jueves, 2 de abril de 2026

    Google, piruetas al borde del caos

    Entretanto, a partir de mediados de año y montado en el proyecto “Google
    city”, Lawrence Page y Serge Brin están gestando un complejo plan
    para dar vuelta –otra vez– los trebejos en el tablero de la vanguardia
    informática. Casi terminando aquel mismo mes, la compañía
    anunciaba que sus utilidades netas del tercer trimestre eran 92% superiores
    a las de igual lapso en 2005: US$ 733 millones, 2,36 por acción. Descontados
    cargos por única vez, ese valor pasa a US$ 2,62, con lo que desborda
    las predicciones de los expertos más optimistas (2,42). En cuanto a ingresos
    brutos, sumaban US$ 2.690 millones y US$ 1.860 millones los netos.
    En cuanto a YouTube, sin duda su relevancia no reside en el valor de libros
    –parámetro que ni siquiera es claro en Google, todavía–,
    sino en su cartera de clientes: unos cincuenta millones, reclutados en cortísimo
    tiempo. De ahí que la puja por comprarlo haya incluido también
    a Microsoft, Yahoo!, Viacom y News Corporation. Cabe señalar que los
    perdedores no han hecho comentarios.

    ¿Por qué YouTube?
    Como es común desde hace varios años en este tipo de empresas
    virtuales, YouTube no es todavía rentable, rasgo que –en su momento–
    pinchó la loca burbuja puntocom de 1996/2000. En resumen, para Google
    lo importante es disponer de otro instrumento capaz de atraer usuarios y avisos
    que siguen abandonado la televisión rumbo a la Red. Al menos, mientras
    dure el fenómeno y los navegantes (hackers inclusive) no la
    emprendan contra la publicidad abusiva.
    Así lo confesaba Eric Schmidt, director ejecutivo del megamotor. “Somos
    socios naturales –señalaba– y ofreceremos un servicio de
    entretenimiento en medios, irresistible para usuarios y avisadores”. Cabría
    preguntar qué se entiende hoy por “servicio”, duda válida
    porque, además, la firma le llama a todo “producto”.
    Sea como fuere, la operación tiene características estratégicas
    típicas de las habituales cuando William Gates era un genio en ascenso,
    hace varios lustros. Desde ahora, Google domina uno de los escasos nichos que
    no ocupaba en Internet. GoogleVideo tenía apenas un décimo de
    la audiencia potencial en Estados Unidos, en tanto MySpace ocupaba 23% y YouTube
    alcanzaba un cómodo 46% del mercado.
    La firma, adquirida junto con sus cofundadores (Steve Chen, Chadwick Hurley),
    acababa de subscribir compromisos con la cadena CBS, los sellos Universal y
    Sony-BMG. Poco antes, lo había hecho con Warner Music. Todo con la idea
    de evitar demandas relacionadas con la distribución gratuita de videos
    por la Red (como le ocurriera años atrás a Napster y su malhadado
    gato).

    Al borde del caos
    Pero ¿qué tiene de especial el fenómeno Google? Según
    algunos analistas duchos en cosas de Silicon Valley, parece una empresa que
    prospera haciendo piruetas al borde del caos. Es más: “vende”
    hacia fuera una extraña imagen de desorden, desprolijidad e incertidumbres;
    casi como Microsoft en sus días adolescentes. La compañía
    de Brin y Page acaba de cumplir apenas ocho años, sus ingresos anuales
    se proyectan por encima de los US$ 10 mil millones y su capitalización
    bursátil supera los US$ 125.000 millones. Pero su perfil se acerca mucho
    más al de una estudiantina pasada de rosca que a una empresa seria, dedicada
    a ganar plata con un plan de negocios bien armado y sujeto a escrutinio de los
    analistas bursátiles.
    Los casos de audacia desmedida o contraproducente no son pocos en Google. Ahí
    está, por caso, Sheril Sandberg –una vicepresidente de 38 años,
    a cargo del sistema de publicidad automática, tan luego–, que metió
    la pata hace unos meses y le costó a la firma varios millones. Al darse
    cuenta, fue derecho a Page, ideólogo extraoficial de Google y le explicó
    los alcances del error. Tras darle gracias por haberlo cometido, le dijo “manejamos
    una estructura que se mueve demasiado rápido y hace demasiadas cosas.
    No queremos ser demasiado cautos ni hacer demasiado poco. Este tipo de errores
    demuestra que no vacilamos en aceptar riesgos”.
    Sin duda, esta actitud dista miles de miles de kilómetros de la habitual
    en management y, de paso, desafía toda una biblioteca de textos en la
    materia. Shona Brown, ex consultora de McKinsey, se define a sí misma
    no como “vicepresidente operativa” –como dice en la puerta–,
    sino como “jefa experta en caos”. En rigor, es autora de un libro
    dedicado al tema, Competing on the Edge: Strategy as Structured Chaos
    (1998).
    La ejecutiva ha hecho una carrera profesional sosteniendo que lo anárquico
    no es en sí malo. A raíz de ideas como ésa, fue contratada
    en 2005 por Schmidt y se convirtió en mosca blanca: una teórica
    de negocios (miles de sus colegas nunca llegan a desempeñarse en la vida
    real) en una compañía dominada por técnicos y pragmáticos.
    Si bien sus funciones no son académicas, Brown considera a Google “un
    perfecto laboratorio para investigaciones y pruebas”.

