A pesar del título, este artículo no se ocupa de problemas raciales, sino de la política y el papel que pueden jugar los políticos en una sociedad democrática. Si el amable lector tiene la paciencia de llegar hasta el final encontrará la relación entre el “hombre blanco” y la política. Todo comienza con una reflexión: en la Argentina de hoy abundan (por demás) las exhortaciones idealistas y abstractas que, con la mejor de las intenciones, nos invitan a ser solidarios, generosos, pacifistas y a ejercer otras nobles virtudes acerca de las cuales nadie en su sano juicio osaría opinar en contrario. El único inconveniente de estas elevadas apelaciones es su falta de realismo. El hombre concreto y tangible argentino o de donde sea es un ser con dos caras, bueno y malo, pacífico y violento, altruista y egoísta, sensato e irracional, apolíneo y dionisíaco.
La pregunta es por qué no aceptamos esa realidad? y, yendo todavía más lejos, por qué no pensar que esas dos caras, como el Yin y el Yang del taoísmo son, al mismo tiempo, opuestas pero complementarias; contradictorias pero necesarias para conformar la totalidad del ser humano?
Atención, no estamos propiciando la resignación ante el mal ni cosa que se le parezca; sólo decimos que ver la realidad tal como es ayuda a operar frente a situaciones y problemas concretos que preocupan al hombre que camina por la calle.
Desde hace por lo menos cuatro siglos los utopistas vienen creyendo, con conmovedora ingenuidad, en sociedades en las que reina la armonía y no existen conflictos ni discordia. Pero, en el mundo palpable de cada día, ese “hombre blanco”, sin mácula, no existe; lo que tenemos ante nuestra vista es un ser bifronte, especie a la cual pertenecemos todos en este planeta.
Edward De Bono propone la tesis de que la confrontación es un rasgo cultural de Occidente y menciona sociedades orientales, donde habitualmente no se confronta; pero De Bono se refiere específicamente al ámbito de la negociación, y no a la totalidad del comportamiento humano.
Arthur Koestler, mucho más pesimista, cree que el hombre es una criatura genéticamente alterada, en la medida en que su neocórtex, la parte pensante de la mente, se desarrolló con extrema velocidad, por encima de un cerebro primitivo y animal. En su concepción, la parte nueva y la antigua están deficientemente relacionadas y esto lleva inexorablemente al conflicto y, en última instancia, a la autodestrucción.
Si el hombre tiene dos caras y una de ellas lo conduce hacia el entendimiento con sus semejantes, mientras la otra lo lleva hacia la colisión de intereses y de voluntades, forzosamente llegaremos a la conclusión de que no solamente no existe el “hombre blanco” y puro de los utopistas, sino que tampoco sería deseable que existiera. Lo mejor del hombre: su creatividad, su
altruismo, su solidaridad, son atributos posibles gracias a la existencia de sus contrarios. Si miramos tan sólo al siglo XX podemos comprobar cómo hemos vivido 90 años en perpetua discordia: el bolchevismo en el 17, el fascismo en los años ´20, las dos grandes guerras mundiales, la Guerra Fría, Corea, Vietnam, el avance del socialismo, la barbarie nazi, el presente renacimiento capitalista, la crisis del bloque soviético y el así llamado “fin de la historia”, en el que nadie cree, entre otras razones porque basta con encender el televisor para comprobar que algo serio está pasando en Medio Oriente, lo mismo que en Africa, la India o las repúblicas bálticas.
Pero si la confrontación es inevitable, más que pensar en abolirla, como querían los utopistas, habría que imaginar formas de canalizar, de sublimar esa energía. El único camino idóneo para lograr ese objetivo es la política porque, precisamente, su función esencial es articular constructivamente las discrepancias que se generan siempre en toda sociedad.
Esa función articuladora y constructiva es la principal razón de ser de la política y, cuando no se la ejercita, fracasa inevitablemente. En la Argentina tenemos ejemplos abundantes, con sólo repasar las últimas décadas.
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