jueves, 2 de abril de 2026

    “No creo que un país capitalista pueda existir si no tiene industria”

    –¿En qué etapa cree que se encuentra la tan reclamada
    reestructuración del sistema financiero?

    –Muchos sabios del sistema financiero dicen que todavía falta para
    que la economía se estabilice, para que aparezca el crédito y
    para que haya un marco más estable para los negocios y las inversiones.
    Yo creo que la reestructuración ya está desarrollándose
    y me parece que cada entidad y cada uno de los bancos que hoy operan en plaza
    tendrán que tomar sus decisiones para ver a qué segmento del mercado
    se van a dirigir, cómo van a hacer para generar ingresos y a quién
    le van a prestar, ya que el sector público no es más un demandante
    de crédito y creo que no lo va a ser por una cantidad importante de años.
    ¿Por qué? Porque debemos garantizar un equilibrio fiscal, superávit
    primario y un Estado que no se endeude, porque el nivel de endeudamiento nos
    ha llevado a tener que girar fondos al exterior, quitándonos, también,
    la posibilidad de regenerar actividad interna.
    –¿Cuál es la demanda de los organismos internacionales
    con respecto a esta reestructuración?

    –Ya se habla con menos énfasis de una reestructuración del
    sistema financiero. En este momento, lo que nos queda pendiente es el tema de
    la consultora, sobre el que fuimos muy claros: no queremos una consultora para
    que haga diagnósticos, los diagnósticos; ya los tenemos. En todo
    caso, que nos aporten algún conocimiento específico de cómo
    resolver los problemas que ya sabemos que tenemos.
    –Cuando se menciona a la reestructuración, todo remite al
    tema de los activos. ¿Cómo es en la actualidad la situación
    del banco?

    –Ahí estamos igual que el resto del sistema financiero: tenemos
    una gran cantidad de títulos públicos a larguísimo plazo.
    Además, el Nación tenía colocado mucho en bonos provinciales,
    en deuda provincial que ahora se transformó en estos bonos a 16 años
    de plazo; o sea que tenemos estos activos que vienen de lo que nosotros llamamos
    el problema del stock y no depende de nosotros cómo se resuelva.
    –Durante mucho tiempo (incluso algunos candidatos para los cargos
    que están en juego lo mencionan hoy) se hizo hincapié en la técnica
    antes que en la política. Sin embargo, su designación fue leída
    en términos políticos. ¿Puede hablarse, entonces, de una
    economía política y otra técnica?

    –Para mí, que me recibí como licenciada en Económica
    Política, la economía técnica no existe; es una falacia,
    una invención. Existen técnicas económicas para desarrollar
    determinados temas concretos y, en ese sentido, no hace falta ir a una universidad
    para estudiar modelos y aspectos técnicos porque éstos son un
    complemento de la visión global, de la visión científica
    que uno tiene sobre las relaciones de producción en la sociedad. Por
    lo general, los técnicos, en nuestro país, se han convertido en
    tecnócratas y se han propuesto resolver problemas vinculados más
    a ciertos sectores de interés que al interés comunitario global.
    Mi designación es política en el sentido de que yo formo parte
    de un proyecto que comparto. Fui muy crítica de los ’90, creo que
    la convertibilidad y todo el programa de reformas estructurales fueron los que
    llevaron a nuestro país a vivir en esta situación de pobreza y
    de indigencia. Yo adhiero a un proyecto de país serio, con un capitalismo
    que sea eficiente y de riesgo.
    –Si hablamos de teorías económicas, parecería
    que ahora todos se postulan como keynesianos. ¿Cómo se definiría
    usted?

    –En principio, no se ha escuchado hablar de mí en el sistema financiero
    durante 1990. Yo fui directora del Banco Provincia entre 1983 y 1987 y me retiré
    del sistema financiero porque veía que se venía un país
    sin destino, con un desempleo estructural enorme, con pobreza. Siempre fui,
    ya no diría keynesiana, sino un poco más: reivindico el rol del
    Estado en la economía en un país como el nuestro. Este país
    destruyó su industria en estos 10 años; no es que yo sea keynesiana,
    yo soy industrialista; keynesiana y desarrollista, una mezcla de todo eso. No
    creo que un país capitalista pueda existir si no tiene industria. El
    proyecto de los ’90 fue el de un país primario y terciario, mientras
    el sector secundario de la economía se destruyó. La crisis financiera
    de finales de 2001 no fue más que la expresión en el área
    de la moneda de lo que pasaba en la economía real desde cinco años
    antes. Si uno tiene una economía con un tipo de cambio fijo, la moneda
    local revaluándose, y apertura financiera y comercial indiscriminadas
    y en un solo sentido, termina así. En otros países como Indonesia,
    Rusia o Turquía, el efecto fue el mismo: una sobrevaloración de
    la moneda local que hace que haya burbujas en los sectores financieros e inmobiliarios,
    y mucha recesión y depresión en los sectores productivos industriales.

