martes, 21 de abril de 2026

    Ninguna idea

    Por Daniel Alciro

    En esa época, era impensable privatizar.
    Todo era administrado por un gobierno militar, de ligero color nacionalista, que presidía el general Juan Carlos Onganía. El Congreso estaba cerrado y las leyes las hacía el general Osiris Villegas. La Corte Suprema había sido íntegramente “renovada” y no iba a contradecir ninguna decisión gubernamental.
    El Gobierno, por lo demás, había anticipado que no tenía “plazos” sino “objetivos”. Su misión era provocar la Revolución Argentina.

    La usina liberal
    Para evitar que ese impulso llevara a construir un Estado neofascista, IDEA se convirtió en una usina liberal, que clamaba por la libertad de mercado: un principio al cual adhería, a título personal, el ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena.
    El CEA apoyó algunas de las medidas “anti-inflacionarias” de Krieger: suspensión de todos los convenios colectivos de trabajo, congelamiento de salarios por dos años, y acuerdos de precios con las empresas líderes.
    Luego acompañó (pese a contradicciones en su seno) otra decisión polémica: el retiro de los subsidios y la rebaja de aranceles que protegían a las economías regionales. El ministro se propuso, entre otras cosas, “reconvertir” la economía tucumana, abandonando la ineficiente producción de azúcar.
    También dio su apoyo a un ambicioso plan de obras públicas, que incluía la construcción de la represa hidroeléctrica Chocón-Cerros Colorados, el puente Chaco-Antequera, el puente Zárate-Brazo Largo y la autopista Rosario-Santa Fe. La opinión sobre esto, sin embargo, no era unánime dentro del Consejo. El plan había sido impulsado por el Secretario General del Consejo Nacional de Seguridad (CONASE), Osiris Villegas, que era visto como anti-liberal. Además, una excesiva inversión en infraestructura comprometería la disciplina fiscal que procuraba imponer Krieger, u obligaría a un fuerte endeudamiento. Sin embargo, la construcción de grandes obras no sólo favorecería el desarrollo nacional: también a grandes contratistas del Estado que formaban parte del CEA.
    Sin embargo, IDEA y su Consejo Empresario siguieron mirando con recelo la actividad planificadora del CONASE, el corporativismo que profesaban muchos oficiales, y la idea de iniciar un “tiempo social” mediante un acuerdo militar-sindical articulado por el gremialista Augusto Timoteo Vandor.
    Sabiendo que Onganía soñaba con ser De Gaulle, miembros del CEA soplaban al oído del Presidente que, para eso, necesitaba el apoyo de una burguesía nacional, comprometida con el capitalismo y abierta al mundo.
    A la vez, el grupo empresario sostenía negociaciones mucho más concretas, en favor de sus empresas.


    Enrique Pescarmona

    El CEA fuera de IDEA
    Hacia 1970, el proyecto de Onganía ya había fracasado. El Cordobazo (1969) fue un golpe al liberalismo: mostró cómo las políticas duras podían provocar un estallido social. A continuación, el asesinato de Vandor fue un golpe al corporativismo: probó los riesgos que tenía cooptar a sectores gremiales.
    No sólo eso: aquel homicidio fue el debut de las guerrillas en la Argentina.
    El empresariado debía adaptarse a una situación cambiante y difícil. Era claro que, para cumplir sus respectivas funciones, el think tank (IDEA) y el grupo de presión (CEA) debían separarse.
    El Consejo se escindió, aunque las empresas que lo integraban no abandonaron el Instituto.
    Mientras tanto, el régimen militar entraba en crisis. Onganía cayó, pero la supuesta Revolución Argentina continuó hasta que su último presidente, el general Agustín Lanusse, creyó ser Macchiavello y –para frenar a la guerrilla peronista– desafió a Perón a que regresara al país.
    El resultado es conocido: Perón volvió y el peronismo recuperó el poder.
    Despegada del lobby político, IDEA pudo mantener –en todas esas instancias– una actitud menos comprometida.
    La ventaja de esto se notaría especialmente en 1976, el presidente del CEA –José Alfredo Martínez de Hoz, titular de Acindar– asumió como ministro de Economía de otro dictador: el general Jorge Rafael Videla.
    Por cierto, el Instituto acompañó su gestión, pero mantuvo una teórica independencia.
    Martínez de Hoz era un liberal heterodoxo.
    En vez de permitir que la moneda flotara libremente, recurrió a un crawling peg (“la tablita”), que implicaba la intervención del Estado en el mercado cambiario.
    En vez de privatizar –una tendencia que ya se manifestaba en Europa– hizo lo contrario: estatizó empresas privadas en quiebra, o al borde de la quiebra, para “preservar las fuentes de trabajo”.
    IDEA explicaba cada una de esas cosas. Prevenir la depreciación del peso era necesario para evitar que la inflación se disparase. Evitar el cierre de fábricas era indispensable para que no disminuyera el apoyo social a las “transformaciones” encaradas por el Gobierno.
    Por cierto, algunos miembros del CEA obtenían beneficios secundarios de tales medidas. El dólar bajo valorizaba sus activos en el exterior. Les permitía, además, comprar más divisas con sus ganancias en pesos, fuera esto para mantener una reserva de valor o para incrementar aquellos activos.
    El beneficio de “la tablita” era indudable en los sectores financiero e importador.
    Durante el Gobierno de Raúl Alfonsín, el CEA debió confrontar con asociaciones informales de empresarios, como el Grupo de María o los Capitanes de la Industria, que proponían un dólar alto, para promover las exportaciones y frenar las importaciones, sin recurrir a políticas arancelarias que el GATT (antecedente de Organización del Comercio Mundial) ya había limitado.
    La inflación mundial –provocada por los petrodólares– azotó a Latinoamérica y, en la Argentina, derivó en la “hiper” que acabó con el gobierno de Alfonsín.

