jueves, 14 de mayo de 2026

    Los próximos cuatro años de George
    W. Bush: “Todavía no han visto nada”

    Comienza, en enero próximo, el segundo período presidencial de George W. Bush.
    Esta vez, tras lograr un claro triunfo en las urnas, al revés de lo ocurrido
    hace cuatro años. Si en la inauguración del primer término lo acompañaba una
    optimista proyección de superávit que debería llegar a US$ 5,6 billones, ahora
    arrastra sombríos pronósticos: déficit que terminará sumando US$ 2,3 billones.
    Pero como alguna vez dijo su antecesor, Ronald Reagan, “todavía no han visto
    nada”.
    En sus propias palabras, Bush ha dicho que esta campaña le permitió acumular
    capital político y ahora está presto a usarlo de inmediato y en buenas dosis.
    Las famosas reducciones de impuestos de los últimos tres años, que han favorecido
    a empresas y al segmento social con mayores ingresos, continuarán. La intención
    es dejar esos cortes tan firmemente anclados -y durante tantos años- que se
    tornen irreversibles (el cálculo de la oficina de Presupuesto del Congreso es
    que si esas rebajas perduran, el déficit aumentará todavía US$ 2,2 billones
    más).
    “Dubia”, como le dicen los texanos -pronunciando de modo peculiar la W de Walker,
    su segundo nombre- buscará privatizar al máximo el sistema de seguridad social
    hoy existente. Si muchos individuos eligen ese camino, dejarán de aportar al
    sistema nacional y nadie explica quién pondrá lo que hará falta para pagarle
    las prestaciones a los actuales beneficiarios del sistema.
    Hay más ideas: cuentas de ahorro libres de impuestos; abolición total de gravámenes
    sobre los dividendos que pagan las acciones. No está claro cómo la Casa Blanca
    logrará la aceptación de estas iniciativas por el Congreso -aunque esté totalmente
    controlado por legisladores de su partido-, alarmado ya por las dimensiones
    del déficit fiscal y por la creciente desigualdad del ingreso.
    No hay duda de que los empresarios están satisfechos: apostaban al triunfo del
    candidato republicano. Es un firme defensor del libre comercio y de la apertura
    de mercados -los de otros países, especialmente- y no vacila, como en el caso
    del acero, en imponer aranceles protectores cuando su industria lo demanda.
    Dan por seguro que la Casa Blanca no interferirá en el ámbito de los negocios,
    aunque les inquieta la posibilidad de un enfriamiento económico por el tamaño
    y la suma de los cuatro déficits (en el presupuesto, en pagos externos, en la
    balanza comercial y en el sistema de asistencia social).
    Sin embargo, las transnacionales que operan a escala global, tienen serios motivos
    de inquietud. Un presidente que encona a la mayor parte del mundo y hace crecer
    un peligroso sentimiento antiestadounidense, no es lo mejor para el clima de
    negocios que requieren estas firmas. Durante las últimas décadas estas compañías
    “pensaron en términos globales y actuaron en términos locales”, como prescribía
    el recetario. En cambio la política exterior de Bush es todo lo contrario.

    Años difíciles

    En todo caso, lo que está claro es que los próximos cuatro años serán difíciles.
    El alza en el precio del petróleo hace que el déficit de la balanza de pagos
    se acerque a 6% del PBI. Para financiarlo, el país succiona 70% del superávit
    conjunto que generan Japón, Alemania, China y otras economías con excedentes.
    En algún momento, los inversionistas extranjeros pueden retirarse, alarmados
    por la bola de nieve deficitaria y por el magro rendimiento de los títulos estadounidenses.
    A pesar de la gravedad de la situación, nada se hará para conjurarla. Al contrario,
    se profundizará, sostenida por los analistas que aseguran que no hay motivo
    de inquietud a la vista.
    Según tan seductora concepción, los inversores del exterior -especialmente gobiernos
    y bancos centrales empapelados de letras federales- nunca se cansarán de acumular
    activos en dólares. De hecho, considerarían poco amable que Washington dejase
    de inyectar casi US$ 600.000 millones anuales de deuda en el mercado internacional.

