jueves, 2 de abril de 2026

    El fútbol, un negocio muy especial

    El éxito deportivo y económico obtenido por Boca Juniors en sólo seis meses, explotado y extendido hasta el límite por los medios masivos de comunicación, alcanzó a todos aquellos que lograron treparse al tren demorado diez años en la vía y estimuló la fiebre de los cazafortunas. Pero cuidado: un cursillo acelerado no basta para descubrir de inmediato cuál es “el negocio del fútbol”. Para el caso sería como entrar en el “maravilloso” mundo del campo por la puerta de una estancia que ha tenido una buena cosecha y vendió su ganado en el momento oportuno.

    Nadie quisiera hoy pararse sobre las piernas del notable jugador inglés Paul Gascoigne, que iba a recibir US$ 4 millones limpios por su pase del Tottenham al Lazio, de Italia, y se rompió los ligamentos sólo una semana antes de firmar el contrato. Ahora, hoy, no podría pedir ni US$ 4.000 de sueldo hasta que se sepa cómo quedará de la lesión.

    Pero a quién, por ejemplo, no le gustaría ser hoy el presidente de una empresa como Boca Ju niors, que facturó casi US$ 7 millones por la recaudación de los 32 partidos que disputó entre enero y junio. Cantidad a la que debe sumarse lo que recibe por la venta o el alquiler de espacios publicitarios en su estadio, en la camiseta y hasta en los botines de sus jugadores. Sin embargo, los candidatos al puesto tendrían que consultar antes al actual titular del club, don Antonio Alegre, que tras el festejo y la liquidación de premios, gastos y el pago de algunas deudas muy atrasadas, tal vez no pueda cobrarse tampoco este año ni siquiera una parte de los US$ 800.000 que Boca le debe a él, sin valorar el costo de su tiempo y de los problemas de salud que le contagia el club.

    La trama es más compleja de lo que aparenta y, al parecer, los únicos que de verdad se salvan -además de un grupo elegido de protagonistas- son los que no juegan, ni gritan, ni se apasionan, ni sienten, ni nada. Ellos, que se llaman a sí mismos “empresarios”, son en realidad meros especuladores o intermediarios de esfuerzos ajenos. En la economía del fútbol ocupan el rol de sus pares en la vida cotidiana. Una relación que, como se verá, no parece nada casual. La perversión del sistema creó la necesidad, y allí estaban ellos para satisfacerla. Para los que creen que se trata de un problema particular de los clubes llamados “grandes”, los formadores de precios, los oligopólicos

    reunidos ahora en la embrionaria “Liga Profesional” que aspira a integrarse en el Mercosur, la realidad ha escrito en estos últimos diez años esta brutal fábula con moraleja y todo.

    DOS HISTORIAS.

    En diez años, sólo diez, el Argentinos Juniors que en 1981 tenía entre sus bienes el diamante Diego Maradona, por quien recibió US$ 6 millones, y vendió luego la esmeralda Claudio Borghi y más tarde a Dertycia, Pasculli, Néstor Lorenzo y Hugo Maradona, entre otros, hasta agotar la cantera y recibir a cambio US$ 15 millones; ese Argentinos Juniors debe hoy US$ 1 millón y no los puede pagar ni en cuotas a largo plazo. Ese, el mismo Argentinos Juniors que, además, fue campeón argentino en 1984 y de América, ganó la Copa Interamericana y recaudó cifras superiores a las que podía gastar.

    A la vez, aquel Boca que en 1981 salía campeón con Maradona en el equipo, batía también sus records de dinero y participaba como socio minoritario en la venta del jugador al Barcelona de España, fue intervenido por el gobierno en 1984 y convocó a sus acreedores para financiar los pagos de una deuda estimada en US$ 4 milones.

    En estos diez años no volvió a ganar un título, no vendió jugadores en sumas importantes y desde entonces se vio obligado a “alquilar”, a los supuestos empresarios o intermediarios, el color de su camiseta para vestir a las figuras indispensables con las que podía mantener la atracción del público.

    Ese Boca de equipos prestados es el que llegó arrastrándose hasta enero de 1991, cuando el tren arrancó como si lo hubiera tocado un rayo en medio de la más negra y cerrada tormenta.

    Ahora ese Boca, con dinero fresco, más lo que recibe por la venta de la Ciudad Deportiva -una obra paralizada en la mitad del proyecto, pero sobre la que obtuvo la prioridad definitiva del terreno- y lo que le toque en la transferencia de dos o tres jugadores, seguramente será el nuevo rico de la villa miseria.