    El modelo
    La crisis de 1989 coincidió con el auge del neoliberalismo en el mundo.
    A mediados de ese año, Estados Unidos era gobernado por Ronald Reagan, Gran Bretaña por Margaret Thatcher y la Argentina por un inesperado discípulo de Milton Friedman: el peronista Carlos Menem.
    IDEA se encontró con la situación ideal. Álvaro Alsogaray habría sido más congruente, y más creíble como liberal, pero no habría tenido el poder político y la popularidad de un caudillo riojano convertido.
    Fueron años de euforia.
    Se hablaba del “modelo” argentino.
    Los diarios reproducían elogios al país (y a Menem) aparecidos en Financial Times o New York Times, y el Presidente se dio el lujo de abrir, junto con Bill Clinton, una reunión anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
    IDEA lucía pletórica de pensamiento.
    Para crecer e incorporarse al “primer mundo”, la Argentina debía abrir su comercio exterior, privatizar las empresas del Estado, promover la jubilación privada, desregular los mercados y reducir el gasto de las provincias.
    Era el paradigma de la época, que muchos identificaban con el Consenso de Washington.


    Carlos Menem

    Empresarios y economistas se sucedían en la tribuna de IDEA, predicando aquel evangelio. Si la Argentina preservaba su fe, entraría en el reino del desarrollo.
    Domingo Cavallo llegó a ser ovacionado en IDEA.
    El presidente del Instituto era Oscar Vicente, un hombre de “fierros”, con vocación industrial y apegado a la tierra. Él procuraba contener el fundamentalismo liberal, pero era muy difícil apagar el canto de sirenas.
    Fernando de la Rúa, seducido por ese canto, adoptó primero la convertibilidad y después al propio Cavallo.
    La bomba hizo tic-tac durante mucho tiempo y, al fin, explotó.
    Cuatro años de recesión (1998, 1999, 2000, 2001), con 25% de desempleo, y una deuda impagable condujeron al fin de varias cosas.
    El del gobierno delarruísta.
    El de la convertibilidad.
    Y el del CEA, reemplazado enseguida por la Asociación Empresaria Argentina (AEA), de más bajo perfil e ideas menos definidas.
    Gracias al default y la devaluación, la Argentina inició un crecimiento imparable.
    Claro que ese crecimiento estuvo favorecido por un contexto internacional sin precedentes: en 2006, Zimbabwe y las Seychelles fueron los dos únicos países del mundo que no crecieron.
    Además, una devaluación tan profunda como la de 2002 (33%) no podía sino incrementar violentamente la competitividad… hasta que la inflación se comiera la diferencia entre el dólar “viejo” y el dólar “nuevo”.
    La inflación ya ha llegado a los dos dígitos.
    Además, se está re-estatizando empresas; y se está volviendo a la jubilación pública.
    Y otra vez aumenta el gasto provincial.
    El país se está gastando la plata de la lotería que sacó.


