La reciente visita del presidente Néstor Kirchner a Europa y Estados
Unidos reactualiza la cuestión de las alianzas externas de la Argentina.
En efecto, el fortalecimiento de la conexión de la Argentina a un centro
avanzado (decisivo en un contexto teconológica y económicamente
globalizado), parece atascado en dos o tres fórmulas que nos son presentadas
en forma prescriptiva: “Alca”, “Alca no-Mercosur sí”
o “por el Mercosur al Alca”, que parece ser la propuesta con más
aceptación en el actual gobierno.
Ahora bien: ¿Por qué el Alca sí y la Unión Europea
no? ¿Cuál imprescriptible determinismo geográfico nos amarra,
en plena globalización, a la peor de las dos alternativas disponibles?
¿Por qué “por el Mercosur al Alca” y no “por el
Mercosur a la Unión Europea”? ¿No es evidente que las condiciones
de asociación a la UE superan ampliamente las ofrecidas por el Alca?
¿No lo demuestra la enorme fila de estados nacionales que “hacen
cola” para ingresar a la UE, en tanto la diplomacia estadounidense sigue
esforzándose por convencer a los latinoamericanos de las ventajas de
un mercado común con Norteamérica? ¿Y no expresan esta
diferencia fundamental el muy diverso grado de progreso alcanzado en los últimos
años por México y España, por ejemplo?
Un somero análisis hace preferir el “modelo UE” al del Alca
por al menos tres razones: 1) La promoción de instituciones políticas
democráticas asociadas al mercado económico común (de las
que los nuevos asociados forman parte);
2) un modelo de sociedad más igualitario y respetuoso de los derechos
sociales, decisivo en el actual contexto global; y
3) los “Fondos Estructurales de Compensación”, fundamental
aporte económico que la UE destina al desarrollo de la infraestructura
de sus países menos desarrollados.
Afinidades: de lo comercial a lo cultural
Por otra parte, ya sea desde el punto de vista del intercambio comercial, de
las inversiones externas, de la compatibilidad de las economías o de
la afinidad cultural, la Argentina está más cerca de Europa que
de Estados Unidos.
En el marco de la globalización, el envío de un container, un
viaje en avión, una comunicación telefónica o un e-mail
tienen casi los mismos costos económicos y temporales hacia el territorio
europeo que hacia el norteamericano. Por lo tanto, si –como afirma Paul
Virilio– la globalización implica el “fin de la geografía”,
¿por qué asociarnos con Nueva York y no con Hamburgo? Afortunadamente,
la existencia del Canal de Panamá libra de los desagradables inconvenientes
derivados de la obsoleta idea de “unidad continental”. Por otra parte,
tanto Israel como el futuro estado palestino (ubicados fuera del continente
europeo) figuran ya en la lista de aspirantes a “Países Comunitarios”,
para no mencionar la integración de Turquía.
Alguno objetará, muy razonablemente, que la reciente incorporación
de 15 países del este Europeo a la UE representa un inconveniente objetivo
para una admisión inmediata y en bloque del Mercosur. Sin embargo, ¿hay
seguridad de que un acuerdo para una integración a mediano plazo a Europa
–que reciba apoyo económico y tecnológico del viejo continente
mientras ofrece la posibilidad de consolidar internamente el Mercosur con un
parlamento y una moneda comunes según el “modelo europeo”–
no es una alternativa preferible al Alca? ¿Hay seguridad de que una Europa
fuertemente preocupada por el hegemonismo estadounidense no vería con
buenos ojos esta propuesta? En el peor de los casos: ¿no se vería
obligada a ofrecer mejores condiciones de integración al Alca, la impresentable
actual administración republicana? M
