Opinión |

John Maynard Keynes
La pretensión de imaginar el futuro probable o posible es una tentación irresistible para pensadores, académicos, ensayistas y también periodistas (Mercado tampoco se excluye de esta manía). Sea por darle alguna certidumbre al porvenir, sea porque el presente es difícil de descifrar, los pronósticos abundan, especialmente en esta época de comienzos de año. Algunos, los menos, resultan al final acertados. La inmensa mayoría, equivocados. Afortunadamente, la fragilidad de la memoria ayuda a disimular esa pobre actuación.
La cuestión es si el ejercicio tiene alguna utilidad, o solamente proporciona un placer de lectura (y de escritura) con independencia de su grado de acierto. En lugar de avizorar lo que puede traernos 2009, hagamos un esfuerzo por situarnos a finales de 2007 o en los primeros días de 2008.
¿Quién hubiera pronosticado entonces que el orgulloso Gobierno de los Kirchner tendría su primera y grave derrota después de cinco meses de enfrentamiento con el campo por las retenciones rurales? ¿O que después de un primer semestre donde el precio de los productos básicos que exportamos llegó a límites nunca superados, los valores colapsarían en el segundo, llegando a finales de año a niveles de subsuelo?
Un barril de petróleo que tocó los US$ 140, se derrumbó hasta a menos de US$ 40. La soja perdió la mitad de su valor en cuestión de meses. ¿Alguien se hubiera atrevido a pronosticar en esas fechas la caída de los grandes bancos de inversión estadounidenses –quebrados o absorbidos–; que las tasas de interés globales estarían en torno a cero; o que el resurgimiento keynesiano bendeciría la inyección masiva de fondos por parte de los Gobiernos, en un festival de intervención estatal en todo el planeta?
Solamente Nouriel Roubini y algunos pocos más, que nunca gozaron de buena prensa. Lo cierto es que si uno recorre el archivo de los medios de comunicación, se advierte un primer semestre dominado por precios de las materias primas en la estratosfera, por bancos centrales luchando a brazo partido contra el flagelo de la inflación, con creciente temor por menor ritmo de crecimiento en las economías centrales y con los mercados emergentes reafirmando la teoría del “desacople”, es decir “lo que les pasa a ellos no nos afectará a nosotros” (¿suena familiar?).
En cambio, en el segundo semestre el fantasma de Malthus dejó lugar al renacimiento de Keynes. Los Gobiernos de los países centrales dejaron de hablar de los “fundamentals” e inyectaron fondos que triplicaron el déficit de Estados Unidos y de varios países europeos. Se dejó de hablar del peligro de Hugo Chávez o de Vladimir Putin; nadie se rasgó las vestiduras por la aparente estatización de la banca y de varios sectores industriales en apuros en las grandes economías. Hasta China, el largo milagro económico, debió admitir que el crecimiento económico sería menor y que no lograba escapar –como tampoco India y el resto de Asia– al contagioso virus occidental.
De pronto, los bancos centrales –y las inefables calificadoras de riesgo– se olvidaron de la inflación y comenzaron a marcar los peligros de la recesión y la depresión. Lo curioso no es únicamente el violento cambio de fortuna en tan pocos meses. Lo es la escuálida explicación de lo que ocurría. Los conformistas de ayer se convirtieron en súbitos profetas del Apocalipsis. Los poquísimos que en verdad habían acertado se volvieron todavía más prudentes.
Nunca como hasta ahora habíamos tenido la dimensión exacta de lo que significa la globalidad. Y de cómo enfrentar una crisis financiera planetaria. El mercado no pudo salvar a los bancos y los Estados debieron acudir al rescate. Los organismos reguladores debieron admitir que hay un sistema financiero paralelo, no regulado, y ahora miran ansiosos a los hedge funds, derivados financieros y todos los productos de la arquitectura especulativa cuyo tamaño exacto se desconoce. Puede que la tradicional hegemonía de los países centrales se esté fracturando. Pero todavía no tenemos idea cierta de lo que surgirá en su reemplazo.
¿Y por casa cómo andamos? ¿Qué dijo en tanto Mercado? Muy poco, es cierto. Pero al menos podemos rescatar estos párrafos de la edición de diciembre de 2007:
“Algunos analistas estadounidenses coinciden en que es la crisis más grave de los últimos 50 años. Más moderado, Martín Redrado, presidente del Banco Central argentino, advierte que es la más profunda de la última década y que continuará todavía por un buen tiempo, impulsada por la situación de las hipotecas en ese país”.
”Ahora es que se aprecian con mayor claridad las turbulencias causadas por la crisis subprime de los últimos meses. El monto del desastre asciende a US$ 900.000 millones (casi cuatro veces el PBI argentino). Pero eso no es todo: el temor es que la crisis se extienda ahora a las tarjetas de crédito (para pagar cuotas de hipotecas y además por un hiperconsumo fogoneado, la gente se endeudó en exceso). El total acumulado de la deuda pendiente en plásticos es de US$ 915.000 millones, algo más que la estimada para la de hipotecas”.
”Todo indica que hay gran responsabilidad de buena parte del sistema financiero, que hasta bien declarada la crisis siguió comprando deuda securitizada con deuda subprime, proceso que provocó ingentes pérdidas en los balances trimestrales de los bancos. Y de paso, escandalosos despidos en la cúpula de muchas organizaciones (aunque siempre con jugosas indemnizaciones)”.