    Domingo Cavallo

    Los paradigmas
    No es lógico pedir que IDEA tenga ahora fórmulas de reemplazo, ni que sus coloquios den lugar a la misma pasión de la década pasada, cuando sus expositores postulaban la “reforma del Estado” y la “apertura”.
    Por definición, un paradigma es algo excepcional.
    Thomas Kuhn dio tal nombre al conjunto de ideas y prácticas que caracterizan a una disciplina durante un tiempo limitado.
    Ese conjunto constituye un “patrón” o “modelo”, hasta que otro viene a reemplazarlo.
    En el ínterin, rige un pensamiento disciplinado, mediocre, que deja poco lugar a la creatividad. Hasta que se produce un “salto”. Un abrupto cambio de paradigma.
    La teoría de la relatividad fue publicada en 1905. Cinco años antes, Lord Kelvin había sentenciado: “En Física, ya no queda nada por descubrir”.
    No siempre la evolución se da, como previó Kuhn, a los saltos. A veces una disciplina tiene avances graduales, que no han sido precedidos por un Newton, ni serán sucedidos por un Einstein.
    En Economía –ciencia tanto menos exacta que la Física– el siglo 20 dio lugar al paradigma de Lord Keynes (en los años 30) y al paradigma neoliberal, de Friedrich von Hayek y Milton Friedman (en los años 70). Este último “paradigma” fue, en verdad, una reinterpretación –restringida e intolerante– de las bellas ideas de Adam Smith. Por eso se llamó neoliberalismo.

    El Consenso de Washington
    En 1987, John Williamson, un economista del Institute for International Economics, tomó algunas recomendaciones neo-liberales, y otras que no lo eran, y las transformó en un recetario para países subdesarrollados.
    Lo llamó “Consenso de Washington”, como podía haberlo llamado de otra manera.
    Las 10 recomendaciones de Williamson han sido defendidas y atacadas con ardor. Sin embargo, tanto los defensores como los atacantes han imaginado un recetario distinto del que realmente elaboró el economista estadounidense.
    Unos y otros creyeron que el “consenso” consistía en denostar al Estado y glorificar el mercado.
    Por lo tanto, como la Argentina desmanteló en los años 90 el Estado, y favoreció la iniciativa privada, suele atribuirse la crisis de 2001-2002 al Consenso de Washington.
    Nada que ver. La crisis (hoy ya no hay forma de discutirlo seriamente) fue provocada por la obstinación en mantener el 1 a 1: un tipo de cambio que, desde 1993, fue cada vez menos competitivo.
    Eso iba en contra de la regla N°5 del Consenso de Washington, que ordenaba: “Tipo de cambio competitivo”.
    Las consecuencias de esta crisis fueron agravadas porque tampoco se cumplió con la regla N°2: disminuir subsidios regresivos y canalizar fondos públicos a la promoción del desarrollo, así como a la provisión de servicios destinados a sectores de bajos recursos; en particular, educación, salud pública e infraestructura.
    El Presidente Kirchner –que hasta 2002 defendió a Domingo Cavallo y el dólar barato– sostiene ahora que la Argentina descendió al “infierno” por culpa del Consenso de Washington.

