
Ilustración: Agustín Gomila
Para los optimistas estamos ante circunstancias inéditas de la economía
nacional en, por lo menos, un siglo. Para los pesimistas, estamos bailando en
la cubierta del Titanic. Los más ponderados recomiendan disfrutar del
champagne, mientras dure.
Puede que noviembre –con la impensada derrota en Misiones– sumiera
al gobierno en dudas y cavilaciones, pero la contundencia de las buenas noticias
en el último mes del año ha dibujado un horizonte triunfalista.
Cifras y pronósticos hacen feliz al Presidente Kirchner, que vive su
propia fiesta: no necesita plan económico por el momento. La entrada
de capitales fogonea el nivel de actividad y empleo y Felisa Miceli es mejor
que Roberto Lavagna porque bajó la inflación. ¿Qué
más puede pedir?
Hay consenso: el PBI crecerá más de 8,5% anual; el consumo interno
sigue anotando récords; aumentan los precios de nuestras principales
exportaciones agropecuarias; sube el valor de los títulos públicos
y las acciones; la recaudación impositiva y previsional nunca fue tan
alta; y desciende el desempleo.
Si algún visitante extranjero preguntara sobre qué bases se asienta
este modelo económico que abunda en buenas noticias, la respuesta pasaría
por apuntar a las cuatro patas de la construcción teórica que,
por casualidad o porque el gobierno habla en prosa y no lo sabe, resulta ser
exitosa.
La primera es el superávit fiscal, que ha sido y es relevante desde hace
cuatro años. También lo será durante 2007, y está
claro que la recaudación impositiva sigue su marcha ascendente.
La segunda es el superávit externo, que también se mantendrá
–aunque inferior al de este año– durante los próximos
doce meses. Todo indica que las exportaciones perforarán la barrera de
los US$ 50 mil millones.
La tercera es el patrón productivo, que parte de la ventaja que suponen
los buenos precios internacionales de nuestros productos básicos y pone
énfasis en una estrategia proindustria, que se consolida a partir del
esfuerzo deliberado por mantener un dólar alto.
La cuarta, finalmente, es la habilidad oficial para administrar la puja distributiva.
Un aumento salarial desmedido puede hacer que se dispare la inflación.
El modelo encuentra virtud en cierta dosis moderada de inflación, pero
esta variable es también su Talón de Aquiles.
Lo fascinante del análisis está en el patrón productivo.
El tipo de cambio alto tiene un efecto muy positivo para el sector industrial.
Si hoy el dólar está en $3,10, ¿qué ocurriría
si desaparecieran las retenciones que se aplican actualmente a las exportaciones?
Sencillo: tendríamos un dólar de $2,48. Es decir que las retenciones
juegan el rol de arancel protector, sin que la OMC pueda decir una palabra,
puesto que en rigor son retenciones.
Esta situación es la que alimenta el fastidio del campo. Las retenciones
que paga el agro son ventajas que disfruta la industria que puede exportar mejor.
Sin embargo, a pesar de las quejas del sector agrario, el perjuicio no es tan
grande. También el gasoil, insumos químicos y demás están
subsidiados. De modo que el agro puede decir que no gana tanto como lo haría
en una situación sin retenciones, pero no puede argumentar que desapareció
su rentabilidad.
Pero sin duda la vigencia de un tipo de cambio alto sumado a las retenciones,
es la combinación más proindustrial que se pueda imaginar. Si
los precios de los productos internacionales caen, se puede devaluar nominalmente
(el dólar en $3,50 por ejemplo) y mantener el mismo equilibrio (y garantizar,
por lo menos, el mismo ingreso al agro).
Esta simplicidad es lo que –a juicio de algunos funcionarios– convierte
al modelo en indestructible (a menos que haya una crisis de serias proporciones
en el sector externo).
En este punto se advierte otra ventaja de este esquema: sin este plan, el gobierno
obtendría muchos menos votos.
El visitante interesado en este mentado modelo, puede a estas alturas preguntar:
¿y los problemas sectoriales; y otros síntomas preocupantes? Está
la crisis energética, el tema de la carne, el precio del trigo, el nivel
del empleo, la presunta falta de inversión, los precios reprimidos, el
ritmo inflacionario. Son todos problemas ciertos, pero ninguno de ellos tiene
el potencial de descarrilar este tren en el futuro cercano.
