lunes, 6 de abril de 2026

    ¿Google dobla la apuesta?

    Ideas y debates |

     

    Cuando Google anunció el 1° de septiembre que sacaba su propio navegador web, muchos en el medio pensaron que volvía la guerra de los navegadores, como aquella emblemática entre Netscape y Microsoft. El mismo Sergey Brin, cofundador de Google, dijo al anunciar Chrome: “lo que queremos es un ecosistema diverso y vibrante”. “Queremos varios navegadores que den opciones sustanciales y viables”.
    Los observadores del negocio, sin embargo, aconsejan no creerle ni por un segundo. La primera versión de Chrome es aparentemente un navegador más que corre con Windows, pero si se analizan con más detenimiento sus características y diseño de base se infiere un objetivo mucho más amplio y ambicioso que consistiría no sólo acaparar 75% del mercado que hoy tiene el Explorer sino el dominio mismo de Windows en el campo del “desktop”.
    Chrome viene sin los atractivos botones y barras de herramientas de los otros navegadores. Sólo trae una caja para introducir allí sea un término de búsqueda o una URL. Pero este minimalismo no es simplemente estético; Google reconoce que las páginas web se han vuelto mucho más complejas que antes. Casi todas las páginas que vemos son un programa en sí mismas. Más que un conjunto de textos, imágenes e instrucciones de formato, una página de Facebook, o de Google Maps o de cualquier sitio de compras que permita a un ejecutivo rastrear los contactos de sus clientes, son páginas llenas de códigos de software. Chrome, admiten voceros de la compañía, cree que su tarea es correr esos programas con eficiencia y confiabilidad.
    Es evidente que los responsables de los otros navegadores también advierten este cambio. Tanto el Explorer 8 (que ya se puede bajar de la Web) como el Firefox de Mozilla traen muchas mejoras en seguridad y estabilidad. Pero piensan en esas características como agregados a las páginas web, lo cual refleja una idea un tanto anticuada de la función de un navegador.
    Google toma un camino diferente cuando redefine la función misma del navegador. No perdió tiempo ni esfuerzo imitando lo que tradicionalmente consideramos el corazón de un navegador, o sea, el motor que trae páginas a la pantalla, que les da su apariencia visible a partir de textos, imágenes e instrucciones provistas por servidores web. Google, en cambio, simplemente adaptó el moto-navegador de fuente abierta Webkit que usa Safari.
    La gran diferencia está en el Task Manager (administrador de tareas), escondido dentro del menú “Developer”. Allí se ve cuáles son las prioridades de Google. Al hacer clic en el Task Manager, se abre una ventana que enumera todas las páginas que uno ha abierto y cuánta memoria y tiempo de procesamiento está usando. Hasta hay un botón que se llama “End Process” (terminar el proceso), que obliga a cerrarse a una página que no está abriendo bien, algo que no se puede hacer con el Internet Explorer o con el Firefox sin cerrar el navegador y todas las otras aplicaciones web.

    ¿Navegador o sistema operativo?
    Ésa es una función típica de los sistemas operativos, como Windows o Mac OSX. Entonces, lo que hace Chrome es ofrecer muchas de las características típicas de un sistema operativo: carga aplicaciones web, maneja memoria y uso de procesador e impide que interfieran entre sí. ¿Qué se puede inferir entonces de las intenciones de Google al sacar su navegador? Que se propone superar los actuales sistemas operativos y, en consecuencia, hacerles perder relevancia.
    Chrome no va a mandar al tacho de la basura al Explorer o al Firefox y mucho menos al Windows. Al menos por ahora. Todos ellos han ido gradualmente mejorándose y el actual Internet Explorer 8 marca un avance importante en cuanto a proteger usuarios de sitios maliciosos. Pero sin lugar a dudas ha introducido una cuña que seguramente va a sacudir a todo el negocio.

    Tres imperios en liza

    ¿Cómo podría Estados Unidos seguir compitiendo con la Unión Europea –hoy el mayor producto bruto del mundo– y con China? El joven analista geopolítico Parag Khanna cree que la clave reside en el patio trasero.
    Luego de recorrer más de 100 países en pos de inicios sobre el futuro, Khanna ha publicado The Second World: Empires and Influence in a New World Order (Random House).
    El autor sostiene que la puja por influencia económica y política en más o menos el primer cuarto de siglo enfrentará a tres jugadores (UE, EE.UU., China) en un campo que él define como “segundo mundo”, sin nexos con el viejo esquema de primero, segundo y tercero. Ello involucra cinco regiones principales: Asia meridional y oriental, salvo China (Khanna no se detiene en Japón ni Rusia), Asia central, Levante, Europa sudoriental y Latinoamérica/Caribe (África subsahariana no se menciona). Ese conjunto de Estados deberá buscar alianzas con uno o más “imperios” para desarrollarse plenamente.
    La influencia sobre ese “segundo mundo” se basará no en fuerza militar sino más bien en una mezcla amplia de variables: productividad, porciones del mercado global, innovación tecnológica, recursos naturales y población. Además, pesarán intangibles como voluntad nacional y habilidades diplomáticas.

    Modelos de poder
    Según Khanna, este tipo de imperios esgrime el poder de maneras muy distintas. Estados Unidos sigue aferrado al “modelo de coaliciones”, en pos de acuerdos tema por tema (contraterrorismo, apertura de mercados). Por su parte, la UE prefiere un “modelo de consensos”, aprovechando su enorme mercado, su pluralismo y sus atractivas políticas socioeconómicas –menos ligadas al sector privado– para captar socios y aliados.
    Finalmente, China tiene un “modelo consultivo” flexible, que depende del interés de otros países en tratar con Beijing por sus ventajas comerciales o económicas. Este modelo echa a un lado temas tan controvertidos –en Occidente– como derechos civiles, ecología o transparencia de los gobiernos (o sea, corrupción).
    Para Khanna y su New American Foundation, esas variables serán de peculiar relevancia para EE.UU., si alguna vez resuelve adaptar el modelo de coaliciones a un mundo en transformación. ¿Podrá o querrá Washington superar sus tendencias a privilegiar sus intereses en materia diplomática o económica, aunque suelan dificultarle hacer amigos en el mundo? En otras palabras, ¿debiera el país seguir atando sus políticas exteriores a sus empresas en un marco global más competitivo? Estas cuestiones fueron abordadas por Khanna en una conversación con strategy+business, la publicación de la consultora internacional Booz & Co.
    Desde su perspectiva, cada uno de los tres “imperios” tiene su esfera geográfica natural de influencia. La UE extiende su órbita a Europa sudoriental, el Cáucaso y África septentrional. China pone la mira en Siberia oriental y el sudeste asiático. Por lo mismo, EE.UU. debería crear una especie de tratado multilateral de libre comercio, ampliado a la región latinoamericana. Ello permitiría optimizar recursos del hemisferio occidental, como los combustibles canadienses, el sector privado y el potencial latinoamericano. En particular, de países amigos de Washington. Esto significa un proyecto geopolítico cifrado en un hemisferio estable y pro estadounidense.
    En verdad, el futuro mundial cambiará si cambian las políticas estadounidenses en este hemisferio. Si el Gobierno de turno encarara los problemas con Venezuela, si las reservas petroleras brasileñas fuesen como se supone y los hidrocarburos canadienses se explotaran a costos razonables, EE.UU. ni siquiera precisaría extender sus intereses en el resto del mundo, preocuparse con China, Levante o los europeos. La respuesta reside en el propio patio trasero.