Por Marcos Caruso

Imprevistamente, el avión abandona la monótona línea recta de su ruta. El viraje brusco hacia la izquierda sólo alerta que falta poco para aterrizar. Comienzan a mensurarse las diversas dimensiones de allá abajo; las sombras profundizan el canal por donde se vuela; las laderas de las montañas ofrecen borbotones de colores; los islotes se suceden, y gana la certeza de que se está por llegar a la ciudad trasandina de la Argentina, la legendaria Ushuaia, la indiscutible aliada de la palabra fin.
Es el fin del viaje, “el fin del Mundo”, la certificación constante en cada una de las actividades que se desarrollen de que ése es el final: ya se juegue al golf, ya se ande en tren, ya se envíe una postal o se selle el pasaporte.
En ningún otro lado, esa palabra tan chica y con tanto peso podría haber adquirido un significado tan cotidiano como en Ushuaia.
“Este es el fin, bello amigo/ Este es el fin, mi único amigo, el fin...”, cantaba Jim Morrison y su grupo The Doors en el tema The End, y resulta casi imposible no canturrearla (al menos para los sesentistas) cuando se deja atrás el aeropuerto y el vehículo encara hacia esa uña de casas bajas frente al agua resplandeciente, a esos faldeos cercanos salpicados de viviendas.
Pero también es el punto de inicio de una sucesión de alternativas de recorridos que, combinados, satisfacen al viajero exigente.
Las excursiones náuticas permiten una aproximación incomparable a la geografía, a la flora y fauna austral, y las expediciones en vehículos todo terreno son una invitación a la aventura constante.
El recorrido por el casco original donde se destacan las casas de madera y chapa acanalada, con techos rojos y de pronunciado declive para evitar la acumulación de nieve, ayuda a reconstruir cómo fueron los inicios de la capital fueguina: la instalación de los misioneros, la llegada de los marinos argentinos, la fiebre del oro, el establecimiento de la cárcel, el advenimiento de las oleadas de inmigrantes, la época del boom industrial y los buenos salarios.
Para que esa composición de lugar sea efectiva, bien vale dar una vuelta por los museos del Fin del Mundo y Marítimo, que funciona en el edificio del Presidio de Reincidentes, vinculado íntimamente al desarrollo de la ciudad, ya que la población penal –de unos 700 reclusos– participó de la construcción de varias obras representativas o bien es referente de otros hitos históricos, hoy convertidos en atracciones turísticas.
Algunas construcciones características tienen leyendas donde se cuenta la historia de la casa y el año de su construcción, que llevan a finales del siglo 19.
Otras no pasan inadvertidas, como la Iglesia Nuestra Señora de la Merced; el edificio de la Legislatura, de 1894; la sede de las dependencias de Turismo, ya que a su belleza edilicia hay que sumarle la calidez y la hospitalidad de quienes allí trabajan; la Biblioteca Popular Sarmiento, de 1926, o la Antigua Casa Beban, por nombrar algunos lugares imperdibles.
Durante el trayecto, también podrán verse los restos del buque Saint Christopher, encallado en la bahía, frente al Club Caza y Pesca.
El 22 de enero de 1930, el vapor turístico Monte Cervantes encalló entre los islotes Les Eclaireurs con unas 1.500 personas a bordo. La población de Ushuaia en ese entonces era de 800 habitantes y para rescatar a los náufragos también acudieron los presos.
En 1953, el buque Saint Cristopher arribó para participar en el reflotamiento del Cervantes, pero durante la maniobra de arrastre, terminó hundiéndose y nunca fue recuperado.
Embarcados en la aventura
La navegación por el Canal de Beagle propone ver y disfrutar la ciudad desde otra perspectiva, dominada por sus custodios naturales: los montes Olivia, Susana y Cinco Hermanos.
Los catamaranes llegan hasta el faro Les Eclaireurs, también conocido como falso Faro del Fin del Mundo y hasta la Isla de los Estados.
Hay navegaciones cortas por el canal, durante las cuales se observan pequeñas islas con colonias de lobos y pájaros marinos, o que introducen al pasajero en el mundo submarino de las centollas a través de una cámara de TV subacuática.
Y hay opciones de mayor duración, que llegan hasta la famosa bahía Lapataia –último punto de la ruta nacional 3–, dentro del Parque Nacional Tierra del Fuego, o hasta la estancia Harberton, primer establecimiento rural de la isla, fundado en 1884 por el misionero anglicano Thomas Bridges.
Algunos de estos servicios incluyen caminatas. Por ejemplo, en las islas Bridges, en la pingüinera de la isla Martillo o en la isla Redonda, donde está la estafeta postal más austral del Correo oficial.
Contratando un velero por un día entero, o más, se puede llegar al Cabo de Hornos o recorrer los canales fueguinos del oeste, donde es posible ver glaciares colgantes que llegan hasta el mar.
Pero embarcarse en la aventura, es pensar en hacerlo a través de distintos medios, y no sólo en barco.
Los días claros de la primavera y verano austral, cuando parece que el sol se empecina en no esconderse, son ideales para realizar vuelos en ultralivianos o en avionetas para observar las montañas, cubiertas de ñires, lengas y coihues o guindos (con su perdurable verde), los glaciares, los turbales y las colonias de especies marinas.
También se organizan salidas en vehículos todo terreno hacia puntos de interés geográfico o natural.
Uno de los circuitos recomendados es el que recorre los lagos Escondido y Fagnano, para luego visitar el cerro Shenoish y el lago Yehuin. Otro, está dedicado a la observación de los castores, roedores introducidos hace medio siglo para dar inicio a una industria peletera local, de fuerte atracción para los turistas pero que a su vez destruyen el bosque nativo con sus diques.
Otra propuesta es recorrer el Parque Nacional Tierra del Fuego específicamente, ya que es el único que tiene costas marinas, dado que su límite meridional es bañado por las aguas del Canal de Beagle.
Además de ser representativo de la flora y fauna local, el parque resguarda restos arqueológicos del pueblo indígena yámana. Otro atractivo es que en la bahía Lapataia termina la Ruta Nacional 3 y la Ruta Panamericana.
Pasando el campo de golf, de nueve hoyos y con la seducción adicional de haber jugado en la cancha más austral del mundo, está la alternativa de visitar el Tren del Fin del Mundo.
Con coches bien acondicionados y servicio de a bordo, y con locomotoras impulsadas a vapor, la formación recorre el valle del río Pipo entre el monte Susana y la cadena Le Martial. Las vías, de trocha angosta, se introducen por bosques talados por los presos, mientras el guía –que es el jefe de estación– narra la historia humana y natural de Ushuaia en todos sus detalles.
A uno y otro lado del tren, la belleza del valle emociona. La formación corre por el Cañadón del Toro, cruza un puente sobre el Pipo y se detiene en la estación Cascada de la Macarena. Desde allí se puede ascender a un mirador y tomar agua de la naciente, o descender hacia el río, donde hay recreaciones de las chozas en las que vivían los primeros habitantes de la isla, los yámanas.
El recorrido continúa por uno de los pocos bosques subantárticos del mundo, que el trabajo de los presos reincidentes contribuyó a despoblar durante casi cincuenta años. Luego de bordear el turbal, suelo característico de la isla, el convoy arriba a la estación Del Parque. Allí, el visitante tiene la opción de hacer el trayecto de regreso o continuar su visita y entrar en el Parque Nacional. M
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Fotos: Osvaldo Peralta | Gentileza Infuetur

