domingo, 5 de abril de 2026

    ¿Cómo será el nuevo sistema financiero?

    Es curioso el orden de las preguntas que formulan los banqueros extranjeros y los titulares de los fondos de inversión, como también los funcionarios de los organismos internacionales y los diplomáticos de los principales países, en cuanto tienen a un argentino a mano.


    Para empezar, todos parecen estar cumpliendo una pesada obligación que les ha sido impuesta, ya que reflejan un profundo cansancio, cuando no fastidio, al inquirir sobre la marcha de la economía y de la política en nuestro país. Hay cierto hartazgo en el ámbito financiero internacional con la Argentina.


    La primera pregunta, invariablemente, es: ¿Aguanta Duhalde hasta septiembre de 2003? La segunda es: ¿Algún día habrá un acuerdo en serio entre las provincias y la Nación, y no el actual, pergeñado de apuro y que muy pronto hará crisis?


    La que le sigue se vincula con la seguridad jurídica y trasciende el enfrentamiento entre la Corte Suprema y el Poder Legislativo. Se refiere a la “excesiva” iniciativa de algunos jueces, émulos de aquellos de la mani puliti italiana que creen ver delitos en todas partes (aunque admiten que, en algunos casos los habrá).


    El cuarto interrogante es: ¿Cómo se reinventará el sistema financiero del país, seriamente golpeado, por no decir herido de muerte?


    Por último, y sin mucha premura, como si ya estuvieran preparados para un largo plazo, aparece el tema de la deuda externa y de la reanudación de negociaciones y por tanto de los pagos.


    Sobre la primera pregunta, la moneda está en el aire y lo que acontezca en las próximas semanas ayudará a encontrar la respuesta. La relación con las provincias se aborda en una investigación que publicaremos en la próxima edición de mayo. En cuanto a los temas jurídicos y su importancia en la relación con el Fondo se mencionan en la sección Perspectiva de esta misma edición.


    Donde nos concentramos ahora es en el cuarto interrogante: ¿Hace falta o no un sistema financiero; igual al que había o distinto; qué posibilidades hay de reconvertirlo y en qué plazo? (Sobre la quinta pregunta, acerca de la deuda externa coincidimos con los inquisidores: demasiado temprano para pensar en ello.)


    Aparentemente, la misión del FMI quiere implementar un sistema privado y foráneo de auditoría externa de la banca nacional. Como el gobierno reclama asistencia financiera precisamente para sostener y recomponer al sistema financiero local, la exigencia ­aunque disfrazada de alguna manera­ terminaría por ser aceptada.


    Desde la perspectiva de Economía y del Banco Central, superada la crisis por la difícil situación atravesada por el Banco de Galicia ­cuya conducción pasaría a manos de sus acreedores, en su mayoría extranjeros­; y flexibilizado el “corralito” al límite tolerable, la reformulación del sistema bancario es inexorable.


    Aun en medio de la tormenta, Remes Lenicov consiguió hacer dos anuncios alentadores. En primer lugar, el nuevo Plan Bonex pudo separar el destino de los plazos fijos del subsistema transaccional (compuesto por las cajas de ahorro y las cuentas corrientes). Con una ayuda internacional mínima, este subsistema puede ser completamente liberado. En segundo lugar, el ministro resucitó las viejas aceptaciones bancarias, una herramienta para intermediar entre el ahorro y la inversión.


    ¿Tendrán éxito? Depende de que los argentinos decidan ahorrar en la Argentina. Y de que se reanimen algunas decisiones de inversión. Y de que el nivel de actividad no siga en un fondo de pozo. En este último aspecto, los meses de marzo y abril serán cruciales. Por ahora, las señales de que la economía se pone en movimiento son demasiado débiles.


    Por otra parte, la feroz pulseada de las últimas semanas entre el Banco Central y los bancos que compraban dólares y los mantenían en sus reservas líquidas, no parece el mejor clima para abordar esta negociación de fondo.

    ¿Es posible un país sin bancos?


    La reconstrucción del sistema financiero es vital para el funcionamiento del país, tanto como lo es el funcionamiento del sistema circulatorio para el cuerpo humano.


    Más allá de disentir en las recetas y en los enfoques, los especialistas parecen tener un punto en común: no es posible rediseñar el sistema bancario argentino sin resolver al mismo tiempo los problemas institucionales y políticos que golpean al país. Por eso, coinciden, de nada servirán las alternativas propuestas si no van acompañadas por una profunda reestructuración en todos los órdenes de la vida pública.