    Por otra parte, aún si colapsara el dólar (digamos, 20 a 40% de golpe), según
    los nuevos panglosianos, tampoco pasaría nada grave. En su visión, los mercados
    globales de capital tienen fortaleza de sobra para absorber el impacto y, como
    en los años ´80, la licuación del dólar sería suave.
    Los académicos y economistas tradicionales son escépticos al respecto, y detectan
    paralelos con los ´70. Los años que siguieron a la reelección de Richard Nixon
    (1972) no fueron favorables al dólar ni a la economía mundial.
    Hace cuatro años, el déficit en cuenta corriente representaba 4,4% del PBI,
    mucho menos que en la actualidad (5,5%). Por entonces, los analistas -y Alan
    Greenspan- creían que los desequilibrios irían aflojando en el curso de tres
    a cinco años, debido a una amplia depreciación del dólar.
    Pero eso fue antes del 11 de septiembre, los US$ 2,35 billones en rebajas impositivas
    y la guerra en Irak. Hasta el 2001, podría decirse que el déficit de pagos externos
    financiaba el aumento de inversiones, aunque estuviera licuándose el ahorro
    interno. Ahora, ese 6% en rojo deja atrás todas las marcas y financia el endeudamiento
    federal. Esto comporta una situación mucho más peligrosa que la del período
    2000-2. Con el déficit fiscal originando casi toda la nueva deuda, la gestión
    que empieza formalmente en enero afronta perspectivas francamente alarmantes.

    Petróleo y estanflación,
    treinta años después

    “Los crudos pueden llevar el mundo a la estanflación. Así como los ´90 generaban
    fuerte crecimiento y poca inflación, los años venideros auguran exactamente
    lo contrario, y su contexto macroeconómico se parece al de los primeros ´70”.
    Así teme Joachim Fels, analista alemán que trabaja en Morgan Stanley. En su
    perspectiva, surgen cinco puntos de contacto entre 1974 y 2004.
    El primero: la economía mundial afronta la virtual quintuplicación de precios
    petroleros, que pasaron de US$ 2,20 el barril WTO en 1971 a 11,60 en 1974, margen
    repetido en 1998-04: de US$ 10 a más de 50.
    Sin duda, el cimbronazo de 1973-4 fue mucho más intenso, porque ocurrió en un
    lapso más corto y las industrias dependían más del petróleo. También pesa el
    contexto: el actual deriva de demanda inesperadamente firme en el mercado real
    y en el especulativo. Ambos resultan de políticas monetarias blandas en las
    principales economías mundiales. Al revés, el auge de 1973-4 se debía mayormente
    a restricciones de oferta por parte de los productores grandes.
    En segundo lugar, y como hace tres décadas, las políticas monetarias son por
    demás expansivas, con tasas cortas reales negativas que vienen durando mucho
    en las potencias. En los ´70, los bancos centrales trataban de asimilar el trauma
    petrolero emitiendo moneda, creyendo -erróneamente, sostiene el experto- que
    la demanda real era lo bastante elástica como para absorber tendencias inflacionarias.

    Eso fue ilusorio: la inflación subió y deprimió las tasas reales más de lo calculado.
    Los paralelos con 2004 son extraordinarios: la Reserva Federal vuelve a suponer
    que la mejor respuesta al alza petrolera es absorber sus efectos negativos sobre
    la demanda. Ante ello, los mercados han reducido notablemente sus expectativas
    de restricciones monetarias con vistas a los próximos 12 meses.
    En tercer término, como entonces, déficit fiscal y endeudamiento público crecen
    velozmente. Eso refleja una política expansiva orientada a superar la recesión
    de 2000-1, incluso incentivos fiscales -que reducen ingresos genuinos al erario-
    y gasto excesivo. Así como en los primeros ´70 Washington financiaba su costosa
    intervención en Vietnam, hoy lo hace con Irak y Afganistán.
    Cuarto: las economías del Atlántico norte afrontaban en los ´70 nuevos competidores;
    en especial Japón, Taiwán y Surcorea. Eso provocó una crisis estructural, particularmente
    en la industria pesada, que deprimió el crecimiento potencial en Europa occidental
    y América septentrional. Ahora, China, India y los países al este de la Unión
    Europea causan severas dislocaciones en industrias y servicios.
    En quinto lugar, así como la productividad global perdió ritmo en los ´70 (respecto
    del dinamismo imperante en los ´60), hoy es probable que el mundo se acerque
    al fin de un “ciclo virtuoso” iniciado a mediados de los ´90 y cifrado en la
    tecnología informática (TI).
    Todo es un cóctel que mezcla menor crecimiento con mayor inflación, cuyo corolario
    podría ser un estancamiento inflacionario (“estanflación”). Muchos observadores
    coinciden en el primer punto, pero muy pocos en el segundo.
    No obstante, hay una gran diferencia entre hoy y los ´70: los trabajadores son
    menos, tienen escaso poder negociador y son la variable de ajuste cuando fracasan
    el management o el modelo de negocios. Hace 30 años, el desempleo era menor
    en las economías centrales, la competencia de países recién llegados no era
    tan intensa y el clima político era más favorable a la equidad social.