–¿En qué etapa cree que se encuentra la tan reclamada
reestructuración del sistema financiero?
–Muchos sabios del sistema financiero dicen que todavía falta para
que la economía se estabilice, para que aparezca el crédito y
para que haya un marco más estable para los negocios y las inversiones.
Yo creo que la reestructuración ya está desarrollándose
y me parece que cada entidad y cada uno de los bancos que hoy operan en plaza
tendrán que tomar sus decisiones para ver a qué segmento del mercado
se van a dirigir, cómo van a hacer para generar ingresos y a quién
le van a prestar, ya que el sector público no es más un demandante
de crédito y creo que no lo va a ser por una cantidad importante de años.
¿Por qué? Porque debemos garantizar un equilibrio fiscal, superávit
primario y un Estado que no se endeude, porque el nivel de endeudamiento nos
ha llevado a tener que girar fondos al exterior, quitándonos, también,
la posibilidad de regenerar actividad interna.
–¿Cuál es la demanda de los organismos internacionales
con respecto a esta reestructuración?
–Ya se habla con menos énfasis de una reestructuración del
sistema financiero. En este momento, lo que nos queda pendiente es el tema de
la consultora, sobre el que fuimos muy claros: no queremos una consultora para
que haga diagnósticos, los diagnósticos; ya los tenemos. En todo
caso, que nos aporten algún conocimiento específico de cómo
resolver los problemas que ya sabemos que tenemos.
–Cuando se menciona a la reestructuración, todo remite al
tema de los activos. ¿Cómo es en la actualidad la situación
del banco?
–Ahí estamos igual que el resto del sistema financiero: tenemos
una gran cantidad de títulos públicos a larguísimo plazo.
Además, el Nación tenía colocado mucho en bonos provinciales,
en deuda provincial que ahora se transformó en estos bonos a 16 años
de plazo; o sea que tenemos estos activos que vienen de lo que nosotros llamamos
el problema del stock y no depende de nosotros cómo se resuelva.
–Durante mucho tiempo (incluso algunos candidatos para los cargos
que están en juego lo mencionan hoy) se hizo hincapié en la técnica
antes que en la política. Sin embargo, su designación fue leída
en términos políticos. ¿Puede hablarse, entonces, de una
economía política y otra técnica?
–Para mí, que me recibí como licenciada en Económica
Política, la economía técnica no existe; es una falacia,
una invención. Existen técnicas económicas para desarrollar
determinados temas concretos y, en ese sentido, no hace falta ir a una universidad
para estudiar modelos y aspectos técnicos porque éstos son un
complemento de la visión global, de la visión científica
que uno tiene sobre las relaciones de producción en la sociedad. Por
lo general, los técnicos, en nuestro país, se han convertido en
tecnócratas y se han propuesto resolver problemas vinculados más
a ciertos sectores de interés que al interés comunitario global.
Mi designación es política en el sentido de que yo formo parte
de un proyecto que comparto. Fui muy crítica de los ’90, creo que
la convertibilidad y todo el programa de reformas estructurales fueron los que
llevaron a nuestro país a vivir en esta situación de pobreza y
de indigencia. Yo adhiero a un proyecto de país serio, con un capitalismo
que sea eficiente y de riesgo.
–Si hablamos de teorías económicas, parecería
que ahora todos se postulan como keynesianos. ¿Cómo se definiría
usted?
–En principio, no se ha escuchado hablar de mí en el sistema financiero
durante 1990. Yo fui directora del Banco Provincia entre 1983 y 1987 y me retiré
del sistema financiero porque veía que se venía un país
sin destino, con un desempleo estructural enorme, con pobreza. Siempre fui,
ya no diría keynesiana, sino un poco más: reivindico el rol del
Estado en la economía en un país como el nuestro. Este país
destruyó su industria en estos 10 años; no es que yo sea keynesiana,
yo soy industrialista; keynesiana y desarrollista, una mezcla de todo eso. No
creo que un país capitalista pueda existir si no tiene industria. El
proyecto de los ’90 fue el de un país primario y terciario, mientras
el sector secundario de la economía se destruyó. La crisis financiera
de finales de 2001 no fue más que la expresión en el área
de la moneda de lo que pasaba en la economía real desde cinco años
antes. Si uno tiene una economía con un tipo de cambio fijo, la moneda
local revaluándose, y apertura financiera y comercial indiscriminadas
y en un solo sentido, termina así. En otros países como Indonesia,
Rusia o Turquía, el efecto fue el mismo: una sobrevaloración de
la moneda local que hace que haya burbujas en los sectores financieros e inmobiliarios,
y mucha recesión y depresión en los sectores productivos industriales.