Pueden tener un costo en términos de crecimiento, pero todavía
no es significativo.
Todo lo cual asegura la continuidad del modelo. Dicho de otro modo: si por extrañas
razones Néstor Kirchner perdiera los próximos comicios presidenciales,
quienquiera que llegara al poder, deberá mantenerlo. No tendría
otra posibilidad.
Las únicas dos hipótesis de vulnerabilidad son: una caída
demasiado fuerte de los precios internacionales que provoque un shock
externo de gravedad; o bien, que el salario suba muy por encima de la tasa de
inflación esperada.
El modelo demanda una tasa de inflación relativamente alta. Si se pierde
el control sobre ella, hay problemas ciertos. Por eso Guillermo Moreno, el secretario
de Comercio actúa del modo en que lo hace: tiene asignada la función
más difícil en este gobierno.
Los críticos advierten que, entre tanta bonanza, se está desperdiciando
una oportunidad excepcional para lograr crecimiento sostenido e imprimir una
dirección ventajosa a la economía. Felisa Miceli amaga con que
en el año 2007 habrá un plan productivo nacional con dos etapas,
una hasta 2010 y la otra hasta 2016 (ambos bicentenarios, el de mayo de 1810
y el de Tucumán, en julio de 1816). ¿Será cierto? Los escépticos
abundan: creen que la intención no pasará de una indigestión
de “cadenas productivas” a partir de alguna ventaja competitiva
del país.
La guerra del Uruguay

Lo hemos dicho alguna vez: “Lo que es materia publicable en Mercado
es lo que ‘probablemente’ ocurra en el futuro. O interpretamos y
explicamos lo que pasó, o nos dedicamos a analizar lo que puede ocurrir.
Ése es nuestro fuerte. Y sobre esa base construimos todos nuestros productos
electrónicos o en soporte papel.”
Hace nueve meses, dijo Mercado (edición N° 1056 de marzo
2006, página 22):
“Es difícil imaginar cómo terminará el conflicto
de las ‘papeleras’, a menos que Kirchner y Tabaré paren la
absurda escalada. Todo empezó con uno de los dos países violando
un tratado y el otro cortando los pasos internacionales. En otras épocas,
ya estaríamos en guerra. El origen de la disputa es un problema ambiental,
que tiene solución técnica”.
“Nadie piensa en lo que sucederá mientras tanto. Estas son algunas
hipótesis:
• Uruguay sigue adelante con las obras.
• La Argentina no logra que la Corte Internacional de Justicia dicte una
medida cautelar.
• Uruguay concurre al Tribunal de Asunción, reclamando porque los
cortes de puentes afectan la libre circulación de personas y mercaderías.
• El Tribunal ordena que se libere el paso en todos los puentes transnacionales.
• Los ambientalistas no se sienten obligados por la decisión del
Tribunal.
• El gobierno de Entre Ríos respalda la continuidad de los cortes.
• Un barco de Greenpeace intenta detener en alta mar un buque chileno
que transporta insumos y equipos para las plantas de Fray Bentos.
• El gobierno argentino prohíbe el paso por el territorio nacional
a cualquier medio de transporte que lleve material para esas plantas.
• Uruguay pide una reunión cumbre del Mercosur para tratar el tema.
• Se producen episodios de violencia, tanto en Uruguay como en la Argentina.
”Antes de pasar a instancias internacionales, susceptibles de agravar
el conflicto, hay que agotar las posibilidades de entendimiento bilateral”.
”Esta es una responsabilidad personal de los dos presidentes, Kirchner
y Vázquez.
Después de tantos desencuentros burocráticos, errores diplomáticos
y demagogia política, ambos jefes de Estado deben enfriar el conflicto
y ordenar la búsqueda de una solución racional.”
”Los halcones de uno y otro lado, por supuesto, quedarán insatisfechos.
Pero ambos países se habrán ahorrado las imprevisibles consecuencias
de agravar este absurdo conflicto.” M
