Por Fabio Quetglas

Hubo un tiempo en el cual el propietario o arrendatario de un campo (productor agropecuario), trabajaba una parcela “razonable” –la unidad económica para su zona, producto y evolución tecnológica– y sembraba con cuidado y diligencia en la época correspondiente al cultivo seleccionado, se encomendaba a la buena fortuna para que lo ayudara con el clima, y a la cosecha recogía el fruto de sus esfuerzos combinado con factores inmanejables por él (clima, precios, e incluso avatares logísticos).
Aunque la tarea rural despierta en las ciudades una imagen bucólica, la historia real se escribe con éxitos, fracasos, sufrimientos, privaciones y aunque cueste comprenderlo un alto estrés de aquellos (la mayoría), que aun teniendo un capital significativo1 y capacidad de llevar adelante su negocio, carecen de otros elementos claves en toda operación económica: capacidad de negociación con compradores y proveedores, información de contexto, asistencia técnica adecuada.
La aparición de los pools de siembra no son sólo la consecuencia de una revolución tecnológica y social ocurrida en el campo argentino, sino también la respuesta a muchos años de políticas públicas que han –al menos– soslayado las condiciones de evolución de la actividad agropecuaria.
Un pool de siembra es un modelo organizacional flexible que convoca a inversores diversos a aportar capital con la finalidad de llevar adelante en muchos terrenos un conjunto de explotaciones cuya combinación se presenta como más favorable en la temporada en cuestión.
El proceso de expansión
La expansión de los pools en la Argentina (que es el reflejo organizacional de la atracción que el campo argentino genera hacia recursos financieros disponibles), se ha dado en un contexto particular: la salida de la crisis 1998/02.
En los años 2002/3 muchos pools (porque en ellos también los hay chicos, medianos y grandes) no paraban de recibir aportes de ahorristas-vecinos de los pueblos de los gestores-directores de los mismos (por lo general profesionales del sector: veterinarios, ingenieros agrónomos, etc.), atento a la desconfianza reinante en el sistema financiero. El pool permitió la canalización hacia actividades productivas de recursos que de otro modo no tendrían más destino que el colchón (sobre todo en los montos pequeños imposibilitados de acceder al “ladrillo”). Por supuesto que los grandes pools en esa misma época incorporaban “grandes sumas” desde el extranjero (¿está mal?).
A productores “muy pequeños” les permitió, al integrar sus lotes, beneficiar explotaciones cuantitativamente menores con tecnología y gestión “de punta” (en alguna lectura el pool no ha sido, sino el refugio de muchos pequeños). Sobre todo en aquellos casos de lotes altamente subdivididos y de propietarios que no hacían de los mismos su principal fuente de ingresos, como es el recurrente caso de profesionales “con campo” en la “pampa gringa”.
En estos casos, al transformar su lote en cuota parte de un pool, el propietario se beneficia de una indirecta “socialización” de riesgos (si graniza en su lote de 100 ha entre las 20.000 del pool, y en el conjunto la temporada fue buena, él gana en proporción a su aporte).
Sólo la escala de los pools explica la aparición tan masiva de la tecnología identificada como “agricultura de precisión”, con sus derivaciones en materia de eficiencia productiva.
Resaltado el rol del pool como agregador de talentos, incorporador tecnológico, diversificador de riesgos, negociador potente; nada indica que sea un modelo socio-productivo ideal y probablemente es razonable que el Estado deba incorporar mediante políticas adecuadas factores que limiten su expansión; pero para hacerlo primero debe comprender el fenómeno en su verdadera magnitud.
1- Pensemos que 100 ha en la zona núcleo, aun antes de la subida de precios acaecida desde 2002, significaban la nada despreciable suma de US$ 200.000.