–Suena raro escuchar a un funcionario hablar del Estado cuando
durante años estuvo prácticamente satanizado
–Cuando vino Horst Kohler, dijo que pareciera ser que la Argentina pasaba
de mucho Estado a mucho mercado. Recordaba que cuando Alemania salió
de la guerra, el Estado era fuerte –no enorme, sí fuerte– y
decía, también, que había un sector privado muy activo.
Los dos se articulaban y se potenciaban mutuamente con marcos regulatorios y
normas muy claras. De esta articulación surgió una economía
alemana fuerte –casi primera en el mundo– y esperemos que el proceso
de la Argentina pueda ser ése. Recientemente, leí artículos
de [Daniel] Artana y [Juan José] Llach, diciendo que no hay modelo. Por
ejemplo, en uno de los artículos, Llach hablaba de los impuestos distorsivos.
No los mencionaba, pero en la jerga de los economistas que han tenido preponderancia
en estos últimos 25 años, impuestos distorsivos equivalen a las
retenciones y los impuestos al cheque. ¡Y no hablan del IVA! ¡Un
país que tiene 21% del IVA, donde gente que cobra $ 150 (o Lecop) por
mes, paga $ 30 de impuestos! Si eso no es distorsivo… Entonces, los análisis
en ese sentido son muy mediocres o muy interesados. Para nosotros es prioridad
poder bajar el IVA y después, en todo caso, enfocarnos en los otros impuestos.
–¿Y usted qué cree? ¿Son análisis mediocres
o interesados?
–Creo que son muy interesados. En realidad, hay muchos miembros de nuestra
profesión que, en vez de velar por políticas destinadas al bien
común, velan por determinados intereses sectoriales. Y como gozan –entre
comillas– de un prestigio ganado entre ellos mismos, porque son como un
club donde sólo ellos opinan y los demás no hemos tenido casi
palabra durante estos diez años últimos, creen que tienen la verdad
revelada y no debaten estas cuestiones.
–Después de 2002, ¿cómo quedó delineado
el perfil de la banca pública?
–Nosotros sabíamos que toda esa visión de que era muy bueno
tener un sistema financiero muy extranjerizado porque la banca extranjera iba
a dar respaldo por cualquier problema que hubiese, no iba a ser así y,
efectivamente, no lo fue. Después, la banca pública ganó
una importante porción de mercado y lo sigue ganando, porque nuestros
depósitos están creciendo más que el promedio. El problema
de la banca pública es usarla realmente como un instrumento para el desarrollo
económico y no como instrumento político. Si nosotros logramos
destinar los fondos que la gente nos deposita para financiar a sectores Pymes,
a la gente, habremos usado el ahorro de los argentinos para financiar los proyectos
de las empresas y los sueños de las personas que viven en este país.
–Con respecto al crédito político, ¿se está
tratando de identificar quiénes accedieron a estos préstamos?
Y, por otro lado, ¿cómo se hace para prevenir que esto no vuelva
a ocurrir?
–Ya hay una carta orgánica que incorporó un tema que para
mí es preventivo: el directorio no puede dar créditos por más
de $ 1 millón. Estamos hablando de US$ 350.000, como mucho, que llega
hasta un nivel medio de empresa. En la segunda mitad de los ’90 en este
banco había créditos por US$ 70 millones, por US$ 120 o 110 millones.
Eso se acabó porque se acabó ese país donde la cosa pública
se manejaba para favorecer a ciertos grupos de amigos del poder. Aunque en este
momento tenemos un problema: todos esos créditos que se dieron oportunamente
están en refinanciación. Se dieron en la segunda mitad de los
’90 y están todos en lo que se llama reestructuración de
deudas. El banco no puede denunciarlos, porque si se denuncian no entramos en
el mecanismo de reestructuración de las deudas y nosotros tenemos la
obligación de cobrar lo que podamos de esos fondos. Políticamente,
podríamos hacer mucho ruido denunciando esas operaciones, pero tenemos
la obligación de recuperar esos fondos porque nos permiten capitalizarnos
y volver a prestar, recuperar parte de lo que pusimos. En algún momento,
quizá, se puedan establecer algunos mecanismos; pero ahora no estamos
haciendo revisionismo, aunque lo tenemos muy presente y sabemos exactamente
en qué gestiones se dieron.