    Una de las cuestiones fundamentales es recuperar la confianza. La grave crisis de representación que vivió la Argentina en los últimos meses, tras la implantación del corralito como consecuencia de la brutal caída de depósitos a lo largo del 2001 (más de 22.000 millones en todo el año, cerca de 5.000 millones sólo en el mes de noviembre), sumado a los efectos de la devaluación, el fantasma de la hiperinflación, el desempleo y la falta de apoyo extranjero, hacen que la tarea de conquistar la confianza perdida parezca un proyecto hercúleo y de alta incertidumbre.


    Juan Luis Bour, director de la Fundación Fiel, dibuja un cuadro dramático de la situación: “El primer punto es entender que la falta de confianza en el sistema financiero es igual a la falta de confianza en muchas otras cuestiones institucionales básicas. Para resolver el problema financiero se tienen que resolver varias cosas y no quedarse sólo en pensar en cómo desarmar el corralito. Hay que tener un programa de largo plazo, reformas en la economía que tienen que tener sustento en lo político, en lo fiscal, en las reglas de comercio y deben ser normas que den seguridad para hacer contratos. Hoy eso no existe, porque cualquier cosa que se haga se puede alterar por una norma pública”.


    Para Osvaldo Cortesi, vicepresidente primero del Banco de Inversión y Comercio Exterior (Bice), la base de un sistema financiero eficiente son las finanzas públicas ordenadas.


    “La Argentina, vive una permanente destrucción del intermediario financiero. En la década de los años ´70, había cerca de 800 intermediarios financieros. Hoy funcionan más o menos 100. Esa destrucción se produjo tanto en períodos de inflación, de hiperinflación y también en períodos de deflación, como en los últimos cinco años. Esto quiere decir que hay otra causa que está provocando el desmadre y es que la Argentina viene gastando muy por encima de lo que es su crecimiento sustentable. Aun cuando estamos en un verdadero pozo, si entendemos el mal que tenemos que atacar, es probable que construyamos un país con un sistema financiero que sea eficiente promotor del crecimiento. En el Ministerio de Economía están orientados en ese sentido. Pero no alcanza, tiene que haber un apoyo expreso de todo el arco político.”

    Los depósitos de la discordia


    Basta analizar los datos que provee la consultora Deloitte & Touche para tener dimensión real de cómo se deterioró el sistema en los últimos meses:

    • Entre 1993 y 1999, la Argentina tenía una relación de solvencia
      de patrimonio neto sobre activos, mucho mayor comparada con países
      como Estados Unidos o España.
    • Con respecto a los encajes mínimos de liquidez para que funcione
      el sistema, nuestro país estaba estabilizado en 20% contra 5% y 8%
      que exigen España y Estados Unidos.
    • El volumen de préstamos estaba siempre por sobre el volumen de depósitos.
      Eso determinaba que el financiamiento que tenían los préstamos
      venían de la mano del ahorro y de otros papeles que emitían
      los bancos, como obligaciones negociables o de securitizaciones.
    • En junio del ´97 empezaron a caer los préstamos y a subir los títulos
      públicos y las disponibilidades. El gobierno empezó a ser el
      más fuerte tomador de préstamos.


    Todo esto explica cómo el sistema financiero pudo soportar la corrida de depósitos que sufrió principalmente durante el 2001, que alcanzó a $ 20.376 millones el 4 de diciembre. El corralito finalmente, fue el manotazo de ahogado que intentó parar la sangría. Pero promovió, finalmente, algo peor: la profundización de la desconfianza.


    Según datos oficiales proporcionados por el Banco Central, el drenaje de depósitos poscorralito ya roza los 4.500 millones, y la tendencia, hacia fines de marzo, continúa en alza.


    Así las cosas, el panorama para los bancos ­pese a retener el grueso de plazos fijos y otros depósitos en dólares­ no es muy alentador. El secretario de Finanzas, Lisandro Barry, advirtió que cuando termine el proceso de canjear plazos fijos por certificados de depósitos o bonos, algunos bancos serán viables y otros no. En otras palabras: algunas entidades serán cerradas y otras se fusionarán, alterando por completo el mapa actual del sistema bancario.


