La guerra iraquí, sin duda, ha forzado cambios geopolíticos, aunque
no sea el “nuevo orden internacional” que proclaman Washington, Londres,
Roma o Madrid. En esencia, Estados Unidos –remanente del “viejo orden”,
o sea la Guerra Fría– ha tirado por la borda los equilibrios multilaterales
que encarnan el Consejo de Seguridad (Naciones Unidas) o la Organización
del Tratado Noratlántico (Otan), apoyándose en su supremacía
militar. Ésta ha puesto en segundo plano el liderazgo sociopolítico
y, en tercero, el económico. En una etapa histórica que la “nueva
ultraderecha” norteamericana suele recordar, Roma tuvo hegemonía
en todos esos aspectos durante al menos dos siglos.
En este momento, la mayor víctima de la guerra es la Otan. Por vez primera
desde Vietnam, fuerzas estadounidenses pelearon en una guerra, remota pero relevante,
sin coaliciones como las de 1942-44 o 1950-3. Es más, desde 1945, Estados
Unidos nunca había iniciado una guerra con oposición de Francia,
Alemania, China, Rusia, India, Pakistán, Turquía y Latinoamérica,
todas juntas. Ahora bien, ¿pudo haberse evitado la invasión?,
¿podrá reconstruirse la Otan?
Semanas atrás, el periódico londinense Financial Times (FT) les
planteó ambas preguntas a docenas de protagonistas y, en general, casi
todos admitieron errores… ajenos. Algunos deploraron que –en el pico
de la crisis prebélica– Jacques Chirac no volase a Washington para
limar asperezas. Otros reprocharon a Colin Powell no haber agotado las vías
diplomáticas con Francia y Alemania. Uno y otro bando reconocen que el
choque entre personalidades (Chirac, Gerhard Schröder, George W. Bush,
Donald Rumsfeld) llevó las cosas a un punto de no retorno. “A veces
–señala el FT–, Tony Blair o Ariel Sharon parecían árbitros,
no partícipes en el conflicto”. El ataque de Rumsfeld contra la
“vieja Europa que no mira al este” reflejó el autismo de Washington:
Rusia y China, claves de ese mismo punto geográfico, se oponían
a la guerra.
Por su parte, Blair, José María Aznar y Silvio Berlusconi no soportaban
la pedantería de Chirac, en talento político muy lejos de su modelo,
Charles de Gaulle. En tanto, su pésimo manejo de la economía francesa
–plagada de huelgas, sindicalismo irresponsable y precios escandalosos–
lo separa de Schröder, pero lo acerca a Bush (enormes déficit en
pagos, comercio y presupuesto). De paso, París se alienaba buena parte
del ex bloque soviético, cuyo “síndrome de satélite”
lo arrojó a los brazos de Washington.
Adiós al consenso
Tantas contradicciones dejan en claro que Irak no fue una guerra por el petróleo
ni las armas de destrucción masiva (ADM), sino por la idea de seguridad
que caracteriza a Bush, el futuro de Levante, la hegemonía mundial y
una abstracción, la democracia. Era como si, licuado el Consenso de Washington
(1989), los ideólogos alrededor del presidente imperial no quisieran
reactivarlo, sino redefinir el orden mundial al estilo de Yalta y Bretton Woods
(1944). Pero sin un verdadero plan Marshall de por medio.
La oposición europea, por su parte, no se limitaba a la puja por jugosos
contratos ni concesiones. Como sostenían los franceses, se trataba de
“ideas y principios”, cuya clave es el temor a la unilateralidad hegemónica
de Estados Unidos. El concepto de democracia, por ende, desempeñó
un papel que no había tenido en el escenario mundial desde Vietnam o
el apoyo de Washington a las peores dictaduras periféricas (con la excepción
de Cuba, Norcorea o Birmania). Esta vez, la democracia europea –o sea,
la opinión pública– se oponía a la guerra pero, en
la norteamericana, dos tercios de la gente apoyaba a Bush.