    –Suena raro escuchar a un funcionario hablar del Estado cuando
    durante años estuvo prácticamente satanizado

    –Cuando vino Horst Kohler, dijo que pareciera ser que la Argentina pasaba
    de mucho Estado a mucho mercado. Recordaba que cuando Alemania salió
    de la guerra, el Estado era fuerte –no enorme, sí fuerte– y
    decía, también, que había un sector privado muy activo.
    Los dos se articulaban y se potenciaban mutuamente con marcos regulatorios y
    normas muy claras. De esta articulación surgió una economía
    alemana fuerte –casi primera en el mundo– y esperemos que el proceso
    de la Argentina pueda ser ése. Recientemente, leí artículos
    de [Daniel] Artana y [Juan José] Llach, diciendo que no hay modelo. Por
    ejemplo, en uno de los artículos, Llach hablaba de los impuestos distorsivos.
    No los mencionaba, pero en la jerga de los economistas que han tenido preponderancia
    en estos últimos 25 años, impuestos distorsivos equivalen a las
    retenciones y los impuestos al cheque. ¡Y no hablan del IVA! ¡Un
    país que tiene 21% del IVA, donde gente que cobra $ 150 (o Lecop) por
    mes, paga $ 30 de impuestos! Si eso no es distorsivo… Entonces, los análisis
    en ese sentido son muy mediocres o muy interesados. Para nosotros es prioridad
    poder bajar el IVA y después, en todo caso, enfocarnos en los otros impuestos.

    –¿Y usted qué cree? ¿Son análisis mediocres
    o interesados?

    –Creo que son muy interesados. En realidad, hay muchos miembros de nuestra
    profesión que, en vez de velar por políticas destinadas al bien
    común, velan por determinados intereses sectoriales. Y como gozan –entre
    comillas– de un prestigio ganado entre ellos mismos, porque son como un
    club donde sólo ellos opinan y los demás no hemos tenido casi
    palabra durante estos diez años últimos, creen que tienen la verdad
    revelada y no debaten estas cuestiones.
    –Después de 2002, ¿cómo quedó delineado
    el perfil de la banca pública?

    –Nosotros sabíamos que toda esa visión de que era muy bueno
    tener un sistema financiero muy extranjerizado porque la banca extranjera iba
    a dar respaldo por cualquier problema que hubiese, no iba a ser así y,
    efectivamente, no lo fue. Después, la banca pública ganó
    una importante porción de mercado y lo sigue ganando, porque nuestros
    depósitos están creciendo más que el promedio. El problema
    de la banca pública es usarla realmente como un instrumento para el desarrollo
    económico y no como instrumento político. Si nosotros logramos
    destinar los fondos que la gente nos deposita para financiar a sectores Pymes,
    a la gente, habremos usado el ahorro de los argentinos para financiar los proyectos
    de las empresas y los sueños de las personas que viven en este país.

    –Con respecto al crédito político, ¿se está
    tratando de identificar quiénes accedieron a estos préstamos?
    Y, por otro lado, ¿cómo se hace para prevenir que esto no vuelva
    a ocurrir?

    –Ya hay una carta orgánica que incorporó un tema que para
    mí es preventivo: el directorio no puede dar créditos por más
    de $ 1 millón. Estamos hablando de US$ 350.000, como mucho, que llega
    hasta un nivel medio de empresa. En la segunda mitad de los ’90 en este
    banco había créditos por US$ 70 millones, por US$ 120 o 110 millones.
    Eso se acabó porque se acabó ese país donde la cosa pública
    se manejaba para favorecer a ciertos grupos de amigos del poder. Aunque en este
    momento tenemos un problema: todos esos créditos que se dieron oportunamente
    están en refinanciación. Se dieron en la segunda mitad de los
    ’90 y están todos en lo que se llama reestructuración de
    deudas. El banco no puede denunciarlos, porque si se denuncian no entramos en
    el mecanismo de reestructuración de las deudas y nosotros tenemos la
    obligación de cobrar lo que podamos de esos fondos. Políticamente,
    podríamos hacer mucho ruido denunciando esas operaciones, pero tenemos
    la obligación de recuperar esos fondos porque nos permiten capitalizarnos
    y volver a prestar, recuperar parte de lo que pusimos. En algún momento,
    quizá, se puedan establecer algunos mecanismos; pero ahora no estamos
    haciendo revisionismo, aunque lo tenemos muy presente y sabemos exactamente
    en qué gestiones se dieron.
    –Así como se redefinió el papel de la banca pública,
    ¿puede decirse, también, que hay una nueva clase banquera nacional
    privada?