Entonces, ¿qué se puede pronosticar para 2009, sin caer en los excesos denostados?
Para empezar hay que distinguir entre los que sí acertaron y los que no. Entre los primeros, el caso más notable es el del economista de origen turco Nouriel Roubini, profesor de la Universidad de Nueva York.
Hace años que viene pronosticando con absoluta precisión lo que está pasando en estos momentos, de modo que merece un crédito.
La gran mayoría de los opinantes eran los que creían que, o no habría crisis, o que sería de corto tiempo y de reducido impacto. Casi todos ellos sostienen ahora que todas las medidas asumidas por los Gobiernos permitirán superar la instancia.
No es precisamente la idea de Roubini. A su juicio, las burbujas –es decir, que habrá más de una– serán evidentes en 2009.
La mayoría sostiene que los activos financieros cayeron tan bajo, que ya tocaron fondo. Roubini cree que seguirán bajando. Que las ganancias corporativas caerán a niveles sin precedentes; que el mundo financiero estará todavía peor antes de mejorar; especialmente si el derrumbe de los hedge funds obliga a vender los títulos a cualquier precio, provocando una cascada de colapsos.
Su pronóstico es definitivo: en Estados Unidos será la peor recesión en muchas décadas y durará al menos dos años completos. Si es que no pasa lo mismo que en Japón, donde el estancamiento duró toda la década del 90. A su juicio, la recesión será mundial, tanto en las economías centrales como en los países emergentes. La recuperación será lenta y anémica.
Si bien el récord de aciertos de Roubini es impresionante, ojalá que esta vez esté equivocado.
Los grandes villanos: derivados y hedge funds
Todo el mundo sabía de ese sistema financiero paralelo y no controlado, que ahora se denuncia. Incluso el inefable Alan Greenspan, quien creía que el mercado financiero era capaz de autorregularse.
El caso es que los “seguros sobre créditos incobrables” (SCI) que hasta hace unos meses eran la maravilla de las finanzas modernas, ahora son señalados como los grandes culpables. Es preciso hacer algunas precisiones.
Estos famosos productos financieros derivados permiten a quien los vende tomar nuevos créditos y a quien los compra asegurarse contra empresas o Gobiernos que están teniendo dificultades para honrar sus deudas. El valor especulativo de los SCI impagos pasó, de casi cero hace 10 años a US$ 62 billones (millón de millones) a finales de 2007, aunque cayó a US$ 55 billones en la primera mitad de 2008 y viene bajando desde entonces.
Desde septiembre pasado, una ola de grandes quebrantos en todo tipo de entidades financieras puso en serios aprietos al mercado de los SCI, pues se los sospecha al menos en gran parte responsables de las salvajes fluctuaciones en los papeles financieros. La caída en septiembre de Lehman Brothers mostró que el mayor riesgo sistémico que plantean los SCI no está en las grandes pérdidas sobre deudas anteriores sino en la desaparición de una gran entidad financiera. El shock provocado por el colapso de Lehman Brothers generó una onda expansiva que fue mucho más allá de los productos derivados. Casi tan traumático fue el rescate de American International Group (AIG), una inmensa aseguradora que había vendido protección crediticia sobre unos US$ 440.000 millones de paquetes que incluían hipotecas y deuda corporativa, conocidos como “obligaciones de deuda colateralizada” (ODC).

Alan Greenspan
Ilustración: Agustín Gomila
Los errores con los CSI provocan gran angustia. Primero, por el riesgo que se corre si la contraparte no puede cumplir con sus obligaciones. Pero en especial porque los swaps pueden usarse para esconder el riesgo crediticio de los mercados, dado que las posiciones no tienen que explicarse en los balances. En suma, facilitan notablemente la concentración del riesgo.
La verdadera causa de la crisis pueden ser los malos préstamos hipotecarios, no los derivados: las operaciones de pases de hipotecas subprime (malas) se hicieron inestables porque los préstamos mismos eran tramposos.
Algunos temen que todavía falte lo peor. Si se desplomara algún otro gran protagonista del mercado, se produciría una corrida para reemplazar activos a casi cualquier costo.
En tanto, el negocio de los fondos de cobertura (hedge funds), que gozó de rápido crecimiento en los primeros años del siglo, está desapareciendo. La crisis no llegó enseguida hasta ellos, pero ahora las instituciones que los manejan están sufriendo como nadie.
Los fondos, que invirtieron fuerte en activos ilíquidos en los últimos meses, han perdido dinero a raudales. Eso hace que los inversionistas, que siempre temen el caos, estén retirando su dinero como nunca antes lo habían hecho.
Morgan Stanley estima que los activos de estos fondos podrían caer hasta 45% entre junio pasado y este mes de enero de 2009. Según otros cálculos, el negocio perderá un billón en activos (su pico, a principios de 2007, fue de 2,2 billones). Una parte será lo que logren retirar los inversionistas pero mucho se habrá perdido.
Nunca hubo antes una crisis tan profunda en esta actividad. El índice compuesto Hedge Fund Research muestra que los fondos ganaron dinero todos los años desde 1990 exceptuando una caída de 1,5% en 2002. Sin embargo en lo que va de este año, el índice cayó 16,4%.

