miércoles, 1 de abril de 2026

    La crisis, el gasto y la inversión social

    En numerosos artículos periodísticos e informes especializados
    se lee que, pese a la crisis, la Argentina tiene el mayor desarrollo humano
    de América latina. De acuerdo con el Informe Anual del Programa de las
    Naciones Unidas para el Desarrollo, realizado con datos de 2001, entre 175 países,
    la Argentina conserva el puesto 34 desde hace tres años. Según
    proyecciones de la ONU, la debacle no alteraría el puesto del país
    (Nora Sánchez y Silvina Heguy, en Clarín, 9/7/2003).
    Según el Indec, siete de cada diez niños son pobres, y cinco de
    cada diez son indigentes; es decir, no alcanzan a cubrir la canasta básica
    de alimentos. Asimismo, la brecha entre el ingreso de los más ricos y
    los más pobres se amplió de 20 veces en 1994 a 35 veces en nuestros
    días.
    Cambiar esta realidad depende de convertir el gasto social en inversión
    social.

    La realidad social y el gasto social

    El denominado “gasto social” en la Argentina representa cerca de 20%
    del PBI (bien por encima del promedio de los países de América
    latina: 13%; y similar a países como Brasil y Uruguay) y 63% del presupuesto
    nacional. El “gasto social” ha tenido una tendencia creciente durante
    casi toda la década de los ’90, siguiendo fundamentalmente los pasos
    del gasto total.
    En la investigación de Fundación Faro se expone acabadamente la
    problemática y el enfoque del “gasto” social. Las políticas
    sociales, los planes y los programas, estuvieron diseñados para otro
    momento histórico, para un momento en el que la mayoría de la
    población vivía de su salario, de su empleo y de sus pensiones
    y jubilaciones.
    La significativa descentralización del sistema educativo en la última
    década ha derivado en un sistema fuertemente burocratizado y con falencias
    en la ex escuela posprimaria y en la calidad educativa. Por ejemplo, la tasa
    bruta de escolaridad de la secundaria en la Argentina es 77%, mientras que en
    Uruguay es 85% y en Estados Unidos es 97%. Con respecto a la calidad educativa,
    en los últimos años se ha visto una disminución en los
    rendimientos (Polimodal/lengua: en 1995, 53%; en 2000, 49% de aciertos), lo
    cual ha derivado en que la Argentina hoy en día sea uno de los peores
    países en las evaluaciones de comprensión lectora (puesto 31,
    de 35 países). También en materia de tasas de deserción
    y repetición, el sistema presenta importantes inequidades entre las diferentes
    provincias y entre escuelas estatales y privadas.
    En el caso de salud, el sistema es complejo, rígido y se encuentra altamente
    fragmentado (público, empresas prepagas y obras sociales), lo cual genera
    grandes desigualdades, ya que personas de diferentes estratos acceden a distintas
    coberturas de salud.
    Tomando el tema de vivienda, notamos que en la década de los ’90,
    la productividad ha aumentado (hoy se producen cerca de 35.000 viviendas por
    año), pero el déficit de vivienda ha permanecido constante (más
    de tres millones). Cuando comparamos con países como Chile, notamos que
    nuestra productividad está por debajo de nuestras posibilidades, ya que
    el país vecino produce 80.000 viviendas de interés social teniendo
    sólo la mitad de hogares que la Argentina.

    Información
    útil y gestión del Estado

    Por Leandro Popik (*)