    –Hoy el sistema está claramente dividido entre la banca extranjera,
    la privada local y la banca pública. Todas tienen un rol que cumplir
    y ojalá que se den cuenta, rápidamente, de que el mercado puede
    tener lugar para todas. Para nosotros, que se desarrolle el resto de la banca
    es imprescindible porque, como banca pública, no vamos a poder atender
    a todo el mundo; entonces esperemos que, realmente, el segmento privado local
    tome la iniciativa, se largue a dar créditos y encuentre instrumentos
    novedosos para financiar distintas actividades.
    –Cuando usted asumió dijo que esperaba que se produjera
    una especie de efecto dominó con respecto al crédito, después
    del puntapié inicial que daría el Nación. ¿Cómo
    evalúa las ofertas que hay hoy en el mercado?

    –Efectivamente, ya salieron otras entidades financieras a recomponer el
    crédito, que debe ser masivo; no sólo para los productores sino
    también para las entidades. Si no, ¿dónde se coloca la
    liquidez que hoy existe en el mercado? No hay otra alternativa más que
    las Lebacs (Letras del Banco Central) que tienen un límite y, además,
    pagan una tasa baja. Lo mejor para todos es que se amplíe el negocio
    bancario, justamente, volviendo a la intermediación.
    –¿Cómo observa la demanda crediticia?
    –Nosotros estamos teniendo muy buen nivel de consultas; sobre todo en el
    interior, donde hay mucho interés. Estamos convencidos de que vamos a
    efectivizar muchas operaciones. Creemos que hay necesidades y proyectos, y que
    en la medida en que se está consolidando esta visión de que el
    país va a tener mayor estabilidad económica y crecimiento, la
    gente también se va a animar a endeudarse.
    –¿Cuál es el destino de las empresas del grupo Nación?

    –Recién estamos llegando a las empresas del grupo. Y lo que estamos
    haciendo es tratar de tener un proceso lógico para esas empresas. Queremos
    que haya un plan de negocios para cada una de ellas y que cada una gane plata,
    que el banco no sea un accionista que tenga que poner plata a fin de año
    porque no cumplieron sus objetivos. La razón de la existencia de empresas
    vinculadas es que aporten al grupo. Si es el socio principal el que tiene que
    aportar, no tienen ningún sentido.
    –¿En la actualidad el banco tiene que aportar a las ocho
    empresas que integran el grupo?

    –A casi todas. En bursátil no, en la de fondos comunes de inversión,
    tampoco. La empresa de leasing es muy chiquitita, recién se creó
    el año pasado, y todavía no hizo ninguna operación, aunque
    ahora le vamos a dar un impulso grande. Después tenemos la AFJP que,
    creo, no fue capitalizada; pero las dos de seguros fueron capitalizadas hace
    poquito. Fideicomiso, también. Tenemos que tratar que cada empresa tenga
    un plan comercial y genere negocios e ingresos porque, si no, ¿para qué
    las tenemos?
    –¿Cómo trabaja con el ministro Lavagna? Parecería
    que existe un grado de sintonía fina entre ustedes…

    –Conozco al doctor Lavagna desde que era estudiante universitaria. Tengo
    50 años y eso fue hace 30 y pico. Después, en los ’80, él
    era secretario de Industria de [Raúl] Alfonsín y yo estaba con
    [Aldo] Ferrer en el Directorio del Provincia, así que ahí trabajamos
    desde el banco con una política de créditos para el sector industrial
    que él en ese momento tenía bajo su órbita, y en 1990 trabajé
    en la consultora Ecolatina que él fundó. Nuestro trabajo conjunto
    tiene que ver con tener una misma concepción de qué tipo de país
    queremos, de cómo tendría que ser el funcionamiento económico
    de la Argentina, de qué sectores se enriquecieron exageradamente –y
    no porque tengamos algo en contra de que se enriquezca la gente, al contrario–
    porque cuando alguien se enriquece tan abruptamente hay alguien que se está
    empobreciendo. La economía es como una frazada, si tiramos de un lado,
    uno se tapa y otro se destapa. Yo sé que eso es una preocupación
    de todo el equipo económico, no solamente del ministro, y sé que
    cada uno en su área está trabajando para lo mismo. M