    Según José Luis Garófalo, partner de Deloitte & Touche, “se rompieron determinadas reglas, aparecieron un montón de controles y hoy el sistema financiero es la cara física de la protesta. Los bancos están totalmente paralizados, la ecuación que tienen entre activos y pasivos está totalmente distorsionada. Tienen que liquidar activos para hacer frente a los depósitos que siguen cayendo”.


    Gabriel Rubinstein, director del sitio www.econline.com.ar, avizora un futuro aún menos promisorio: “Todavía falta el derrumbe físico de las entidades, porque el derrumbe financiero comenzó en diciembre de 2001. Los bancos van a cerrar, reducir sucursales, despedir gente. Desde la revolución rusa que no pasaba nada así, que un país expulse a empresas que se han granjeado el respeto en distintas partes del mundo”.


    “Hay un rompimiento general de contratos y va a costar mucho recrear un sistema financiero saludable. Habrá un achicamiento enorme, y eso va a conducir a la presión para la cancelación de créditos con consecuencias monetarias gravísimas. Es esperable que se registre una enorme expansión monetaria para que se desagote del corralito. El riesgo de hiperinflación es muy alto.”


    De todos modos, no son pocos los especialistas que consideran que, sin una ayuda constante y sonante del Fondo Monetario Internacional, se hará imposible contener la espiral inflacionaria. “No hay nada más productivo en este momento que reconstruir el sistema financiero y la recaudación tributaria, no hay nada que tenga rendimiento más alto”, apunta José María Fanelli, investigador titular en el área de Economía del Centro de Estudios de Sociedad y Estado. Pero aclara: “Aunque si el FMI no nos presta nada, la Argentina puede quedar al borde de un crack y nadie sabe cómo puede seguir este juego: hiperinflación, dolarización instantánea, etc. De todas maneras, creo que lo mejor es analizar cómo salimos y no cómo se rompe todo”.

    Las recetas posibles


    Las salidas posibles a la crisis dependen del cristal por donde se la mira. Para Juan Luis Bour, la clave pasa por adherir, sin matices, a la globalización financiera.


    “Uno puede diseñar diversas alternativas, pero tienen que ser realistas. Tenemos problemas y eso puede hacer que durante algún tiempo aparezcan instituciones que ayuden, como por ejemplo los fideicomisos. Pero lo que uno tiene que tener en claro es que, a corto plazo, se debe aspirar a tener un sistema financiero privado y normal, regulado con mucha seriedad por alguien estricto, creíble y no dependiente de autoridades de turno. No nos olvidemos que éste es un país que necesita mucho capital. Por eso se necesita un sistema con derechos de propiedad muy definidos. Olvidémonos de mecanismos raros, ésos son sólo una forma de ocultar que no podemos ser normales.”


    Para Bour, sin embargo, pasará tiempo hasta que se alcance cierta regularidad: “Lamentablemente, como todo lo que se necesita no va a ocurrir, sino que sólo van a suceder algunas cosas por partes, el sistema financiero va a operar como pueda. Será más chico, más concentrado, muy ineficiente, con bancos quebrados o con subsidios. Serán pagadores y cobradores por mucho tiempo. Lo que está claro, es que no puede haber un sistema nacionalizado y es muy difícil recrear un sistema donde se tenga una unidad monetaria que no tenga reputación. Con una autoridad monetaria que no tiene reputación, y a la que no se le puede dar reputación con leyes; una de las alternativas es comprar la reputación del exterior. Así, cada uno de los bancos verá si puede devolver sus depósitos o no, de acuerdo con la calidad de su cartera”.


    Para conjurar la inminente debilidad del sistema financiero, Bour propone crear una banca de tipo off shore: “Se necesita que los depósitos no vuelen y que los préstamos vuelvan. Si se normaliza la economía, con reglas de la propiedad bien definidas y sin que nadie pueda expropiar o confiscar los bienes, seguramente aparecerán las actividades rentables. Un sistema de banca tipo off shore restablecería la confianza a los ahorristas de un modo casi automático. Por supuesto, el papel de la banca pública quedaría muy limitado y con el tiempo tendería a desaparecer. Y eso sería saludable, ya que la banca pública es la responsable del desorden fiscal y monetario que sufre el país”.


    Cortesi, en cambio, propone un sistema financiero de intermediación: “Es un proceso inexorable. No se va a construir de golpe, porque el daño que sintió un individuo que estaba en el viejo sistema financiero lo alejará por un tiempo de los bancos, pero hay formas para reconstruir la confianza. Por ejemplo, aprovechando las ventajas de la globalización. Para esto se requiere de un sistema financiero con menos riesgo sistémico. Esto está asociado a que el riesgo sea privatizado, que no lo asuma el sector público. Esto ya se discutió en la década del ´30 en Estados Unidos, donde los bancos cumplían dos roles: uno de banca de pagos y otro de inversión o de trust“.


