sábado, 4 de abril de 2026

    El sobregiro ecológico y el tránsito a la sustentabilidad

    LIBRO BLANCO DE LA RSE | Capítulo I

    Por Christian Tiscornia (*)

    Por Christian Tiscornia (*)

    A este problema se lo conoce técnicamente como sobregiro ecológico. Nuestra demanda sobre la naturaleza excede lo que ella nos puede proveer. En términos económicos se podría decir que estamos gastando más de lo que tenemos y generando, como consecuencia, una deuda ecológica.
    La medición de la huella ecológica global nos muestra que solo hasta 1986 la humanidad consumía recursos naturales consistentes con los que el planeta podía producir y generaba desechos de acuerdo a su posibilidad de re-absorción. A partir de ese entonces, la equiparación entre la huella ecológica (la demanda humana sobre los ecosistemas y recursos naturales) y la biocapacidad (capacidad de los ecosistemas de producir materiales biológicos útiles y absorber los materiales de desecho generados por los seres humanos) no se logró más (Global Footprint Network).
    Hoy en día necesitamos el equivalente a entre 1,3 y 1,5 planetas para mantener el estilo de vida y nivel de consumo de un sector de la población mundial, mientras que el resto (más de la mitad) vive en la pobreza.
    Guiados por el afán de aumentar el crecimiento económico de forma continua y a cualquier costo, desconocimos la noción de los límites ecológicos. Al mismo tiempo que la economía mundial presenció una expansión económica extrema (se duplicó en los últimos 25 años), aumentó la desigualdad en los ingresos, la pobreza alcanzó niveles escandalosos y 60% de los ecosistemas mundiales fueron degradados.

    ¿Consumir para vivir o vivir para consumir?
    Cuando el crecimiento económico es la clave para terminar la pobreza y causar felicidad, el consumo se va convirtiendo en el objetivo último de nuestras vidas, y el consumismo un dios al que pareciera no debemos cuestionar. El mensaje que recibimos desde los gobernantes, los medios y las empresas es que el desarrollo depende de nuestra capacidad de compra. El consumo y el crecimiento se transforman en la meta y no en el medio para alcanzar un mundo más justo y ambientalmente viable para todos.
    En nuestro sistema de consumo moderno, 1% más rico del mundo concentra riquezas iguales a 57% más pobre. En Estados Unidos, meca del comprar y tirar, 99% de lo que se compra es basura en menos de seis meses. Las Naciones Unidas reportan que si todos consumiéramos como se consume en la civilizada Dinamarca, hoy necesitaríamos cuatro planetas tierra para responder a semejante demanda. Paradójicamente este sobre exceso de consumo no nos hace mas felices, más bien todo lo contrario. Estudios demuestran que las sociedades más felices no son las que más consumen sino las que invierten sus recursos en el desarrollo de la cultura y la educación.


    Christian Tiscornia

    Sustentabilidad y empresa
    Teniendo en cuenta que la empresa moderna se ha convertido en un actor global muchas veces más poderoso que los Estados (estudios de Institute for Policy Studies plantean que “de las 100 economías más grandes del mundo, 51 lo constituyen empresas transnacionales y solamente 49 son Estados”), y que el mundo atraviesa una profunda crisis ambiental, social y económica, hay preguntas fundamentales que nos debemos formular: ¿Cuál debería ser en esta época el fin último de una empresa? ¿No llegó el momento de redefinir el rol de las empresas en la sociedad y entender que representan una realidad infinitamente más compleja que la de una máquina de producir riquezas para sus accionistas? ¿No debería ser el bienestar de la sociedad y el cuidado del medio ambiente el fin último de cualquier empresa?
    Si en el nuevo paradigma entendemos la generación de riqueza como medio para lograr un mundo sustentable, justo y sobre todo más feliz necesitamos entonces repensar cuáles son las herramientas concretas (organizativas, legales y educacionales entre otras) que nos pueden ayudar en este proceso.
    Para alcanzar la sustentabilidad en la producción y el consumo de bienes y servicios, debemos incentivar el desarrollo de empresas que tengan la responsabilidad social y ambiental en el corazón de su negocio, y que se animen a definir nuevas metas trascendiendo las meramente económicas.
    En este tránsito hacia la sustentabilidad las empresas no pueden estar solas. Se necesita trazar alianzas estratégicas entre organizaciones de la sociedad civil y el sector público para alinear intereses, definir políticas de producción sustentable y encontrar incentivos concretos para reducir la huella ecológica de la producción y el consumo.
    Por más atractiva que parezca la idea, hay que reconocer que la transición hacia una economía sustentable no es sencilla; se requiere la articulación de distintos sectores y ante todo la voluntad política para definir una nueva macroeconomía para la sustentabilidad.
    Respecto del Estado, se requiere cambios en la política fiscal, inversión pública en sectores claves como por ejemplo, las energías renovables, o incentivos concretos para que las propias empresas inviertan en este cambio. Los mecanismos de financiamiento e inversión deben incluir investigación e innovación en tecnología, capacitaciones y desarrollo de nuevas habilidades. La eficiencia energética y el consumo responsable deben también ser incentivados.
    Las empresas de la nueva generación deben maximizar el beneficio para todos aquellos que pueden afectar o son afectados por sus actividades generando de forma simultánea valor económico, social y ambiental.
    En este proceso hacia un nuevo paradigma el rol de la educación es fundamental. Para lograr un cambio profundo de mentalidad necesitamos una educación que nos ayude a ser, a entender nuestro contexto y cambiar. Debemos contribuir a la formación de pensadores sistémicos en el marco del diálogo, de la construcción conjunta y de una educación que se anime a cuestionar la realidad y nos enseñe a ser solidarios.