–Así como se redefinió el papel de la banca pública,
¿puede decirse, también, que hay una nueva clase banquera nacional
privada?
–Hoy el sistema está claramente dividido entre la banca extranjera,
la privada local y la banca pública. Todas tienen un rol que cumplir
y ojalá que se den cuenta, rápidamente, de que el mercado puede
tener lugar para todas. Para nosotros, que se desarrolle el resto de la banca
es imprescindible porque, como banca pública, no vamos a poder atender
a todo el mundo; entonces esperemos que, realmente, el segmento privado local
tome la iniciativa, se largue a dar créditos y encuentre instrumentos
novedosos para financiar distintas actividades.
–Cuando usted asumió dijo que esperaba que se produjera
una especie de efecto dominó con respecto al crédito, después
del puntapié inicial que daría el Nación. ¿Cómo
evalúa las ofertas que hay hoy en el mercado?
–Efectivamente, ya salieron otras entidades financieras a recomponer el
crédito, que debe ser masivo; no sólo para los productores sino
también para las entidades. Si no, ¿dónde se coloca la
liquidez que hoy existe en el mercado? No hay otra alternativa más que
las Lebacs (Letras del Banco Central) que tienen un límite y, además,
pagan una tasa baja. Lo mejor para todos es que se amplíe el negocio
bancario, justamente, volviendo a la intermediación.
–¿Cómo observa la demanda crediticia?
–Nosotros estamos teniendo muy buen nivel de consultas; sobre todo en el
interior, donde hay mucho interés. Estamos convencidos de que vamos a
efectivizar muchas operaciones. Creemos que hay necesidades y proyectos, y que
en la medida en que se está consolidando esta visión de que el
país va a tener mayor estabilidad económica y crecimiento, la
gente también se va a animar a endeudarse.
–¿Cuál es el destino de las empresas del grupo Nación?
–Recién estamos llegando a las empresas del grupo. Y lo que estamos
haciendo es tratar de tener un proceso lógico para esas empresas. Queremos
que haya un plan de negocios para cada una de ellas y que cada una gane plata,
que el banco no sea un accionista que tenga que poner plata a fin de año
porque no cumplieron sus objetivos. La razón de la existencia de empresas
vinculadas es que aporten al grupo. Si es el socio principal el que tiene que
aportar, no tienen ningún sentido.
–¿En la actualidad el banco tiene que aportar a las ocho
empresas que integran el grupo?
–A casi todas. En bursátil no, en la de fondos comunes de inversión,
tampoco. La empresa de leasing es muy chiquitita, recién se creó
el año pasado, y todavía no hizo ninguna operación, aunque
ahora le vamos a dar un impulso grande. Después tenemos la AFJP que,
creo, no fue capitalizada; pero las dos de seguros fueron capitalizadas hace
poquito. Fideicomiso, también. Tenemos que tratar que cada empresa tenga
un plan comercial y genere negocios e ingresos porque, si no, ¿para qué
las tenemos?
–¿Cómo trabaja con el ministro Lavagna? Parecería
que existe un grado de sintonía fina entre ustedes…
–Conozco al doctor Lavagna desde que era estudiante universitaria. Tengo
50 años y eso fue hace 30 y pico. Después, en los ’80, él
era secretario de Industria de [Raúl] Alfonsín y yo estaba con
[Aldo] Ferrer en el Directorio del Provincia, así que ahí trabajamos
desde el banco con una política de créditos para el sector industrial
que él en ese momento tenía bajo su órbita, y en 1990 trabajé
en la consultora Ecolatina que él fundó. Nuestro trabajo conjunto
tiene que ver con tener una misma concepción de qué tipo de país
queremos, de cómo tendría que ser el funcionamiento económico
de la Argentina, de qué sectores se enriquecieron exageradamente –y
no porque tengamos algo en contra de que se enriquezca la gente, al contrario–
porque cuando alguien se enriquece tan abruptamente hay alguien que se está
empobreciendo. La economía es como una frazada, si tiramos de un lado,
uno se tapa y otro se destapa. Yo sé que eso es una preocupación
de todo el equipo económico, no solamente del ministro, y sé que
cada uno en su área está trabajando para lo mismo. M