    “Nuestra estrategia va a ser inexorablemente ir hacia este sistema de banca doble, de pagos, de transacciones o de préstamos chicos y una banca más innovadora con intermediarios financieros que van a desarrollar instrumentos off balance. La ley de fideicomiso da una posibilidad enorme para crear instrumentos financieros de este tipo. La red de sucursales de los bancos puede generar estos créditos, pero no los van a tomar como riesgo. Por eso, en el diseño de estas políticas, es importante el mercado de capitales.


    En la misma línea Fanelli opina que “primero hay que proveer liquidez al sistema, y después hay que otorgar créditos de corto plazo. En particular, hay que generar créditos para reconstruir mínimamente el capital de trabajo. Por eso creo que hay que liberar el corralito y crear bancos de transacción, que generen liquidez con mucho encaje. Habría que separar la banca de transacciones y crédito de cortísimo plazo, del segmento que se dedique a créditos de más largo plazo. En este sentido el mercado de capitales está llamado a jugar un rol central en la reconstrucción de la intermediación financiera”.


    Para Fanelli, “desde el punto de vista de la Argentina en el mundo, creo que habría que apostar por un desarrollo de un mercado de capitales a ámbito regional, Mercosur más Chile. Y en particular, la Argentina y Brasil. Esto se haría sobre la base de formación de fideicomisos, de fondos de financiamiento de grandes proyectos regionales: obras de infraestructura para el comercio, energéticos, etc. Es decir, movilizar los recursos de argentinos y brasileños en esos grandes proyectos y usar un mercado regional de capitales. Una especie de mercado off shore regional, donde las normas de transparencia de ese mercado sean mucho más duras que las normas internas de cada uno de esos países. Yo creo que ahí la gente sí volvería a confiar”.

    Entes parabancarios


    Otros aportes, además de la creación de bancos para minoristas y bancos para inversiones, sugieren la creación de una banca especial para microcréditos, que incentivaría a los sectores que aún no están bancarizados. En ese sentido, Arnaldo Bocco, presidente de la Corporación del Sur, opina: “De los 5.000 municipios que hay en el país, 1.000 ciudades podrían tener entidades que hoy funcionan con una anarquía muy grande, como cooperativas de crédito o mutuales que vive un problema gravísimo, porque la tasa de intermediación financiera que han utilizado todos estos años ha sido expropiatoria. Creo que habría que reconvertir a todas esas empresas en unidades parabancarias, que como en Estados Unidos, Canadá o en Europa, funcionen con un sistema operativo, tomando créditos de entre 1.000 hasta $ 10.000 como máximo. Creo que hay un mercado muy grande de pequeños tomadores de crédito que hoy no están en el sistema bancario y que cobran en cheques y podrían regenerar la actividad”.


    Además, para Bocco, la Argentina tiene que tener una ley de capital de riesgo, que le permita a los inversores colocar sus ahorros en lugares con tasas de ganancia y riesgos altos. “Por ejemplo la minería, o la industria del software o la de servicios petroleros. Hay incentivos para desarrollar esos sectores, como por ejemplo, la reducción de impuestos. Con este tipo de cambio, el país puede tener un fuerte incentivo para exportar y para reformular el sistema financiero, donde su arquitectura se adapte al modelo de crecimiento. Es evidente que hoy se abre un nuevo modelo económico. Ahora, de la matriz de incentivos que vaya a tener la economía, se rearmará el sistema financiero. Lo peor que nos puede pasar es que el sistema financiero defina el sistema productivo. Países que pasaron por crisis tan violentas como las nuestras, se reestructuraron adaptando el sistema financiero al sistema productivo. La Argentina desde el siglo XIX siempre lo hizo al revés y las grandes ganancias, en lugar de acumularse como capital productivo, se acumularon como renta financiera en un sistema de transferencias y beneficios. Esto es gravísimo, porque el sistema financiero lo convierte en moneda dura y lo saca fuera del país. Eso desacumula capital productivo, capital humano e iniciativas empresarias, no crea mentalidades emprendedoras y no permite el crecimiento.