    Las dos historias, así contadas -de un modo obviamente deliberado-, encubren ciertas claves del negocio y un par de datos que serán revelados al final, como si se tratara de los “asesinos” en una película de suspenso. ¿Pero cómo explicar esos misterios? ¿Qué clase de negocio es éste en el que una pelota que pega en el poste y sale o entra y se convierte en el gol decisivo puede consolidar o licuar una fortuna? Tiene algo de ruleta, pero también de City porteña; es una lotería o una bolsa de acciones, según la teoría económica que se elija. No hay razón ni tampoco sentimiento que logre descubrir todas las claves. Siempre, como en la vida cotidiana, alguien se escapa de las reglas. Un hincha que arroja una bomba de estruendo y obliga a suspender el partido, que dan por perdido a su equipo; el dirigente que se queda con la “comisión” en una transferencia o el que gasta sin control el dinero ajeno, el del club.

    Asociar los supuestos mundos separados, el del fútbol y el de los negocios serios o, directamente, leer la realidad política y económica del país a la luz de lo que ocurre en el fútbol, no es sólo un pasatiempo intelectual. Hay “indicios vehementes”, como diría un juez de primera instancia, para probar la vinculación directa. En distintos pasajes de la historia, el fenómeno del fútbol contiene y expresa los síntomas sociales de su tiempo.

    En un “resumen Lerú” para iniciados, podría redactarse esta breve síntesis: El fútbol, que se convierte en una actividad profesional precisamente en 1931, toca, como el resto de la sociedad, una de sus cumbres de bienestar en la segunda mitad de la década del cuarenta. Pero es también el fútbol el que avisa, con la recordada huelga de 1948, que algo no funciona bien dentro de ese sistema cerrado. Un golpe de Estado, la autodenominada “revolución libertadora”, acaba con el segundo gobierno constitucional de Perón, y el célebre fútbol argentino se desvanece de un cachetazo tres años más tarde. La selección argentina es eliminada del campeonato mundial de Suecia por Checoslovaquia, que la derrota 6-1. Ese otro golpe, incorporado a la memoria colectiva como “el desastre de Suecia”, desata una crisis de identidad que aún no ha sido resuelta.

    FUTBOL ESPECTACULO.

    El desconcierto de los dirigentes de entonces los llevó a contratar a jugadores extranjeros para montar lo que bautizaron como “fútbol espectáculo”. El público parecía resignado a aceptar que españoles, brasileños, peruanos y uruguayos eran mejores que cualquier argentino. En 1962, bajo la conducción de un extraño entrenador argentino importado de Italia, el legendario Juan Carlos “Toto” Lorenzo, introductor de la táctica “del huevo y la media rosca”, Argentina fracasa nuevamente en el campeonato mundial que se disputa en Chile. Entre 1965 y 1967, cuando se prepara en La Plata el “revolucionario” equipo de Estudiantes que dirigió Osvaldo Zubeldía, brota la guerrilla en Tucumán. Bajo la dictadura del general “Onganía, la selección argentina llega a las semifinales en el campeonato mundial que se juega en Inglaterra, y todo el país se siente orgulloso de sus “campeones morales” que humillaron a la reina.

    El fenómeno guerrillero de Estudiantes, un equipo capaz de todas las buenas y las malas artes del fútbol, experto en transgredir y forzar los reglamentos, culmina entre 1969 y 1970, cuando protagoniza un violento partido frente al Milan, en la cancha de Boca, y Onganía ordena la prisión de tres de sus jugadores. Por entonces, la violencia estalla en todo el país. Onganía, Levingston, Lanusse y el regreso de Perón. La acelerada transición parece concluir en 1973, con los Montoneros en la Plaza de Mayo. Ese año, bajo la conducción de Menotti, Huracán gana su primer título y, además, se destaca por ser el equipo que recupera la esencia y la tradición del juego argentino. Ese Huracán era también el equipo al que cada domingo alentaba un grupo identificado con la bandera de los Montoneros en la tribuna.

    El relato de la historia podría extenderse así hasta los días que siguen, en un capítulo que explique primero la aparente contradicción de la selección de 1978, que gana el título “dulce” bajo la dictadura de Videla y la conducción de Menotti, y otro que a continuación trate el período de la transición democrática, cuando Argentina, con el pie de Maradona, toca su mejor momento de síntesis ente libertad, organización, creatividad y producción. Pero eso era en 1986 y, a pesar de todo, la crisis seguía sin resolverse. Faltaban aún la llegada de Menem, los indultos, los sucesivos planes de ajuste, el tráfico de drogas, las pruebas que sirven para condenar a Maradona y le hacen cargar con las culpas sociales ajenas porque no siguió convirtiendo esos goles que nos salvaban a todos de la derrota.

