace un siglo. Un país que tiene un proyecto que no lo piensan únicamente los que están arriba, sino en el que trabajan todos. Tenemos millones de problemas por delante. Pero eso es lo lindo. Nos guste o no, los problemas están. Lo mejor que

    podemos hacer es trabajar para resolverlos.