    El Consenso de Buenos Aires
    Hace cuatro años, Kirchner y su colega brasileño, Luiz Inacio da Silva, lanzaron el Consenso de Buenos Aires: un conjunto de lugares comunes que, curiosamente, no repite el precepto del Consenso de Washington (“tipo de cambio competitivo”) que salvó a la Argentina y que, en la práctica, Kirchner terminó haciendo suyo.
    En un intento de poner carne al esqueleto de este nuevo “consenso”, distintas organizaciones “progresistas” han hecho esfuerzos varios.
    Han traído a Joseph Stiglitz y han organizado coloquios con la participación de funcionarios internacionales, como Bernardo Kosacoff.
    Stiglitz es premio Nóbel, pero ya se sabe que –a diferencia de lo que ocurre en Química, Física o Fisiología– un Nóbel en Economía se le niega a muy poca gente. El mérito de Stiglitz consiste en haberse opuesto (aunque tardíamente) a las políticas recesivas del Fondo Monetario Internacional. Desde que fue despedido del Banco Mundial, se convirtió en un crítico ostensible del FMI y recorre el mundo como un “vengador” de los países sometidos a la disciplina fiscal del organismo.
    Kosacoff es director, en la Argentina, de la Cepal: la Comisión Económica para América latina, con sede en Chile. Desde esta comisión, dependiente de las Naciones Unidas, Raúl Prebisch –el hombre que revolucionó la teoría del desarrollo– lanzó su hipótesis sobre el deterioro de los términos de intercambio. Hoy, Cepal es dirigida por José Luis Machinea, quien sirvió como Ministro de Economía de Fernando de la Rúa.
    Los intentos “progresistas” por darle contenido al nuevo “consenso” fracasan. Hay dos razones principales para ese fracaso:
    Primera razón, casi todos los convocados para tal tarea estuvieron a favor (o aplicaron) la convertibilidad: una versión mucho menos defendible del Consenso de Washington, dado el tipo de cambio no competitivo.
    Segunda razón, ninguno de ellos tiene una idea concreta sobre lo que debe hacerse ahora. Todos plantean objetivos deseables, con los cuales nadie podría disentir; pero no hay uno que sepa cómo alcanzarlos.
    IDEA, por su parte, tiene dificultades para colaborar en esta tarea.
    No puede compartir la crítica al Consenso de Washington porque tuvo, durante más de 10 años, el franchise de tales ideas en la Argentina. Teme, por otra parte, que aportar ideas a esta nueva etapa la convierta en think tank de Kirchner, Lula y (eventualmente) Chávez o Morales.
    Preferiría aggiornar el Consenso de Washington, ponerle otro nombre y relanzarlo como un producto nuevo, destinado a cambiar la vida de los argentinos.
    Para eso necesitaría un conocimiento, una imaginación y una audacia que no sólo faltan en el Instituto. Faltan en muchas partes (ver Gurúes en decadencia).
    Sin embargo, IDEA podría realizar una labor positiva, abandonado la pretensión de forjar un nuevo paradigma y abriéndose a pensamientos disímiles, a fin de analizar la situación actual y plantear soluciones a algunos problemas específicos.
    Por empezar, debería hacerse las mismas preguntas que, sin duda, se haría cualquier empresario que, a lo largo de su carrera, ha demostrado capacidad para comprender las situaciones cambiantes y adaptarse a ellas.
    El escenario a tener en cuenta es el siguiente:

    • China ha anunciado que su actual tasa de crecimiento no es sustentable.
    • Alan Greenspan no descarta que Estados Unidos entre, a mediano plazo, en recesión.
    • La producción mundial de soja está aumentando. La semilla RR (transgénica) que la Argentina adoptó una década atrás, ahora está autorizada en muchos países, incluido Brasil.
    • El dólar real (descontada la inflación) está ya en 1,76.
    • El dólar real-real (descontadas también las retenciones) oscila según las actividades pero, en algunas, está cerca del 1 a 1.
    • Para el Banco Central se hace cada vez más difícil sostener el dólar alto. En algún punto acaso imite al de Brasil, que trató de evitar la apreciación del real hasta que no pudo más.

    En suma, todo indica que el actual nivel de demanda mundial no se mantendrá por mucho tiempo, y que será muy difícil, en la Argentina, mantener la competitividad cambiaria.
    Es necesario adelantarse a la próxima crisis.
    Hay, en el coloquio de IDEA, mentes fértiles, como las de Santiago del Sel, Julio Saguier o Jorge Forteza.
    Hará falta convocar más talento, y plantear algunas preguntas básicas:
    ¿Cómo mantener un tipo de cambio competitivo y, al mismo tiempo, combatir la inflación?
    ¿Cómo mejorar la distribución del ingreso sin que eso desaliente la imprescindible inversión?
    Si de IDEA surgieran algunas respuestas originales y realistas (no una fórmula mágica), el Instituto podría reivindicarse de errores pasados y reconciliarse con los propósitos que enunció 40 años atrás. M