    MOVILES Y NEGOCIOS.

    Entretanto, un empresario como Antonio Alegre, que sabe hacer sus buenos y honestos negocios con la empresa de pavimentos, arriesga US$ 800.000 sin garantías para que no se apague una de las pasiones que lo mantienen vivo y sano. Mientras eso ocurre, un oscuro contador público, que esperó pacientemente su oportunidad como vocal de la oposición, llega a presidente de River y el cargo le abre la ventana para saltar de allí a la presidencia del Banco Nación. Cuando Hugo Santilli era presidente, a River se lo reconocía todavía como el club “millonario” del fútbol argentino. Hoy, diez años después, su pasivo es incalculable y los informes más confiables lo estiman por lo menos en US$ 10 millones.

    ¿Pero qué clase de negocio es éste al fin? Depende del beneficio que se quiera obtener. Cada uno, seguramente, podrá ganar lo que deposite. Como en la vida. Antonio Alegre quería ser feliz y lo fue.

    Santilli quería poder y lo tuvo. Otros desean convertir goles y los hacen. Así, hay quien quiere fama o reconocimiento y lo logra. En todo caso, como es habitual, todo debe medirse según la interpretación de las reglas del juego que hace cada uno.

    Para el final quedan dos breves datos que, también en forma deliberada, como se avisó, no fueron incluidos en el relato de las vidas paralelas de Boca y Argentinos Juniors. Cuando Argentinos Juniors vendió a Claudio Borghi al Milan en US$ 2.100.000 brutos, el intermediario Félix Latrónico se quedó con US$ 600.000 de ese total en concepto de “comisión” por su gestión. Hace unos días, cuando Boca vendió a Batistuta en US$ 3.500.000 al Verona, el intermediario Settimio Aloisio retuvo del total US$ 1.500.000 que le correspondían por la copropiedad del pase. Ellos, esos Latrónico, Aloisio

    y otros, son los únicos que nunca pierden el dinero que apuestan. No son más de cincuenta en total los que no se lesionan nunca, no dependen de una elección, de un resultado a favor o en contra, circunstancias que con el tiempo siempre se inclinan en su beneficio porque nada los afecta. Ellos no juegan, ni gritan, ni se apasionan, ni nada. Cobran y se van. Prestan en condiciones de usura y les da igual un cliente que otro. Cobran y se van.

    Carlos Ares.

    COMO GANAR US$ 1 MILLON.

    El de los “intermediarios” en el fútbol no es un oficio nuevo. Tiene más de veinte años de antiguedad. Pero el tránsito que los lleva a reconocerse como “empresarios” es un fenómeno reciente. De intervenir como meros gestores entre clubes vendedores y compradores para ganarse unos pesos de comisión, han pasado a ser los operadores centrales del mercado. La acumulación de capital les permitió en principio convertirse en acreedores privilegiados de clubes que no podían pagar sus deudas tras la sucesión de apuestas por uno u otro jugador que ellos ofrecían. Así, en actitud típica de usureros, pasaron a ser propietarios de bienes, se hicieron de pases, embargaron los ingresos de equipos, negociaron publicidad, colocaron entrenadores y llegaron al punto actual, en el que han formado una superestructura que controla los equipos de fútbol importantes como si los jugadores fueran marionetas.

    Latorre, Batistuta, Graciani, Giunta, Medina Bello, Da Silva, Berti, casi todos ellos son total o parcialmente de personas ajenas a los clubes que representan. El empresario Settimio Aloisio tiene el pase y decide sobre más de 50 jugadores argentinos que, sumados, alcanzan una cotización estimada en US$ 100 millones.

    Aloisio es socio de Antonio Caliendo en la International Public Sport, una empresa que opera en Europa. Con ellos trabajan Alberto Rendo y Roberto Espósito, dos ex jugadores que se encargan de detectar jóvenes “interesantes” para comprarles el pase antes que los clubes les firmen el primer contrato profesional. Los empresarios dicen que invierten en promoción y que, a veces, los jugadores se lesionan o bajan su rendimiento y “pierden” dinero. Además gastan en viajes, grabaciones de video, teléfono y seguros. Claro que de pronto “venden” a Batistuta y les queda de beneficio US$ 1 millón limpios. Eso permite equilibrar las cuentas.