    Desafíos del nuevo paradigma
    El próximo gran paso en la construcción del nuevo paradigma es redefinir el concepto de progreso. Es virar de un pensamiento lineal, focalizado en el tener y en considerar a la naturaleza como un recurso a explotar, a una visión multidimensional de la existencia que tenga su centro en el ser, y entienda las conexiones de todo y todos con todo.
    Debemos empezar a medir el éxito o el fracaso de las sociedades y sus instituciones no solo por el desarrollo económico sino también por todos aquellos indicadores que promueven el bienestar de las personas; la igualdad, la salud del medio ambiente, el compromiso cívico, el respeto por los derechos laborales, la educación y la felicidad.
    El desafío de nuestra generación ya no es encontrar oportunidades de rentabilidad en el mercado actual, sino crear mercados que sistemáticamente reconozcan y premien prácticas de negocios social y ambientalmente responsables.
    La posibilidad de crear un nuevo sistema que ponga nuestra felicidad y el respeto por la naturaleza en el centro de la escena es una decisión nuestra. Es solo cuestión de resetear el paradigma que nos trajo hasta acá y animarnos a construir uno nuevo.

    (*) Christian Tiscornia es director de la ONG Amartya.

    La vinculación con Telecom

    La ONG Amartya organiza un curso internacional de RSE con sede en la Argentina, en alianza con el Pacto Mundial de Naciones Unidas y la UBA. Desde 2010, dos veces al año, Telecom Argentina participa del programa, como caso de estudio por su gestión en RSE.
    En septiembre de 2011, por cuarto año consecutivo, Telecom Argentina presentó su Reporte de RSE. La principal novedad es que la empresa viene evolucionando en su estrategia de RSE, hacia una gestión orientada a la sustentabilidad.
    “Seguimos trabajando para alcanzar una gestión amigable con el medio ambiente, con prácticas como el acuerdo con la Federación Argentina de Municipios para la instalación de antenas móviles; el reciclado de baterías móviles en desuso; el uso eficiente de la energía eléctrica; la sustentabilidad en nuestros edificios; el fomento de la diversidad y la inclusión; la conciliación de la vida laboral y personal de nuestros colaboradores; y la medición de huella de carbono en algunos procesos de la compañía. De esta manera, vamos internalizando un enfoque de gestión sustentable que beneficia a la organización y al entorno en su conjunto”, indica Enrique Garrido, presidente de Telecom Argentina.
    La estrategia de Telecom en cuanto al desarrollo sustentable está evolucionando hacia una gestión con planes y procesos que contemplen las oportunidades y los riesgos de tipo económico, social y ambiental.
    Mariano Cornejo, director de Comunicación y Medios, área responsable de la publicación del reporte, resalta: “Construimos nuestro modelo de RSE con el aporte de todas las áreas internas de la organización, con alto impacto para la gestión del negocio. En este reporte destacamos el aprendizaje que nos brindó la verificación del informe por parte de auditores externos, quienes nos ayudan a consolidar la gestión de la RSE. Hemos cumplido el desafío de lograr un nivel de aplicación C+ y aspiramos a seguir evolucionando en beneficio de la empresa, su gente y la sociedad en general”.
    Cynthia Giolito, gerente de RSE, destacó que este año, la compañía aumentó la cantidad y profundidad de contenidos relativos a su desempeño responsable y alcanzó 77% de los indicadores de la guía de referencia del Global Reporting Initiative (GRI), metodología mundialmente aceptada para calificar la gestión social y ambiental de las organizaciones. Para 2011, ya se está trabajando para alcanzar un nivel superior de calificación GRI.

     

    Procesos y creación de valor sustentable

    Por Daniel Cabrera (*)

    Si bien hoy vemos en las empresas un gran interés por publicar reportes de RSE, a medida que la sustentabilidad madura como disciplina en el mundo de los negocios, surge la necesidad de dar discusión sobre los contenidos. De poco sirve un reporte visualmente atractivo, incluso uno que cumpla con las normas GRI, si no tiene contenidos válidos para los stakeholders.
    Tanto en nuestra tarea de asesorar en estrategias de RSE, como al evaluar un reporte desde la mirada externa, creemos que el verdadero valor no pasa por aspectos de “compliance” basados en cumplir con un modelo de reporte, sino más bien por identificar procesos de gestión apropiados para los asuntos ambientales, económicos y sociales que son relevantes para los públicos de interés. Eso es lo que conocemos como creación de valor sustentable.
    Un excelente reporte en el plano comunicacional puede resultar de muy bajo impacto si se pierde de vista que es más importante el proceso que el reporte. Hoy encontramos muchos reportes donde una empresa le dice a la sociedad lo que ha hecho (generalmente lo que ha hecho bien) de manera unilateral. Cuando esto sucede, nada asegura que las partes interesadas recibirán conformes este relato.
    En este sentido, resulta mucho más efectivo desarrollar estrategias en función de cómo los stakeholders ven a la empresa y así lograr un impacto real en términos de resultados reales y tangibles.
    En la Argentina existen diversas iniciativas locales, pero desde nuestra óptica, el rumbo está definido por las de orden global. Por más que las iniciativas locales se desplieguen a gran velocidad con indicadores o modelos regulados, en el largo plazo la integración global de la región llevará a la adaptación de estándares globales.
    Es por ello que la estrategia local de Crowe Horwath involucra alianzas estratégicas para educación en las iniciativas globales como GRI u otras iniciativas relacionadas con emisiones de carbono, para permitir a las empresas dialogar en el verdadero estado del arte global.

    (*) Daniel Cabrera es el socio a cargo del área de Sustentabilidad de Crowe Horwath.