viernes, 6 de febrero de 2026

    Lula tendrá una gran oportunidad

    A su cotización actual, la moneda brasileña acumula una devaluación superior a 60% en casi seis meses, mientras que la prima de riesgo supera los 2.200 puntos básicos y ya casi nadie toma en cuenta que en agosto el FMI aprobó un préstamo de US$ 30.000 millones, el más alto de la historia del organismo.


    Brasil está en mejor situación que la que exhibía la Argentina a fines de 2001. Hay un tipo de cambio flotante y muy competitivo, un eficiente mecanismo de control monetario por medio de metas inflacionarias, un superávit fiscal primario de alrededor de 3% del PBI y un sistema financiero razonablemente protegido contra fluctuaciones cambiarias.


    Sin embargo, algunos indicadores son francamente malos, en particular los que se vinculan con la vulnerabilidad externa.


    La deuda pública neta (de activos internacionales) pasó de 30% del PBI en 1994 a 60% a mediados de este año. Gran parte de esta deuda está atada a la cotización del dólar o a la tasa de interés de corto plazo, razón por la cual estos coeficientes aumentan cada vez que los mercados especulan contra Brasil. A todo ello se agrega que la economía está estancada.


    En relación con la capacidad de generar divisas para afrontar sus compromisos, los indicadores no son mejores. La deuda externa total equivale a más de cuatro veces las exportaciones, mientras que los servicios anuales de la deuda equivalen a casi el total de las exportaciones.


    No es de extrañar que, en estas condiciones, el coeficiente de deuda con respecto al PBI haya crecido como lo hizo durante los últimos ocho años, aun a pesar de los significativos montos que Brasil recibió en materia de inversión extranjera directa. Las cosas se ponen peor si se considera que las perspectivas futuras de la región son bastante desalentadoras en materia de inversiones extranjeras.


    El nuevo gobierno podría hacer frente a sus compromisos si los mercados le dan la chance de hacerlo, restableciendo el crédito al país y aliviando la presión sobre el mercado de cambios. Pero se verá en serias dificultades si las condiciones que se observan en la actualidad se prolongan.


    En términos aritméticos, si la tasa de interés promedio de la deuda pública es 6% anual y la deuda pública equivale a 60% del PBI, un superávit fiscal primario de 3,75% del PBI como el que Brasil se comprometió a alcanzar con el FMI en 2003 es algo más que suficiente para afrontar los servicios de la deuda pública. Si, en cambio, la tasa promedio de la deuda es 10% -lo que se aproxima más a la realidad-, el superávit primario requerido es de 6% del PBI.


    ¿Alguien piensa que Lula, cuyo programa es de reparación social y desarrollo económico, va a aceptar semejante ajuste fiscal? Frente a esta compleja situación, para seguir creciendo, Lula deberá reestructurar la deuda, y con más probabilidad, la deuda interna. Es una oportunidad única que se le presenta en cuanto asuma ya que, si se demora, podría estar en situación muy similar a la de la Argentina.


    ¿No sería mejor reprogramar la deuda con el aval del FMI no bien se confirme que Lula será el próximo presidente?¿ Acaso no está el propio FMI estudiando modificaciones en sus estatutos para alentar la convocatoria de acreedores de naciones soberanas? ¿No lo dice así cada semana Anne Krüeger?


    Cualquiera sea la decisión que tome Lula, ella tendrá un enorme impacto en el escenario regional.