    Lujos caros
    Al frente de veinticinco “francotiradores”, Brown sostiene que el
    objeto de la empresa consiste en ”determinar exactamente grados de gestión
    necesarios, fuerzas de ventas, características de cada segmento y acciones
    específicas”. En síntesis, la “audacia loca”
    prima sobre lo cómodo y previsible en Google y sus ocho mil empleados
    de todo nivel.
    Fomentar esa clase de cultura y actitudes es un lujo que sólo puede darse
    una compañía con brillante desempeño financiero, capaz
    de pagar bien por todo activo que adquiere. Lo de YouTube lo señala claramente
    y el balance del tercer trimestre lo confirma.
    También lo hace la corta historia del emprendimiento. A dos años
    de ingresar a Wall Street, su capitalización de mercado es más
    de cuatro veces la inicial. Su rentabilidad es tal que, pese a gastar en todo
    tipo de compras –desde enormes centros de datos hasta puntos de venta
    publicitaria por medio mundo–, la firma genera más de US$ 800 millones
    de efectivo por trimestre. Entretanto, Google vapulea a la competencia en porción
    de mercado, operaciones, avisos, etc. Esto incluye rivales como Yahoo!, Viacom,
    News Corp., WPP (el mayor conglomerado publicitario del mundo) y, claro, Microsoft.
    Obviamente, la máquina se mueve velozmente y puede recalentarse, de ahí
    sus errores y papelones, que la cúpula pretende explicar como “inconvenientes
    naturales a un modelo de negocios”. La empresa, pues, desentraña
    problemas y desafíos en plena marcha, aunque no tan bien como lo hacen
    pensar sus excelentes balances. Por de pronto, ningún servicio o prestación
    nueva ha conseguido ser tan efectiva como el megabuscador, que fue un rapto
    genial comparable con el sistema operativo de Gates.

    ¿Criticar es malo?
    Muchos analistas creen que el lema “no sea malintencionado”, aplicado
    a las críticas de afuera en Google city, es apenas un tic juvenil.
    No funciona, por ejemplo, cuando se trata de justificar la bajada de libros
    con derechos intelectuales para armar un índice propio. Tampoco explica
    que la capitalización bursátil, tras saltar de US$ 85 a 475 por
    papel entre agosto de 2004 y enero último, haya rondado alrededor de
    400 casi todo este año.
    Por supuesto, inversores, accionistas y analistas cifran sus preocupaciones
    no en lo visto hasta el presente, sino en cómo seguirá la película.
    Esto es algo común en Wall Street, cuyos principales indicadores –industria,
    finanzas, tecnología– reflejan una desmedida relación entre
    precios y utilidades. O sea, están años adelantados a la realidad.
    No obstante, Google no exhibe señales de que su clave (avisos dependientes
    del megamotor de búsquedas) esté aflojando. Pero recientes tentativas
    de incorporar nuevas formas de publicidad y su sistema de desarrollar ofertas
    (lanzarlas y ver si funcionan) revelan que la compañía busca métodos
    para crecer fuera de su negocio central.
    Otro síntoma es que se requiera a técnicos e ingenieros dedicar
    20% de su tiempo a realizar ideas propias. Por supuesto, esta exigencia tiene
    aspectos positivos, como ocurre en otros sectores económicos muy dependientes
    de la innovación.
    Sea como fuere, segundas partes exitosas son por demás raras en el cine,
    la TV o el negocio tecnológico. A Microsoft no le fue con Office tan
    bien como con Windows. Intel descuidó sus microprocesadores de memoria
    y se dejó pasar por Advanced Micro Devices. Hasta Apple, que protagonizó
    una espectacular vuelta al estrellato con iPod, tuvo que sufrir antes una dolorosa
    década de fracasos.

