En los últimos años, Palermo comenzó a captar las nuevas
tendencias del diseño local y se convirtió en la vidriera más
atractiva para emprendedores del sector. Así, las tranquilas calles por
las que solían circular Borges y sus cuchilleros de milonga se transformaron
en el escenario perfecto para los egresados de la carrera de Diseño Textil
e Indumentaria de la UBA, y para arquitectos y artesanos con ideas originales.
Velas, muebles, ropa, artesanías y lámparas, entre otros objetos,
poblaron las calles y las casas del barrio, otorgándole un perfil particular.
Más recientemente, en 2002, muchos de estos diseñadores comenzaron
a exportar sus productos, algunos con más éxito que otros. Este
proceso se aceleró en los últimos meses no sólo porque
la Argentina se volvió competitiva para atacar mercados internacionales
sino, también, porque el furor de lo importado terminó.
En el caso de indumentaria, por ejemplo, los datos provistos por la cámara
del sector hablan por sí mismos. Durante el año que pasó,
la industria vivió el impacto de situaciones muy dispares. Por un lado,
la salida de la convertibilidad contrajo las cifras de importaciones en 83%
durante los primeros nueve meses del año, lo que implicó que este
segmento comenzara un proceso de sustitución. Asimismo, se apreció
un crecimiento de 40% de volumen de indumentaria exportada en el período
enero-septiembre, comparado con el mismo lapso de 2001. Hoy, es posible hallar
diseños argentinos en las vidrieras de las ciudades más importantes
del mundo, y lentamente comienza a crecer la idea de que Buenos Aires pueda
convertirse en una nueva capital de la moda, como París, Nueva York o
Milán.
Dolores Navarro Ocampo es productora de modas y organizadora de “Puro
Diseño”, un evento que ya cuenta dos ediciones y que aglutina a
todos los profesionales del país en una semana de ferias y exposiciones.
“A partir de 1998 se empezó a notar un cambio en la moda porque
aparecieron los diseñadores, palabra que en ese entonces sonaba rara
para el común de la gente”, dice. “Con ellos, surgieron los
objetos con identidad propia y, luego, las salidas al exterior, que nos posibilitaron
mostrar trabajos en París, Roma y Nueva York. Pero fueron esfuerzos aislados
y no hubo una política general que permitiera continuar en el tiempo
aunque cambiaran los gobiernos.”
Lo cierto es que, independientemente del rubro al que pertenezcan, los protagonistas
de esta cadena se quejan de la “desarticulación” que viven
diseñadores, industriales y organismos gubernamentales, la cual, a su
vez, redunda en la falta de organización y en poco intercambio de información
entre todos ellos. Por tal razón, no sorprende que sólo los diseñadores
activos para hacer negocios o los que se rodean de gente que sepa cómo
soportar un pedido de producción a gran escala logran destacarse con
éxito.
Casos
Jessica Trosman y Martín Churba empezaron con el diseño textil
en un departamento de Belgrano y al poco tiempo de trabajar para otras marcas
abrieron su propio estudio en un taller de autopartes. Ahora suman más
de 30 empleados y fabrican ropa que se vende en países tan distantes
como Estados Unidos, Japón, Hong Kong y Kuwait. Además, acaban
de entrar en el mercado europeo, con la apertura de su propio local en Madrid.
En 2001, la marca exportó US$ 700.000 y, al cierre de esta nota, esperaban
concluir 2002 con una facturación de
$ 1,6 millón. Sus proyecciones para 2005 contemplan ingresos por $ 3,5
millones producto de sus exportaciones.
“Cuando un diseñador pretende hacer un negocio necesita elementos
básicos: una industria que lo respalde y un análisis de producto
que sirva para crearle una necesidad al mercado”, reflexiona Martín
Churba. “Es decir que el gran desafío del diseñador, quien
originalmente tenía que definir colores, telas y formas, pasa, hoy, por
conseguir esos otros elementos básicos. Nadie tiene formación
para eso, porque la carrera de Diseño e Indumentaria, no forma en marketing
ni en comercialización, ni en cómo entrar en contacto con la industria.