    ¿Cuántos datos maneja la dirigencia política argentina
    sobre nuestro país? Nuestros legisladores, por ejemplo, ¿cuánto
    conocen sobre el estado de la educación, la salud, la seguridad o
    la economía? Seguramente todos saben a cuánto cotiza el dólar
    cada día, ¿pero cuántos saben cuál es la tasa
    de deserción escolar en el nivel secundario?
    En un mundo donde el conocimiento ya es el factor más importante
    de la producción, manejar información confiable y útil
    es condición necesaria para cualquier gestión exitosa.
    La gestión del Estado no es menos compleja que la de una empresa
    grande en la Argentina. De hecho, es más desafiante que cualquier
    empresa, teniendo en cuenta las restricciones a las que se enfrenta un presidente
    de la Nación, ya sean ellas políticas (opinión pública
    fluctuante, bloques legislativos inestables, presiones cruzadas de distintos
    sectores, etc.), presupuestarias (deuda elevada, necesidades sociales acuciantes,
    presiones políticas) u organizacionales (estructuras enormes, marco
    normativo rígido, ausencia de premios y castigos).
    Es tan complejo gestionar eficazmente el Estado que muchas personas preferirían
    suprimirlo o, al menos, limitarlo a su mínima expresión. Ese
    pensamiento guió la década de los ’90, cuando una ciudadanía
    harta de la baja calidad de los servicios públicos, y manipulada
    hábilmente por el poder de turno, apoyó la privatización
    de prácticamente todo, a cualquier precio (liquidación del
    patrimonio público, sospechas de corrupción generalizadas,
    creación de monopolios, debilidad del sistema de control, etc.).
    El resultado económico de las reformas, atendiendo a los resultados,
    fue pobre. Debemos cambiar rotundamente la calidad de nuestra gestión
    pública y dirigencia política.
    Esperamos que este estudio contribuya de tres maneras. Primero, identificando
    las prioridades que deberían guiar a nuestra dirigencia política.
    En segundo lugar, facilitando el debate de nuestra sociedad y de nuestros
    representantes. Por último, esperamos que esta información
    sirva para que cualquier ciudadano pueda evaluar a sus representantes según
    sus logros, que no pueden resumirse únicamente en la tasa de crecimiento
    y de inflación, como hicimos en la década pasada.

    * Presidente de Fundación Argentina por una República
    con Oportunidades (Faro).


    El programa de Jefes y Jefas

    Entre los años 2000 y 2001 se plantearon diversos proyectos sobre ingreso
    mínimo, en sus variantes de ingreso ciudadano e ingreso garantizado,
    el seguro de inclusión infantil y otros proyectos similares que utilizan
    el enfoque del ingreso mínimo garantizado, dirigidos a efectivizar el
    derecho de todo ciudadano a disponer de determinado ingreso monetario básico.

    Durante 2002 el Plan alcanzó a más de dos millones de personas
    (5% de la población total y 18% de los hogares de la República
    Argentina) y significó erogar $ 2.275 millones.
    El esfuerzo del gobierno nacional debe ser reconocido, puesto que logró
    controlar el conflicto social imperante, que fue la razón principal de
    su origen.
    Nunca antes la Argentina pasó una situación social, política,
    institucional y financiera como la que dio origen al Plan, y nunca se destinaron
    los recursos económicos, ni se incluyó a un número tan
    alto de beneficiarios como en la actualidad. Éstos son, probablemente,
    los dos elementos que diferencian marcadamente al plan Jefes/as de los programas
    sociales de los ’90. (Laura Pautassi, Julieta Rossi y Luis Campos. Plan
    Jefes y Jefas. ¿Derecho social o beneficio sin derechos?, Cels, mayo
    de 2003.)
    El Plan fue concebido para paliar una situación social y se ha transformado
    en un subsidio encubierto que no apunta a la raíz de los problemas sociales
    y corre el riesgo de constituirse en una política permanente de emergencia,
    con lo contradictorio que parecen ambos términos. Por estos motivos consideramos
    que existen ciertos aspectos del mismo que debieran ser revisados.
    A esta altura podríamos preguntarnos si se han cumplido los objetivos
    generales del plan de Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, en cuanto garantizar
    el derecho familiar de inclusión social, y si se puede garantizar tal
    derecho a través del aporte mensual y transitorio de una suma fija no
    remunerativa de $ 150.
    Las actuales autoridades nacionales han anunciado su vocación por transformar
    paulatinamente el Plan hacia una concepción verdaderamente integradora,
    a la promoción de redes productivas, a la descentralización del
    mismo, promoviendo la efectiva redistribución del ingreso, la economía
    social, el autoempleo y los microemprendimientos productivos.
    Los objetivos propuestos son loables y el equipo designado tiene el conocimiento
    y la experiencia para intentarlo. Será necesaria, sin embargo, la voluntad
    política para producir los cambios. M