    Gente presuntuosa
    Sin embargo, Google cree firmemente tener bases para proyectar el futuro. No
    debiera sorprender a nadie que su plan de negocios sea irreverente y muestre
    la misma, presuntuosa autoconfianza que caracteriza a la empresa, sus fundadores
    y ejecutivos: hay una bajada interna de línea tan optimista como rígida.
    La idea de “caos estructurado” es implícita, pero campea
    en todos los estamentos tanto como”googleidad”, el credo casi fundamentalista
    de Brin y Page. Ambos rasgos marcan diferencias entre la juventud de Google
    y las de Microsoft o, en el pasado remoto, IBM.
    Comprender esta matriz intelectual y su actitud hacia el caos es indispensable
    para adivinar hacia dónde marchará la empresa, al menos en un
    futuro razonable. “Existen demasiadas incertidumbres en los mercados.
    No siempre –admite Sandberg– tenemos respuesta a mano. Pero toleramos
    ese caos y esa ambigüedad porque, a nuestro juicio, son claves de toda
    innovación”. Hasta ahora, es una estrategia eficaz, pero ¿seguirá
    siéndolo en algunos años? M







    Cierto afán por el secreto


    Como lo sabe todo Silicon Valley, a Brin, Page, Schmidt y sus acólitos
    les fascina lo secreto, confuso e indeterminado. Al parecer, la idea
    es desorientar a la competencia, pero el triunvirato ni siquiera tiene
    un esquema de funciones perceptible a simple vista. Ni siquiera sus
    figuras principales muestran perfiles nítidos.
    Definir qué hace cada uno y dónde cada área da
    paso a otras es todo un ejercicio para los expertos en el sector. Empezando
    por los de firmas rivales. Mas allá de lo puramente técnico,
    esas atribuciones resultan todavía menos claras.
    En particular las de Eric Schmidt, un señor de mediana edad que
    no estaba entre los fundadores y cuyo cometido es el más misterioso
    (aunque últimamente oficie como vocero de Brin y Page). En teoría,
    es presidente ejecutivo.
    Quienes dicen conocer bien a los fundadores, los llaman “mellizos”,
    sin vueltas y aunque no compartan ADN. Por cierto, resulta difícil
    separarlos, al menos como hombres públicos, pues pasan mucho
    tiempo juntos y tienen los mismos tics de management.
    Por ejemplo, ambos dejaron de tener hace poco asistentes administrativos,
    optando por manejar agendas propias y responder sus mensajes, como cualquier
    gerente de su edad (33 y 34 años). Es decir, recorren el camino
    inverso a otros creadores de empresas, que comienzan siendo hombres
    orquesta y luego pasan a esferas superiores, menos rutinarias.
    No se sabe bien si este gesto los hará más respetuosos
    del tiempo ajeno: son famosos por su tendencia a la impuntualidad o
    a incumplir con citas de negocios. A menudo, las cancelan después
    de la hora. Schmidt es el más disciplinado: maneja la agenda
    institucional, los nexos con Wall Street y la prensa.
    Lawrence Page es presidente de junta, lo cual lo señala como
    accionista. Supervisa “productos”, o sea servicios y prestaciones.
    Parece ser el más duro del triunvirato. Dedica feriados y fines
    de semana a revisar papeles de trabajo. Fue director ejecutivo hasta
    la llegada de Schmidt (2001). Serge Brin, copresidente, se ocupa de
    tecnología, publicidad (o sea, el “motor de ingresos”)
    y acuerdos de negocios. Dato curioso: en contraste con los colegas de
    Silicon Valley, sus esposas –si las tienen– son invisibles.