    Gurúes en decadencia


    Peter Drucker

    La dificultad para concebir nuevas ideas no existe sólo en la Argentina.
    Los gurúes internacionales han perdido el encanto que tenían una década atrás, cuando un Michael Porter o un Peter Drucker podían dejar inmóvil a una serpiente con sólo soplar sus flautas.
    Este mes, en San Pablo, Brasil, estará el estadounidense Steve Forbes: cabeza de la editorial Forbes, ex candidato presidencial (1996, 2000) y actualmente impulsor de la candidatura de Rudolph Giuliani.
    Las ideas de Forbes son antiguas, aun si se las compara con las de otros republicanos. Defiende el libre comercio, propone el achicamiento del Estado, apoya la pena de muerte, está contra el aborto y se opone a legalizar las drogas. No sólo eso. Está a favor de: (a) la discriminación; aspira a una política inmigratoria selectiva; (b) la contaminación (rechaza cualquier regulación ambiental); y (c) la tenencia de armas (considera que el Estado no puede interferir con el derecho del individuo a preservar su propia seguridad).
    En cuanto a las relaciones internacionales, promueve una política exterior “de Estados Unidos, no de las Naciones Unidas”.
    Su gran novedad era el “impuesto plano”. Consistía en gravar las ganancias personales y corporativas con un impuesto único de 17%. Sin embargo, ha hecho tantas modificaciones a esta iniciativa, lanzada en 1996, que hoy su “impuesto plano” es casi irreconocible.
    En San Pablo, Forbes compartirá el show con Rom Charan, el indio que saltó de zapatero remendón a Harvard Business School, donde obtuvo un doctorado en 1967.
    Autor de varios libros de autoayuda para ejecutivos –con títulos tan poco académicos como Lo que el CEO quiere que usted sepa– Charan supuestamente conoce la pobreza, el subdesarrollo, la excelencia, la abundancia, y el modo de transitar entre esos estadios. La suya es una success story, matizada con excentricidades.
    En sus biografías suele destacarse que, durante años, vivió de hotel en hotel y se resistió a tener casa propia. Era –podría creerse– una eficaz decisión gerencial, que le permitía eximirse de las tareas domésticas y dedicar todo su tiempo al trabajo. Pero ocurre que Charan no usaba las lavanderías de los hoteles: enviaba su ropa sucia, por correo, a Dallas; allí, sus asistentes la lavaban y se la devolvían, también, por correo.
    No parece una fórmula adecuada para gestionar la vida privada de un hombre que enseña a gestionar empresas.
    Los paulistas escucharán, este junio, a Forbes y Charan.
    Es difícil saber qué obtendrán de esas charlas.
    Ésta es, de cualquier manera, la clase de pensadores con la cual ha que conformarse por estos días.
    Y no es la más insustancial.
    Los ejecutivos brasileños que sólo quieran perfeccionar sus técnicas (o agregar un congreso a su curriculum) tendrán en junio otra opción: del 11 al 13 de junio se realizará en San Pablo el World Management 2007¸ que ya es anunciado con bombos y platillos.
    En vez de gurúes de la “nueva economía”, oirán los consejos de:
    • Robert Cooper, diseñador de “nuevas maneras de destrabar capacidades escondidas” mediante técnicas que implican: “foco, no tiempo” o “energía, no esfuerzo”.
    • Kevin Keller, experto en brand management: utilización del marketing para valorizar una marca. Keller es, además, el manager de la banda de rock de su iglesia, en New Hampshire.
    • Don Peppers, predicador de la customer-focused strategy, una forma de reinventar la máxima “el cliente siempre tiene razón”.
    • Stella Rimington, ex directora-general del MI5, la SIDE británica. Desde su retiro, Rimington se ha dedicado a escribir novelas. También asesoró a la tienda Marks & Spencer y tal vez crea que el management útil a un servicio de inteligencia, le sirve también a una empresa privada.
    • Peter Draper, director de Marketing del Manchester United. Según él, tiene la responsabilidad de “promover la imagen del club en el mundo”. Hay quienes creen que esa tarea la cumplen, en realidad, Sir Alex Ferguson y jugadores como Wayne Rooney, Gary Neville o Cristiano Ronaldo.
    • Mark Gallagher, experto en el diseño de Intranet y web sites. Su blog permite conocer historias de su familia y obtener información útil acerca de él mismo: tiene un Honda Accord, toma café con donuts, juega al tenis, le encanta la fotografía, escucha a Sinatra y no se perdía capítulo de Sopranos.  
    • Bernardinnho, entrenador del seleccionado brasileño de volley y un modelo publicitario, cuya imagen aparece en algunos anuncios junto a la frase: “¿Quiere ser un vencedor como yo?”.
    • Washington Olivetto, dueño de la tercera agencia de publicidad de Brasil.
    • Arnaldo Jabor, un intelectual que publica columnas dedicadas a asuntos tan delicados como la rasura del pubis. Se ha quejado públicamente de los salones de belleza que dejan, en las mujeres, “un canterito de cabellos, como un jardincito estrecho, una vereda reveladora de un deseo inofensivo”.
    La apelación de quienes organizan World Management 2007 es: “Participe del más importante congreso mundial del conocimiento”.