    Lamentablemente, según el análisis de Bocco, el sistema financiero argentino no tiene intenciones de generar un aparato productivo fuerte: “A diferencia de otros países del mundo, donde el mercado de capitales y la actividad financiera trabajan por una economía fuerte, en la Argentina sólo se trabaja para una rentabilidad financiera a corto plazo. Si la mentalidad mesadinerista no se destierra, es muy difícil imaginar una arquitectura para la actividad financiera”.


    De todos modos, la mayoría de los especialistas coincide en que la resurrección del sistema financiero dependerá de la ayuda externa, un punto delicado que, hasta el momento, no tiene definición.


    Desde que el efímero gobierno de Adolfo Rodríguez Saá declaró el default ­con aplausos y todo­, los organismos de crédito extranjeros incrementaron su desconfianza sobre el futuro de la Argentina. Pero el recelo había comenzado un tiempo atrás. Según un informe del Banco Internacional de Pagos (BIP), con sede en Suiza, las entidades foráneas que integran el club de acreedores del país redujeron su riesgo en 5% en el tercer trimestre del año pasado. En ese período, el monto total de préstamos concedidos por bancos extranjeros en la Argentina era de US$ 81.700 millones, frente los US$ 86.400 millones del segundo trimestre.


    Los bancos estadounidenses son los mayores prestamistas de la banca argentina, con US$ 23.000 millones, seguidos de los españoles, con US$ 20.000 millones. Las entidades bancarias de Estados Unidos y España juntas acumulan 53% de los préstamos extranjeros en el país. Le siguen, de lejos, los bancos de Alemania, Reino Unido e Italia, con préstamos por valor de US$ 7.000 millones por cada país. Todas las cifras citadas incluyen los préstamos concedidos por los bancos extranjeros por medio de sus filiales o de bancos asociados, tanto en divisas extranjeras como en pesos argentinos.


    Según el BIP, el monto total de los préstamos concedidos por las instituciones financieras extranjeras en moneda local era de 25% en la Argentina, frente a 65% en México o a 48% en Brasil. Es más: tanto México como Brasil, recibieron el grueso de los fondos en tiempos de los efectos Tequila y Caipiriña. Sin embargo, el temido “efecto Tango”, a diferencia de lo que ocurrió con esos países, no provocó un desembolso masivo de créditos frescos. Una vez más la desconfianza, en este caso de los organismos internacionales, pone en jaque al sistema financiero del país. Aunque no parece estar dicha la última palabra.


    “Todo lo que necesitamos es que el FMI diga que este país está por hacer las cosas bien”, apunta Fanelli. Y agrega: “Para reconstruir la economía necesitamos que la comunidad internacional nos dé una chance. Pero hoy no la tenemos. Lo único que obtuvimos en los últimos meses es el castigo por las cosas que hicimos mal, pero no hay ningún premio por prometer que vamos a hacer las cosas bien. Esto es así porque, al igual que el peso, nuestras promesas se devaluaron. Para que haya sistema financiero, tiene que haber negocios. La confianza no es algo que se basa solamente en la memoria, sino que deben tenerse en cuenta las perspectivas a futuro. Por lo tanto, es importantísimo tener una visión estratégica de lo que va a hacer la Argentina.”


    Para Rubinstein, más que las promesas o la moneda, “lo que más se devaluó en la Argentina es la ley. Hoy no vale nada, y la recuperación puede demorar años. Si el Fondo decide que nuestro país no se convierta en Venezuela y nos presta mucha plata, entonces tenemos una posibilidad de salir. Pero no es poco lo que pedimos: estamos hablando de más de US$ 20.000 millones”. Una cosa parece segura: el futuro del sistema financiero argentino está atado a la decisión del FMI. Una decisión que, de demorarse, podría provocar secuelas irreparables.


    Con mercados de capitales externos cerrados por el default, limitaciones a las transferencias de fondos al exterior y sin créditos internacionales a la vista, los bancos tendrán que reciclarse de alguna manera para seguir existiendo. Y ya empiezan a surgir algunas alternativas.


    Florecen recursos como los fideicomisos financieros, créditos de corto plazo, círculos de ahorro previo o fondos de inversión. El escenario de los créditos hipotecarios o prendarios parece haber quedado en el pasado, sin perspectivas de regreso a la vista.


    Recuperar la confianza de la gente, materia prima del sistema financiero, parece ser el principal objetivo sobre el que deberán trabajar los bancos para volver a encontrar su lugar en esta Argentina devastada.