jueves, 28 de mayo de 2026

    Hacia la argentina competitiva

    La globalización de la economía es una perspectiva que aparece cada vez con más nitidez en el horizonte económico mundial. En consecuencia, el éxito o fracaso de la competencia entre naciones o entre sus empresas será el factor determinante del nivel de vida futuro de cada pueblo. De allí la importancia decisiva que adquiere la competitividad de una nación.

    La competitividad es un concepto total, holístico, que involucra los aspectos estrictamente económicos, como los tradicionalmente aludidos bajo el concepto de “costo argentino”. El grado de competitividad se manifiesta en todo el comportamiento social, desde el educacional hasta la infraestructura de servicios públicos, desde la creatividad de las empresas hasta la legislación laboral.

    Hasta hace relativamente poco, se pensaba que la competitividad de una nación radicaba en la disponibilidad de recursos naturales que le generaran ventajas comparativas. La evidencia empírica demostró que los países que más se desarrollaron en las últimas décadas comparten la escasez de

    recursos naturales, y que los Estados Unidos, que los reúne en abundancia, están perdiendo competitividad.

    Tampoco el bajo costo de la mano de obra parece ser decisivo. Nunca la penetración japonesa en Estados Unidos fue tan exitosa como ahora, cuando sus salarios son sustancialmente más altos que hace algunos años.

    Las economías de escala derivadas de un amplio mercado interno tampoco parecen ser factor necesario. Las observaciones hechas sobre la historia económica reciente de Suiza, Suecia, Dinamarca, Corea del Sur, Taiwan, quitan solidez al argumento.

    El informe de la comisión creada por el presidente Ronald Reagan para analizar la competitividad industrial de los Estados Unidos sostenía, en 1984, que el rol de los gobiernos en la competitividad internacional ha cambiado.

    En la misma época, y refiriéndose a los países que más han crecido después de la anteúltima guerra, se sostenía que la competitividad depende de la existencia de estrategias nacionales coherentes e integrales encaminadas a ese fin. Se ponía también especial acento en las características del sistema institucional vigente. Se insinuaba, en definitiva, que las ventajas competitivas no se heredan, se crean.

    En esta línea, una muy difundida investigación sobre la competitividad en países desarrollados efectuada más recientemente, subraya la importancia de la capacidad de las empresas para innovar.

    Define el papel básico del Estado como el de creador de un ambiente de agresiva competencia entre las empresas, originando polos de competitividad, y el de suministrador de la infraestructura.

    Hay también algunas afirmaciones interesantes referidas a los países en vías de desarrollo. El principal problema que tienen, según ellas, es quitarse el chaleco de fuerza que les han impuesto sus ventajas comparativas tradicionales.

    El caso argentino, en términos de competitividad, es grave. Todos los índices denuncian una pérdida progresiva de competitividad en las últimas décadas. Si es cierto que es posible crear ventajas competitivas, es también claro que es posible crear desventajas competitivas que neutralicen la potencialidad de una nación.

    Una mirada al funcionamiento de nuestras instituciones y al sector público nos llevaría a pensar que el caso argentino está explicado mejor por quienes le atribuyen al sistema institucional un peso decisivo en las cuestiones de competitividad. De aquí la importancia de la reforma del Estado, que no implica solamente atenuar su peso sobre el sistema económico, sino también dotar a nuestras instituciones de capacidad para generar un ambiente apropiado para el desarrollo de empresas competitivas. El Estado no puede crear competitividad, sólo las empresas pueden hacerlo, pero un Estado ineficiente puede impedirla o esterilizarla.

    El principal factor de competitividad es hoy la innovación y ella depende de la calidad de los recursos humanos. La misma investigación permite inferir que, paradojalmente, la principal ventaja competitiva de Japón fue no haber tenido ventajas comparativas, pues así tuvo que desarrollar sus recursos humanos.

    Lamentablemente, el desarrollo de nuestros recursos humanos para el siglo XXI enfrenta un sistema educativo público proyectado hace un siglo atrás, con una aterradora limitación presupuestaria, con alumnos sin salida laboral en el país y con educadores en conflicto permanente.

    Convertir a la Argentina en una nación competitiva implica un esfuerzo de toda la sociedad. Para convocarla con convicción es indispensable tener presente que este es el camino que han recorrido los países con mejores niveles de vida, y que los cambios en la cultura económica de los argentinos le dan viabilidad al proceso.

    Se trata, entonces, de que los dirigentes políticos, económicos y sociales estemos a la altura de las circunstancias y comprendamos lo que ocurre en el mundo, y que advirtamos que una economía moderna no es tal si no es competitiva.