domingo, 18 de enero de 2026

    Una defensa del globalismo

    Soy un ser humano; por tanto, nada de lo humano me es ajeno“. Con esta reflexión, que pertenece a Publio Terencio Afro, escritor de comedias romano del siglo 2 AC, el comentarista económico del Financial Times, Martin Wolf, arranca una encendida defensa de la globalización.

    Las palabras de Terencio definen una postura que muchos en la actualidad desprecian llamándola “globalismo”, dice Wolf. Y sin embargo, deberían significar mucho más que globalización económica. Deberían significar que la humanidad tiene intereses y obligaciones globales. Para satisfacer los intereses y fomentar las obligaciones, el Estado Nación es el punto de partida. Pero hay que pensar y actuar mucho más allá del Estado.

    Los seres humanos están íntimamente relacionados, forman parte del complejo entramado de la vida. Comparten un planeta que es el único que permite vida en el sistema solar. Tal vez haya vida en otras partes del universo, pero todavía no la hemos encontrado. Estamos solos. Eso debería bastar para hacernos pensar globalmente, dice Wolf.

    Hay razones prácticas y morales para pensar globalmente.

    Uno de los objetivos de la conferencia de Bretton Woods era el desarrollo. Eso encerraba una obligación moral: ayudar a todos los seres humanos a lograr un nivel de vida satisfactorio. Se podrá discutir hasta dónde se logró esa meta, pero el mundo está bastante más cerca de eliminar la pobreza extrema que describía Thomas Hobbes en el siglo 17.

    Es un logro tremendo haber reducido 10% la pobreza absoluta global. Habría que mantener el apoyo a las políticas y programas que lograron eso.

    El globalismo definido como una preocupación por la humanidad y el planeta también es una causa práctica. La cantidad de bienes públicos que necesitamos ha crecido. Por eso los servicios públicos son cada vez más globales. Compartimos la biosfera. Eso convierte la protección ambiental en un bien público.

    Hoy cualquier país sufre cuando hay guerras en sus regiones vecinas. Entonces, la paz también es un bien público. Y también lo es una economía estable, abierta y previsible. Lo mismo ocurre con el desarrollo; un mundo empobrecido es un mundo inestable.

    Donde sea que miremos vemos bienes públicos globales.

    Por eso es que los triunfadores de la segunda guerra mundial decidieron crear instituciones internacionales. Habían experimentado ya la soberanía nacional desbocada con resultados catastróficos. Nada desde entonces ha hecho menos esencial la cooperación global. Por eso en Europa deprime ver la decisión británica de dar la espalda a la UE.

     

    Cooperación entre estados

    Por eso en el mundo deprime ver que Estados Unidos haya decidido dar la espalda al Acuerdo del Clima en París y repudiar las normas de la Organización Mundial del Comercio. Los bienes públicos globales sólo pueden asegurarse con la cooperación entre los estados. Si los estados se niegan, esos bienes no se brindan. El globalismo, definido ampliamente, es inevitable. Pero también crea desafíos. El primero es que los seres humanos se organicen políticamente dentro de los estados. Esos estados funcionan porque crean identidades y lealtades, necesarias para que funcionen correctamente. La cooperación global depende de las operaciones de estados legítimos y efectivos.

    Globalismo no significa un mundo sin fronteras. Sin fronteras no habría estados. Sin estados no habría orden, ni nacional ni global.

    El segundo grupo de desafíos es manejar la interfaz entre lo global y lo nacional.

    La experiencia sugiere que se nos ha ido la mano en algunas áreas y hemos hecho poco en otras. En economía, la globalización de las finanzas fue demasiado lejos. Algunos creen que el comercio internacional fue demasiado lejos. Otros creen que no ha sido una fuente dominante de desigualdad en los países. Las áreas donde la cooperación global no fue suficiente incluye el medioambiente y los gravámenes a las empresas.

    El último de los desafíos, y tal vez el más importante, es contener la natural tendencia humana de responsabilizar a los extranjeros de los fracasos de la política interna y la división en los intereses nacionales.

    Pero entonces ¿cuál es la fuerza dominante de la desigualdad? Una es la tecnología y la otra está en las normas del gobierno corporativo. Pero afrontar eso es mucho más difícil que culpar a las importaciones y a los inmigrantes.

    Pensar y actuar globalmente no quiere decir apoyar el laissez faire global sino defender el globalismo cooperativo. Ese globalismo depende de estados legítimos, pero que no tienen por qué ser bullies xenófobos.