sábado, 4 de abril de 2026

    La brasserie Berry

    Foto: Diego Fasce

    Tucumán 775, microcentro
    Tel. 4394 5255
    Lunes a miércoles, 8 a 20hs. Jueves a viernes, 8 al cierre.
    Menú mediodía: Plato principal, postre, bebidas (excepto vino)
    y café, $18.

    En lo que fuera un café un poquito venido a menos de cierto sector del
    centro algo devaluado, la lionesa Danièle Berry propone una cocina de
    tradición familiar. Las raíces vienen del Lyon (Francia) natal,
    un lugar que en las últimas décadas vio el surgimiento de una
    generación de chefs anclados en la “cuisine” del lugar, producto
    de la transmisión de saberes de madres a hijos.
    Como las cosas deben ser y además parecer, Madame Danièle realizó
    las necesarias remodelaciones del local, sencillo, con buen gusto y recuerdos
    de los “bouchon” lioneses. Una disposición que permite
    la “conversa” tranquilo, mesas y sillas de tono oscuro, mantelería
    blanca, y una ornamentación para nada barroca. Otro punto a favor para
    los comensales suspicaces es que se puede observar el movimiento de la cocina.

    Estos argumentos distinguen a la “brasserie” del uniforme
    paisaje de los restós de minutas que se multiplican en la zona.
    Para quienes desean abandonar los recurrentes “canelones a la rossini
    o “milanesas a la napolitana”, La brasserie Berry ofrece un remanso.
    Como dijimos hay en esta culinaria un homenaje a los orígenes de la propietaria.
    Uno de los platos más emblemáticos es la “quenelle
    de pescado” ($15) servida con una salsa en base a tomate y arroz blanco.
    Se trata de unos bastoncitos de carne (pescado, carnes rojas, aves) realizados
    a base de una “panade” (harina, agua, materia grasa) a
    la cual se agrega una carne finamente picada y tamizada; la cocina de Lyon se
    hizo famosa por las “quenelle de lucio”, plato otoñal
    que viene bien como entrada o como principal. La ruta gala también puede
    observarse en el bien logrado “paté de carne” ($7) que juega
    con hojas verdes, cubos de pan tostado y una sutil vinagreta de mostaza. Algunas
    propuestas rotan, otras continúan firmes desde la inauguración
    –noviembre del año pasado– como el “pollo de mi abuela”
    ($18) acompañado de champiñones y galette de papas; buen
    punto del pollo, cocido mas no seco.
    Además de estas propuestas, el comensal podrá encontrar “bondiola
    de cerdo braseada” ($21), también “lomo a la pimienta”
    ($20); todo dentro de una carta medida. A la hora del dessert, los “5
    choux” ($6) dulces acompañan bien el café; también
    seductores y diversos “crêpes”. La carta de vinos
    acompaña bien la oferta gastronómica; sin tratarse de una vinoteca,
    hay vinos tanto por copa ($6) como por botella (Yauquén de Ruca Malen,
    $19). En la página web –www.brasserieberry.com.ar, todavía
    en construcción– anuncian una copa de Kir de bienvenida; las dos
    veces que nos tocó almorzar ni noticias. Tal vez, mala suerte; tal vez
    esté reservada para los encuentros nocturnos.
    Respecto al servicio, es cordial y atento, aunque todavía con cierta
    falta de profesionalismo a la hora de conocer y reconocer los platos. En caso
    de duda, mejor preguntarle a la misma Danièle quien cada tanto da una
    vuelta por el salón.
    La aparición de La brasserie de Berry augura nuevas posibilidades para
    la zona. No es un restó caro, es cómodo y a escala humana. Quienes
    se mueven por el centro deberían tenerlo en cuenta como una opción
    más que potable. M

     

    La brasserie, un antiguo lugar de encuentro

    Como la taberna y el pub, fue un lugar de parroquianos en el after
    tour
    medieval. Pecaminoso para algunos, de necesario esparcimiento para
    otros; como cualquier espacio para beber sufrió transformaciones a través
    de los siglos.

    Cuestiones del salir a beber, aquí y allá en el tiempo. El urbanita,
    como le gustaba decir al sociólogo low-profile Georg Simmel,
    tiene sus circuitos, sus lugares donde el fulero anonimato cotidiano cede. Bares
    para encuentros con amigos, boliches de parroquianos, segundo hogar. No son
    lugares para largas estadías, tampoco al paso.
    Los nombres de esta tropezada historia se multiplican: tabernas, pubs,
    bistrots y… brasseries. Estos sitios tienen un origen
    común, el resurgimiento de la vida urbana en el medioevo europeo. Nacieron
    por la necesidad de ocio popular; si los señores tenían sus festicholas,
    por qué no dejar al pueblo algún espacio de diversión.
    Y así fue que tanto los permitieron como muchas veces los prohibieron.
    Allí se comerciaban bebidas y comestibles por mayor y por menor, se jugaba
    a las cartas, se comía y se dormía, a veces acompañado.
    También se podía morir, como le pasó al dramaturgo y competidor
    del apasionado Shakespeare, Christopher Marlowe, que fue asesinado en una taberna,
    dicen algunos, por no pagar la cuenta; pero otros prefieren una explicación
    política: por andar complotando contra la reina.
    Si taberna y pub tienen su geografía en las islas de los británicos;
    bistró y brasserie, vienen del viejo continente.
    La brasserie, el tema que nos ocupa, también es multiuso. Por
    definición es un lugar de expendio; pero también reciben dicho
    nombre los lugares que fabrican cerveza artesanal. Por ello, el responsable
    de la fermentación en la elaboración de cervezas es llamado “brasseur
    o “maître-brasseur”. En realidad, contempla ambos
    aspectos, elaboración y comercialización, como todavía
    puede observarse en la Maison des Brasseurs ubicada en la Grand Place de Bruselas.
    Por supuesto todos tenían alguna cocina para elaborar tentempiés.

    Con dicho nombre parece que la inventaron belgas o franceses pero no. La matriz
    de todas las brasseries, viene de Bavaria. Es probable que de allí haya
    pasado a Alsacia y Lorena, para alcanzar La ciudad de las luces en
    el siglo XIX, también, la gloria. En una primera época tuvieron
    la huella de la gastronomía alsaciana: choucroute con guarnición,
    embutidos, y también otros platos emparentados con los vecinos prusianos.
    Luego, amplió su oferta hacia la restauración y en Francia fue
    perdiendo la huella netamente cervecera de sus orígenes, tomando como
    modelo los café-restaurantes parisinos. Hacia fines del siglo XIX se
    podían encontrar artistas, escritores y los conspiradores políticos
    de siempre. Sin embargo, donde la tradición se mantuvo hasta nuestros
    días fue en Bélgica; existen innumerables brasseries con sus ofertas
    de incontables cervezas. M