En nuestro caso, nos vinculamos de una manera muy particular porque generábamos
nuestros propios textiles. Nunca tuvimos financiación ni crédito
y empezamos una empresa con $ 1.000 en el ’98. Por suerte nos fue muy
bien”, comenta.
Existen, además, otras opciones para exponer productos en escaparates
internacionales. Una pasa por colocarlos en locales multimarcas, como es el
caso de Pura Vida, en Barcelona, lleno de trabajo argentino que se deja en consignación.
Otra forma es participar de ferias en distintas ciudades, previa acreditación,
que sirven básicamente para hacer contactos y, quizá, lograr algún
pedido. En estos casos, todos enfrentan los mismos problemas: no saben a ciencia
cierta si podrán afrontar el volumen de demanda, ni tampoco si podrán
mantener un estándar de calidad.
Lo ideal es abrir un local en el exterior aunque, obviamente, eso requiere otro
nivel de inversión y de esfuerzo. Por caso, el estado español
exige una inversión mínima de US$ 60.000, cifra de la cual hay
que tener 30% disponible en efectivo, además de tener un plan de negocios
y contratar más de 50% del personal de nacionalidad española.
Celedonio Lohidoy, un arquitecto que con los años devino en diseñador
de joyas y accesorios realizados con materiales diversos, dio una vuelta de
tuerca a este modelo. “En mi caso, decidí que lo mejor era tener
un socio capitalista español. Todo lo que produzco lo confecciono en
Buenos Aires y lo mando para Barcelona. En otros países, los diseñadores
hacen contratos con sus gobiernos y las cancillerías y embajadas ofrecen
todos sus servicios para que exporten. A nosotros nos abriría muchas
puertas y nos permitiría mejorar la imagen. De hecho, el Estado argentino
no avala nuestro trabajo.”
Alternativas fronteras adentro
El ingenio muchas veces ayuda a resolver cuestiones en el mercado local. Es
el caso de Karina Berkowski y Betina Ruzal, dueñas del estudio de diseño
Noon, donde crearon, entre otros objetos, unas estanterías de aluminio
muy originales. “Nosotras hicimos un prototipo, pero no podíamos
bajar el costo de las estanterías porque el aluminio es un commodity.
Entonces le propusimos al fabricante cobrar por royalty. Le planteamos que las
estanterías sean suyas y que cuando se vendieran, nosotras cobráramos
entre 1% y 5%”, explica Karina Berkwoski. Y subraya que ese porcentaje,
que en principio parecía ínfimo, tomó otra dimensión
a la semana de establecido el acuerdo, cuando el fabricante tenía un
pedido de 50.000 estanterías para un hotel en Estados Unidos. “Es
decir que necesitábamos alguien que se ocupara de toda la comercialización
de nuestros productos. Y el royalty representó una buena forma de compartir
los riesgos”, enfatiza.
Otro ejemplo es el de Patricio Machado y su marca El Catango, una idea que surgió
de buscar qué tipo de producto podría exportarse desde un lugar
reconocido en el mundo como la Patagonia. Así, comenzó a dar forma
a un proyecto que concluyó con la producción de muebles realizados
en madera de lenga, armables y desarmables por encastres, que no poseen piezas
de metal y no necesitan herramientas para su ensamble.
“Como diseñador industrial, no tengo experiencia en el negocio
y tuve que aprender. Perdí tiempo y algunas oportunidades de créditos
o asociaciones pasaron por delante de mí sin que las haya visto. Por
lo demás, la industria recibió bien la idea, teniendo en cuenta
que es la primera vez que esta zona, San Martín de los Andes, tiene la
oportunidad de exceder las fronteras locales con su producción”,
explica Machado. Y destaca que hoy, a menos de seis meses de iniciado el proyecto,
el primer objetivo de El Catango es que el producto llegue al exterior. “Una
de las alternativas pasa por asociarnos con empresas con experiencia en exportación
para que sean ellas las que compren nuestros productos y los vendan en el exterior.
De hecho, para mediados de 2003, queremos exportar 90% de nuestra producción.”
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