Por consiguiente, ambos lados creían –creen– estar en lo “bello,
justo y decoroso” (dixit el estoico Séneca, quien debió suicidarse
porque al emperador no le gustaban esas ideas). Bush veía en Saddam al
diablo, postura religiosa que arrastró al laico Blair. Chirac y sus aliados
luchaban por el sistema multilateral, cuyas normas, que exigían agotar
todas las instancias asequibles antes de marchar a la guerra (como hizo Washington
en Quemoy-Matsu o en las crisis de Berlín, 1948-9 y Cuba, 1962).
A esa diferencia de criterios se agregaba una errónea lectura de las
señales que emitía Estados Unidos. Durante las trabajosas negociaciones
sobre la resolución 1.441 de Naciones Unidas, Washington sabía
que habría guerra, sin importar los resultados. Pero la oposición
europea no se había dado cuenta de que las ADM eran un simple pretexto.
Kieran Prendergast, jefe de asuntos políticos en la ONU, acaba de decirlo:
“Obligado a optar entre la viruela y el cólera, el Consejo de Seguridad
eligió el cólera. La diplomacia fracasó en ambas partes
y así lo muestra la abismal diferencia entre 1990-1 y hoy”.
Si la Otan agoniza es porque el eje europeo y Estados Unidos ya no comparten
los mismos criterios de seguridad. Hilando fino, la decadencia de la alianza
quizá date de cuando empezó a incorporar países al este
y sudeste de Alemania. Ahora, la Unión Europea corre un riesgo similar.
“Estados Unidos cree que el statu quo mundial es una amenaza pero, para
gran parte de Europa, es una garantía de estabilidad”, explica James
Steinberg, ex asesor de William J. Clinton. “El mensaje de Bush, en enero
de 2002, lo dice claramente al identificar un eje del mal cuyos integrantes
deben ser eliminados. Eso nunca fue un objetivo europeo”.
Robert Kagan, uno de los “nuevos halcones” de ultraderecha en torno
de Bush, ha reiterado que Estados Unidos “debe emplear la fuerza para hacer
frente a lo que perciba como riesgo global. La Unión Europea, en cambio,
prefiere negociar, apelando a un sistema multilateral donde las acciones militares
han de ser primero legitimadas”. Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa,
advertía ya a fines de 2001: “Recurriremos a la Otan o al Consejo
de Seguridad cuándo y cómo nos convenga”.
Más allá del poder militar
El proceso desatado tras los ataques terroristas del 11 de septiembre le ha
hecho a Washington perder demasiados aliados reales y potenciales. También
le impedirá acudir a los mecanismos multilaterales el día que
los precise. El problema es que ese día está muy cerca: la posguerra
en Irak demuestra que Estados Unidos ni siquiera logra consolidar un gobierno
de emergencia que afronte la reorganización de los servicios públicos,
el sistema jurídico, la seguridad y la moneda.
En ese tipo de tareas, la ONU y sus agencias son imprescindibles, como puentes
al otro universo multilateral: la economía. La hegemonía imperial
o el “espléndido aislamiento” (Gran Bretaña, siglos
XVII y XVIII) sólo funciona si la superpotencia lo es más allá
del poder militar. Pero la Organización Mundial de Comercio, el Banco
de Ajustes Internacionales (comité de Basilea), el Banco Mundial, la
Opep y –a veces– el FMI no responden incondicionalmente a la égida
estadounidense. Miles de empresarios y millones de empleados tienen motivos
de sobra para deplorar la crisis de la alianza transatlántica. Miles
de millones de euros y dólares fluyen diariamente entre ambas orillas
del mar. Además, en términos económicos, la Unión
Europea es una superpotencia a la par de Estados Unidos.
Ante este panorama inquietante, quizá las claves del futuro orden mundial
no estuvieran en las sesiones del G8 (principios de junio), sino en discretos
contactos informales. Iniciados en el cónclave de Evian, continuaban
al cierre de esta edición e involucraban a Japón, Alemania, Canadá
y Rusia. Vale decir, estados al margen de la fronda francesa y el milenarismo
norteamericano. Entre los temas que se discuten figuran reformas al Consejo
de Seguridad, reemplazo de la Otan por otro sistema y replanteo de la apresurada
ampliación que encara la Unión Europea. M
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