La firma se llama CHI Research. Fue fundada hace 35 años en Nueva Jersey
y se dedica a detectar patrones de innovación comercialmente exitosos,
mediante técnicas y bases estadigráficas propias. Entre sus clientes
se cuentan muchas grandes empresas mundiales y cubre desde automotores hasta
chips. Por supuesto, no todos aceptan sus premisas como válidas
Las conclusiones de CHI son objeto de controversias. Algunos no creen que las
patentes sean índices reales de innovación. Otros, como David
Sainsbury-Turville –ex dueño de supermercados, hoy ministro británico
de Ciencias–, creen a pie juntillas en los métodos de Francis Narin,
fundador y CEO de la firma. En esencia, sus estudios tratan de diferenciar entre
patentes sin valor potencial y las que involucran hallazgos o aportes de trascendencia.
Para eso, los expertos se basan en un hecho: al publicar patentes aprobadas,
la oficina federal norteamericana (US Patent Office) incluye patentes anteriores
de las cuales derivan las nuevas. “Por ejemplo –explica Narin–,
las patentes relacionadas con descubrimientos o procesos tecnológicamente
relevantes se citan con frecuencia seis veces mayor que el resto. En cuanto
a los países, hay fuertes nexos entre el número de esas patentes
y sus tasas de crecimiento en sectores claves”. Menos Japón, claro,
cuya economía casi no ha crecido en doce años.
Tomando la cantidad de patentes otorgadas en Estados Unidos a titulares extranjeros,
en determinado año, y multiplicándola por un “índice
de menciones” (a su vez, calculado país por país sobre el
quinquenio anterior), CHI establece un “marcador de innovaciones”.
Además, las patentes se acreditan por el domicilio del inventor, no por
el de la empresa que las aplica. En tanto, el índice de menciones se
basa en estadísticas por actividad: biotecnología, farmoquímica,
maquinaria industrial, computadoras, plásticos, etcétera.
El año pasado, Estados Unidos marcaba 100.525 puntos, resultado de multiplicar
las 86.659 patentes otorgadas por un índice de menciones de 1,16 (cualquier
guarismo superior a 1 señala que las patentes se citan más veces
que el promedio por sector tecnológico). En 1985, esa marca era 40.340,
lo cual revela 149% de aumento en siete años. Respecto de Estados Unidos,
Japón ha bajado levemente, pero Alemania –la tercera– , Gran
Bretaña, Francia e Italia han declinado casi 50%, por lo cual las últimas
tres quedan a la zaga de Canadá, Taiwán, Surcorea, Suecia y Finlandia.
¿Por qué Japón figura segundo, pese al estancamiento económico?
De acuerdo con Pawel Komender (representante en Tokio de la consultora germana
Simon Kücher), “pese a sus problemas, el país sigue siendo
dinámico en una amplia gama de tecnologías útiles para
empresas con proyección global. Así sucede en informática,
electrónica, cámaras, telecomunicaciones o automotores”.
Narin no carece de críticos. Su argumento principal es que, como fuente
de datos y señales, las patentes son menos relevantes que 30 años
atrás, pues los cambios globales significan un retroceso de las manufacturas
ante los servicios (ello explica una nueva moda gerencial: llamarles “industrias”)
menos sujetos al patentamiento. Por ende, éste cubre una parte de la
economía general, importante –pues abarca computadoras, medicina,
telecomunicaciones, vehículos, obras públicas, etc.–, pero
no total. Otra objeción es que CHI Research se apoya mayormente en datos
de la US Patent Office, lo cual confiere ventajas a innovaciones e industrias
estadounidenses en desmedro del resto. M
